Querido diario:
Estos días han sido de extremo estrés, no puedo decir que lo disfruto, a pesar de que me intento convencer de ello. Creo que es una de las grandes mentiras del ser humano. Convencerse de que el estrés es “Delicioso”, que lo hace sentirse a uno V-I-V-O. Una vez un hombre al que respeto sobremanera, me dijo que eso era el significado de la felicidad: no ser feliz durante mucho tiempo, para que los sentimientos fueran más intensos. Como una montaña rusa de emociones.
Yo me siento viejo y cansado, no quisiera sentirlo ya. Tal vez me convendría meterme a un asilo, ¿pero qué demonios haría yo en un ásilo te has de preguntar? Discutiría con los ancianos del lugar, sin duda alguna. Sería una constante batalla por el control de la televisión, por el radio de alguno o por quién es más hábil en el poker.
¿Qué se yo de los asilos?
Que me cuide una enfermera jovencita, para yo mirar su carne fresca y deleitarme, lamerme los labios al mirar como mueve las curvas, los contornos. Como se ensombrecen los lugares indicados y sus ojos atentos a los míos, profiriendo groserías en silencio por mi absurda intromisión a su piel desnuda-vestida. Me cambiarían la enfermera a menudo, de eso no hay duda.
Quisiera estar en un asilo en alguna zona millonaria de esta ciudad, para que así me visitaran las jovencitas de escuelas católicas y aunque me hicieran gestos por mi amargura y rabo-verdería; me sonreiría y les acariciaría la mejilla fingiendo mi paternalismo. Como quisiera estar en uno de esos asilos.
¿A quién quiero engañar si moriré como un anciano solo? Con el corazón fortalecido por la soledad y la decepción humana. Ahí está la fuente de mi delicia, mi montaña rusa de emociones. El stress se puede ir al diablo cuando lo que quiero es estar hundido en lo más bajo.
En lo más bajo… si ya llevo mucho tiempo hundido en mi infierno. En un ásilo no estaría tan mal, conviviría con “gente”, sobreviviría todos los días, me alimentarían, me visitarían las personas “compasivas y caritativas”, las enfermeras me hablarían bonito y habrá una entre ellas que seguro será comprensiva de mi estado y querrá, a pesar de que la mire con toda esa lujuria, estar al pendiente de mí y cuidarme.
A mi edad y preguntándome todavía lo que es correcto. Con tantas dudas, creyendo que son ciertas. En eso tiene razón aquel hombre respetable, nos ponemos esas dudas esperando que por medio de ellas, se descomponga la rutina en la que nos metemos y llamamos con placer inconsciente: Infierno.







