Porque escribir algo el día de hoy…

…si no ha pasado nada.

Estoy escuchando la música sabrosa que tiene el blog de la manzanita exótica. Sigo jugando para subir mis cartitas de nivel. Mi mujer y yo, nos hemos mandado mensajes de lo más normal durante el día. Hablamos de que nos extrañamos, y de que nos falta tiempo. A mi izquierda, unas nalgas en el monitor, con unos calzones rojos. Malditos castings en bikini y ropa interior. Me parece que he tenido una sobresaturación de hormonas y necesidad de afecto y cariño. Pero soy hombre, a huevo que al rato se me quita, los hombres no lloran y no sufren. Siento esa ansiedad que había olvidado, pendientes fantasmas que me acosan, un síntoma del estrés. Falditas, minifalditas, subir falditas, bajar calzoncitos… pinches castings en ropa interior, son de lo peor. Le decía a La Maga que probablemente me daría priapismo, si continuábamos en las mismas. La colombiana me enseñó un nuevo set de fotos. Me parece una mujer muy sensual.

Seguiré jugando cartitas…

Es todo lo de hoy.

Bulkinar.

Kayla, es una señorita que viste calcetas largas y minifaldas, no es menor de edad, pero lo parece y se da sus vueltas, repentinas, por la calle. Tiene teticas de perra, no son muy grandes, pero tiene un culo bonito. Tiene ojos azules, grises, o de cristal… y tiene unos muslos hermosos, unos tobillos magníficos, unos dedos universales, un cabello largo y rizado, nada más, pelirrojo a veces. Kayla tiene dientes de coneja, y tiene heridas, porque a ella también se le han muerto los muertos. Nos mira, la pobrecita, como si buscara en nuestros ojos citadinos magia. Yo nada más prendo un cigarrillo y le observo acariciar a un lobo, un lobo rojo, cuyo pelaje evapora las gotas de agua en cuanto lo tocan. —¿No se quemará Kayla? —le he preguntado a Bob y este, sencillamente, me ha dicho que Kayla es el vertiente de la naturaleza, que ella lo sabe todo, que sus caderas y la fertilidad, que de sus tetas se amamantaron los semidioses y los grandes hombres que todos desconocen, que sus ojos son el veradero amor de Dios y las vueltas que se da, son un simple juego que explotan los cosmos. —Kayla es nuestra madre, Kayla son los deseos más grandes, como la paz universal, la felicidad de toda la raza humana. Su carne saciará a los hambrientos, en sus manos la salud de los enfermos. Kayla es Dios y es Satanás, porque Kayla cuando duerme nos destruye, Kayla lo es todo —dijo Bob, y lo dijo tan seriamente, que estuve a punto de creerle. Y ella acariciaba un lobo rojo, que murmuraba palabras de amor, como esponjas de jabón, tan pronto sus dedos peinaban ese pelaje desordenado y yo seguía fumando, y miraba incrédulo a la mujer acariciando al lobo. —Kayla son las pasiones humanas, Kayla es furia, Kayla es violencia, Kayla es transgresión, a Kayla le perteneces cuando da vueltas y quiebra universos —dijo Bob, muy serio, mordiéndose las espinas. Creo, que el cacto regresó a un estado de pureza, creo… que el cacto, y su regresión, y Kayla acariciaba al lobo.

No puedo hacer más nada, solamente observarla, y fumar durante otros tres minutos de cigarrillo.

—Kayla me quiere cuando duermo. Kayla es tu madre —casi suelto la carcajada—, Kayla es tu abuela, dos mujeres en el centro cargando sus bolsas, Kayla es Imperio, es Raquel, e Inés, y la cruz, son tres Claudias, es Lilith, es K, y Borgia, y Frida, una Gloria, es Uhura, es un Sol entero, una María Magdalena, diez de mis espinas, y siete Patricias, Kayla es Cecilia, es Fátima, es Mariana, es Issel desnuda, y son reproches, y son tus culpas, y tus enigmas, y tus mejores triunfos. Kayla lo es todo, porque sin ella nada existe. Minuto y medio, antes de que termine la letanía y Bob sigue cantando todo lo que es Kayla, mientras miraba como peinaba al lobo y me preguntaba, ¿quién es él? ¿quién es él? ¿la misma que re/creó al cacto te hizo a ti, querido lobo? Y pensaba que Kayla era mi madre, y casi soltaba la carcajada, pero no lo hice… porque ella acercó su mano al hocico, y me horroricé cuando Kromg enseño sus dientes, la baba empezó a caérsele, abrió la boca, le mordió y se carcajeó de todos nosotros. Los dientes se clavaron en su piel de leche, y sus ojos cristalinos derramaron lágrimas. ¿Si Kayla destruye universos con sus piruetas, los borra totalmente con sus lágrimas? —La sangre de Kayla son niños muertos en el libro de T.F. Haddied —me dijo el cacto, y yo no le escuché más, porque miraba como a Kayla le dolía, y las lágrimas, y empezó a gritar, y la risa del lobo. No hay nada qué hacer, treinta segundos de cigarrillo, aún no se consumen. ¿Y los vecinos nos habrán escuchado? Entonces el lobo la dejó ir y se echó, cayó inmediatamente dormido. Gotas de sangre mancharon los muslos de Kayla, y sus calcetas largas, sus muslos hermosos, sus tobillos magníficos… me miró antes de irse, me sonrió antes de irse, se escondió la mano herida en su chamarra blanca y le dije adiós con la manita. Te amo Kayla, regresa pronto.

Parkuk.

En este departamento no se puede fumar porque uno de los tíos es muy sensible con los olores y es bien sabido —no por los propios fumadores—, que el olor del cigarro es, pues, bien pinche apestoso. Así que para conservar la santa calma, la paz y la estabilidad en las relaciones diplomáticas, salgo a fumar un cigarro a la entrada del departamento, la cual esta enrejada. Viví en esta Unidad durante creo que unos diez años, hasta que me mudé a la Narvarte y ahora que estoy de vuelta, siento que han pasado otros diez años. Algún día entenderé porque mi percepción del tiempo es tan particular (una manera de decir “mamona”) y porque siempre soy un anacrónico con la sociedad. De todas maneras así lo disfruto… la anacronía en mí, es una nostalgia hasta porque pasa una mosca, vieja compañera, y es un mal necesario, al menos para alguien que gusta del arte o se la vive coqueteando con él. Sufrir de nostalgia y melancolía es parte de mi misma vida.

La anacronía es una enfermedad depresiva y a veces, en ella se consigue el éxtasis iláptico (el lector avispado se dará cuenta de la redundancia, de la constante redundancia). Una sensación que todo esta bien… como maniático hay que vivir.


La oración anterior contiene muchas palabras domingueras que se leen mejor si no se sabe que son y finalmente, utilizo las palabras sin la seguridad de saber que son y me guío al como y que me suenan. Sólo cuando “escribo en serio”, voy corriendo a la RAE para que me ilustre, ya que no tengo varo, ni ganas verdaderas, de comprarme un Corominas. Y vamos, para mi no hay de otra, a veces me dejo llevar por el sonido de las palabras e invento cosas, me procuro un bonche de antítesis, contrastes y paradójas que un lector cuidadoso hará bien de tirar a la basura y decirme—: Cabrón, me estas cantinfleando.

La anacronía, mi santa madre o santa muerte, desprecia el verdadero significado de las cosas.


No fue hasta muy tarde, ya algo crecidito (para mis estándares anacrónicos), que me enteré de la importancia de la identidad. La identidad nacional, la identidad individual, la identidad social, la identidad familiar, la identidad etcétera. O tal vez estaba muy consciente de su importancia y es por ello que me dediqué a moverme entre varios círculos sociales / núcleos familiares / juegos relativos interpersonae, siempre jugando el papel de la ambigüedad o del guasón (reemplazo con facilidad la carta que te falta, Ma’ killin’ jokee). ¿Estaba la gente igual de consciente que yo de su propia identidad? Mis compañeritos de juegos en el mercado, las marchantitas de los puestos y los amiguitos de la escuela. Ser parte del ejercicio escolar de llevar la bandera, robarse los jimanes de un niño más chico que tú o alzar la mano para demostrar que eres un sabelotodo. Ñoño mamón, lángara noble.

La anacronía exige el olvido del sí mismo para la constante búsqueda del ego. Exige una ambigüedad natal, un quiebre en una o todas las identidades, depende del sabor de tu helado.


De igual manera, un anacrónico no pertenece a ningún lugar, no importa si es un nómada o un sedentario. Para el anacrónico no existe nada definitivo, aunque siempre esta pidiendo un sí o un no. El anacrónico habla en blanco y negro, cuando todo lo ve a colores. Un anacrónico no pertenece a nadie, aunque este sumergido y disfrute plenamente del juego social. Un anacrónico mira lo que todos no ven, lo que no existe ya en el presente, porque siempre oscila entre el pasado y el futuro. El anacrónico huele su propia mierda antes que todos los demás, porque esta consciente que cualquier dedo suyo puede mover las olas del tiempo.

Una anacrónico sabe que todos vamos al mismo lugar, que todos nos vamos a morir y no hacemos nada, somos niños jugando en lo que papá nos manda a chingar a nuestra madre o a dormir.


Eso pensé, entres mis dedos izquierdos se consumía un cigarro. Mi palma izquierda sostenía un cacto [Bob] que roncaba inquieto. Enfrente la reja del departamento, un silencio sepulcral de vecinos durmiendo o que no han llegado del trabajo. Soy una carta de Tarot. Tal vez la vecina de enfrente, una alta y delgada, morena, con cara de mosca muerta y “yo no cojo por placer, sino por merecer”, me dedicó una breve mirada de desprecio por fumar en mi jaula antes de encerrarse en su departamento. A mi derecha, en un espacio entre departamento y otro, un lobo encadenado con oro (apostaría que de alguna montaña), de pelaje rojo, me miraba fijamente. Un lobo… un cacto… un cigarrillo… una jaula… una vecina con caretcétera. Esto se me hace tan familiar, un dejá vù.

El lobo me sonrió, me dio la espalda, se echó a dormir y yo me metí al departamento cuando me terminé el cigarrillo. El cacto seguía roncando y todos duermen, excepto yo, el anacrónico.