Noviembre 12, 2007 — Persona (1).
Escrito por Agustin Fest.

(Ilustración por Sel).
El fin de semana, me di un tiempo para buscar periódicos pasados y descubrí que las tres mujeres muertas eran recién egresadas de la carrera de psicología en distintas universidades. Lo que pasó con Ileán no fue un caso aislado, había un patrón, y lo más seguro es que yo lo esté siguiendo. Muchachito confiado en sus personalidades múltiples, encanta chavitas inocentonas en el mundo laboral y se aprovecha de ellas. A todas las conocí en el 2003, y al parecer (por la insistencia de Sandoval), fui cliente o caso de estudio de las tres. Probablemente haya más, pero descubrirlo será difícil. Se habla de un asesino serial. El asesino del phi. México siempre se ha jactado de no criar, gracias a su “cultura”, semejante “porquería”. Basta con ver los noticieros, el caso del escritor canibal por ejemplo, para que algún comentarista exprese sonriente—. No tenemos asesinos seriales en México, como los hay en Estados Unidos.
Se ha de sentir muy listo con su comentario.
Me parece que el asesino serial estadounidense es producto de una cultura donde el temor a Dios es ambiguo, o muy libre. Nuestra educación católica es una correa que nos guía por el parque de las inmundicias y las flores. Una correa que nos ayuda a distinguir entre el bien y el mal. Lo correcto. Lo moralmente aceptable. Recuerdo que siendo un niño temía a Dios. Temía que mis actos estuvieran llenos de bondades en el nivel religioso y ese temor, con los años, ha disminuido como tantos temores que he rechazado a fuerza de golpes. Se ha convertido en otro dato cultural más. Por supuesto, eso no me excenta de hacer el bien, de ser honesto, de procurar el bienestar de mis queridos e incluso, de mis prójimos. Decidí que la honestidad de la bondad radica en el interior, no en el terror. Haber quebrado ese límite, ¿me ha convertido en un asesino?
No lo creo.
Aún cuando carezco de la capacidad para vigilar lo que hacen mis otras personas mientras duermo, estoy seguro que hay un trasfondo, otra casualidad que curiosamente se ha empalmado con la mía. Existen casualidades así de peligrosas en este mundo. Si no puedo vigilarme, trataré de comunicarme. Igual que ellos me han dejado mensajes, no se me había ocurrido respondérselos. Escribí preguntas muy sencillas: nombre, edad, lugar de residencia, detállame un poco más tu orígen, ¿sabes qué estas ocupando mi cuerpo baboso? Seguro uno de ellos dos responde. Lo siguiente constará de confiar en sus respuestas, tenerles fé, averiguarme si no tengo una familia en otra parte, si no estoy metido en otros problemas aparte del asesinato. De por sí luego cuesta ser una persona, imaginen lo divertido deben ser tres en un mismo cuerpo.
|
Tags: bondad, Dios, dividida, honestidad, mensajes, moral, personalidad, preguntas, religión, temor
Noviembre 7, 2007 — Despertares, Howl, Los malos días, Olor Gestalt, Paranoidefobico.
Escrito por Agustin Fest.
Al abrir los ojos, a las tres de la mañana, quien sabe donde, había una taza de café caliente frente a mi. Olía bien. La mesa era de madera, sin barnizar, seguramente comprada de segunda mano o cargada por su dueño en todas las mudanzas. Me recordó a la mesa grande de mi abuela. Aquella mesa que se llevó aún cuando la corrieron del departamento. Miré a mi derecha. La cocinita, tal vez algo más allá, un poco de imaginación y tenía una azotehuela. Miré a mi izquierda. Paredes color mostaza, fotografías en blanco y negro, borrosas, urbanas, comunes. Esas fotos que todos los aspirantes a fotógrafos sacan en sus primeras exposiciones, orgullosos e ingenuos, y esperan vender en precios muy humildes. El techo era blanco, sin albur. Las luces empolvadas. Una ventana detrás de mí. No había luces que me dijeran donde estaba, y las estrellas, bueno… Ciudad de México, smog, gracias. Llevaba la chamarra café y forrada, calientita. Recuerdo que había dormido sin playera antes de saber que la traía. Jeans. Ténis. ¿De verdad me atreví a salir tan noche? ¿De verdad no me ganó la hueva? Resoplé. El celular no se equivocaba: Las tres de la mañana.
Una de las cuatro sillas, cargaba orgullosamente en su respaldo la blusa y la falda de hacía unos días. Asentí lentamente. Revisé el celular de nuevo. Un mensaje en las notas: “Te hice café porque sabía que lo apreciarías con este frío. Por favor, habla con ella. Necesita consuelo”.
Habla… con ella. Me olí las manos. No… me ví las manos. Olían como aquella vez. Olían a una mujer de paredes de mostaza y fotografías en blanco y negro. Su sangre estaba entre mis dedos. “Necesita consuelo”. Alcé mi taza de café y me lo tomé lentamente. De verdad hacía frío. De verdad, consuelo… el camino del cempasúchil, guiarla al mundo de los muertos. Un hacha para partirla en cachitos. Seguro el hijo de puta la había matado y el consuelo, era dejarme el trabajo de esconder sus porquerías. Hijo de puta, pensaba, mordiéndome el labio, apretando los dientes, pero sin decir una sola palabra y tomándome el cafecito, creyéndome la gran señora de dignidad y decoro. Dejé que pasara el tiempo, a ver si me daba sueño otra vez. Mi celular no mentía: tres treinta y dos de la mañana. Mi taza de café a tres cuartos. Fue cuando escuché los sollozos y sentí un alivio superficial.
La pared mostaza se partía en un pasillo. Seguramente ahí estarían dos habitaciones y el baño. La cocina, en el pasillo a mi derecha. Practicaba mis dotes de arquitecto mental porque buscaba atrasar lo inevitable. Obvio. Estaba rico el café. Hijo de puta, seguro tiene una casita de café y así mantiene mis ingresos intactos. Me levanté de la mesa y caminé hacia los sollozos, el pasillo del general mostaza. Yey. Paso tras paso, aumentaba el volumen. Una habitación con la puerta entreabierta, un baño, y atrás una minicocina. Seguro no pagaba mucho de renta. Si pagaba más de tres mil pesos le estaban robando. Tenía la taza de café todavía en la mano. Olía rico, sabía rico, sabía metálico, sabía sangre, olía sexo, empujé la puerta.
Una mujer estaba sobre la cama, llorando… y riendo a la vez. Me confundió tanto, pero ya era tarde… cualquiera que fuera el lío, estaba con la mierda en el cuello, y bueno.
|
Tags: cachonderías, café, dividida, escenario, mensajes, miedo, Muerte, olor, personalidad, sexo
Septiembre 8, 2006 — 1-2-3, Familia, Fest.
Escrito por Agustin Fest.
Si bien, la señorita no ha hecho más que jugar con su tiempo últimamente, (perféctamente entendible hasta cierto punto, piensa)… él no ha hecho más que reunir una serie de berrinches que le han hecho decirle las cosas más inverosímiles. Ayer que no pudo dormir, entre que estuvo pensando hacer un juego erótico de tarjetitas (que ahora ha mutado en una versión electrónica, que simplemente cuando lo considere justo habrá de liberarlo) y la simple neurosis de siempre, le mandó lo que él considera una serie de mensajes entretenidos y sin ningún afán serio (lo que ella quisiera creer, sin embargo, él esta consciente de que le cumplirá cada una de las amenazas, al fin y al cabo que hay años). No es en balde que hoy se despertó muy tarde (y lo que se dice tarde), y quedó mal con su hermano cuando le dijo que le iría a recoger y que le acompañaría a ir a cierto lugar. Se sintió mal, pero las cosas se han arreglado después de comer y sólo espera que mejoren.
Así fue, por ejemplo, que le mandó esta serie de mensajes—.
- Ojalá el tal pp te muerda una nalga.
PP es un tipo con el que trabaja temporalmente. El hombre ya ha intentado que deje su actual trabajo para entrar a esa empresa, invitarle un café y recientemente le dijo que se veía hermosa, (o similares). Es menester que PP no tarda en morderle una nalga, o invitarle a Europa (sin ningún afán de coger, sólo pasear, por supuesto… vamos, nadie sabe que tiene la mente mexicana que piensa que Europa es buenísima excusa para ir a pasear casualmente con una mujer (son sólo unos 30,000 pesitos [muy jodido]), [Fest reitera: sin ningún afán de coger por supuesto, no mames, no… ¿coger en Europa? ¡Son 30,000 varos de pura cultura! sólo es ir a ver la torre eiffel y tomarse un café de 60 euros, nada más]), algo así.
Es un misterio para él, pero todos los hombres alrededor de ella que la tienen como cierto prototipo de mujer irremplazable o como una mujer hermosa apta para acariciarle la cabecita a sus hijos, eventualmente la invitan a Europa.
Las mujeres trabajadoras y empresarias son irremediablemente sensuales. La madre de Fest estuvo trabajando en telmex durante muchos años (antes de ser privatizado) como compradora y vendedora, sabe perféctamente lo que es tener una madre hermosa y demadrosa. Su madre era una chingona, tan así qué tan pronto aplastaba una de las moscas que a huevo le querían morder una nalga, se le aparecían otra de quien sabe que nido de mierda. Pero ella siempre fue una mujer lista, supone Fest, al menos en esa etapa de su vida, antes de que México le cobrara su imagen de mujer independiente.
Ummm, si por cada mensaje Fest piensa hacer una pequeña explicación, acabará siendo este un post kilométrico y poco divertido.
- Te voy a ahorcar con…
** El pelo de tu perro.
** El filito del aire.
** Con mi vello púbico, haciéndolo trencitas y si eso no alcanza, empieza a crecer el pelo de tu axila y de tu coño.
** Una manguera de agua.
Ella respondió en algún momento que si le ahorcaba, acabaría matándola. Fest le respondió de vuelta que solamente la ahorcaría para dejarla inconsciente, esperaría dos minutos antes de despertarla para volverla a ahorcar.
- Te voy a marcar una nalga con un hierro caliente.
- Me caes tan gorda que te voy a desinflar a piquetes de aguja.
- Ve pensando que vino quieres para deshinibirte, porque te voy a hacer una serie de torturas japonesas…
- Te voy a meter guayabas por la vagina.
- Te voy a comprar dildos hasta para las orejas.
- Te voy a despertar todos los días a las 3.10, 4.22 y 5.17 AM
- Voy a ser guerrillero en mi siguiente vida para saquear tu aldea, dejarte sin nada, y convertirte en mi esclava sexual para no tener que hacerle caso a tus “No, eso no!”
- Voy a masticarte el clítoris.
- Me voy a venir en todos tus brasieres.
- Voy a babearte encima durante cuatro horas seguidas.
- Te voy a rasurar el coño completito.
- Te voy a chupar hasta que te vengas 15 veces y no puedas articular palabra.
- Me voy a venir incontables veces en tu boca, tu cara y tu culo.
- Te voy a dar mi semen de desayunar y me tendrás que decir—. Gracias señor!
La nefasta sólo pensaba en sacarle de sus labios un “Te amo”, “Te quiero” y demás… no tiene la menor idea de la paciencia de Fest, y que poco a poco, cumplirá cada uno de los puntos de la lista. Así pasen unos cuarenta y dos años.
|
Tags: Amor, cachonderías, celos, celular, deseos, enojo, Listas, mensajes, mujer, Ocio
Agosto 22, 2003 — Arbol.
Escrito por Agustin Fest.
Tito y capoTiTo, decidieron disfrazar su identidad. Antes de que amaneciera y la gente que revisaba el reloj saliera como loca para llegar a su trabajo, pensaron como disfrazarse para que nadie se asustara por el árbol que camina. Se detuvieron en un viejo parque, que más bien era tierra con plantas muertas y juegos oxidados. Tito se dedicó a echar tierra en el carrito de metal, donde solía echar las cosas que encontraba y hasta que lo llenó bien, le dijo al Árbol que se subiera.
El Árbol obedeció, empujó sus raíces y se plantó en el carrito. Tito lo jaló hasta que llegó a una llave de agua, donde abrió y humedeció la tierra. El Árbol se sintió fresco y sonrió.
—Hemos caminado toda la noche —dijo el Árbol.
—No importa capoTiTo, tenemos que llegar a tu destino. ¿Hacia dónde?
—¿Seguro que no quieres dormir?
Tito se puso su bolsa de cemento en el rostro y aspiró, volvió a sonreír y los ojos se le enrojecieron.
—No. ¿Hacia dónde vamos capoTiTo?
El Árbol movió los labios inseguro, ya no recordaba nada, ni siquiera su nombre. Se rascó hojas con hojas y luego se acarició la cicatriz en forma de cruz de su ojo derecho.
—Hacia el norte, siempre hacia el norte. Cerraré mis ojos y mi boca, Tito, para que la gente no me mire. Recuerda no hablar conmigo cuando haya personas alrededor. Ninguno comprendería.
Tito asintió mariado y jaló el carrito, se puso a cantar su adivinanza, utilizando melodías de canciones que había escuchado en algún momento. No sabía donde estaba el norte, pero sabía donde estaba Barrio Norte. Se imaginó que el Árbol querría ir para allá, jaló el carrito, un poco pesado para él y la gente miró curioso como el niño arrastraba a su pequeño Árbol personal.
Y Simón Dor le había dicho al Árbol que todo se resolvería en sueños. En el mismo paraje gris donde había viso a su padre convertido en piedra, miró a una mujer morena, esbelta, vestida de Arlequín, con un traje ajustado estampado de rombos negros y rojos. En la cabeza llevaba el gorro de cuatro picos, con cascabeles repiqueteando cada vez que movía la cabeza de un lado a otro, sus dientes blancos y su sonrisa amplia contrastaban con su rostro moreno.
—Mi nombre es Tatiana Arlequín—dijo la mujer, extendió los brazos a los lados, luego los dobló y dobló las palmas de su mano. Avanzó un pie adelante y alzó su talón, forzando la posición, volteó su cabeza a la derecha y el ojo derecho parecía mirar al Árbol a los ojos—. Y yo, soy hija de Rafael, pero esa es otra historia y será contada en otra ocasión. ¿Cómo te llamas pequeño Arbolito?
—capoTiTo —respondió el Árbol instintivamente.
—¡No es cierto, mi querido Arbolito! —exclamó Tatiana y se rió, se le dobló todo el cuerpo cuando lo hizo. Rápidamente, hizo un salto de carro y se aventó sobre el pequeño árbol, su cuerpo cambió para ajustarse y poder aferrarse a su tronco con las piernas y los brazos. Acercó su nariz coquetamente entre los ojos del árbol.
—¿Dónde estoy? ¡Aquí vi a mi padre en un sueño!
Tatiana le dio un beso a la corteza del pequeño Árbol, quien sintió cosquillas. La Arlequín le soltó, se recargó en el tronco y miró hacia arriba, donde las hojas del árbol tapaban la extensión gris que cubría todo el sueño.
—Será difícil explicarte corazón, pero tú eres el Traductor de mundos. ¿Sabes qué es un traductor?
—Así me llamaba SYA.
—SYA no se equivocaba, pero él hablaba de idiomas. Yo hablo de mundos —Tatiana juntó los extremos de sus dedos, formando un círculo. Acercó su rostro, como si tratara de buscar en el aire un centro. Rápidamente se puso en pie y acercó este círculo hecho de dedos al ojo del Árbol—. Existen tres mundos. El mundo de la realidad, el mundo de la magia, y el mundo de los sueños que es el intermedio entre estos dos. Tú puedes caminar en estos tres mundos…
—¿Y por qué el mundo de los sueños es gris?
—Porque no eres ni real, ni mágico, ni sueño. Eres el Traductor y el Traductor, tiene que aprender a ver los tres mundos, antes de poder caminar en ellos. Simón Dor te ha enseñado el mundo real, por eso le conoces y caminas en él.
—¿Cómo sabes que soy un Traductor?
—Por la herida en tu ojo derecho, la herida en forma de cruz —sonrió Tatiana y saltó de un lado para otro, de una manera suave y agraciada. Cuando terminó, volvió a acercar su ojo al ojo del Árbol y éste pudo mirar una herida de cruz en Tatiana—. Yo también soy un Traductor, ¿ves? Soy el Traductor del mundo de los Sueños. Tu padre te ha dado ese maravilloso don sin siquiera proponérselo, tuve que usar su imagen para hacerte caminar…
—¿O sea que no vi a mi padre?
—No. No era él, realmente —El Arlequín hizo una expresión de niña regañada—. Pero escúchame, que no me queda mucho tiempo. Con el niño que se droga estás a salvo, porque ha perdido la fé de mirar la magia en el mundo y conserva la inocencia, es un estado raro de la mente… el niño es el mejor, porque su doppelganger ha perdido la capacidad de mirarte a ti. ¡Pero pobrecito! ¡Sufre mucho!
—¿Doppelganger? ¿Cómo hago para que Tito no sufra?
—¡Sh…! —dijo Tatiana, puso el dedo índice en la boca del árbol indicando silencio—. Escúchame bien. Los doppelgangers no suelen ser malos, pero ahora están bajo control de alguien. El Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal está lastimado y hay que curarlo, para regresar el balance de los tres mundos. El mundo de los sueños, afortunadamente, casi no ha sido tocado… porque le consideran el mundo perdido. Es un mundo caprichoso, que se atiene a lo que le ordene el corazón del que sueña.
—¿Dónde puedo encontrarlo?
Tatiana suspiró, se acostó boca abajo y recargó su mentón en las palmas de sus manos.
—Eso es lo difícil, corazón —Tatiana jugueteó con sus piernas—. El Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal existe en los tres mundos, tendrás que caminar cada uno de ellos. Cambia constantemente de lugar, para protegerse así mismo. Sin embargo, parece que alguien le encontró en uno de los mundos y ahora está pasando lo que está pasando… el mundo real no está siendo muy afectado, ni el de los sueños… pero el mágico es un caos. No tardará en extenderse.
—Esa es la misión que me dio mi padre, ahora la recuerdo. ¿Conoces mi nombre?
—Si, te llamas Árbol Tsef Thaed —sonrió Tatiana, se puso en pie e hizo un saludo militar, imitó a Clint Eastwood con la dureza de su rostro—. Pero lo has de olvidar tan pronto te pongas a caminar por ti mismo. Lo siento… eso también te lo heredó tu padre. Si descubres la historia del Árbol Tsef Thaed, encontrarás tu nombre y no lo olvidarás jamás… ¡Pero eso no importa! ¡Importa más la magia! El problema es que para recordar tu misión, debes recordar tu nombre… ese es un gran problema.
Tatiana hizo un gesto pensativo y pareció convertirse en estatua, porque no se movía, no respondía, no hacía nada.
El Árbol parpadeó un par de veces. Le había dolido ese no importa. Y cuando parpadeó una tercera, se encontró de nuevo en la realidad. Tito no estaba en ningún lugar, parecía ser mediodía y estaba en una calle medio húmeda y llena de basura.
Se le había olvidado preguntarle a Tatiana tantas cosas.
|
Tags: árbol-de-los-mil-caminos, caminar, mensajes, padre, símbolos, soñar, tito
Julio 16, 2003 — El Viaje de Simón Dor, Un tal Simon Dor.
Escrito por Agustin Fest.
En el día número quince, seguido por su noche. Simón y el Árbol Tsef salieron a buscar al súcubo. Y no sabían que sería imposible encontrarle hasta que este se dejara ver, ya que utilizaba al niño para esconderse entre ilusiones e irrealidades. Cuando Simón pasaba por el Cuarto del Jardín, se descubría saliendo del Cuarto del Laberinto. Y cuando el Árbol miraba la puerta de Beatriz, despertaba de un largo letargo para darse cuenta que se encontraba en el Cuarto de Fest.
En el monolito, el Árbol Tsef leyó: “Th-ed”, “Perdóname”, “Pronto le hará daño y ni siquiera habrá de importarle”, “¡Sálvalo!”. Se aprendió los mensajes para dárselos a Simón más tarde, pero les olvidó, ya que cuando salió del monolito, se encontró en la proa y escuchó los ronquidos de la vieja durmiendo.
Ludiah Sartdac se había encerrado en el Cuarto de Trofeos, con el niño en brazos. La cabeza del rottweiler dejó de ladrar y abrió los ojos, no jadeó, no respiró. Miró, ya que era lo único que podía hacer. El súcubo paseó su mirada alrededor del Cuarto de Trofeos, después dejó al niño en una esquina, alzó una mano y un velo oscuro le mantuvo flotando y encerrado en una nube oscura.
—Simón no fue muy listo al conservarlo todo, ¿verdad, mi querido? ¿Cómo te llamas?
—Bobby Mindar —respondió la cabeza del rottweiler.
—Muy bien. No pudo ser otro que Simón el que te nombrara. Bobby, el diminutivo, un nombre ridículo para aminorizar el temor que te tiene. Mindar, el nombre oscuro y misterioso, la naturaleza de tu ira. Ahora ven querido, haremos que Simón conozca la extensión de tu verdadero ser.
—Debo proteger a Simón.
—Ya no.
El Árbol Tsef y Simón Dor, en lados opuestos del barco, escucharon el aullido del perro que estremeció los cielos e hizo retumbar a los relámpagos. Simón salió del pasillo y encontró que el Árbol Tsef ya se encontraba en su habitación. El Árbol Tsef y Simón acordaron mantenerse unidos, el primero amarró una rama alrededor de la cintura del segundo, para que las ilusiones los llevaran al mismo lugar. El viejo tomó el hacha que había dejado en su habitación la noche que salió del Laberinto y los dos caminaron por el pasillo hacia el Cuarto de Trofeos.
Ludiah Sartdac se lamió la sangre que salía de los ojos del perro, el cual, ya no tenía manera de mirar. Buscó entre las cosas del Cuarto de Trofeos y encontró los ojos de Galloria. Con sumo cuidado, los acomodó dentro del perro y éste volvió a abrir los ojos.
—¿Todavía quieres protegerlo?
—Ya no.
—Muy bien.
Llevó la cabeza hacia el esqueleto metálico, abrió el cuello del perro y sin vacilación… metió la cabeza en un solo empujón que hizo aullar al perro de nuevo.
Simón y el Árbol Tsef miraron el Cuarto de Trofeos. Simón alzó su hacha y el Árbol empujó la puerta, los dos caminaron y se dieron cuenta que estaban en el Cuarto del Jardín. El viento cantó, la presencia del Árbol modificaba enteramente al cuarto haciendo que el cielo pintado, las nubes pinceladas y el pasto brochado cobraran vida.
El viento manipuló lo que quedaba de las alas de las mariposas y las hizo volar a través del jardín, hasta que se perdieron en un cielo que no existía.
—Esa puta nos hará caminar en círculos. ¿Qué demonios está haciendo? ¿Qué fue lo que le hizo al perro?
El Árbol Tsef se encogió de ramas, y caminaron juntos por la puerta.
—Te ves más bonito así —Dijo Ludiah Sartdac, después, utilizó la piel del súcubo Mama Esirasaft y ésta se adhirió sola, cubriendo por completo el esqueleto. Minocino, se dijo en silencio Bobby Mindar. El perro bajó la mirada para ver su cuerpo y notó que no podía su propio cuerpo como otros lo harían… Ludiah lo resolvió con el reflejo de Zalic Luia y completó al monstruo—. Tan sólo nos resta darte vida, para que odies a Simón y no dudes en matarle cuando se meta al Laberinto.
Ludiah Sartdac se quitó una de las mariposas del cabello y la puso en la boca de Mindar. Este la tragó. Al hacerlo, pudo mover su cuerpo y se acostumbró a los cambios.
Ya no extrañaba ser una cabeza, y tampoco extrañaba proteger a Simón.
—Transformación, transmutación.
El Árbol Tsef y Simón salieron del Cuarto del Jardín para encontrarse simultáneamente en el Cuarto de Juegos. Se miraron y suspiraron cansados.
Escucharon una risa rasposa que no habían escuchado antes. Y los dos dedujeron lo mismo. El perro había cambiado.
Ludiah Sartdac abrió la puerta del Cuarto de Trofeos y dirigió a Bobby Mindar al Laberinto.
—Tienes un nuevo hogar, recuerda quedarte ahí… han de entrar, tarde o temprano. Si todo falla, eres el único que puede ayudarme.
El perro con cuerpo de hombre asintió, y se metió riendo al Cuarto del Laberinto, donde habría de perderse.
Ludiah regresó al Cuarto de Trofeos y miró que ya no necesitaba nada más ahí, miró el Libro de Mamá Esirasaft y le escupió encima, nunca le agradó su hermana ni su ridículo libro con tono de Biblia. Por ella, Simón podría quedárselo. Se llevó al niño en brazos al Cuarto del Jardín y volvió a sellarlo con una magia que no era suya.
El Árbol Tsef y Simón, aún cargando el hacha, caminaron por el pasillo de los cuartos. El perro ya no ladraba, pero la pregunta de Beatriz inundaba el ambiente. Intentaron una vez más en el Cuarto de Trofeos y pudieron entrar, Simón miró con atención y se dio cuenta que el esqueleto metálico y los trofeos recuperados de los súcubos, se habían ido. Igual que la cabeza de Bobby Mindar.
También miró el mueble donde solía estar la pistola de McGonnagal y las tres semillas del Árbol. Pero se sintió inusualmente tranquilo cuando encontró que la llave de Beatriz seguía ahí.
El súcubo planeaba algo.
—¿Qué sucede Simón?
Simón alzó una ceja y después prendió un cigarrillo.
—Que nos esperan días muy divertidos, eso es lo que pasa.
El viejo miró de reojo el Libro de Mama Esirasaft, que descansaba tranquilamente. La cubierta estaba en cierta forma oscurecida, medio húmeda. Parece ser que al súcubo no le interesaba lo que anotó su hermana en lo absoluto y la verdad es que a Simón, tampoco. Salieron del Cuarto de Trofeos y se dirigieron a la habitación, donde otra vez, no conciliaron el sueño.
Simón y el Árbol Tsef miraron el brillo del hacha, hasta que tan solo restaban catorce días, con sus catorce noches.
|
Tags: árbol-tsef, Búsquedas, bobby-mindar, Cuarto-de-Fest, cuarto-de-juegos, Cuarto-de-Trofeos, Cuarto-del-Jardín, Cuarto-del-Laberinto, hacha, ilusiones, irrealidades, libro, ludiah-sartdac, Mama-Esirasaft, mensajes, risa, súcubo, simón-dor, transformación, transmutación, viaje
Julio 3, 2003 — El Viaje de Simón Dor, Un tal Simon Dor.
Escrito por Agustin Fest.
Día 71.
Querido Diario:
27 días / 27 noches.
Después de pasar un rato ameno con el Árbol Tsef, (creo que estamos convirtiéndonos en amigos, o al menos, eso piensa él). He ido por una de las llaves del Cuarto de Beatriz. Una de las frutas azules me nubló los sentidos y me hizo hacerlo. Eso y recordar a las mujeres. Recordar a la mujer de mi vida. La mujer muerta de mi vida. Eso hice. Fui por una de las llaves del cuarto de Beatriz (oficialmente, El Cuarto de Máquinas, dentro de éste barco) y me quedé de pie ante la puerta. De pie ante la puerta me imaginé que esta era grande y yo muy pequeño. Yo muy pequeño ante Beatriz.
Acerqué la llave al picaporte y escuché sonidos en el cuarto de la derecha, el cuarto del monolito. El Cuarto de Fest. ¿Era una advertencia o una excusa? No lo sé, traté de ignorarle pero me fue imposible.
El Árbol Tsef cerró sus ojos y entró en un estado similar al sueño, se meció suavemente con la brisa marítima. Le sentaba bien, a pesar de ser un mar inmundo y un cielo gris. Despertó al sentir algo sólido dentro de su boca, la abrió y dejó salir lo que había. Eran semillas pequeñas. El Árbol parpadeó y cerró sus ojos, concentrando su atención en esas semillas que había expulsado, éstas se movieron como una extensión de su cuerpo, metiéndose a la habitación de Simón y luego adentrándose al pasillo. Llegaron al extremo, donde se juntaban tres de los cuartos: El de Máquinas, el del Monolito y el del Laberinto. Ahí aguardaron el uso que habría de darles el Árbol. De Simón, ya no había rastro.
Guardé la llave en mi bolsillo y entré al Cuarto de Fest. En el monolito estaban escrito los siguientes mensajes: “He querido verla”. “No debí decirle”. “¿Recuerdas a Beatriz?”. “No se qué hacer”. “Tengo ganas de caer”. “Estoy brincando la zanja, la zanja, la zanja”. “No me atrevo a llamar”. “Ya no se que sigue”. “La zanja, la zanja, la zanja”. “Solo puedo existir, hasta el final”.
Los repasé tranquilamente con la mirada, sabía lo que querían decir pero yo no podía hacer nada al respecto. Suspiré y me salí del Cuarto de Fest, una mera distracción. Cuando salí, la puerta del Laberinto estaba abierta.
Los laberintos me son irresistibles, mi querido Diario. Hice mal cuando entré a este y la razón la sabrás pronto.
Me despedí del Cuarto de Máquinas con una mirada, agradeciendo mi buen juicio de no desperdiciar una llave. Entré al laberinto como un juego. ¿Cómo te lo imaginas, mi querido Diario? ¿De pasillos blancos, con luces en lugares insospechados? ¿De ladrillo rojo, marmol en los pisos y puertas metálicas? No, mi querido Diario, éste era un laberinto de niebla, donde en cada muro había imágenes representando escenas.
Escenas de personas que yo no conocía y se me hacían familiares. El lugar era una copia de aquel otro lugar del que he escuchado hablar y tal vez, ese sea el propósito de su existencia. Este laberinto, si es resuelto, me llevará al pasillo de la muerte. Las imágenes estaban estáticas, a diferencia del Pasillo, donde me han dicho que se mueven y son como espejos a otros mundos. Las imágenes del laberinto parecen como talladas en piedra, sobre la niebla gris y profunda. Un lugar muy interesante y que me gustaría analizar más profundamente, tal vez, en un futuro.
Después de todo, así llegaré a La Muerte, mi querido Diario.
Me perdí en el laberinto. Pues claro está, para eso son construidos. En el camino me encontré un hacha y la miré durante largo tiempo. ¿Qué hacía un hacha ahí? La tomé y me di la media vuelta. Escuché ruidos de algo que rodaba sobre el piso… no estaba solo dentro del laberinto, tal vez me convenía llevar el hacha después de todo.
Y me convencí más, al escuchar jadeos. Jadeos familiares. Después fueron ladridos. Bobby Mindar también estaba adentro. Me paralicé del susto. ¿Estaba aquí adentro para ayudarme o matarme? No lo sabía, no podía asegurar si la cabeza del perro había enloquecido, aunque me hubiera ayudado contra los piratas. Corrí buscando salidas. El sonido del perro y el sonido rodante se hacían más distantes o cercanos, dependiendo a donde fuese. Tuve el hacha alzada, preparado para todo.
Me tropecé, encontré el origen del sonido de los rodantes. Eran semillas puestas cuidadosamente una después de otra. El jadeo del rottweiler parecía ya estar más cerca. Me levanté rápidamente y seguí a las semillas, como hubieran hecho el estúpido de Hansel y la estúpida de Gretel si no hubieran sido cuentos de hadas… tardé en llegar a la entrada/salida del laberinto, pero lo logré. Salí y cerré la puerta.
Imagina, mi querido Diario, mi cuerpo lleno de sudor y el dolor en todas mis articulaciones. Yo no tengo la culpa de ser viejo.
Descansé un rato y luego me dirigí al Cuarto de Trofeos, ya después me iría a la cama. El rottweiler estaba adentro, con los ojos cerrados, haciéndose el dormido… o probablemente lo estaba y todo me lo inventé como una alucinación. Busqué en mis bolsillos la llave de Beatriz y no la encontré.
La he perdido en el laberinto.
He perdido una llave en el Laberinto.
No sabes cómo grité y como lloré y como golpee todo lo que estaba a mi alcance.
Restan todavía veintisiete días con sus veintisiete noches. Me he llevado el hacha a mi habitación… no quiero sorpresas nocturnas.
|
Tags: Amigos, árbol-tsef, beatriz, Cuarto-de-Fest, cuarto-de-laberinto, cuarto-de-máquinas, día-71, desamor, diario, laberintos, llorar, mensajes, mindar, Muerte, nostalgia, perdición, perro, rottweiler, simón-dor
Abril 22, 2003 — Enigma, favoritos.
Escrito por Agustin Fest.
Es cuando ella le platicaba que se la imaginaba con una sonrisa. Cuando ella le contaba de su día o le decía de antemano lo que él pensaba contestar… disfrutaba mucho imaginársela con una sonrisa y no pensaba que era posible imaginársela de otra forma. En su mente resolvía el rompecabezas y soltaba pistas silenciosas para recuperar más piezas, sin que ella lo supiera… y después la sorprendía al decirle las cosas que ella no esperaba que él intuyera con tan solo los vestigios de los frugales encuentros que se suscitaban entre los dos.
En la ausencia de ambos, encontraban su compañía. Los mensajes que se mandaban servían para seguirse el rastro todo el día, como un aroma de café que les envolvía, que se les presentaba cada vez que cerraban los ojos al respirar. Ahí estaban unidos, en su ausencia.
Se perseguían como élfos en forma de viento, ella al mirar atrás podía ver el cuerpo de él confundirse con la brisa… él se espantaba cuando la flor de los cerezos formaba la silueta de ella. No podía ser que la estuviera viendo en todas partes y aún así, se reconfortaba. Se limitaba a una discreta sonrisa, porque temía que si se abrazaba a sí mismo en público, le juzgaran loco… pero loco, es que loco ya estaba.
Ella ya hablaba sóla cuando caminaba de noche en las calles. Él ya le respondía en silencio con una mirada, cuando veía su reflejo en el autobus. Y es que pronto ya no necesitaron mandarse mensajes, porque era así que la estrecha cadena invisible, como aquella que ató a Fenrir, los ató a ambos y ésta vez no había dios que pudiera detener el encantamiento.
Porque era así de grande la ausencia que había crecido en ambos y se reían al saber cuánto les unía.
¿Dónde estarás hoy? Preguntaba él al afeitarse. En el trabajo, respondía ella mientras se tomaba el café. ¿Regresarás temprano a casa? preguntaba él mientras se hacía el nudo de la corbata. Si, para extrañarte mucho respondía ella, deseando estar con él para enderezarle el nudo mal hecho.
Y en las noches, cuando la ausencia del cuerpo era aún mayor, ambos sufrían de fiebres que les retorcían las extremidades y les arrancaban el aire de los pulmones. Tan alejados por el estrecho espacio-tiempo, se acercaban aún más por métodos metafísicos. Las manos de él acarician el aura de ella, y ella pasaba sus labios por el karma, él se amamantaba del cosmos y ella se entregaba a una misa negra como la que escribió Gutiérrez.
Al terminar se miraban a los ojos y se daban el beso de los buenos días, beso que se perdía como la distancia se pierde en la ausencia.
|
Tags: Amor, ausencia, compañía, cotidianidad, favoritos, ilusión, internet, locura, mensajes, universo