Cuarto de Máquinas III.

Este post es parte de una serie, llamada “Segunda parte del diario de Simón Dor: El viaje”. Anotación 33 de 48


Simón salió del Cuarto de Fest y se dirigió al Cuarto de Trofeos, en él, depositó el reflejo en el espejo del súcubo Zalic Luia y también sacó de sus bolsillos las tres semillas que pudo recuperar del Cuarto del Laberinto. Se acercó al mueble donde estaban las llaves y la pistola de McGonnagal, y sin perderse en decisiones, sacó una de las llaves del llavero y la mantuvo firme en sus manos. Esta vez, no se perdería.

Salió del Cuarto de Trofeos y se dirigió a la puerta del Cuarto de Máquinas. Cerró los ojos y la mano que sostenía la llave se sabía el camino de memoria para entrar a la cerradura.

CLICK.

La puerta se abrió, Simón Dor empujó la puerta y entró. No había marcha atrás, en el amanecer número veintiuno.

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Diario de Simón Dor. Día 68.

Este post es parte de una serie, llamada “Segunda parte del diario de Simón Dor: El viaje”. Anotación 22 de 48


Querido Diario:

El Cuarto de Trofeos se ha hecho más siniestro. Con los ojos del súcubo Galloria flotando en el formol y la piel del súcubo Mama Esirasaft colgando de un perchero. La cabeza del rottweiler Mindar sigue sonriendo, jadea lentamente y me mira con ojos grandes. Le sonrío de vuelta y él crece más su sonrisa… eso me hace preguntarme, ¿por qué no mejor le llamo Bob? Suena más tierno que Mindar y al menos, me daría menos miedo cuando le mire.

El esqueleto estático de metal, con los pulmones de plomo flotando dentro del tórax, parece una armadura medieval protegiendo las llaves del cuarto de Beatriz. Me he decidido a mover las llaves un poco más cerca de la entrada para no hacer el recorrido entero del museo de excentricidades que he estado construyendo. También he puesto la pistola de McGonnagal junto con las llaves. No sé si Mindar/Bob pueda enloquecer tarde o temprano y quiera atacarme.

El libro de Mama Esirasaft puede corromperse en el polvo.

He sorprendido a Yasmín gritarle al niño mago y viceversa para comunicarse. No sé porque no apelan al sentido común… al menos entiendo que la vieja no quiera pararse de su asiento, pero el niño tiene mucha energía para caminar hasta la popa. ¿Por qué no lo hace? Así no estaría soportando los gritos que se avientan el uno al otro como pedradas.

La Tía Yemita:¡A qué no puedes escribir una historia de cuándo le robé el alma a un hombre llamado Gerardo Quesada! ¡Le he dicho que podría ser inmortal siempre y cuando existiera un retrato suyo!
Niño mago:¡Pero si la he escrito abuelita Yasmín! ¡Y también escribí la historia de dos hombres, Dumas y Domingo, que eran tan amigos que se confundieron de tal forma que no sabían cuál había cometido el primer asesinato y cuál era el inocente!
Árbol de los mil nombres: Matías, Saítam, Síatma, Tsaíma

Esto se ha convertido en un circo. El único que parece comprenderme es el delfín, que recibe mi mirada con una sonrisa constante y navega luchando contra el mar contaminado para mantener el paso de mi barco. El árbol sigue vigilante de mis pasos y entre-abre sus labios para decirme algo… se contiene y después vuelve a la ley del hielo. Yo le sonrío y le saludo con mi gorra. No seré yo el que dé el primer paso.

He pensado en la teoría del omniverso que ha propuesto Fest en el monolito. Él habla de escribir todas las historias del mundo, lo cual no me parece mal. Aunque ha olvidado algo terriblemente importante, si llegara a encontrar el punto donde se conjuntan todas las historias del mundo, podría también modificarlas. No sería el Dios de un sólo universo, sino el de todos los universos.

Claro, él es joven. No ha contemplado la posibilidad de convertirse en Dios, solo un mero espectador. Un escriba que dependió de la inspiración divina.

¿Y saben dónde se encuentra eso que está buscando? ¿No lo adivinas, mi querido Diario? Yo tengo una vaga idea. En el Cuarto de los Espejos. Pero no tengo la llave y francamente no me gustan los espejos, así que me ahorraré la molestia de convertirme en Dios yo también. Es más, seré feliz si el cuarto de los espejos desaparece así como vino.

Treinta días con sus treinta noches.


He ido al cuarto de trofeos y he tomado las llaves del Cuarto de Máquinas cuando dormía. Y también dormido, caminé por el pasillo de los cuartos y estuve frente a la puerta, queriendo acomodar la llave con la torpeza del sonámbulo. Fue cuando sentí una mano áspera en mi hombro que me despertó y abrí los ojos como lunas. Estaba a punto de desperdiciar una llave.

¿Simón, dónde estás simón? —pude escuchar repetidamente, tan rápido como los latidos de mi corazón. Quería entrar, deseaba entrar, pero la mano áspera en mi hombro me detenía fuertemente. No voltée, me quede varado frente a la puerta, asombrado de la fuerte tentación que representaba mirarla de nuevo, abrazarla, quererla y sentirla. Mirarle los ojos, mirarle el cuerpo, olerla hasta embriagarme y después llorar su maldita imagen fantasmal. Llorar que no existiese y no pudiera abrazarme.

—No es hora todavía —dijo el dueño de lo que creía era una mano, de reojo pude mirar una manzana roja que colgaba de una rama seca— Simón, dime, ¿por qué Matías?

—Jaramillo —respondí—, la anciana ciega. ¿No recuerdas nada de eso?

—No.

—Antes me llamaba Matías. Sólo que lo había olvidado.

—¿Entonces tu nombre guarda relación con el mío? Te he salvado de la tentación, ahora tú sálvame del nombre falso que no me puedo quitar de la mente.

Sonreí.

—¿Estamos jugando a los favores?

El árbol me contestó con una voz áspera y sucia—: No, te estoy salvando de tí mismo. Como tú lo hubieras hecho por mí.

Me quedé pensando y voltée para encarar al árbol de los mil nombres. Le debía la verdad.

—Matías era un escritor, que creyó que podría escribir las historias del mundo y asombrar a todos con ellas. Así como Fest. ¿A Fest lo recuerdas?

—Vagamente.

—Curioso que el nombre de Fest no haya tenido ningún efecto sobre tí.

El árbol respiró lentamente. Sus labios presentaron una tristeza, como en una caricatura.

—Es el nombre que me ha marchitado y también, es el nombre más falso de todos.

Me reí.

—¿Y Simón? ¿Simón Dor? —le pregunté.

—Es el nombre más real. El nombre que más me confunde.

—Sigue jugando con los dados, árbol. No puedo ayudarte porque no me sé tu nombre.

—¿Me puedes ayudar?

Me reí de nuevo, el árbol no pareció apreciar mi gesto. Lo confundió con sarcasmo en vez de ironía. Nos miramos largamente y él comprendió.

—Gracias —dijo el árbol de los mil nombres y se fue.

Si, treinta días, con sus treinta noches.

Libro de Mama Esirasaft.

Este post es parte de una serie, llamada “Segunda parte del diario de Simón Dor: El viaje”. Anotación 20 de 48


Credo in Deum Patrem omnipotentem; Creatorem coeli et terrae.

Capítulo 17.

El viaje de Simón.

Simón 17:1 Hubo en tierra de hombres un hombre llamado Simón Dor, y él era injusto y cruel, discutía con Dios la existencia de Dios y a pesar de ello, por Él era querido, ya que era su hijo que sólo necesitaba enmedar su camino.

Simón 17:2 Decidió hacer un viaje de cuarenta días y cuarenta noches.

Simón 17:3 Con inspiración enteramente humana, construyó un barco al que habría de llamar “Mojalnir” mientras dormía y al amanecer entendió que debía partir en él, para buscarse así mismo…

Simón 17:4 …o tal vez la inmortalidad…

Simón 17:5 …o tal vez la muerte…

Simón 17:6 Ofreció un sacrificio para sí mismo, matando a un perro y llevándose su cabeza. La sangre la ofreció a la noche y bautizó su sagrada cruzada con el nombre de “El viaje”. Besó tierra antes de partir y blasfemando contra Dios y contra Satán, decidió navegar en el mar oscuro que es el puente entre la Tierra de Nod y el Río del Aqueronte.

Simón 17:7 Simón blasfemó, llamando al mar Yunén

(Nota de Mama Esirasaft, rayada en el canto de la hoja—: en algunos textos, Yenén).

Simón 17:8 Los piratas le asaltaron durante el viaje. Arrancó los ojos de una súcubo hermana al robarle su alma. Dios jugó ajedrez contra él.

Simón 17:9 También ha descubierto la capacidad de ver a los muertos.

Simón 17:10 Un delfín, un árbol de mil nombres, un niño mago que nació antes de los tiempos de Cristo y madre Lilith habrían de acompañarle en su viaje.

Simón 17:11 Simón hizo que se partieran las nubes grises del cielo para que iluminara el sol al árbol de los mil nombres, el cual conservaba una manzana de propiedades paganas colgando de una rama seca.

Simón 17:12 Y para Madre Lilith, partió las nubes grises del cielo para que le iluminara la luna, una débil estrella y así, ella representase la noche.

Simón 17:13 Entonces llegué yo, Mama Esirasaft, un súcubo hija de éL y de Madre Lilith, a treintaitrés días para que Simón terminara su viaje.

Simón 17:14 Se me ha enviado para detener a Simón y Simón me ha llamado a mí.

Simón 17:15 Así está escrito en el capítulo número diesiciete del Libro de Mama Esirasaft. Que estas palabras queden sembradas en las espigas negras que crecen en el campo de Uz, por los siglos… de los siglos.


Et in Jesum Christum, Filium ejus unicum, Dominum nostrum; qui conceptus est de Spiritu Sancto, natus ex Maria virgine;

Simón había olvidado al súcubo, después de lo sucedido con Yasmín que se había instalado en su barco. Notaba divertido que el peso de la vieja era tal, que el barco se hundía un poco del lado de la popa. Cuando acabó de asombrarse y se aburrió de escuchar los murmullos de Yasmín (los cuales enumeraban todas las almas que había robado), caminó a la proa e ignoró al árbol de la manzana y al niño mago, ya que ellos continuaban ignorándole —aún después del episodio tan importante con la vieja—.

Miró los restos de los piratas metálicos, no se decidía a tirarlos por no contaminar más el agua del delfín. Los restos eran pocos y ligeros, así que decidió ponerlos en el cuarto de trofeos. Al entrar, los restos tuvieron un efecto extraño: se hicieron metal líquido y después se juntaron para solidificarse y construir la forma de un esqueleto humano y sus pulmones.

Simón Dor se carcajeó, probablemente la muerte le estuviera advirtiendo acerca de su adicción a la nicotina. Luego acercó su mirada a las llaves de Beatriz que estaban colgadas en uno de los tantos ganchos que había en el vasto cuarto de trofeos. Tres llaves y la tentación de utilizar la primera era tan fuerte, que Simón se descubrió metiéndolas en los bolsillos de sus pantalones de lana.

—No —se dijo. Puso las llaves en el ganchito, se despidió de la pistola de McGonnagal y miró con miedo supersticioso la cabeza de Mindar.

Mindar le regresó la mirada y su horrible rostro de rottweiler muerto, parecía sonreírle.

¿Qué razón de ser tendrían los trofeos?, se preguntó en silencio mientras cerraba el cuarto. De reojo miró una mujer de vestido negro que caminaba por los pasillos y cuando volteó para mirarle completa, ya no estaba ahí.

Entonces recordó al súcubo y escuchó al silencio susurrarle su nombre: Mama Esirasaft.

passus sub Pontio Pilato, crucifixus, mortuus, et sepultus; descendit ad inferna; tertia die resurrexit a mortuis; ascendit ad coelos;

El silencio dirigió a Simón por un pasillo que no sabía que existía dentro de su barco. Estaba preguntándose como lograba el barco ser más grande, de lo que realmente era y la respuesta sencilla le provocó una sonrisa mientras prendía un cigarrillo.

—Nada de mamadas del omniverso, ni la conjunción del principio y el fin que hacen estragos en la realidad. No… es tan sencillo como que yo hice mi prisión tan grande como quise.

Escuchó la risa del súcubo, una risa adolescentil a contrario de lo que esperaba por el nombre del súcubo. Decidió seguirle el juego y continuó caminando por el pasillo hasta topar con dos puertas laterales, una de ellas le llevaba al Cuarto de Fest y la otra le llevaba al Cuarto del Laberinto.

—Era de esperarse —dijo Simón y se encogió de hombros—. ¿Por cuál te has ido Esira? ¿Te importa qué te llame Esira? Ya que Mama Esirasaft se me hace demasiado grande y tal vez, hasta un anagrama ridículo.

—Puedes llamarme como quieras —respondió el silencio del súcubo.

—Oh, lo olvidaba… —susurró Simón—. Los súcubos no respetan su nombre con tal de que uno se las coja.

sedet ad dexteram Dei Patris omnipotentis; inde venturus (est) judicare vivos et mortuos.

Abrió la puerta del Cuarto de Fest y se asomó. Un cuarto donde un monolito descansaba. El viejo no resistió la curiosidad y entró al cuarto… en el monolito había un mensaje que decía—Ya estoy tranquilo, le he dicho.

Simón Dor se sonrió, después de todo, el viaje de Fest estaba avanzando rápidamente y también entendió otra cosa… ya no recibiría de él más cartas. Sólo mensajes en forma de enigmas.

—¿Ahora es tu turno de tenerme a mí en ascuas, tratando de descifrarte? Zarahuato imberbe… está bien, jugaré contigo.

El monolito borró la frase y se quedó hecho piedra. Simón salió de la habitación y el súcubo volvió a tentarle por la comisura del ojo.

Cuando el viejo volteó, otra vez, ella ya no estaba ahí y escuchó su risa, que provenía del Cuarto del Laberinto… se lamentó por no traer el hilo que había usado Ariadna para Teseo. Tal vez no sería necesario, a menos que algún minotauro llamado Hör le estuviera esperando del otro lado.

—No me tengas miedo —dijo la voz adolescentil.

—Me has encantado con tan sólo medio observarte —confesó Simón—… acabemos con esto de una buena vez, acerca esas hermosas caderas que tienes y esas nalgas divinales, que este viejito quiere acción.

—Yo soy diferente.

—Como todas las mujeres del mundo.

El súcubo se rió.

Credo in Spiritum Sanctum; sanctam ecclesiam catholicam; sanctorum communionem; remissionem peccatorum; carnis resurrectionem; vitam oeternam.

—Dios te ha mandado su credo para protegerte.

—Dios y tu padrE harían bien en no intervenir —dijo Simón—. Yo acabaré decidiendo lo que yo quiera… demonios, tu maldita imagen, tan sólo me ha dado una erección por querer poseerte y tan sólo he visto, tan poco de tí. Tu voz adolescente, tu andar de mujer… maldita eres.

—Te dije que yo era diferente.

Simón se llevo una mano a la entrepierna sin voluntad y aunque la hubiera tenido, no lo hubiera evitado. Abrió el zipper de su pantalón y buscó adentro lo que tenía unas ganas inmensas de acariciar, su piel estaba tan caliente y las arrugas formaban ríos de sudor. Descubrió que entrecerrando los ojos y mirando a la lateral, podía ver la imagen de Mamá Esirasaft de una forma mas nítida.

Se recargó en la puerta cerrada del Cuarto del Laberinto y se deslizó suavemente donde se sintió más cómodo para masturbarse. El súcubo eficazmente se instaló a su lado, pero cuando Simón le quería mirar a los ojos o volteaba bruscamente para verla mejor, ella desaparecía.

—¿Qué tipo de súcubo eres? —dijo Simón, con la voz entrecortada y aumentando el ritmo de su mano.

—No lo sé, pero si quisiera te tendría ladrando como un perro ahora.

El perro le recordó a Mindar y Mindar le recordó las llaves del cuarto de Beatriz. Había un silencio espantoso que sólo era interrumpido por los jadeos de Simón, el sonido de la piel y la risa del súcubo. Algo no cuadraba y realmente, no le importaba. Tan no le importaba que descubrió que le importaba mucho.

Mama Esirasaft no le dejaría detener la mano, con la risa, la sonrisa, su piel blanca, sus caderas, sus nalgas. Se le estaba metiendo en la mente y sentía como se le estaba metiendo en el alma. Pronto ya no habría viaje y sólo quedaría esta imagen de Simón, masturbándose en la entrada del laberinto. Cuando sus nietos preguntaran ¿dónde está mi abuelo Simón? les darían una fotografía del anciano en la posición que se encontraba ahorita. Se reirían de él y preguntarían a sus padres que era esa cosa que estaba en su mano, esa cosa marchita pero que todavía peleaba como gallo.

El viejo lo comprendió, apretando los dientes y con el dolor artítrico atacándole los dedos por detener su ánimo onanista, jadeo más fuerte y quiso detenerse recordándose la pregunta que le había salvado del primer súcubo: ¿Dónde estás Simón?

—Estoy aquí. Sigo aquí. ¿Creías poder detener a Beatriz, Esirasaft? ¿Creías poder borrar la pregunta que está marcada en mi corazón? Eres igual de pendeja que tu hermana antes de ti.

—¿Cómo pudiste vencer la ilusión?

—Igual de pendeja —Simón jadeó exhausto y pudo soltarse así mismo. Se levantó cansado y con la piel hecha pergamino por el sudor—. Dame lo que me corresponde, que te he vencido… lárgate, lárgate ya. Súcubo maldito, te expulso de éste mar manchado de sangre y conocimientos, no sin antes dejarme tu alma para asegurarme de que no has de regresar, que tu estirpe y las almas que te robes sean benditas por los siglos de los siglos y que tus hijos recuerden con amor tu nombre, puta infeliz, lárgate ya…

Amen.

El súcubo le dio a Simón la piel de su cuerpo y también, el Libro de Mama Esirasaft que copiaría en su diario, a los treintaidos días y treintaidos noches de terminar su viaje.

Diario de Simón Dor. Día 64.

Este post es parte de una serie, llamada “Segunda parte del diario de Simón Dor: El viaje”. Anotación 16 de 48


Querido Diario:

El delfín sigue nadando a lado de Mojalnir. ¿Debería darle un nombre? El árbol de los mil nombres sigue marchito. El niño mago sigue dibujando cosas en el aire y de vez en cuando, en mi Diario. El cuarto de trofeos guarda lo siguiente:

  • La pistola de McGonnagal.
  • Las tres llaves que me ha dado Beatriz.
  • La cabeza de Mindar.
  • El alma del súcubo Galloria, guardada en un frasquito con formol. Me he quedado con sus ojos.

Hay en mi barco, un cuarto más que no puedo abrir y necesito otra llave adicional… es “El Cuarto de los Espejos”. Se me ha hecho un dato curioso y no tengo prisa en abrirlo, porque me dan miedo los espejos… cada vez que me miro en uno, encuentro un reflejo deformado de mi mismo, como “El grito” de aquella famosa pintura.

De vez en cuando, aparece un angel y sigo cargando conmigo un plumón para pintarle bigotes y siga pareciendo un reflejo monstruoso.

Reflejo-contrarreflejo. ¿Han pensado en ello? Todos nosotros, en cuanto a nuestro arte se refiere, somos el reflejo torcido de alguien más a fín de crear nuestra propia originalidad. Hay un foco de inspiración que nos guía, de manera inconsciente y cuando abrimos los ojos, nos damos cuenta que esa inspiración o chispazo que creíamos original y único, proviene de un antecesor. Un antecesor que bien podríamos ser nosotros y no serlo.

Me pregunto… ¿De quién soy reflejo? ¿O soy yo el contrarreflejo? ¿Qué imagen saldrá en el espejo? ¿La de algún escritor famoso que me ha inspirado a escribir este diario?

Reflexiones, a los treintaicuatro días y treintaicuatro noches de terminar esto.

Carta de Agustín Fest:

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Diario de Simón Dor. Día 58.

Querido Diario:

En el cuarto de trofeos se encuentran ya las tres llaves que me entregó el fantasma de Beatriz, la pistola de McGonnagal y la cabeza del rottweiler, a quien cariñosamente he nombrado Mindar. En el camino me encontré con las puertas del Cuarto del Jardin y el Cuarto de Juegos. De nuevo escuché la risa combinada con el viento.

El cuarto de máquinas ha dejado de hacer ruido, misteriosamente, después de aquella plática con Beatriz ella ha guardado silencio. Ella y las máquinas han empezado a hacer ruidos muy suaves… casi como las olas de ésta mar oscuro reflejando las nubes grises.

Es un mar bastante horrible, pero a mi me gusta. Me siento en casa.

Voy por la vereda tropical

He decidido abrir el Cuarto del Jardín y el Cuarto de Juegos, los dos polizontes han salido y han encontrado acomodo en la proa… un árbol cuyas raíces se mueven como pies y sus cabellos son como ramas llenas de hojas. El Árbol de los Mil Nombres, se hace llamar y siempre susurra cosas sin sentido.

—Tosaf, Danag, Terethas —eso dijo el Árbol y después, se acomodó en la proa y como un roble, se ha quedado ahí, plantado. En el cielo se abrieron las nubes y le cae el sol, un sol debil y filtrado por las nubes grises, pero el sol al fin y al cabo.

Es casi como llevar mi faro personal, que hermoso, JA-JA.

El otro polizonte, es aquel niño que creí haber olvidado… el niño que aventó su cuaderno y se fragmentó en millones de mariposas amarillas. El niño que me platicó de la magia del mundo y que yo podía verlo. Le he dicho que hasta aquí me ha traído su magia, a este mundo oscuro y decadente, el niño, naturalmente me ha ignorado y se fue rápidamente a donde está el árbol y se sentó en su corteza.

Los dos polizontes me ignoran en silencio. Por más trato de hablarles, ellos me ignoran. De vez en cuando platican en silencio, para que yo no los escuche… cuando yo me acerco, se hace el silencio y fijamente, miran hacia el horizonte sin que nada les interrumpa.

Son como estatuas, como los símbolos de la proa de mi barco… el árbol y el niño mago. La corteza del árbol se mueve constantemente para formar letras, combinaciones de nombres y cosas así… nunca está estática, a diferencia de él que por lo general se queda quieto. El niño, sin embargo, dibuja con sus dedos en el viento cosas que se materializan y al rato, desaparecen. Los dibujos de un niño con crayolas… he descubierto, que ha utilizado mi diario también para adornarlo con dibujos… de vez en cuando, verán un dibujo.

Me disculpo por la mala educación del chamaco, mientras no me moleste a mí, creo que estamos bien.

Esto es lo que ha sucedido… todavía quedan treintaisiete días con sus treintaisiete noches.

Cuarto de Máquinas I.

Este post es parte de una serie, llamada “Segunda parte del diario de Simón Dor: El viaje”. Anotación 8 de 48


Simón Dor dejó a su Diario descansar, todavía faltaban treintaiocho días con sus treintaiocho noches y ya se sentía cansado. Aunque eso rayaba en la obviedad: Simón Dor siempre estaba cansado. Cansado de arrastrarse por la vida y cansado de deslizarse inevitablemente a su muerte. Se asomó por la pequeña ventana de su cuarto y se perdió en el mar oscuro al que curiosamente había llamado Yenén.

Fue despertado de su trance por el ruido del cuarto de máquinas, sobre todo aquella pregunta insistente que decía: “¿Dónde estás Simón? ¿Dónde estás Simón? ¿Dónde estás Simón? ¿Dónde estás Simón? ¿Dónde estás Simón?”, martillándole lo que restaba de su cabeza, de su corazón y de su alma.

El Señor Dor se levantó de su asiento y entró al cuarto de trofeos, agarró la pistola que el pirata McGonnagal le había dado en un arranque suicida y se la ciñó al lazo que sostenía su pantalón. La cabeza de Mindar, la cual también descansaba en el cuarto de trofeos, lo miró atento con ojos grandes de Rottweiler (siempre tranquilos y al mismo tiempo, furiosos). Naturalmente, Simón Dor evitó su mirada, porque a él le daban muchísimo miedo los perros… inclusive éste que le había protegido de los piratas.

Salió del Cuarto de Trofeos y bajó al Cuarto de Máquinas de su barco Mojalnir. El ruido mecánico se hacía estridente, pero no importaba, el ruido era opacado con la voz preguntándole constantemente: ¿Dónde estás Simón? ¿Simón? ¿Simón?

-Mi cabeza está flotando -respondió Simón distraido a la pregunta del fantasma que moraba el Cuarto de Máquinas. Había escuchado durante la noche más ruidos y más gente escondida en su barco, pero el fantasma era el que más insistía ésta noche y era al primero al que tenía que conocer (y que irremediablemente, le había perseguido desde el momento en que nació).

¿Dónde estás Simón?

Los otros estaban en El Cuarto de Juegos y El Cuarto del Jardín. Nunca les había visitado y la verdad, es que no deseaba visitarlos todavía… ya sabía de quienes se trataban. Uno se reía durante el día y el otro emulaba el ruido del viento… había pasado por los cuartos ya antes, sin querer abrirlos. Primero debía hacerse cargo del fantasma.

¿Dónde estás Simón?

El pasillo le llevó a la puerta del Cuarto de Máquinas, Simón Dor en movimientos involuntarios, sacó la pistola del cinturón y se la puso en la sién, como en un trance inevitable y hasta cierto punto, congruente con su existencia. La mano derecha se acercó temblorosa al picaporte de la puerta y los ojos se le abrieron más, haciéndose notar entre todas las arrugas de su vejez.

¿Dónde estás Simón?

La mano se cerró alrededor del picaporte y lo giró. Se hizo un silencio terrible donde Simón podía escuchar los propios latidos de su corazón que no tardaría en quebrarse o explotar. Se lo imaginó como una pulpa sanguiñolenta, arrastrándose como una babosa en el interior de su cuerpo hasta llegarle a la vejiga.

Había leído por ahí que lo peor que podía hacer era orinarse o cagar, que debía controlar su esfinter antes de morir tan sólo por conservar la elegancia, y eso es lo que iba a hacer.

Simón Dor abrió la puerta… …y la miró.

Diario de Simón Dor. Día 56.

Este post es parte de una serie, llamada “Segunda parte del diario de Simón Dor: El viaje”. Anotación 6 de 48


Querido Diario:

¡PAZ! ¡PAZ! Screeeech Screeeech ¡Zahum! ¡Zahum! ¿Dónde estás Simón? ¡PAZ! ¡PAZ! Screeeech Screeeech ¡Zahum! ¡Zahum! ¿Dónde estás Simón? ¡PAZ! ¡PAZ! Screeeech Screeeech ¡Zahum! ¡Zahum! ¿Dónde estás Simón?

Así suena el barco, en las noches… específicamenete el cuarto de máquinas.

¡PAZ! ¡PAZ! Screeeech Screeeech ¡Zahum! ¡Zahum! ¿Dónde estás Simón?

El fantasma de Beatriz insiste en que baje a mirarle, a visitarle, a dejarme perder en su falsa esperanza. Se ha metido de polizón en mi barco, Mojalnir, en mi viaje en éste mar oscuro de Yenén. Así suenan sus suplicas mezcladas con el ruido de las máquinas que hacen andar este pobre barco.

¡PAZ! ¡PAZ! Screeeech Screeeech ¡Zahum! ¡Zahum! ¿Dónde estás Simón?

¿Me pregunto quién más estará aquí adentro de polizón? Nada, ni nadie, puede ser peor que el recuerdo de Beatriz… que es tan intenso, que en las noches me despierta sudando frío o con la tristeza nostálgica de no poder mirar la luna prisonera de las nubes malditas allá, allá en el cielo.

¡PAZ! ¡PAZ! Screeeech Screeeech ¡Zahum! ¡Zahum! ¿Dónde estás Simón? ¡PAZ! ¡PAZ! Screeeech Screeeech ¡Zahum! ¡Zahum! ¿Dónde estás Simón?

¿Qué donde estoy? Por supuesto que aquí, en mi habitación, con la luz de una vela que nunca ha de extinguirse. Estoy escribiendo mi diario, en la mesita se encuentran mi cenicero, mis cigarros y mi botella de tequila a medio consumir. ¿Así se habrá sentido Poe? ¿A esa magnitud habrá llegado su enfermedad, cómo para inventar un fantasma que le perseguía mientras escribía? No lo sé.

El problema entre Poe y yo…

¡PAZ! ¡PAZ! Screeeech Screeeech ¡Zahum! ¡Zahum! ¿Dónde estás Simón?

…es que mi fantasma no es inventado.

Tal vez deba platicar con ella ésta noche, ¿será hora de usar la pistola de McGonnagal? Tal vez no, todavía no. ¿En quién podría usarla que no fuera yo? ¿Será la pistola de McGonnagal capaz de matar a un fantasma?

No es el momento de usar la pistola y tengo el presentimiento de que la única bala que tiene, está reservada para mi cerebro.

Todavía quedan treintaiocho días, con sus treintaiocho noches.