Diario de Simón Dor. Día 56.

Este post es parte de una serie, llamada “Segunda parte del diario de Simón Dor: El viaje”. Anotación 6 de 48


Querido Diario:

¡PAZ! ¡PAZ! Screeeech Screeeech ¡Zahum! ¡Zahum! ¿Dónde estás Simón? ¡PAZ! ¡PAZ! Screeeech Screeeech ¡Zahum! ¡Zahum! ¿Dónde estás Simón? ¡PAZ! ¡PAZ! Screeeech Screeeech ¡Zahum! ¡Zahum! ¿Dónde estás Simón?

Así suena el barco, en las noches… específicamenete el cuarto de máquinas.

¡PAZ! ¡PAZ! Screeeech Screeeech ¡Zahum! ¡Zahum! ¿Dónde estás Simón?

El fantasma de Beatriz insiste en que baje a mirarle, a visitarle, a dejarme perder en su falsa esperanza. Se ha metido de polizón en mi barco, Mojalnir, en mi viaje en éste mar oscuro de Yenén. Así suenan sus suplicas mezcladas con el ruido de las máquinas que hacen andar este pobre barco.

¡PAZ! ¡PAZ! Screeeech Screeeech ¡Zahum! ¡Zahum! ¿Dónde estás Simón?

¿Me pregunto quién más estará aquí adentro de polizón? Nada, ni nadie, puede ser peor que el recuerdo de Beatriz… que es tan intenso, que en las noches me despierta sudando frío o con la tristeza nostálgica de no poder mirar la luna prisonera de las nubes malditas allá, allá en el cielo.

¡PAZ! ¡PAZ! Screeeech Screeeech ¡Zahum! ¡Zahum! ¿Dónde estás Simón? ¡PAZ! ¡PAZ! Screeeech Screeeech ¡Zahum! ¡Zahum! ¿Dónde estás Simón?

¿Qué donde estoy? Por supuesto que aquí, en mi habitación, con la luz de una vela que nunca ha de extinguirse. Estoy escribiendo mi diario, en la mesita se encuentran mi cenicero, mis cigarros y mi botella de tequila a medio consumir. ¿Así se habrá sentido Poe? ¿A esa magnitud habrá llegado su enfermedad, cómo para inventar un fantasma que le perseguía mientras escribía? No lo sé.

El problema entre Poe y yo…

¡PAZ! ¡PAZ! Screeeech Screeeech ¡Zahum! ¡Zahum! ¿Dónde estás Simón?

…es que mi fantasma no es inventado.

Tal vez deba platicar con ella ésta noche, ¿será hora de usar la pistola de McGonnagal? Tal vez no, todavía no. ¿En quién podría usarla que no fuera yo? ¿Será la pistola de McGonnagal capaz de matar a un fantasma?

No es el momento de usar la pistola y tengo el presentimiento de que la única bala que tiene, está reservada para mi cerebro.

Todavía quedan treintaiocho días, con sus treintaiocho noches.

Diario de Simón Dor. Día 55.

Este post es parte de una serie, llamada “Segunda parte del diario de Simón Dor: El viaje”. Anotación 5 de 48


Querido Diario:

He puesto la pistola de McGonnagal en un “salón de trofeos”, ahí estará hasta que sepa cuál será el uso que tenga que darle.

Hoy desperté llorando y con lo que me resta de su fotografía. El viento hacía un escándalo tremendo dentro de esta pequeña habitación, azotando mi humilde ventana y no he hecho más que ver este paisaje oscuro, hasta el horizonte, de agua negra y nubes grises. Swoooooosh… Swooooooosh… el agua, el mar que se mueve de manera interminable y en su murmullo carga los recuerdos.

He despertado llorando y con lo que me resta de su fotografía. El fantasma de ella está escondida entre la maquinaria del barco, haciendo ruidos fantasmales y llamándome a cada minuto: “¿Simón? ¿Dónde estás Simón?”. Ese fantasma que me persigue, que me atormenta, que me ilumina en las noches que me gustan negras hasta el cansancio. Una iluminación falsa e irreal, la pequeña desesperanza del hombre que se hace llamar esperanza de volver a verla, conocerla y sentirla. Aunque sea un énte ectoplásmico con una mantita encima y unos agujeritos haciéndose pasar por ojos.

Es así, que el segundo recuerdo que se abre paso para poder salir del mar oscuro e iniciar el viaje al pasillo de la muerte, dice así (escrito por Agustín Fest, que ha escuchado mis recuerdos desde el inicio y me ha mandado esta carta): Siguey leyendo →

Diario de Simón Dor. Día 54.

Este post es parte de una serie, llamada “Segunda parte del diario de Simón Dor: El viaje”. Anotación 4 de 48


Querido diario:

Ya agarré la costumbre de llamarte “Querido diario”, aunque en días anteriores no lo hacía. Ya era hora, ¿no lo crees? Tal vez debiera darte a ti también un nombre. Si he osado llamar al mar con el nombre de Yunén y al barco Mojalnir, tal vez tú debieras llamarte: Apocalipsis.

Nah, demasiado malo.

Malísimo.

¿Cómo se me pudo ocurrir llamarte así?

No suena bien cuando dices: “querido apocalipsis”, aunque hay un contraste maravilloso, ¿no lo crees? ¡Oh! ¡Ya lo tengo! ¡Haz de llamarte Ragnarok!

Empezaremos de nuevo.


Querido Ragnarok:

Hoy tuve mi primera confrontación con un barco pirata mientras se daba una tempestad. Un hombre contra treinta aguerridos marineros, con dientes amarillos y pañoletas cubriéndoles el cabello graso. Fue terrible y si fuera buen narrador tal vez te platicaría como hice para vencer.

Ragnarok suena peor que Apocalipsis.

Mucho peor. Peor que los treinta piratas que abordaron éste barco el día de hoy.

Peor que las manchas de sus dientes y su aliento draconiano.

Olvidémoslo… empecemos de nuevo.


Querido Diario:

Con D mayúscula para que se sepa, que ese es su nombre único y verdadero. Hoy me atacaron treinta piratas en éste furioso mar Yunén y maté a todos y a cada uno de ellos. Si fuera narrador, describiría con precisa exáctitud como fue el que gané esta dura batalla, pero no podría mentirte. La verdad es que yo no gané la batalla.

Fue la cabeza del perro del vecino, al cual, cariñosamente, he de llamar Mindar. Ésta salió como un demonio recién nacido de las profundidades de mi barco para acudir a mi auxilio y sus dientes poderosos quebraron los huesos y comieron las carnes de todos los marineros que amenazaban mi empresa.

Bueno, de todos, excepto uno.

—Mi nombre es McGonnagal —dijo el pirata y me entregó una pistola—. Haz de necesitarla cuando el momento sea justo.

Después de ello, el pirata saltó solo al mar y se hundió en sus profundidad oscura.

Mindar regresó a su agujero en mi barco. Y la tempestad seguía azotando los mares. No se preocupen, yo también me pregunto como las lluvias todavía no han destrozado a mi querido Mojalnir.

Debe ser que yo he inventado la tempestad y probablemente, también inventé a los piratas. Yunén es mi prisión inventada y he de navegar aquí, hasta que mi invento se termine.

¿Y cuándo terminará?

Cuándo decida dejar el mito para hacerme Real. Es por eso que debo aceptar que es mi hora, la hora de viajar en el pasillo de la muerte y hacer las preguntas que he querido desde hace tanto tiempo.

Buenas noches, Diario.

Diario de Simón Dor. Día 52.

Querido diario:

Mirando el mar negro y el cielo gris, acabo de soñar mi muerte o tal vez el término más correcto es alucinarla. Es una muerte espiritual y simbólica, mi viejo cuerpo se desgarraba como la tela, jirón tras jirón de carne vieja se descarnaba y caían sobre la maderal del barco como papeles viejos en una oficina donde tienen que romper frenéticamente los libros de cuentas, ya que hacienda los ha descubierto.

¿A mi quién me ha descubierto cómo para matarme así? ¿Quién ha mirado mis ojos de tal manera, que mi yo corrupto tenga que ser destruido para que no quede rastro? Nadie, es la mera verdad… o si, tal vez. Tal vez, en el pasado distante.

He soñado que soy Quijote, ese sueño me gusta más… Borges tiene una teoría interesante que es la teoría de la quijotización, no se mucho acerca del tema pero creo que lo básico es—: Todo mundo sabe qué o quién es el Quijote, aunque nunca lo hayan leído. ¿Será cierto? Estoy inclinado a pensar que sí, porque no sé nada de él y aún así, lo interpreto a mi gusto. Me gusta soñar que soy Quijote.

Muerte simbólica del viejo convirtiéndos en jirones. ¿Qué significa? ¿Puedes decirme tú, cielo gris? ¿Puedes decirme tú, mar muerto? Me convendría hablar con mi estimado amigo, el Sr. Fest, él entiende mejor de simbolismos que yo, de cualquier forma.

No llevo ni medio día en éste barco y ya he escrito de nuevo en tí, mi querido diario, pero la gente comprenderá que mis días son distintos a los suyos, que mis días son en base a los momentos. Y éste momento, siento que es crucial… tal vez dirija el rumbo de mi viaje.

¡Dios mío! ¿Te das cuenta? ¡He de viajar al pasillo de la muerte!

¡Ahora lo entiendo y está clarísimo! Pero… pero todavía no es hora, mi querido diario… algún día lo tendré que hacer, pero todavía no. Todavía no… me niego. ¿Qué debo hacer? ¿Es necesario para qué pueda continuar en éste viaje desentrañar el pasado, desde el mero principio? ¿Es necesario que haga éste viaje para poder permitirme continuar? ¿Continuar qué… amando o viviendo? Yo no puedo amar, mis viejos cansados y huesos derruidos, bien lo saben.

El viaje al pasillo de la muerte es para seguir viviendo. Es hora de mi catársis, de acuerdo al sueño y no se me permitirá viajar más a menos que me decida. Y yo para las decisiones, mi querido diario, soy un cobarde.

Seguiré en mi barco, mirando el cielo gris y oliendo la brisa contaminada, como si fuera matinal de domingo.

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