Tus pequeñas manos, que nada guardan.

Este post es parte de una serie, llamada “Fotocuentos”. Anotación 58 de 60


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Mira como las hojitas se resquebrajan entre tus dedos y las varas secas se rompen. Tus manos son tan pequeñas que aún no pueden guardar el polvo de los muertos. Se extienden tus dedos para tocar la tierra y siento un gozo discreto, una sonrisa pequeña, sabiendo que tus ansias de anclar raíces y procurar vida tal vez no son intencionales. El instinto primitivo que nos delata, como aquel cuervo que mató a sus hermanos porque deseaba vivir el último día de juerga. Los caracoles en el tallo de un girasol muerto, buscando en el pasado el sol que los benefactores jamás buscaron… sus corazas vacías hace tiempo ya. Eres una hermosa imagen.

También te marchitarás, ¿te imaginas bebito, que formarás parte de esa tierra y alimentarás a los gusanos? Así pasa, mira mis manos y entenderás que la piel también se seca. Mis manos son grandes, mis manos son el polvo de los muertos, los dedos son como palillos que hacen un gesto con la artritis para invitar a la muerte a que se acerque, y se acerque, paso a paso. Mis dedos son los del titiritero que jalan con su punta el hilo del tiempo. Soy mi propio muñeco que cambia con los años y expulsa el agua que le faltó a los caracoles, a los girasoles, a las hojas que arrastras con tus manos y el pecado de la casualidad.

Compartimos el mismo destino. Que se nos escape todo entre las manos y el aire. Nacemos con manos débiles sin poder sostenerlo todo. Morimos con nada en las manos. No debes temer. Si caminas como yo, si aprendes como yo, entenderás que es nuestro destino. El destino de todos nosotros. El temor no vale nada cuando te haces polvo y te confundes con la tierra.

Foto: Gabs.

Este es uno de los fotocuentos que escribo en Árbol de los Mil Nombres. Si quieres enviar una foto, antes lee: Acerca de los FotoCuentos.

Si quieres leer los que llevo a la fecha, entra a la categoría de FotoCuento.

Más de una foto es bienvenida. Si ya mandaste una y quieres repetir, adelante. Si eres una nena y quieres enviar una fotografía de tus piernas, mucho mejor :) con la tierra.

Los ojos.

Estoy poseído por un extraño espíritu. Es verdad. Me maneja a su antojo, hace de mí lo que quiere y sobre todo, me ata las manos. Si me atara las manos y me la chupara, sería algo muy ameno, pero no pasa así, porque es un espíritu y esos no tienen boca. No quisiera decir que toma posesión de mi cuerpo, porque entonces pensarían que me dobla y hace de mí lo que quiere. Además, ya dije que no tiene boca, así que tampoco tiene sexo. El espíritu es un estado de ánimo, probablemente una actitud, que maneja mis pensamientos durante el día y me ata las manos.

Las manos son un lenguaje muy importante, porque dicen lo que haces y lo que dejas de hacer. Tus manos son el impulsor de tus acciones. Lo que se transmite a través de ellas son los pensamientos hechos trabajo. El que trabaja la tierra tiene manos de tierra. El que trabaja binario tiene manos binarias. El que no trabaja no tiene manos. Cuando quiero conocer a alguien, en vez de escucharlo, miro sus manos y el producto de ellas (si esto lo permite). ¿Los ojos no mienten? Tal vez no, pero esconden. Unos ojos educados para la felicidad y la tristeza, pueden llorar y brillar cuando su dueño se los permite… pero el producto de las manos, siempre delata. Una artesanía traerá los defectos de su creador. Una novela es el producto del tormento de un escritor. Una pintura, qué decir de una pintura.

¿Por qué, entonces, menospreciar a los pies? Los pies los escondemos todo el tiempo y si los usamos correctamente, estarán siempre feos. Es lo que pienso. La gente si camina tendrá pies feos. La gente si disfruta andar descalza los ensuciará. La gente viste sus pies con calcetas de colores y tenis costosos. Sudan, apestan, hacen el trabajo sucio. Mientras que las manos hacen el trabajo de la mente, el producto de los sueños, los pies son el motor del cuerpo y lo llevan a los lugares donde quieren ir. Manos y pies trabajan juntos. Unos como obreros, los otros como gerentes. Por eso luego tenemos problemas—. ¿Qué hago caminando hacia el bar, si tenía que redactar un informe?

Entre la mano y los pies, más o menos al centro, con las manos levantadas y los pies bien extendidos. Se encuentra la diversión, y estoy hablando del ombligo. Porque es divertido soplar el ombligo de alguien que no lo espera: levantarle la playera y soplar, que suene como un pedo. Las carcajadas se extienden como fuegos fatuos en el bosque. Ay bueno, esta bien, quise decir el sexo… pero luego se quejan que este es un blog cachondo. La verdad es que el sexo de una persona nos dice más de lo que quisiéramos saber: qué comen por el olor de sus fluidos, qué tan cuidadosos son en el aseo, si son promiscuos, altos, demasiado estrechos o dilatados. Secretos oscuros se revelan cuando tienes a unos centímetros el sexo de otro.

Tengo un espíritus, sin ojos y sin pestañas, que se adueña de mí y me ata las manos. Es una manera poética de decir que dudo cuando reviso mis textos. Pareciera que eternamente los voy a estar revisando. Pobrecito guerrero, pienso en ocasiones. Si tuviera ojos desconfiaría más del espíritu, porque los ojos bien educados esconden. ¿Ventana del alma? No es cierto. Pero eso sí, son bonitos, y reflejan, y de repente brillan, y cuando lloran son hermosos.

DuVeth

Me meto al metro, me siento, recargo mi cabeza en mi brazo, cierro los ojos. Mi mano se mueve, sola se cierra y se abre… algo pasa. ¿Una mano sobre otra mano? Recuerdo de hace unos minutos

El sábado conocí a DuVeth. Los que me acompañaron el viernes en una sesión de MSN, sabrán que estuve editando desde las diez u once de la noche. Esa noche estábanos (como diría Cheques) toda la concurrencia: Josefa, Lina, Romina, Feyo, Juan Carlos, Cheques y yo. Pues estaban entre platicando y trabajando para conseguir más gente para el casting de Cerveza Estrella cuando recibí la llamada de DuVeth y quedamos para ir a desayunar la mañana siguiente. Le advertí que iría en vivo y en directo (porque como veía que estaban las cosas… sería una noche muy larga).

Abro los ojos, miro a la gente, cabeceo un poco. Mano fría, se cierra y se abre, extraña el calor de otra mano. Cierra y abre. Le miro y le digo se esté quieta, mano no hace caso y le dejo ser. Yo también extraño

¿Qué puedo decir de DuVeth que no sepan ya de sus tres demonios? Bueno, el sábado pues… me puse a editar. Terminé la mitad a eso de las cinco de la mañana y me desaparecí al colchón, dormí una hora o media. Ni siquiera me fijé. Me levanté y seguí editando, sólo alcancé a terminar otro bloque para medio verme en el espejo y descubrirme con los ojos rojos, el rostro pálido y apestando a cigarrillo. Mal, mal, mal.

Miro comerciales de Metro. Miro pendiente a la gente. Un drogo por ahí… no hay que prestarle mucho caso y estando solos, solos no hacen nada. Sin embargo me dieron miedo el par de hacía dos metros (cuando estaba ella)… estaban viendo a quien molestaban y luego con mi pinta de niño fresa tratando de cuidarla. Afortunadamente nos miraron un par de veces, y mejor se fueron a molestar a los extranjeros con esa agresividad silenciosa. Buena suerte para nosotros. Mala para los extranjeros. Mano sobre otra mano, mi mano sobre mi mano. No se compara, pero me ayudará a recordar.

Tomé un taxi de esos señores agradables que se levantan de buenas el domingo y empezó a hacer plática y bromas. Cuando le dije que al hotel, el señor me dijo: “Vamos joven, apenas me conoce y ya me quiere llevar al hotel”. Ja-Ja, risa, risa. No andaba de mucho humor, pero mi hipocresía le siguió la corriente lo más que pudo, y al final, llegué a tolerarlo y después se convirtió en algo normal. Tolerancia. De eso se trata el juego Agustín. El tiempo se hizo agua y media hora pasó rápidamente, miré el reloj, habíamos quedado que a las ocho y eran las ocho y tres… mal, mal, mal. Si salí con media hora de antelación para estar puntual.

Llegué, pagué, me bajé. Entré al hotel y la reconocí.

Dedos en los dedos, entrelazados los dedos como ramas pequeñas con ramas grandes en un mismo árbol. Dedos cálidos. De sol y luna. Girando uno en torno al otro, cumpliendo uno y mil círculos. Eterno retorno en las paredes digitales. Dedo contra dedo. Dedo girando en torno al otro dedo. Eclipse.

Desayunamos, pedimos un café. Platicamos. Claro, yo tuve que tener cuidado extra porque me conozco después de una desvelada… suelo decir pura estupidez entremezclada con estupidez y luego mi mente desvaría más de lo normal, y empiezo cambiando unas palabras por otras, para luego olvidar lo que decía y empujar la oración que iba a decir hacía veinte minutos. Creo que lo disimulo bastante bien.

Por cierto… DuVeth tiene unos ojos muy lindos. Son como café-miel. (Le estoy haciendo promoción, ajem).

Mi mano sobre mi mano, faltan un par de estaciones para llegar… pero recordando se hacen como eternas. ¿Eternas? ¿Recuerdos eternos? Le enseñé el mimo que me hace reír hasta que me salen las lágrimas, desafortunadamente llegamos muy tarde, entonces no nos hizo reír tanto. Esperá… mi mano sobre mi mano. Recuerdo también un primer abrazo. Un olor que me inundó. Me han absorbido sus ojos. Me veo gris. Dedos en dedos. Ojos en ojos. Brazos en brazos.

Y bajaron sus guaruras. Tuve que despedirme, porque tenía que regresar a la oficina a editar. Nos despedimos DuVeth y yo. Una mujer muy congruente con lo que nos escribe día a día. Me lamenté de que no pudiera quedarme más tiempo, pero por eso nos vimos al día siguiente y le acompañé a comprar libros y fuimos a Coyoacán (donde le compré un hot-cake, ajem). En fin, nos rindió el día, hasta que le acompañé a la central para despedirle.

Faltó algo. ¿Labios en labios? Mi mano sobre mi mano. Ya llegué. Aquí me bajo. Gracias señor conductor.

Impulso del Amor Viejo.

Una pareja de ancianos caminaron en un viejo parque que les vio jugar de niños. La noche apenas caía y eligieron un banco para sentarse. Hablaron de viejas tristezas y alegrías breves. Se tomaron de la mano y así sintieron una fortaleza que les ayudaba a reconfortarse el uno y el otro.

Los recuerdos de aquella Belle Epoque les asaltaron y se recordaron con sonrisas cuando de niños jugaban en ese parque y aunque eran tímidos para cortejarse, lo hacían con fineza que les exigía el antaño. Se regalaban rosas y se hacían reverencias, se acomodaban los vestidos de holanes y las camisas bien arregladas.

Como un lento vals, así se enamoraron. Encorvado, el anciano cuyo rostro era una masa de arrugas que hacía ver su rostro como una masa dulce, sonrió y la esposa sonrió con él. Ella era una señora con las facciones endurecidas por el Padre Tiempo, pero que se endulzaban con sólo mirarle a él.

Se pasaron las manos por el rostro y se besaron cada uno el dorso de las manos, cuando voltearon de reojo, miraron a una pareja joven con las mejillas coloradas y los ojos brillando. Les dedicaron un saludo con la cabeza y una sonrisa, que estos correspondieron apenas.