Septiembre 15, 2003 — Cuenta-Cuentos.
Escrito por Agustin Fest.
Cuando Simón Dor regresó a Jaramillo, descubrió que seguía siendo el mismo pueblo que se hacía llamar ciudad. No se molestó en echar un vistazo, ni en sentir nostalgia y menos soñar con el futuro. No quería ilusionarse y alimentar con ello a la ciudad. La gente lo miró como el fuereño. No sabían, que su pluma había sido uno de sus salvadores en un lejano pasado.
En ese pasado, su nombre era Matías Elizondo.
Y la gente lo miró caminar, el aire parecía no tocarle y se abría paso como hacen los soldados cuando camina la reina de Inglaterra. El polvo se quitaba de su camino, sintiéndose amenazado de su presencia y el mismo sol, no quería iluminarle el rostro otorgándole un semblante gris y opaco. Simón Dor había regresado a casa, sonrió y extendió los brazos. La gente se metió a sus casas, su sola presencia auguraba desgracias. Las viejas rezaron el rosario y las jovencitas miraron con morbo al viejo prohibido.
La primera en sentirlo, fue la presidenta Alicia von Lurendberg, quien se asomó en el preciso instante en el balcón del Palacio Gubernamental para mirar en el horizonte quién era el hombre que tenía la sombra pegada al cuerpo. Un amor lejano le hizo llorar y un odio remoto le hizo apretar los dientes. El segundo fue el Padre Burgos, quien abrió una botella de tequila y brindó por el pasado. El tercero fue Jonás, el dueño del Café de “La Tía Yemita”, se rompieron las cuerdas de su guitarra y frunció el seño, por lo general se rompía una cuerda cuando un gato pasaba por el café… se sonrió, su amigo había regresado.
Y los otros que conocían a Matías, los otros no estaban seguros, pero pronto habrían de estarlo.
Matías Elizondo recuperó su nombre antiguo, caminó hacia el Café de “La Tía Yemita”, no había gente en el local ya que solo abrían de noche. Un hombre viejo, moreno, de complexión delgada y brazos fuertes por el trabajo en el campo, de unos ochenta y dos años, pero que parecía de cincuenta, dejó la guitarra de las cuerdas rotas. Alzó la mirada y creyó mirar una aparición.
Se quedaron en silencio un largo rato, el sol los convirtió en piedra, en una escultura prófana.
—Sabía que eras tú —alcanzó a decir el hombre—. Matías, creíamos que habías muerto, creíamos que ya no regresarías.
Matías sonrió.
—Tengo mucho que contarte, y mis hijos también… cuando vengan —dijo Matías—. Porque son necios y han de venir, a pesar de que les he dicho que no. ¿Todavía tienes tequila? Sírvenos un caballito por los viejos tiempos.
Jonás se rió.
—Aqui solo se sirve café, mi querido amigo.
—Entonces, que sea un café blanco y después mucho café negro. Que todos mis cuentos empiezan con “Erase una vez que se era”, ya que platican de tiempos remotos y son historias interminables… un sueño del que he despertado, para sumergirme en otro.
Jonás le miró admirado, no podía creerlo. No podía creer que Matías había regresado. Luego le preguntaría el por qué, tan sólo quería beberse un café con su amigo y platicar de los viejos tiempos.
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Agosto 19, 2003 — Arbol.
Escrito por Agustin Fest.
Mi padre, mi abuelo, o tal vez mi bisabuelo escribió en éste diario: “Los drogados, los borrachos y los pobres de mente y/o espíritu, jamás han de recuperar la magia. Aún cuándo estos se engañen, diciendose que viven: Momentos mágicos. No es culpa de ellos. No saben separar la felicidad de la magia, no saben que la felicidad está en ambas cosas (realidad y magia), un sentimiento tan banal se lo atribuyen a algo misterioso, al destino o al resultado de una cadena de eventos invisible. Igual pasa con la gente común, pero sucede más con los rehabilitados. Con los escapantes del infierno. Con los que han decidido vi-vir la vida. Con los Dor.”
Me ha dejado pensando mucho tiempo, querido diario. Pensé en los niños que tanto quiero, a los que enseño. Y también los desprecio, los odio. Pero eso es culpa de mi sangre maldita. No se puede ser “hijo” de Simón Dor y esperar no ser “Simón Dor”. ¿Me entiendes?
Regresando a la magia… debo profundizar más. Algunos de mi familia la han estudiado, en sus diversas formas. La he visto comprobada en mis niños, cuando sus ojos le brillan. Es esencial fomentar la magia a su alrededor: Así sabrán querer y respetar a la magia buena. Sabrán protegerse de la magia mala. Y sobre todas las cosas, aprenderán a reconocerla. Los niños son muy importantes.
Enseñándoles la magia, evitarán ser borrachos o drogadictos. Porque la magia es caprichosa y muy cruel, igual que la realidad, sobre todo con aquellos que deciden buscarle con medios negativos. En el momento que utilizan algo para mirar colores o elefantes emborrachándose, la magia cierra sus puertas y decide no volverlas a abrir para aquellos aventureros, vividores, estúpidos. Los seres mágicos les rechazan para siempre y por siempre, presentándose traviesamente ante ellos solo para hacerles mal, sean hadas, brujas, elfos o sátiros.
Respecto a los pobres de mente y/o espíritu… estos deambularán, pobres de decisión, sin vivir realidad o magia, yendo hacia donde uno los quiera llevar.
—“El Diario de Simón Dor”, Judit Dor, escribiendo como Simón Dor, por la maldición del Cuenta-Cuentos.
En algún momento, el Árbol Tsef Thaed Segundo encontró a un niño que se drogaba con cemento. Una historia muy triste, me platicó mi abuelo. Una historia muy triste.
—“El Diario de Simón Dor”, Lázaro Dor, escribiendo como Simón Dor, por la maldición del Cuenta-Cuentos.
Tito corrió más calles para alcanzar al pequeño Árbol que camina y lo alcanzó porque estaba plantado. Con ojos sorprendidos se acercó a él y lo tocó, pero el pequeño árbol no respondió la caricia. Sonrió al descubrir que el Árbol tenía ojos, tenía boca, y los movía rápidamente, balbuceando sílabas que se transformaban en tropezadas incoherencias.
—¿Cómo me llamaba? —se preguntó el Árbol. Miró brevemente al niño y lo ahuyentó con las ramas—. Tenía un nombre, pero lo he olvidado. Decía Simón que me había dado el mismo nombre que mi padre, ¿Cómo se llamaba él? ¿y por qué estoy caminando? Tenía algo muy importante que hacer.
—¡Tito tito capotito! ¡Sube al cielo y pega un grito! ¿Qué es? —preguntó el niño, ignorando al Árbol.
El pequeño Árbol, se rascó hojas con hojas.
—¡Un elefante! —exclamó el pequeño Árbol.
Tito se llevó a la cara su bolsa de cemento y aspiró muy fuerte.
—No tontito —dijo Tito y se rió—. Mi nombre es Tito, ¿y tú?
—Yo me llamo…
—¡Te llamarás Capotito! ¡Casi igual que yo!
El pequeño árbol se rascó hojas con hojas y pensó un segundo, sabía que el nombre no era el indicado, pero decidió quedárselo, hasta poder recordar el suyo. ¿Cómo lo había olvidado? ¿A qué hora se le deslizó de la mente la razón para caminar?
—Soy capoTiTo —dijo el pequeño árbol sonriendo—. ¿Por qué usas esa bolsa? ¿por qué está gris como tu cara?
Tito parpadeó un par de veces.
—Porque así me enseñaron mis amigos.
—¿Yo puedo hacerlo?
Tito extendió la bolsa para el Árbol, y el Árbol intentó hacerlo con las ramas. Cuando le cayó cemento en las hojas, en la corteza, en las raíces y se miró gris, no le gustó.
—Hace daño —dijo el pequeño Árbol—. No lo hagas.
El niño hizo una mueca y le arrebató la bolsa de cemento al árbol.
—No puedo dejar de hacerlo. Así no me duele.
—¿Qué te duele?
—Despertar.
—Que raro, a mi no me duele.
—Y así tampoco me duele mirar.
—¿Te duelen los ojos?
El niño se puso una mano en el pecho.
—No, más bien me duele aquí. Dicen que aquí está el corazón.
—¿Por qué no les dices a tu padre qué te lleven a un doctor? Simón iba al doctor cuando se sentía mal, excepto cuando se enfermó de cuenta-cuentos… el decía que esa enfermedad era más bien un hechizo —el Árbol hizo una mueca, creía que la palabra: “hechizo” se relacionaba a su misión.
—No tengo papás.
—¿Acaso hay dos?
Tito se rió.
—¡Claro tontito! ¡La gen-te tie-ne ma-má y pa-pá! Yo no tengo, yo nací solito. A la calle le llamo mamá o papá. Como se me ocurra. ¿Qué los árboles tampoco tienen papá o mamá como yo?
—Oh… no sé de los demás. Yo sólo tuve un padre, muy importante. Simón me puso el nombre de él. ¿Será TonTiTo? tú me llamas mucho así, aunque no me suena. Mi papá me dijo que tenía una misión muy importante.
—¿Qué es una misión?
—Un destino.
—¿Destino?
El Árbol Tsef Thaed se rascó hojas con hojas, y no tenía cierto como explicarlo. Sólo había escuchado a Simón decir esas palabras muchas veces y formó un significado de manera inconsciente, de tanto escucharles y prestarles un contexto. Se le ocurrió una idea.
—¡Un lugar a dónde caminar! —exclamó triunfante el Árbol Tsef Thaed.
—¡Bah! Si yo camino a muchos lugares todos los días, para que me den monedas, y a veces, me den comida.
—¿Cómo le haces?
—Pongo la carita así.
El niño hizo una carita de tristeza.
—Eres muy convincente.
—Claro, porque me duele aquí. Siempre.
—Pero yo tengo que ir a un lugar importante. No necesito comidas, ni alimentos, ni monedas. Solo necesito agua, sol y plantarme en la tierra de vez en cuando.
—¿A dónde tienes que ir?
—No lo sé.
—¿Cuándo llegarás?
—Tal vez mañana o en diez años, o en cien años, o en mil años.
—¡Eres el primer árbol que veo que camina! ¿No tiene la culpa la bolsa?
Tito miró su bolsa de cemento, que luego le hacía mirar cosas.
—No sé. La bolsa te hace daño.
—Pero no puedo dejarla. Se ha metido muy adentro de mí.
El niño hizo una cara de tristeza.
—No tengo monedas.
—No lo hago por las monedas.
—¿Cómo puedo pagarte?
—¡Llevándome contigo!
—¿Y tus monedas? ¿tús alimentos?
—Hay muchos grandes en las calles. ¡Dime qué sí!
—Entonces si.
—¡Gracias Capotito!
El pequeño árbol y el niño de la calle caminaron juntos, en la noche y luego en la madrugada. Hasta que salió el sol y la gente salió a las calles.
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Junio 25, 2003 — El Viaje de Simón Dor, Un tal Simon Dor, favoritos.
Escrito por Agustin Fest.
Credo in Deum Patrem omnipotentem; Creatorem coeli et terrae.
Capítulo 17.
El viaje de Simón.
Simón 17:1 Hubo en tierra de hombres un hombre llamado Simón Dor, y él era injusto y cruel, discutía con Dios la existencia de Dios y a pesar de ello, por Él era querido, ya que era su hijo que sólo necesitaba enmedar su camino.
Simón 17:2 Decidió hacer un viaje de cuarenta días y cuarenta noches.
Simón 17:3 Con inspiración enteramente humana, construyó un barco al que habría de llamar “Mojalnir” mientras dormía y al amanecer entendió que debía partir en él, para buscarse así mismo…
Simón 17:4 …o tal vez la inmortalidad…
Simón 17:5 …o tal vez la muerte…
Simón 17:6 Ofreció un sacrificio para sí mismo, matando a un perro y llevándose su cabeza. La sangre la ofreció a la noche y bautizó su sagrada cruzada con el nombre de “El viaje”. Besó tierra antes de partir y blasfemando contra Dios y contra Satán, decidió navegar en el mar oscuro que es el puente entre la Tierra de Nod y el Río del Aqueronte.
Simón 17:7 Simón blasfemó, llamando al mar Yunén
(Nota de Mama Esirasaft, rayada en el canto de la hoja—: en algunos textos, Yenén).
Simón 17:8 Los piratas le asaltaron durante el viaje. Arrancó los ojos de una súcubo hermana al robarle su alma. Dios jugó ajedrez contra él.
Simón 17:9 También ha descubierto la capacidad de ver a los muertos.
Simón 17:10 Un delfín, un árbol de mil nombres, un niño mago que nació antes de los tiempos de Cristo y madre Lilith habrían de acompañarle en su viaje.
Simón 17:11 Simón hizo que se partieran las nubes grises del cielo para que iluminara el sol al árbol de los mil nombres, el cual conservaba una manzana de propiedades paganas colgando de una rama seca.
Simón 17:12 Y para Madre Lilith, partió las nubes grises del cielo para que le iluminara la luna, una débil estrella y así, ella representase la noche.
Simón 17:13 Entonces llegué yo, Mama Esirasaft, un súcubo hija de éL y de Madre Lilith, a treintaitrés días para que Simón terminara su viaje.
Simón 17:14 Se me ha enviado para detener a Simón y Simón me ha llamado a mí.
Simón 17:15 Así está escrito en el capítulo número diesiciete del Libro de Mama Esirasaft. Que estas palabras queden sembradas en las espigas negras que crecen en el campo de Uz, por los siglos… de los siglos.
Et in Jesum Christum, Filium ejus unicum, Dominum nostrum; qui conceptus est de Spiritu Sancto, natus ex Maria virgine;
Simón había olvidado al súcubo, después de lo sucedido con Yasmín que se había instalado en su barco. Notaba divertido que el peso de la vieja era tal, que el barco se hundía un poco del lado de la popa. Cuando acabó de asombrarse y se aburrió de escuchar los murmullos de Yasmín (los cuales enumeraban todas las almas que había robado), caminó a la proa e ignoró al árbol de la manzana y al niño mago, ya que ellos continuaban ignorándole —aún después del episodio tan importante con la vieja—.
Miró los restos de los piratas metálicos, no se decidía a tirarlos por no contaminar más el agua del delfín. Los restos eran pocos y ligeros, así que decidió ponerlos en el cuarto de trofeos. Al entrar, los restos tuvieron un efecto extraño: se hicieron metal líquido y después se juntaron para solidificarse y construir la forma de un esqueleto humano y sus pulmones.
Simón Dor se carcajeó, probablemente la muerte le estuviera advirtiendo acerca de su adicción a la nicotina. Luego acercó su mirada a las llaves de Beatriz que estaban colgadas en uno de los tantos ganchos que había en el vasto cuarto de trofeos. Tres llaves y la tentación de utilizar la primera era tan fuerte, que Simón se descubrió metiéndolas en los bolsillos de sus pantalones de lana.
—No —se dijo. Puso las llaves en el ganchito, se despidió de la pistola de McGonnagal y miró con miedo supersticioso la cabeza de Mindar.
Mindar le regresó la mirada y su horrible rostro de rottweiler muerto, parecía sonreírle.
¿Qué razón de ser tendrían los trofeos?, se preguntó en silencio mientras cerraba el cuarto. De reojo miró una mujer de vestido negro que caminaba por los pasillos y cuando volteó para mirarle completa, ya no estaba ahí.
Entonces recordó al súcubo y escuchó al silencio susurrarle su nombre: Mama Esirasaft.
passus sub Pontio Pilato, crucifixus, mortuus, et sepultus; descendit ad inferna; tertia die resurrexit a mortuis; ascendit ad coelos;
El silencio dirigió a Simón por un pasillo que no sabía que existía dentro de su barco. Estaba preguntándose como lograba el barco ser más grande, de lo que realmente era y la respuesta sencilla le provocó una sonrisa mientras prendía un cigarrillo.
—Nada de mamadas del omniverso, ni la conjunción del principio y el fin que hacen estragos en la realidad. No… es tan sencillo como que yo hice mi prisión tan grande como quise.
Escuchó la risa del súcubo, una risa adolescentil a contrario de lo que esperaba por el nombre del súcubo. Decidió seguirle el juego y continuó caminando por el pasillo hasta topar con dos puertas laterales, una de ellas le llevaba al Cuarto de Fest y la otra le llevaba al Cuarto del Laberinto.
—Era de esperarse —dijo Simón y se encogió de hombros—. ¿Por cuál te has ido Esira? ¿Te importa qué te llame Esira? Ya que Mama Esirasaft se me hace demasiado grande y tal vez, hasta un anagrama ridículo.
—Puedes llamarme como quieras —respondió el silencio del súcubo.
—Oh, lo olvidaba… —susurró Simón—. Los súcubos no respetan su nombre con tal de que uno se las coja.
sedet ad dexteram Dei Patris omnipotentis; inde venturus (est) judicare vivos et mortuos.
Abrió la puerta del Cuarto de Fest y se asomó. Un cuarto donde un monolito descansaba. El viejo no resistió la curiosidad y entró al cuarto… en el monolito había un mensaje que decía—Ya estoy tranquilo, le he dicho.
Simón Dor se sonrió, después de todo, el viaje de Fest estaba avanzando rápidamente y también entendió otra cosa… ya no recibiría de él más cartas. Sólo mensajes en forma de enigmas.
—¿Ahora es tu turno de tenerme a mí en ascuas, tratando de descifrarte? Zarahuato imberbe… está bien, jugaré contigo.
El monolito borró la frase y se quedó hecho piedra. Simón salió de la habitación y el súcubo volvió a tentarle por la comisura del ojo.
Cuando el viejo volteó, otra vez, ella ya no estaba ahí y escuchó su risa, que provenía del Cuarto del Laberinto… se lamentó por no traer el hilo que había usado Ariadna para Teseo. Tal vez no sería necesario, a menos que algún minotauro llamado Hör le estuviera esperando del otro lado.
—No me tengas miedo —dijo la voz adolescentil.
—Me has encantado con tan sólo medio observarte —confesó Simón—… acabemos con esto de una buena vez, acerca esas hermosas caderas que tienes y esas nalgas divinales, que este viejito quiere acción.
—Yo soy diferente.
—Como todas las mujeres del mundo.
El súcubo se rió.
Credo in Spiritum Sanctum; sanctam ecclesiam catholicam; sanctorum communionem; remissionem peccatorum; carnis resurrectionem; vitam oeternam.
—Dios te ha mandado su credo para protegerte.
—Dios y tu padrE harían bien en no intervenir —dijo Simón—. Yo acabaré decidiendo lo que yo quiera… demonios, tu maldita imagen, tan sólo me ha dado una erección por querer poseerte y tan sólo he visto, tan poco de tí. Tu voz adolescente, tu andar de mujer… maldita eres.
—Te dije que yo era diferente.
Simón se llevo una mano a la entrepierna sin voluntad y aunque la hubiera tenido, no lo hubiera evitado. Abrió el zipper de su pantalón y buscó adentro lo que tenía unas ganas inmensas de acariciar, su piel estaba tan caliente y las arrugas formaban ríos de sudor. Descubrió que entrecerrando los ojos y mirando a la lateral, podía ver la imagen de Mamá Esirasaft de una forma mas nítida.
Se recargó en la puerta cerrada del Cuarto del Laberinto y se deslizó suavemente donde se sintió más cómodo para masturbarse. El súcubo eficazmente se instaló a su lado, pero cuando Simón le quería mirar a los ojos o volteaba bruscamente para verla mejor, ella desaparecía.
—¿Qué tipo de súcubo eres? —dijo Simón, con la voz entrecortada y aumentando el ritmo de su mano.
—No lo sé, pero si quisiera te tendría ladrando como un perro ahora.
El perro le recordó a Mindar y Mindar le recordó las llaves del cuarto de Beatriz. Había un silencio espantoso que sólo era interrumpido por los jadeos de Simón, el sonido de la piel y la risa del súcubo. Algo no cuadraba y realmente, no le importaba. Tan no le importaba que descubrió que le importaba mucho.
Mama Esirasaft no le dejaría detener la mano, con la risa, la sonrisa, su piel blanca, sus caderas, sus nalgas. Se le estaba metiendo en la mente y sentía como se le estaba metiendo en el alma. Pronto ya no habría viaje y sólo quedaría esta imagen de Simón, masturbándose en la entrada del laberinto. Cuando sus nietos preguntaran ¿dónde está mi abuelo Simón? les darían una fotografía del anciano en la posición que se encontraba ahorita. Se reirían de él y preguntarían a sus padres que era esa cosa que estaba en su mano, esa cosa marchita pero que todavía peleaba como gallo.
El viejo lo comprendió, apretando los dientes y con el dolor artítrico atacándole los dedos por detener su ánimo onanista, jadeo más fuerte y quiso detenerse recordándose la pregunta que le había salvado del primer súcubo: ¿Dónde estás Simón?
—Estoy aquí. Sigo aquí. ¿Creías poder detener a Beatriz, Esirasaft? ¿Creías poder borrar la pregunta que está marcada en mi corazón? Eres igual de pendeja que tu hermana antes de ti.
—¿Cómo pudiste vencer la ilusión?
—Igual de pendeja —Simón jadeó exhausto y pudo soltarse así mismo. Se levantó cansado y con la piel hecha pergamino por el sudor—. Dame lo que me corresponde, que te he vencido… lárgate, lárgate ya. Súcubo maldito, te expulso de éste mar manchado de sangre y conocimientos, no sin antes dejarme tu alma para asegurarme de que no has de regresar, que tu estirpe y las almas que te robes sean benditas por los siglos de los siglos y que tus hijos recuerden con amor tu nombre, puta infeliz, lárgate ya…
Amen.
El súcubo le dio a Simón la piel de su cuerpo y también, el Libro de Mama Esirasaft que copiaría en su diario, a los treintaidos días y treintaidos noches de terminar su viaje.
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Marzo 4, 2003 — Enigma.
Escrito por Agustin Fest.
¡Mira Ezequiel! ¡Allá va! escuché que le gritaron, si señor, ¿se acuerda usted? La historia popular dice que le salieron lágrimas de contento, un hombre chillón señor, así lo pinta la historia popular. También la historia popular nos dice de un hombre corriendo para alcanzarlo, si señor, usted la habrá escuchado igual que yo. Pero la verdad es que usted y yo estábamos ahí señor, ¿se acuerda? ¡Por supuesto que se debe acordar usted señor!
Podemos desmentir la historia popular señor, porque Ezequiel nunca lloró, al menos no de contento señor, y sabemos perfectamente que no corrió tras él. No, señor. ¿Se acuerda qué nos ofreció un cigarrillo y nada más le dio la espalda? Porque bien él dijo señor, ¿se acuerda? él dijo al darnos la espalda: “Los malditos siempre caminan sólos”. Y le creímos señor, porque en ese momento no había nadie más maldito, que aquel hombre.
Si señor.
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Enero 26, 2003 — Familia, Mi abuela, favoritos.
Escrito por Agustin Fest.
El niño de cuatro años con el peinado de científico loco entró a su recámara y se recostó. No tardó ni dos segundos en darse cuenta que algo faltaba… su cobijita. Salió apresurado y empezó a buscar por todas partes, hasta que encontró que en la azotehuela, su abuela la tenía en sus manos y fue demasiado tarde… estaba cayendo a la lavadora.
El niño corrió como todo buen atleta corriendo los 100 metros y le gritó a su abuela: “¡Sálvala! ¡Sálvala! ¡Se va a ahogar!”, a la abuela le dio ternura ese gesto pero apartó al niño y le dijo: “Está bien mugrienta, ya la tenía que lavar. Ahorita que termine la sacamos”. Pero aquel niño no hizo caso y gritando: “¡Maldición, maldición!” (que era la única grosería sofisticada que se sabía y podía decir sin que lo regañaran), trató de subirse a la lavadora.
El niño, once años después, no recordaba lo que seguía de ese incidente y su abuela solo contaba lo anterior, como lo hacía justo en ese momento. Y su abuela se reía cada vez que contaba la anécdota y le acariciaba la mejilla. El niño se fue a dormir después y no tardó ni dos segundos en darse cuenta que algo faltaba, entonces salió de su cuarto, sintiéndose ya más hombre que niño y le preguntó a su abuela:
“¿Y mi cobijita?”.
“Ya la tiré, ya nada más era un cuadrito de tela, parecía trapo”, dijo la abuela.
El niño no supo que decir, tal vez un “Ok” y se fue a su cama, se recostó y pensó toda la noche que de adulto, una de sus excentricidades sería poner ese jirón de tela en un cuadrito de cristal para que el pudiera tenerlo toda la vida.
Suspiró resignado y trató de quedarse dormido, antes de hacerlo… su abuela mientras pasaba por la puerta de su cuarto le escuchó decir:
“Maldición”.
Y ella sonrió.
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Diciembre 29, 2002 — Un tal Simon Dor, favoritos.
Escrito por Agustin Fest.
Pero no lo has visto.
Callá
Dices que lo vas a encontrar.
Lo haré
Pero ni sabes cómo es.
Sin rostro, con cuervos
Deja ya de buscarle.
¿Por qué?
Porque te puede llevar.
¿A dónde Simón?
Allá a dónde se descansa, mi querido amigo.
Tal vez ya es hora
¿Tú qué sabes?
… No lo sé …
Te encantaría saberlo.
Así es
¿Por eso sueñas todas las noches?
Ajá
Interesante… y tal vez cuando llegues, te habrás de decepcionar.
Claro que no
Tan correcto, como que mi nombre es Simón… ninguno sabe tan bien como yo jovencito, lo que es estar ahí.
¿Cómo es?
Como esperas que sea.
Entonces será un lugar tranquilo
Todo menos eso.
¿Dónde exista el amor?
Tampoco.
¿Sufrimiento eterno? ¿Infernalia?
Más alejado de la realidad no podrías estar.
Deja de confundirme.
Deja de preguntarme.
Te odio
Simón, me odias… Simón Dor.
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