Abril 25, 2004 — La Torre de los Sueños.
Escrito por Agustin Fest.
En la Torre de los Sueños, el pulpo de los tentáculos interminables sostenían a un guerrero con fuerza y lo apretaban tan duro que pronto lo harían explotar. Pero el guerrero no estaba solo, con él se encontraba un gigante quien sonreía recordando viejos tiempos. Pulpos como esos los atrapaba su mamá con las dos manos, les quitaba los tentáculos uno por uno y después los echaba a una enorme cacerola donde tenían suficiente para comer en una tarde y cenar un poco en la noche. Así lo recordaba Chocolate, el gigante, quien rara vez recordaba con exactitud las cosas. La memoria de los gigantes, igual que su capacidad de soñar, era tan confiable como lo es una pesadilla que dura cinco minutos más después del despertar.
Haciendo gala de su fuerza y la agilidad, la cual era mucho mayor que la del pulpo, Chocolate utilizó su gran martillo de bronze para golpear los tentáculos que sostenían a Vort Wunden. Cuando observó que el guerrero caía libremente y que el pulpo movió todos sus tentáculos contra él, soltó su martillo de bronze y con ambas manos detuvo las extremidades que se disponían a atacarlo. Con los pies repelía los tentáculos que intentaban liberar a sus compañeros y Chocolate, como recordó su mamá que hacía, dominó al pulpo de tal manera que pudo alzarlo con toda su fuerza, quebrando así varias de sus articulaciones. Sin dudarlo, lo azotó varias veces contra una de las paredes.
Recogió su martillo, sin tiempo que perder, y se fue directamente contra los ojos del pulpo quien estaba aturdido. Primero los quebró, como cristales, y después agarró su martillo por la cabeza para meterlo como una vara contra una burbuja de agua. Empujó rápidamente, para llegar a su cerebro.
—¡Ya tenemos la comida lista, señor Vort! —exclamó Chocolate contento.
Vort se encontraba tirado en el piso, sosteniéndose la cabeza con su única mano y jadeaba constantemente. Nunca escuchó la exclamación del gigante y tampoco pudo distinguir el rostro de Miriod, quien se encontraba arrodillado ante él.
El gigante observó como el pulpo se retorcía y lentamente se esfumaba, en una nube morada… varias esferas de cristal cayeron, como canicas y se distribuyeron a lo largo del pasillo. Chocolate se sintió frustrado… ¿había peleado todo este tiempo con un sueño? Si eran tan fáciles de dominar los sueños, pensó Chocolate, se prometió soñar más a menudo aunque no supiera como hacerlo. Suspiró y se encogió de hombros, se giró para encontrarse de nueva cuenta con el guerrero pero en su lugar, descubrió a Miriod quien sonreía con los ojos entrecerrados. Chocolate hizo una mueca al mirar que tenía un ojo de millares de ojos en los hombros, sus manos tenían uñas largas y torcidas, sus pies estaban deformes como los de un monstruo y seguía sonriendo, sonriendo…
—Señor Miriod… ¿dónde había estado? ¿Y dónde está el Señor Vort? —preguntó el gigante cautelosamente.
—El Señor Vort no tiene más que hacer aquí y lo he mandado a descansar. Sin embargo tú, todavía tienes un sueño que soñar. ¿Querías encontrar a Dom? Te llevaré a ella que necesita de tu ayuda. ¿Lo harás? ¿Soñarás por ella?
Chocolate olvidó su desconfianza y sonrió enormemente.
—¡Si! ¡Lléveme a Dom-bi-Dom! ¡La extraño muchísimo! Escuché que gritaba mi nombre… por favor, lléveme a ella.
Miriod, el mago oscuro, sonrió siniestramente. Caminó hacia Chocolate y le tomó la mano. El gigante cerró los ojos contento, sonrió con la boca cerrada y se acarició la cabeza. Por fin, sentía que habían sido años desde la última vez que Dom le había acariciado el cabello.
Cuando Vort Wunden despertó, se encontraba ante el portal de madera de la Torre de los Sueños, era de día y el sol le calentaba el rostro. Se sentó un momento y contempló la torre, metió la mano en el bolsillo de su pantalón para buscar la esfera que encerraba su sueño y en su lugar, encontró varias. ¿En qué momento habían llegado a la bolsa de su pantalón? Trató de recordar… y sólo podía ver la figura difusa de un mago oscuro quien le alzaba la cara y le daba de beber. Sacó todas las esferas y contó que eran siete en total, incluyendo la de su sueño.
En el otro bolsillo de su pantalón, se encontraban algunos fragmentos que había robado al quetzalcoatli muerto. Esos los podría vender por buen dinero al herrero, un solo pedazo podía fortalecer una armadura con magia.
Siguió mirando la Torre de los Sueños, todavía no quería ponerse en pie y regresar a casa. Quería regresar a la Torre, sentía que se lo debía al gigante. Después de todo lo apreciaba —y también, hablaba su sangre guerrera—, quería llevárselo a casa aunque no encontrarán a la niña, quería darle la taza de chocolate caliente que le debía, quería seguir viviendo aventuras con él en la Torre. Si, mientras los ojos de Vort miraban con intensidad el portón de madera de la torre, su mano restante jugaba con las esferas de los sueños. Quería regresar y dudaba… dudaba que debiera hacerlo… entonces recordó la voz del mago que le dijo—: No regreses hoy, Vort Wunden, o tus sueños te matarán…
Mientras Vort pensaba, el cielo encima de la torre se oscurecía y luces, de todos colores, traspasaron sus ventanas. Ese fue el día en que todos los sueños dejaron de existir gracias a la duda de Vort Wunden.
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Febrero 23, 2004 — El 100 Vidas.
Escrito por Agustin Fest.
Suspiró y siguió barriendo, con el sol escondiéndose tras los edificios. Izquierda y derecha, barrer y mirar la calle, se decía. No podía darse lujos como batman, o como López Portillo. ¿Cómo se atreve a morirse ese cabrón sin pagar?
Al menos sufrió, pensó el barrendero de ropaje naranja y escupió en el piso. Continuó barriendo, había mucha calle en los horizones que se perdía y se perdía. Desde el cielo, le habían dicho, la Ciudad se veía perfectamente bien estructurada. Él sabía que no era cierto, por como se movía en ella… o tal vez era cierto: Era una ciudad perfectamente bien estructurada, por un ogete.
Suspiró y continuó barriendo. A su lado, su nuevo compañero (un viejito, muy chaparrito, de facciones alegres y ojos vencidos): Guadalupe Espártaco, empujaba los tambos y las escobas de ramas. Le miraba extrañado, como siempre a decidirse a decir algo pero no lo hacía. Fue ese día, mientras el barrendero barría, que Espártaco le sonrió y finalmente le preguntó—: ¿Cuántas llevas?
—Como tres o cuatro calles, chinga… ¿por qué preguntas, si me has venido acompañando?
—No me refiero a eso —dijo Espártaco riendo alegremente—, ¿cuántas vidas?
—Sólo una y la que me dio el Señor Jesús.
—Simón… —respondió alegre Espártaco—. Todavía no estás consciente, porque te quedan muchas por delante. Eres el quinto que veo en mis dosmil y tantos años de vida que tengo y eres el más inocente. Es que tú no lo has descubierto, no todavía.
El barrendero hizo una mueca.
—¿Qué chupaste Lupito? —dijo el barrendero con una doble intención.
Espártaco sonrió por el albúr. Siguieron barriendo en silencio, sin darse cuenta que un hombre les seguía, hasta el siguiente día… de nuevo la rutina, pero había algo distinto. Espártaco no estaba tan alegre, el barrendero le miraba más serio.
—¿Lo presientes?
—Ah pinche Lupe, ¿eres brujo de Catemáco o qué?
—La muerte —dijo Lupe y siguieron barriendo en silencio. El barrendero cada vez se sentía más incómodo, ¿acaso Guadalupe se drogaba con tiner? ¿Con cemento? ¿O qué chingaderas se metía? Suspiró y se encogió los hombros. Izquierda y derecha, hay mucha calle por delante y sólo una vida. ¿Qué no ves?
Guadalupe sonrió, adivinando sus pensamientos, y le tocó el hombro para detenerlo.
—Mira allá atrás.
El barrendero obedeció, un hombre de chamarra negra y jeans estaba recargado en el poste. El viento cesó y el tiempo ya no existía. Ahí estaba, lo inexorable, lo inevitable. Era la muerte.
—En tus últimas vidas, lo habrás de reconocer —le dijo Guadalupe—, por lo mientras yo me voy.
Guadalupe le dio una palmada en la cabeza al barrendero y después se alejó corriendo, gritando a toda voz—: ¡Corre! ¡Corre hijo de la chingada! ¡Qué no nos alcance nunca! —Se escuchó las carcajadas del hombre de chamarra negra y jeans, y el barrendero lo miró correr hacia la dirección donde Guadalupe corría. Los vientos se alzaban, la basura revoloteaba en la calle tranquila y confundido por todo lo dicho, sólo pudo pensar en que tendría que barrer más.
Barrer y mirar la calle…
¿Por qué barrer?, se dijo el barrendero, a final de cuentas… vida sólo había una y si eso que había visto era la muerte, ¿para qué desperdiciarla barriendo? Suspiró, se sentó en la banqueta y miró en el suelo a un grupo de hormigas. ¿Por qué, no mejor ser una hormiga?
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Noviembre 17, 2003 — Cuenta-Cuentos, Cuentos.
Escrito por Agustin Fest.
Ernesto Rodriguez, cargando a su hija de dos años, decidió hacer su hogar en las afueras de la ciudad de Jaramillo. Encontraron una casa abandonada en Puerto Octay, de tres habitaciones en total y hecha de madera. A Ernesto le agradaba que tuviera vista al mar, a su esposa le hubiera encantado.
Recordó el consejo de aquella anciana que le dio la bienvenida: “Luche mucho y no se rinda”. Eso pensaba hacer, se lo debía a su hija y a su difunta esposa.
En su maleta, llevaba unos pantalones de lana y una camisa. Había vendido sus trajes cuando no pudo conseguir trabajo en la capital. Lo demás, era la ropita de su niña (Isabel), la cual estaba dormida en sus brazos. Costaba mucho trabajo cuidar a una niña y eso le hacía recordar cuanto extrañaba a su esposa.
Sentó suavemente a la niña, quien protestó un poco porque estaba dormida. Dejó unas cobijas en una esquina de la pequeña casa de madera y las preparó para improvisar una cama. Cuando le vio forma, regresó por su hija y la acostó. La niña sonrió en sueños y rápidamente se adueñó de la cama.
Agradeció al dueño anterior de la casa, que al menos tuviera una silla y una mesa. Revisó otras dos puertas, una era un baño con una modesta tina y la otra era un armario. Vació el contenido de su maleta (un biberón, pañales de tela, jabón y la poca ropa de repuesto de él y de Isabel) y después la dejó en el armario.
Sería difícil. Pero ya cualquier lugar era bueno. No se imaginaba que Jaramillo fuera diferente a los otros lugares donde había luchado para conseguir trabajo como profesor. El problema siempre había sido Isabel, no había con quien dejarla y lo que otro hombre hubiera hecho en su lugar, hubiera sido conseguir una mujer que le ayudara con ella. Ernesto no se sentía listo para otra mujer. No quería a otra mujer.
Se sentó en la silla de madera y miró a su niña dormida. La lucha valía la pena. Recargó su rostro en sus manos y apretó sus ojos. Si, luchar por ella valía la pena.
Fuerte carcajada.
Sollozos de emoción.
Risas, risas… soy tan feliz.
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Julio 30, 2003 — Intento ser Escritor, favoritos.
Escrito por Agustin Fest.
Saludos…
Recopilé los pequeños escritos (4) que hicé en la iniciativa de Relatos que organizó el weblog de DCpcion.
Espero les agraden.
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Julio 16, 2003 — El Viaje de Simón Dor, Un tal Simon Dor.
Escrito por Agustin Fest.
El último súcubo llegó durante la media noche de Yasmín a las dieciseis noches y evitó a toda costa el medio día del Árbol Tsef, a los dieciseis días. Éste súcubo, había aprendido de sus hermanas: Galloria lo había intentado por medio del cuerpo ofrecido, Mama Esirasaft lo había intentado con el cuerpo negado, la más estúpida había sido Zalic Luia que intentó ganárselo desde el mismo infierno, con la promesa de las vírgenes y escondiendo el reflejo en el espejo. No, ninguna de ellas supo como, pero Ludiah Sartdac era muy lista y la única forma de verdaderamente ganar a Simón, era utilizándolo a él mismo. Sólo pervirtiendo completamente el barco donde viajaba.
Yasmín alzó su cara y olió el viento, supo de la presencia del súcubo.
—Vete de aquí —dijo la Anciana Ciega—. Eres la más maldita de todas. Si no quieres que te arroje yo misma del barco, lárgate ya.
—Madre Lilith…
—Madre Lilith mis ovarios. Soy Yasmín Molina de Jesús, háblame con respeto jovencita. Lárgate ahora.
El súcubo sonrió y acercó su mano a la frente de Yasmín. La ciega lo sintió de inmediato y le detuvo la mano, sin tentarse el corazón, la dobló enteramente, quebrando los huesos de Ludiah Sartdac.
Ludiah Sartdac sonrió y se mordió los labios hasta que le sangraron. Aprovechando la agresividad de Yasmín, puso la palma de la mano restante en la frente de Yasmín, quien abrió los ojos intensamente… el azul que los cubría salió en forma de aura. El aura dibujaba la silueta de una mujer desnuda quien se sentó en las piernas de Yasmín y se acurrucó en ella, haciéndola dormir profundamente.
—Gracias por atender a mis súplicas, Madre Lilith.
Se escuchó un ruido seco… era Ludiah, reacomodando sus huesos.
—Has aprendido bien, Árbol Tsef —dijo Simón—. Creo que no tengo nada más que enseñarte.
—Lo dices porque no quieres enseñarme nada más. ¿Cuánto tardaste con sensei Gorostiza?
Simón se acomodó la boina y el chaleco, se acostó para recargar su cabeza en las raíces del Árbol y no respondió. Miró hacia arriba, donde las luces del sol jugaban a entrar entre las hojas verdes y secas que había en el Árbol.
—¿Sientes eso? —preguntó el Árbol Tsef.
—No.
—¿El niño? ¿dónde está el niño?
Simón se acomodó la boina encima de la cara, no le importaba saber nada más.
—Debe estar jugando a las mariposas en el Cuarto del Jardín —se animó a responder Simón.
—Creo que tienes razón —dijo el Árbol. Los dos callaron y miraron el horizonte.
El niño mago corrió rápidamente en el pasillo, huyendo de la presencia oscura que le perseguía. Se metió rápidamente al Cuarto del Jardín, donde había un sol falso y nubes que más bien parecían pintadas. No había sonido del viento, puesto el Árbol había abandonado esa habitación hacía tiempo, desde que se escondió ahí de polizonte. Se alejó de la puerta y suspiró, no le quedaba más que esperar y tratar de enfrentarle el solo. Se quedó mirando la puerta, que parecía instalada en medio de un jardín sin ningún propósito.
La puerta se abrió y una mujer de piel gris azulada, de cabello plateado y que llegaba a media espalda y un vestido negro que le cubría del cuello a los tobillos, entró sonriendo.
—No vengo a lastimarte. A menos que eso quieras… también los niños tienen esos pensamientos, ¿no es cierto?
El niño mago pasó una mano por su cabello.
—Te sería imposible, súcubo. Cuando nací me pusieron una moneda de plata en la frente.
—Increíble, entonces tendré que hacer lo que tú quieras, ya que no puedo tocarte hasta que me des permiso.
—Lárgate. Conmigo no tienes oportunidad.
El súcubo sonrió y se acercó caminando, su rostro se veía tranquilo y amoroso. El niño dio pasos atrás por cada paso que avanzó Ludiah Sartdac.
Bobby Mindar ladró. Nadie le hizo caso. Buscó con la mirada la pistola de McGonnagal. Se apresuró, alzó su cabeza y la tomó en el hocico junto con las tres semillas del Árbol, aunque éste le ardía por el poder mágico del arma. Buscó el Libro de Mamá Esirasaft, dejó la pistola a un lado y abrió la cubierta de cuero. Con los dientes hizo un agujero donde podría guardar la pistola y la metió ahí. Una de las semillas se deshizo en su hocio, una quedó entera y pudo salvar un pequeño pedazo de la número tres. Acomodó la media semilla y la semilla en el mismo agujero de la pistola y después cerró el libro.
Siguió ladrando, pero nadie le hizo caso.
Y después sonrió, en la única forma que sonríen los rottweilers.
—Simón, el niño. Algo está pasando. Él y Yasmín están silenciosos. ¿Podrías revisar?
Simón prendió un cigarrillo y gritó—. ¡Yasmín! ¿Has robado el alma de un hombre llamado Rafael Arlequín? ¡Era un payaso que lloraba por dentro y le gustaba hacer reír a la gente para no morir de tristeza!
La voz de Yasmín respondió—. ¡Calla cabrón! ¡No blasfemes! ¡Bien sabes que a él nunca pude robarle el alma!
Simón sonrió.
—¿Lo ves? Yasmín está descansando del niño y seguramente lo mandó al Cuarto del Jardín.
El Árbol Tsef asintió lentamente y trató de no preocuparse.
El niño dibujó mariposas en el aire, mariposas violentas que volaron furiosas contra el súcubo gris. Ella se sorprendió en un principio, sin decidirse qué hacer en contra de un remolino amarillo con el número tremendo de mariposas. Se sintió débil y se arrodilló, sintiéndose confundida por el aroma que las mariposas llevaban consigo y el cielo irreal y falso de aquel Cuarto del Jardín.
—No sigue siendo mas que Magia —se dijo Ludiah Sartdac, metió una mano en el muro de mariposas amarillas que se había formado a su alrededor y sacó tres entre los dedos. Las frotó cariñosamente y éstas oscurecieron, se las puso en el cabello, como adornos. Después, alzó su cara al cielo y gritó, destruyendo y dispersando a todas las mariposas restantes.
Ludiah Sartdac dirigió su mirada al frente, donde estaba el niño mirando sin esperanzas a las mariposas amarillas caer, como pétalos de cerezo.
—Me has dado lo que necesito. Ya no tengo necesidad de tí —dijo Ludiah Sartdac.
El niño la perdió de vista y no supo del súcubo hasta que sintió unas uñas oscuras rasgarle el corazón y dejarlo sin sentido. La vista se le nubló, se miró el pecho que estaba sangrando.
—Aquí te quedarás… mi querido. Me costarás un día, pero valdrá la pena.
Al niño mago le temblaron las rodillas y después cayó, con los ojos abiertos y vacíos. El súcubo se arrodilló y puso su cabeza en sus piernas, le acarició el cabello y le cantó una canción de cuna.
Día 77.
Querido Diario:
He ido con Yasmín y la he encontrado dormida. Un aura azul le protege mientras tanto. Nunca te recomiendo lidiar con adivinas, siempre tienen magia rara bajo la manga.
Ante la insistencia del Árbol Tsef, busqué al niño. Al entrar al pasillo, los ladridos del rottweiler se escuchaban fuertemente. Me apresuré a entrar al Cuarto de Trofeos y lo encontré con los ojos abiertos y jadeando espantado. Aún así, su boca parecía como en una sonrisa. Noté preocupado que la pistola de McGonnagal no se encontraba en su lugar. Hay alguien aquí en el barco que todavía no desea mostrarse.
Después me dirigí a los otros cuartos.
Cuando me acerqué al de Beatriz, las máquinas rugieron de una manera potente y escandalosa, con la voz de ella resquebrajando la madera de Mojalnir. No hay duda, es un súcubo escondido. Le grité a Beatriz que se calmara, que me encargaría de ello. Ella no me tuvo fé, siguió gritando la misma pregunta una tras otra vez. Traté de ignorarle, no estoy dispuesto a gastar mi última llave en un regaño.
Me metí al Cuarto de Juegos y éste se encontraba solitario, igual que el Cuarto de Fest.
El Cuarto de los Espejos sigue cerrado con llave.
Fui al Cuarto del Jardín y al abrir la puerta, encontré pétalos amarillos cubriendo el suelo. Un jardín muy a la manera del Árbol Tsef, pintado como un cuadro de Monet. Al acercar mi mirada a los petalos, descubrí que eran las alas arrancadas de mariposas, ¿pero qué demonios pasó? ¿el niño habrá decidido irse? No, no lo creo. El niño trató de enfrentársele al súcubo, eso fue lo que sucedió… el niño no podía estar muerto, pero sí en poder del súcubo. Deberé tener cuidado con lo que vea de ahora en adelante, podría ser la Magia del niño utilizada en mi contra.
Evité el Cuarto del Laberinto, y cuando pasé por la puerta de los Trofeos, escuché al rottweiler que seguía ladrando. Salí a mi habitación y después a la proa, donde me encontré con el Árbol.
—El súcubo tiene al niño —dije yo.
—¿Súcubo? Entonces si fue lo que sentí.
—No duermas sólo esta noche, ven a la habitación. Tendremos que tener cuidado.
El Árbol accedió. Hemos decidido no dormir esta noche.
Y pronto salió el día…
Faltan quince días, con sus quince noches.
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Julio 14, 2003 — El Viaje de Simón Dor, Un tal Simon Dor.
Escrito por Agustin Fest.
Querido Diario:
El día de antier fue maravilloso. Vi a Beatriz y me sentí joven de nuevo, platicamos lo que pareció una eternidad y me enseñó a bailar tango. Soy malo con el cuerpo, no te lo voy a negar, aunque sensei Gorostiza procuró que siempre tuviera un balance y un equilibrio a la hora de pelear, aún tengo dos pies izquierdos cuando se refiere al baile.
Me preocupa, solo resta una llave. La que está perdida en el Laberinto es mejor darla por perdida, no creo poder recuperarla. Es fácil intuirlo, mi querido Diario, y te diré por qué: Las semillas que recuperé, sólo fueron tres… y eso es porque los muros del Laberinto se mueven constantemente, las semillas restantes seguro fueron aplastadas por los muros de niebla cuando estos se reorganizaron. Lo mismo pudo suceder con la llave que perdí ahí, no debe ser más que metal aplanado.
Debo ser cuidadoso con la llave que todavía queda. Una vez más para ver a Beatriz. Una solamente.
Ver a Beatriz me ha hecho evaluar el viaje, en éste mar oscuro de Yunén. El viaje en éste barco Mojalnir. ¿Por qué lo hago? Ya, ya… mi querido Diario, sé que tienes dos respuestas muy sencillas: Quiero morir o quiero ser inmortal. Así lo vi los primeros días de mi viaje y así me lo hizo ver cuando se subió la anciana ciega como una carga. Quiero morir para alcanzar a Beatriz o quiero ser inmortal para nunca olvidarla. Nadie sabe qué pasa después de muerto y sólo siendo inmortal, podría conservar su memoria eternamente. Éste viaje, éste viaje ha funcionado en torno a Beatriz… ¿pero por qué me dio tres llaves? ¿Sólo tres?
Es de pensarse, mi querido Diario. Quiere decir que Beatriz es un recurso secundario, ¿no? Tres veces en éste viaje. Aunque mi vida ha girado en torno a ella, no necesariamente éste viaje tiene que hacerlo. ¿En torno a quién gira el viaje? ¿Quién fue el momento impulsor, qué me hizo abandonar mi tierra para someterme a esta dura prueba? ¿Es mi muerte o mi inmortalidad lo que de veras me importa? No, no lo es. Todo fué porque Fest conoció a su unicornio negro, el amor que nació y no fue satisfecho. Entonces él se encerró y a mi me dejó libre.
Eso lo explicaría todo.
Lo que Fest no sabe, es que yo tengo vida propia y yo puedo decidir en cualquier momento detener o seguir, avanzar o saltar. A grandes zancos saltaré hacia el pasillo de la muerte o bien, podría cumplir yo mi inmortalidad. Beatriz no quiere ser olvidada, y francamente, yo no quiero dejar de existir. Me extrañaría demasiado… aunque he dicho en días anteriores que si dejo de existir será por un evento de caos, finalmente yo tengo la decisión sobre mi propia existencia, al menos, en lo que resta del viaje. Yo decidiré cuando morir y así romperemos el viaje.
El problema es que se ha complicado. Ya no sólo se trata de mí. También está aquí el Árbol Tsef, La Anciana Ciega y el Niño Mago (mi pasado que quiere ser como yo, para evitar que Beatriz suceda). ¿Qué hacen aquí? Eso cambia dramáticamente la función del viaje, así ya no sería en función de Fest, ni en función de mí, ni en función de Beatriz y menos, en función del unicornio negro (que aunque fue el detonador, no es el desarrollo). ¿Por qué estoy viajando? ¿Qué es lo que tengo que descubrir? ¿Habrá algo más importante detrás de todo esto?
Tal vez no, Diario. Tú no tienes las respuestas y tampoco me ayudas mucho, solo me preparas más preguntas. Es muy probable que el único propósito de éste viaje es que me marchite algún día, pensando todavía en cuestiones inútiles y existenciales, cuando bien debería vivir lo poco que resta de mi vida en alguna banca, mirando las faldas de las colegialas y sonriendo mientras me tomo café del Jarocho.
Extraño sus piernas.
En fin, hablé con el niño mago el día de ayer, se veía menos animado que de costumbre. Estaba tirado en la proa, recargado en el Árbol Tsef y mirando el cielo. Le pregunté qué hacía.
—Estoy imitándote Simón.
—Déjalo ser, el pasado ya está hecho y aún convirtiéndote en mí, lo único que harías es deformar los bonitos recuerdos que poseo, no cambiar los eventos.
—Déjame amargarme en paz —dijo el niño.
—Cómo quieras… matemos la Magia, niño, vamos… ¡Tú puedes! Te echaré porras desde aquí.
Hice gestos de peleador entrenando y el niño me miró entrecerrando los ojos, se dio la vuelta para evitarme.
—¡Uno, dos! ¡Uno, dos! ¡Matemos a las mariposas y demos nacimiento a los cuervos! Vamos Niño, vamos. ¡Tú puedes! ¡Uno, dos! ¿Para qué quiero bonitos recuerdos de todas formas, ah? ¡No los necesitamos!
El niño me volteó a ver, se limpió unas lágrimas con el puño, se levantó y se fue corriendo a la popa. Le seguí con la vista.
Iba a seguirle cuando el Árbol Tsef puso una rama en mis hombros y me detuvo.
—Ya fue suficiente, Simón. No seas cruel.
—Él es peor.
El Árbol Tsef sonrió.
—Él es un niño, los niños son crueles con su sabia inocencia. Los niños nos golpean con los detalles más insignificantes.
Saqué un cigarrillo y lo prendí, miré al Árbol Tsef.
—¿Cómo vas con tu nombre?
En la corteza, había cinco letras que cambiaban constantemente de lugar, no había notado el hecho hasta el día de ayer. Las letras eran: A H T D E. Aunque el Árbol no las cambiaba frecuentemente de lugar, lo hacía lentamente y por lo general, no formaban nada. Después miré sus hojas de nuevo, había algunas cafés y algunas de ellas, ya estaban secas.
—Voy bien, Simón.
—No lo estás buscando, eso es lo que pasa. Por eso te estás marchitando.
El Árbol se rió (¿Alguna vez has escuchado reír a un Árbol? Es lo más bello que he escuchado), cerró sus ojos y como aquella vez, volvió a explotar sus ramas con nuevas hojas. Se apretó la boca de dolor.
—Eres muy listo, pero no te sabes la historia completa y no es hora de contártela. ¿Quieres una manzana?
—No, gracias.
—Simón, enséñame a pelear.
Me le quedé mirando al Árbol, lo miré desde la raíz hasta la rama más alta, le eché el humo de mi cigarrillo en su corteza.
—No creo que pueda, de veras —le dije.
—¡Anda! Creo que me haría bien y me mantendría ocupado.
Suspiré y ante la insistencia, cedí. Le dije que mañana empezaríamos.
El niño regresó, muy entrada la noche a mi habitación. Entró en silencio y me abrazó.
—Quiero que recuerdes, que Beatriz te quiere mucho y también, quiero que sepas… que ella ya está muerta, Simón.
Luego se fue y me dejó una mariposa revoloteando en mi habitación.
Diecinueve días, con sus diecinueve noches.
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Julio 10, 2003 — El Viaje de Simón Dor, Un tal Simon Dor.
Escrito por Agustin Fest.
Querido Diario:
¿Has seguido el número? Restan veintidós días con sus veintidós noches. Es hora de hacer un rito, no volveré a cometer la misma estupidez de desperdiciar una llave, esta vez, he de esperar serenamente en el Cuarto de Fest el día número veintiuno. No pensaré en tequila, no pensaré en cigarros, no pensaré en el árbol, en el niño, en el delfín, en la vieja, en el cielo o el infierno.
Limpiaré mi cuerpo antes de verla. Sólo tengo tres oportunidades (en realidad, dos, si no consigo recuperar esa llave que he perdido en el maldito Laberinto). Es terrible cuando sientes la noción del desperdicio… cuando tienes contado el número de veces que puedes alcanzar la dicha extrema de ver a alguien que has perdido, de poder platicar con ella, de quererle. Es terrible, nunca debí hacer el viaje. Cuando estaba en casa, tan sólo pensarla me permitía imaginarme su figura y platicar con ella. Un auto-engaño dulce y venenoso, que me consumía como un cáncer.
El fantasma de Beatriz también ha guardado silencio o eso quiero yo creer: Que también se está preparando para verme. ¿Qué sucederá cuando me mire? ¿Estallarán fuegos artificiales en el cielo? ¿Se abrirán las puertas de Dante? ¿Irrumpirán mariposas amarillas y haremos el amor, como si los dos fueramos aire? Es la primera vez que la voy a ver, desde aquel incidente en el Cuarto de Máquinas.
Aunque he escuchado su voz, o me la he imaginado. Su voz que se lanza como una cuerda que se decide a perderme. Me pregunto, por qué cuando estaba en el Infierno el día de ayer, soñando, no vino a rescatarme. ¿Será porque sabe que no necesito de nadie, más que de mi mismo, para negarme los infiernos o los cielos? Para adentrarme en el eterno desarrollo. Mi magia corrupta.
Pobre Árbol, he ido a verle después del Juego del Infierno, estaba tranquilo y sonriente, aunque todavía un poco nervioso, se nota que no apuesta su alma todos los días. Me ofreció de las frutas sanas (manzanas, peras), no de las frutas azules que parecen berenjena y contienen tequila. Platicamos un poco y no dijimos nada. Noté que algunas de sus hojas estaban un poco cafés. Le pregunté que si se estaba marchitando. El Árbol enarcó la ceja, miró las hojas cafés y luego cerró sus ojos. En un santiamén estaba lleno de nuevas hojas verdes. Le dí una palmada en el tronco y le pregunté como iba con la búsqueda del restante de su nombre.
Bien, me dijo. Quitó la sonrisa y se puso serio. Sonrió de nuevo y me dijo que le daba gusto que iría a ver a Beatriz. Yo me despedí de él, no quería preguntarle más.
El niño mago me miró caminar, estaba muy serio también. No le quise preguntar porque entendía bien la mirada: “Irás a ver a Beatriz, y seguro lo arruinarás. Más te vale recordar la magia que te ofrezco, grandísimo hijo de puta”. El último hijo de puta, lo puse como una libertad literaria. No creo que el niño lo utilice tan elegantemente como yo.
Por último, me restaba la vieja Yasmín. Estaba murmurando y meciéndose en su silla. Le acompañé en silencio y le escuché contar las almas.
Yasmín: El alma de Gerardo Tierra, que tendría que comer tierra una vez al día para conservar su inmortalidad. Y la de aquella mujer, Jimena Montes, que debería correr por los montes durante toda su vida, con un niño sangrando en sus brazos por la Tifus. Así también, el bebé Gonzalito, conservaría su inmortalidad por siempre, sangrando en los brazos de su madre.
Cuando me proponía a dejar a Yasmín, ella guardó silencio y me dijo—: No seas pendejo.
El mejor consejo que escucharán de ella. El mejor consejo, jamás.
Finalmente, me metí al Cuarto de Fest y aquí he estado escribiéndote mi querido Diario. Así me despejo y dejo que suceda el tiempo, gota tras gota, antes de que llegue el día número veintiuno. Puedo sentir el tiempo corriendo a través de la sangre en mis venas.
El monolito donde se graban los mensajes en piedra que Fest me manda, ha estado balbuceando. Se vislumbran letras sin sentido y una que otra oración: “Puede que sea ella”. “No tengo motivos”. “T-aed”. “Hun”. “Alicia en el país de las maravillas”. “Síguelo”.
“Brincando la sanja, la sanja, la sanja”. “Montón”. “Eipor”.
Me he quedado mirando el monolito. En un trance, descubro que Fest y yo, a veces pensamos lo mismo. Aunque el sea un joven, y yo un viejo…
“Somos la misma persona”. “Esperamos lo mismo”. “¿Se habrá arreglado?”. “Yo puedo mirarla todavía”. “Estás encerrado en un viaje”.
En eso, él tiene razón. Fest puede pensar en su Cecilia cuando quiera, puede perderse en el rumbo, puede perderse todo lo que sucede. ¿Y yo? Yo me he quedado con tres llaves y no se que haré cuando sólo me quede la última. La noción del desperdicio.
“Deja de pensar”. “Mírala ya”. “La respuesta esta en el reloj”. “-haed”. “La sanja”. “¡Las tres! ¡Las tres! ¡Ya son más de las tres!”.
Tengo que vivirlo todo intensamente hasta que lleguen los momentos. Tengo que cargar con el pasado de seres a los cuáles no les he pedido que me acompañen, pero están aquí. Sin embargo están aquí. ¿Por qué? ¿Por qué van a dónde yo voy? ¿Y qué harán cuando también tengan que preguntarse, dónde estás Simón?
“Es hora”.
Lo siento en mi cuerpo y éste mar gris de Yunén cubre un amanecer, el amanecer del día número veintiuno.
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