La revolución.

Al despertar, encontré mi computadora apagada. Le pregunté a mi madre si había sido ella y negó, como era de esperarse. Cuando vivíamos juntos ella era la culpable de esos pequeños accidentes, pero con mis últimos antecedentes de personalidad múltiple, tampoco quise discutirle demasiado. Le sonreí y desayunamos juntos. Anoche mi cuerpo me obligó a dormir más temprano de lo usual. Sentía tanto sueño que abandoné procesos en la computadora. —No pasa nada —me decía—, no pasa nada y ya duérmete. Primero se lo atribuí al cansancio. Luego pensé en mi otro yo. “Esto no esta bien”, concluí, “Necesito saber qué hago”.

Recogí mi mochila, metí mis cosas y sorprendido descubrí en ella una falda y una blusa de mujer. Miré a mi madre, y mejor me callé el hocico y no le pregunté.

—¿Qué pasa? —me preguntó.

—Nada, sólo que tengo que ir a la oficina hoy —sonreí—, ayer no fui por pasar un tiempo contigo. Me voy a bañar.

—Bueno. ¿No quieres otra cosa?

—Nah.

Me llevé la mochila al baño. Saqué la falda y la blusa. Las olí y las miré. Olían a resaca. Me pasé la mano por el cabello avergonzado. ¿Mi otro yo era trasvesti? ¿Teibolera de arrabal? No. A no ser que fuera un trasvesti ocupado en crecer la barba. Miré al techo. Trasvesti descuidado. ¿Cómo le iba a explicar esto a mi mujer cuando la viera? Tal vez no necesitara explicarlo. —Ten, te regalo esto —enorme sonrisa. Que barato y sucio regalar ropa usada a tu pareja. Claro, las fechas. Tal vez había salido a una fiesta de disfraces y me vestí de mujer. Lo había hecho antes. No era la primera vez que sentía en carne propia las comodidades acondicionadas de una faldita nomás por puro juego. Seguí pensando… ¿Y si había otra mujer? ¿Si mi otro yo tenía una mujer? Saqué la libreta de la mochila y busqué entre sus páginas las respuestas. Ninguna. Busqué los mensajes de mi celular. Nada. Me desvestí. Mis piernas no estaban depiladas.

Si continuaba pensando en ello, no llegaría a ningún lugar. Me bañé y dejé de pensar en la falda y la blusa.

Debía haber alguna manera, gotitas de agua, de vigilarme en mi otro estado. ¿Una cámara pequeña? ¿una grabadora? ¿conectar mi cerebro a la computadora? ¿cómo llegué a esto? ¿por qué despierto algunos días manchado de sangre? ¿por qué tengo ropa de una mujer en la mochila? ¿por qué aplasto limones con niños juguetones, en la glorieta de Vertiz?

Ayer me escribieron por el messenger—. Me creí tus últimos dos posts —me dijeron. Yo respondí animado que venía un siguiente. Mi cabeza son como fantasmas que explotan y toman mi cuerpo. Mi cabeza no es mi cabeza. No supe como explicarle eso y terminé diciéndole que era otro pedacito de ficción de los que suelo escribir aquí. Lo más seguro es que mañana venga otro, y mañana venga otro. Todos los días vendrá otro. ¿Cómo vigilarlos? ¿Cómo puedo saber de que me estoy ocupando mientras duermo? ¿Cómo saber sus nombres?

Hoy, más bebitos…

Los bebés, pequeños animalitos de ternura que se arrastran en sus patas y manchan sus ropas, fábricas de saliva-vómito-miados-y-otras-cosas. Bebés cuyos ojos son proporcionalmente más grandes que el resto de su cara y ríen de todos los chistes, excepto los que cuentan sus padres. Bebés… rosas, azules, verdes, alienígenas, con dos piernas y dos brazos, ojos claros o cafés, casi sin cabello o demasiado cabello para su bien (seguramente adultos estarán calvos… maldición, creo que soy uno de esos). Bebés que se llaman Ian, Javier, Alejandro, Jorge, Mayté, Atena, Erida, como su padre o su madre. Los que saben caminar berrean cuando los abrazan, los que no saben caminar berrean cuando los bajan. Bebitos de cabezota pesada y que los arrastra al centro de la tierra, para que se los chupe la bruja y se ría suavecito en sus orejas. La doble B, de baboso y brutal.

No puedo negarlo, me ponían de buenas y si alguno se atrevía a extender sus manitas para que lo cargara, lo llevaba en mis brazos mientras manejaba la cámara y hacía el casting a la madre. Dos de cincuenta. Otros dos lloraron tan pronto me vieron. A los demás, parecía serles un objeto más en este mundo. Un tipo detrás de una cámara chupándoles el alma. Invariablemente se reían cuando les decía “Quíhubole” o “Quepachó”. Otros más seguían mis dedos cuando les señalaba la lámpara o el ventilador. Muy pocos respondieron hola y adiós. Seguro todos pensaban—. Este esta más baboso y bruto que yo y quiere que me ponga hacer lo que mis tías gordas siempre me piden. Una bebita me señaló y dijo: “Gua gua”. Ese momento era el de mi humor de perros, supongo.

Lo más divertido, de algunos bebés, eran sus madres jóvenes. Ejemplos verdaderos de MILF. Algunas de sus mamás tenían mi edad o incluso más chicas. El problema cuando tienen un bebé, es que, pues, ya no pueden engañarnos con el mito de la virginidad, ¿verdad? y toda clase de historias pueden ocurrir en la cabeza de uno. Sí, bueno, seguramente los bebés tienen un padre pero eso no es lo importante. Señor, no. Lo importante es cuando incluso en pants todavía se ven antojables y los pechos cuelgan más naturalmente porque estan cumpliendo la función de amamantar (y no al señor que desearía ser amamantado, lástima). No me malinterpreten, con todos los bebés me porté naturalmente amable y caballeroso. También con sus mamás. Pero con las MILF, se me escaparon unas miraditas que mejor me dedico a trabajar en otra cosa que no sea esto.

Igual no estaría tan cansado si sólo hubieran sido mamitas, pero también hubo mamotas. Sigo repitiéndolo—. Deberían regalar condones en las esquinas. Hoy me topé con familias de tres a cinco chamacos. (Una de seis, según mi informante. Honestamente yo no la recuerdo). Haciendo cálculos a ojo de buen cubero, al menos tomé video a veinte o veinticinco de estas familias. ¿Por qué a todos? El casting es para bebés de 3 meses a un años y medio. Niños de 3 a 6 años. Niños de 10 a 15 años. Chavos de 16 a 25 años. Adultos de 25 a 45 años. Mayores de 50 a 60 años. El casting es para todo México. En la sala de espera un infiernito. El foro un trabajo seriado.

Los bebés son un pequeño descanso en el mundo de falsedad. No conocen las mentiras y las pequeñas cosas que aprenden, las hacen para regalar y como un condicionamiento, sin intenciones malignas aún. Alguien debería empaquetarlos y venderlos como jabón. Incluso su vómito huele bonito.

Deja de verte fatal.

Hace un par de meses, desperté a mitad de un sueño y anoté el siguiente mensaje en el celular: “Agustín, deja de verte fatal”. Recuerdo que giré el celular y repasé el mensaje cuidadosamente. Como un trance, me dije “Esta bien”, y regresé a mi sueño. Como es una de esas curiosas trampas, uno de esos mensajes inconscientes, lo he dejado como una nota en el celular y durante el día, en mis momentos más aburridos, lo leo de nuevo. No me pregunto que me habré querido decir, porque eso sería bastante estúpido. Incluso mi nombre esta incluído en el mensaje. Sin embargo, sí me he preguntado: ¿qué es verme fatal? ¿el cabello? ¿las ojeras? ¿los cigarrillos a medio consumir? ¿los dientes? ¿que ya no tengo veinte años y siento, poquitos, achaques en el cuerpo? No recuerdo el sueño, pero sé que es vital para el mensaje que me dejé. Al principio pensé que es algo que diría mi abuela, sus cenizas descansando en una repisa de la habitación—. Agustín, deja de verte fatal —pero ella no diría algo tan cuidadoso, tan educado, ella habría dicho—. Agustín, deja de hacerte pendejo —de verdad. Entonces, sólo me ha quedado pensar que fue un mensaje a larga distancia y metafísico, de mi vientre-cuna madre. Nos visitará este viernes y sábado, hace tiempo que no la vemos.

No hablaré que en ocasiones me siento un hijo fracasado. Sin embargo, ya me corté el cabello y rasuré la barba, por si las moscas.

De lo personal.

Llevo cuatro años escribiendo este diario y me ha parecido una de las actividades más inútiles y adictivas que existen. Pero me gusta pensar que también sirve para otras cosas, como aprender a escribir mejor y comprender mejor la persona que soy. Hay ideas en todo el mundo, acerca de cómo y por qué se debe escribir un blog, sobre todo, hay ideas de como se debe llevar un blog personal. Creo que he quebrado todas esas reglas en algún momento, incluso he quebrado mis propias reglas con la consigna de: “Si no puedes escribir de ti, por más horrible que seas, no vale la pena”. Sé que mi familia ha leído mi blog, y supongo que han descubierto algunas cosas de mí que no habrían descubierto de alguna otra manera.

No escribo pensando lo que van a descubrir o no, porque entonces es “esconder lo que me parece horrible, lo que ellos no entenderían”. Porque es bien sabido que si uno esconde lo feo de uno mismo, entonces también se esconde la belleza que hay detrás. ¿No? Algo así. Tengo la fortuna de tener una familia discreta y que antes de apoyar un código moral, apoyan a la persona que hay detrás. Estos días he pensado en ello y me siento afortunado. Mi blog es una apuesta para mantener a las personas cercanas y queridas a mí… novia, familiares y amigos, queríendome tal como soy, o la persona que escribo ser porque aunque uno crea en su realidad, muchas veces es la mera ficción para otros. Y aunque he perdido algunos amigos, otros me han apoyado con firmeza y mi familia nunca ha dejado de serlo.

Hace unas semanas, por ejemplo, me enteré que mi madre leyó el Diario de Simón Dor y lo primero que le dije, fue que tuviera en cuenta que era ficción. Creo que el Diario de Simón Dor es uno de los más fuertes ejemplos que tengo de diario personal mezclado con ficción. Aun cuando hay algunos elementos que tomé de mi vida, hay otros que no tienen nada que ver con ella y que simplemente son imaginación. Mi madre me dijo que no me preocupara, que ella entendía mucho de lo que escribí y que me felicitaba por ello. Me dio gusto y un poco de vergüenza. Descubrir que mi madre leyó mi propio libro me provocó algo de orgullo y que lo aceptara así, me regresó brevemente a la infancia. Sé que muchas veces he escrito en este blog, sobre todo hace uno o dos años, lo que no me ha parecido de mi mamá y los problemas que hemos tenido… y también sé que son cosas que traeré durante muchos años. Pero por momentos como ese, donde también mi madre me acepta, me hacen pensar que haberme parido no fue tan malo.

Se dice, últimamente, que un blog personal es de lo más inútil que existe, leí por ahí a un escritor de a de veras, hablando del blog personal como una búsqueda de fama o de reconocimiento por alguien que no lo es. Otro escritor me dijo que el blog es una herramienta nada más. Yo pienso que el blog es una de las primeras fases por las que vamos a pasar los seres humanos para seguir comunicándonos: cuando la televisión y la radio son controladas por intereses, cuando los reporteros se compran y los periódicos venden su integridad, seguiremos teniendo un blog para expresar la realidad que percibimos y esa realidad puede ser compartida por otros. Cuando expones tu burbuja es cuando tienes la posibilidad de quebrarla. El blog es una opción para escaparse de los medios controlados, el blog es una manera de recuperar el medio. Por eso pienso que no debe tenerse miedo de escribir tal cual es, porque si uno no tiene control de sí mismo para aceptar lo que ha hecho, si uno no tiene la cara para enfrentarse a sus propias decisiones, entonces pienso que no tiene derecho para recuperar el control del medio, de su vida, de lo que ve, escucha o lee.

En México, si tienes la cara para votar este dos de julio, entonces también tienes la cara para enfrentar las decisiones que has hecho respecto a tu vida, y también tienes la cara para tomar el control. Muchos hablan de que el blog personal es solamente un escape, un método para divertirse, una terapia para continuar con su realidad. Claro que si, escribir de sí mismo tiene muchas funciones. Pero finalmente, lo que escribes es una extensión de tu propia persona, de la realidad colectiva que te rodea, de lo que percibes y observas. Lo que escribes no solamente es lo que sientes tú, es lo que sienten todas las personas a tu alrededor. Escribir es una de las pocas cosas que puedes ofrecerte a ti, y a los demás.

Segundo día

Creí que el más difícil sería el trabajo, pero fue pan comido ¿a quien quieres engañar, Tsef Thaed?. Nadie me ofreció un cigarro, ni Josefa, ni Carrillo. Los olí demasiadas veces, vi prenderse un par, pero pude evitarlos. Fuerza de voluntad muchachito, me dije a mi mismo, ¡y salí todo un triunfador! Anda, anda, confiésalesssss… te mueres por uno. Ni siquiera se me antojó, ni tantito. Mi cigarrillo de mi cajetilla de reserva se quedó quieto en su lugar. ¡Mira nada más! Eres como que un poquito masoquista: sonríes al pensar que si lo fumas… no podrás parar ya. ¡Y tenés razón!.

Me descubrí un hábito. Suelo/quiero llevar un cigarrillo mientras edito rápido. Ahora sé que conociéndome es como podré pelearle al cigarrillo mas fácilmente. Tsk tsk tsk, no vas a triunfar… mañana mismo te comprarás una cajetilla nueva. ¡Mañana mismo! ¡Andá Tsef Thaed! So, acabé mi día en el trabajo. Nada pesado, sólo hice un stock para video interno de una compañía de camiones y hoy hice la edición final del comercial de pastelitos. ¿Cuántos pastelitos te comiste hoy para no pensar en el cigarrito de la editada, eh?

Me comí un pastelito nada más… Ohhh. Pero vas a engordar bien y bonito muchachito… si de por sí, sos un cerdo. Para tranquilizar las ansias de cigarro y después, me fui a la escuela.

Un hábito descubierto: El cigarro que me llevo prendido de la oficina al metro. ¿Te acuerdassss cuándo pasabas del lado de la gasolinera con tu cigarrote prendido y luego los mirabas sonriendo, moviendo tu manita con el cigarro esparciendo ceniza caliente de un lado a otro? Jajaja, lo bueno es que ya cambiaron al personal. Ahora no prendí ninguno, me sentí bien. Me sentí re-la-ja-do y tran-qui-lo.

En la escuela fue un poquito más difícil. Descubrí que utilizaba el cigarrillo para que se me fuera más rápido el tiempo a la hora de empezar una clase ¡Y cómo lo descubriste, eh! ¡Vaya que lo descubriste, Tsef Thaed! Ahora… préndeme, chiquito, préndeme. ¡¡jajajaja!!. So, lo que hice fue caminar. Hice la anotación mental de SIEMPRE llevar un libro, los poemas/ensayos/novelas pendientes. Debo comprarme una antología que cuesta unos seiscientos varos en American Bookstore.

Si, el dinero me tiene mal. Estoy a punto de darle a mi mamá su ultimatum. Todavía no me pide dinero para apoyar en la casa, pero estoy seguro de algo: Ella no está buscando trabajo. Eso, eso, piensa en tus problemas… así necesitarás un cigarrillo… piensa en la presión, la deliciosa presión… ¿la sientes? ¡Vamos! ¡Nada más uno! y mañana regresarás a la normalidad…. Ya le dije que no podía mantenernos a los dos a menos que dejara la escuela y trabajara de tiempo completo y como no quiero sacrificar ni uno, ni lo otro. Es una historia compleja, mi mamá ya lleva un historial de dos tíos que si tuvieron que salirse de estudiar para pagar las deudas de crédito de ella, malos tiempos, fueron malos tiempos. Afortunadamente, esta vez no hay deudas de tarjeta de crédito y yo, no quiero repetir ninguna historia.

Le diré que se busque un trabajo para al menos pagar la renta del departamento. Yo pagaré lo demás luz, teléfono, gas, comida. Yo creo que los gastos se equilibran bastante bien haciéndolo de esa forma.

Claro, mi mamá cuando trabajaba tenía contemplados otros gastos estaba pagando mensualmente un par de casas, hasta donde yo sé. Una en Toluca, otra en Colima. Pero no estoy dispuesto a pagar nada de eso, no me alcanza el dinero. ¿Una fumadita?. Y aquí es cuando comprendo la importancia de tener un lugar donde vivir, sin gastos de renta. Yo creo que será lo primero a lo que me enfoque cuando ahorre un dinero y gane más.

Primero es: un lugar donde caerse muerto. Un lugar donde fumar tranquilamente. Ya después, hasta te compras una mona inflable si quieres.

¿En qué iba? Ah, si, en la escuela. Me encontré con Ariadna y conocí al novio de Astrid, Nicolás. Bien, tranquilo, normal. Ariadna se compró un cigarro, se lo fumó. No quiero ser de esos tipos mamones que digan: “Oh, ya dejé de fumar” y luego se la pasen tociendo como en seña de que les molesta, porque ellos ya lo dejaron. Si, te lo aguantaste bien… debo admitirlo, Tsef Thaed.

Y el penúltimo hábito que descubrí el día de hoy fue cuando estuve socializando con un grupo de compañeros… tenía el impulso de sacar un cigarrillo y prenderlo. ¡Dios mío! Jajaja, ahora si que me estoy conociendo. Casi le robaste una fumadita, pero te aguantaste. No me llamó tantito la atención el cigarro de la chava… ¿cuál me chupo? bueno, si, casi le pido que me diera una fumada.

Pero me aguanté. Divertido, caminé de regreso a casa pensando: “Ummm, lo más seguro es que en una peda voy a querer fumarme un cigarro también y entonces viviré otra vez mi vida de fumador. Oh no. No, no, no. Todo lo que lograste hoy, perdido por una peda. Eso sería lo más patético”.

Luego saqué mi último cigarrillo de mi cajetilla de reserva y me lo puse en los labios sin prenderlo. Sonreí y me puse a tararear. Cuando sentí que ya había sido lo suficientemente patético, me lo quité de los labios y lo volví a guardar en su cajetilla.

Y luego, llegué a casa. Leí algo que me enojó.

Casi prendo el cigarrillo. Todavía no es tarde. Si, cuando estoy nervioso, enojado y estresado, fumo bastante. Ya estaba fumando de a cajetilla y media diaria, por eso lo estoy dejando. ¡Vamos! ¡Vamos! ¡Vamos! ¡Préndelo! ¡Prendelo ya Tsef Thaed!. Pero sería idiota si prendiera el cigarrillo por leer algo tan trivial que sencillamente, me enojó porque me siento con ganas de enojarme con alguien y desquitarme.

Así que esperaré algo más sútil y elegante como el final del mundo para prender mi cigarrillo de reserva. Tal vez en unos treinta años, ya que esté bastante añejado Wacala.

Además… ahora tengo una razón de peso por la que no me quiero morir mañana, ni pasado, ni en dos, ni en diez…

Tres policias y un gato

Como era de esperarse, terminé de editar el casting para “Nacional Monte de Piedad” a las 2 de la mañana. Ya lo esperaba, desde que me levanté de mi cama, sabía que sería un día de esos que procuran construir bola tras bola en mi espalda. La bajada y selección de la gente empezó a las 11 de la mañana y terminó a las 7 de la noche. La edición tardó otras 7 horas… odio los comerciales de viñetas.

Un comercial de viñetas, procura presentar 23 personajes haciendo X número de situaciones en los menos segundos posibles (lo que tarda un comercial, entre 20-45 segundos). Pero el problema es que sigue siendo un proceso muy selecto, no importa cuantos personajes sean, debe ser alguien que provoque hacer realidad lo que la febril mente del creativo haya construido.

Odio editar los castings para comerciales de viñetas. con Panasonic (el comercial donde sale Martha Higareda antes de ser famosa) fue lo mismo, y antes de ese, hubieron dos de Telcel que me hicieron sufrir. ¿Y por qué este habría de ser distinto?

Por eso al despertar… ya sabía lo que me deparaba el destino.

Terminé mi edición, dije bye bye a la oficina y al salir, pasaron por la avenida dos patrullas de Fuerza y Reacción, o Tarea-Reacción, algo así le entendí. Creo que son de las nuevas que hay aquí en esta Ciudad. Bien, uno de los policías se me quedó mirando al cerrar mi reja y me dije: “Bueno, nomás que se fijen que estoy cerrando con llave y no tratando de entrar a la fuerza, seguirán su camino”.

Y eso hicieron, me pasé la calle a esperar un Taxi a las 2 AM, con todo desértico y fue cuando vi de nuevo las dos patrullas. Pero ahora se aproximaron a donde yo estaba, se detuvo una, se bajó un policía y me empezó a interrogar muy amablemente que hacía ahí a esa hora. Pues contesté con verdad todo lo que me dijeron y creanme, andaba asustado, para los que conocen la policía mexicana… ya saben, sobre todo la del distrito.

Después de una serie de preguntas que no les veía sentido, hicieron que dejara mi mochila y revisaron adentro, después me pidieron que mostrara lo que traía en los bolsillos y ya al final, me catearon de arriba para abajo, el policia tan amable me hizo el favor de que se me encojieron los huevos de pura reacción (mano masculina! ALERTA! ALERTA! mano masculina).

Ya se despidieron y me asombré de que no me pidieran dinero o me secuestraran. Les dije buenas noches y les pedí de favor que si miraban un taxi por su ruta, le pidieran de favor que pasara por aquí. En ese momento pasó uno libre.

Estaba dudando si detenerse porque las patrullas ahí, y después yo… bueno. Parecía como que los polis viendo que el ratero se suba bien al coche para que lo asalte bonito y se compartan después el motín. Pero afortunadamente si se paró y el amable señor taxista me dijo que creía que era algún detenido o algo así…

no, respondí sonriendo, para nada, sonreí de nuevo, se detuvieron a preguntar quien era y luego a acariciar mis huevos, se detuvo mi sonrisa.


En fin, durante el transcurso de la noche le hablé a mi mamá por teléfono y le recordé 6 días después del cumpleaños de mi tía Imperio. No le hablamos por su cumple y yo apenas me acordé el día de hoy. Mal mal mal. Me va a asesinar cuando le llame, solo espero que no esté enojada.

Y mi mamá… bueno, transcripción de la plática:

—Le hablamos el sábado los dos… oye…
—¿Qué?
—Se metió un gato a tu cuarto.
—¿Cómo? ¿Y ya lo sacaste?
—Ay no, ¿cómo crees?, ¡sácalo tú!
—¿Y cómo le hago? ¿Desde aquí le grito groserías o qué?
Mi mamá se echa a reír…

Tan linda ella…

Después del cateo policial… CATeo… ja!, ¿entendieron el chiste bobo? No, ya se que no, demasiado bobo. Bien, en lo que iba… después del GATeo… jajajaja, lo siento, lo siento, ya. Después del cateo y que pude llegar a mi casa, lo primero que hice fue dejar las puertas abiertas y entrar a mi cuarto, a primera vista no lo encontré, después me asomé debajo de mi cama y el cabrón salió corriendo. Lo perseguí hasta la cocina y después la zotehuela… transcripción:

—¿Qué haces ahí?
—¿Meow?. (¿Qué te importa?)
—Bueno wey, ya te dejé la puerta abierta, andele mishons, para afuera.
—¡Meow!. ¿Meow? (¡Ajá wey! ¿Y tu nieve?)
—Si, si, Meow, andale… muévase.
—Meow. (Ta güeno).

Se salió medio inseguro y ya cuando vio que estaba medianamente alejado de mí, regresó a mi cuarto. Que huevos… de veras, que huevos. Lo perseguí a mi cuarto nuevamente y ya mi mamá me dijo: “Se está queriendo salir por tu ventana”. Abrí mi ventana y al voltear me di cuenta que volvía a correr a la cocina. Ya caminando, porque está sonando que el gato aprendió bastante de Tom y Jerry… escuché un ruido y al asomarme a la zotehuela, asumí que el gato se había ido por la ventana de la sala.

Tanto ajetreo para una madrugada.

De compras en Navidad.

Salí de compras el día de hoy, siempre pongo cara de protesta cuando tiene que ser, siempre hago ruidos quejumbrosos cuando me levantan y yo esperaba despertarme tarde. Pero no importa, al fin trato de relajarme y pedirme que no sea tan intransigente con mi madre en esos menesteres.

Odio las compras en temporada navideña, no por esas mamadas del consumismo y que ya no buscamos regalos más sencillos para conseguir sonrisas más sinceras, no, eso es una mamada. Odio las compras por la cantidad de gente que se encuentra uno. Es exorbitante, es ridículo. Sencillamente no soporto grandes cantidades de gente, no lo sé… yo crecí siendo sedentario.

Primero fuimos a tirar unas cosas de la casa de mi tío Ángel a la basura, entre ellas se encontraba un árbol de navidad de esos de plástico. Me miró y me dijo, “Al fin que ya no lo ponemos”. Yo estuve de acuerdo, después de todo, nos llenamos de porquerías. El segundo pensamiento fue: “Es un árbol de navidad… ¿cómo podemos tirar un árbol de navidad?”

¿Cómo podemos?

Esto me hace recordar a mi abuela, cuando hace unos cinco años, en un intento por salvar la navidad y no comprar un árbol de plástico, consiguió un árbol humilde que más bien eran ya varas. Yo siempre fui el que alzaba la mano para adornar el árbol, pero cuando vi ese me asaltó un sentimiento mezquino, ¿cómo se atreve a darme esa pendejada? Pero no se lo dije.

Mi tío Daniel se encargó de decirlo. Ella, naturalmente, se puso a llorar. Entonces aprendí a querer ese árbol que ella había conseguido por quien sabe que medios, lo adorné como pude y traté de hacerlo bonito. No soy un hombre que exprese sus sentimientos con palabras, si lo hubiera hecho, mi abuela se hubiera sentido mejor.

Somos tan idiotas.

Llegamos a la Comercial Mexicana y lo primero que vi fue dos niñas que tenían la playera del Centro Universitario México o tal vez del Instituto, no tenían más de 17 años. Werillas las dos, bonitas. Pensé en la decadencia del CUM por haber metido mujeres… no piensen mal, no es el machismo. El CUM ya estaba en decadencia desde años anteriores, pero con las alumnas nuevas, se metieron nuevos sistemas, como que los profesores deben conservar su trabajo y mantener buenas calificaciones…

Si no, pregúntenle a Fautsch, le puso nueve a un niño que se mató en una carretera y que ya no debía estar en listas. (O eso dicen por ahí). Después de que hizo eso, se salió de la institución marista y se dedicó a hacer cosas más de su calibre, después de todo, es una de las mentes más brillantes de México, dicen también.

Afortunadamente me tocaron sus últimos años.

Mi mamá compró cosas de más, como siempre, pero al rato estaré agradeciéndole en secreto esa Sidral Mundet cuando falte agua de sabor o Coca Cola y tenga mucha flojera de preparármela.

Estuvimos buscando las cosas que comprar… en una de esas, que andaba solo con mi carrito mata-gente, encontré una niña con sindrome de Down. Pensé muchas cosas al respecto, me hubiera gustado sonreírle y animarle el día a la niña, pero seguramente a ella no le importaría del todo. Hubiera sido como un juego. A la que hubiera animado probablemente era a su abuela o a su madre, que estaba sentada junto a ella, mirando con recelo a las personas que pasaban junto a ella.

Ya no sabe uno lo que es políticamente correcto en estos días.

Pagamos las cosas, la cerillo estaba haciéndose pendeja. Creo que estaba peleando su lugar con otra cerillo. Ya cuando me vio con mi cara de enojado guardando las cosas en la bolsa se puso a chambearle. Mi tío Ángel se vio muy tranquilo al respecto, mi mamá no. Ya cuando le tocó el turno a ella, echaba unas miradas y unos comentarios a la cerillo que ni yo le hubiera deseado a mi peor enemigo.

Me puse a pensar porque trabaja ella, yo trabajo porque necesito en algún momento hacerme independiente. Yo trabajo por mis gustos. Yo trabajo porque necesito pagar muchas cosas en la escuela. En fin. Si no trabajara, le agregaría un porcentaje más al gasto de mi madre y eso significaría cederle control sobre mi vida. Es una historia muy larga.

Mañana trabajo por cierto, así que el que tenía que tener la carota, era yo… no la pobre cerillo. Así que al final, me dio un poco de espíritu navideño y le di en una moneda lo que le hubieran dado diez o quince personas. Me sentí bien en un principio, pero después pensé que así saldría yo siendo un mejor hombre.

Orgulloso es el ser humano por las cosas más estúpidas.

Cuando me preguntó mi madre cuánto le dí, mentí, le dije mucho menos… ella se me quedó mirando y me dio en la mano la cantidad que le había dicho.

Dos pesos. Odio las compras en Navidad.