Pensaba escribir una larga carta, como una de las que no he escrito en mucho tiempo. Tal vez nunca las he escrito. A Santa Claus, sólo le pedía lo que quería y no me traía, así como a los Reyes Magos. Escribí otras cartas a una puta que tenía, pero en ese tiempo de mi vida sentía que no era yo. Otro tomaba mi lugar y ponía las palabras indicadas para recibir el bien necesitado, un poco de sexo y algo de cariño, después una sana indiferencia y caminar. He escrito e-mails largos, procurando contar los pormenores de mi día. A mi mujer, de temporada en temporada, siento la necesidad de escribirle y encadenar hechos, sucesos, platicarle mi contexto y lo vacío todo. Es una de las mejores cosas que puedes hacer: escribir a alguien que lo quieres, y como lo quieres, y qué tanto quieres, y qué posiciones quieres, y puro querer. Puedes inventar tantas cosas en una carta, por ejemplo que vienes de un lugar lejano y te has desviado un poco mientras caminabas. El desvío puede durar años, puede abarcar muchos kilómetros, y rostros desconocidos que sigues aprendiendo a identificar.
Caminando
Junio 21, 2007 — 1-2-3, Amor, Asceta.
Escrito por Agustin Fest.
Provengo de un lugar muy lejano.
Mayo 28, 2007 — Casting, Familia, Sueño-Insomnio, Vida diaria.
Escrito por Agustin Fest.
Dijo el anciano, con algo de tristeza en la mirada, se bajó un poco el sombrero y las arrugas de bronce se escondieron entre las sombras. Yo me estaba fumando un cigarrillo, esperando no se qué, escuchando conversaciones ajenas. Tenía hambre, no había comido nada y en espera de que el anciano continuara su plática, me recargué en el muro. Estaba hablando solo, o tal vez conmigo. Suspiré, y cuando me animé a preguntarle de dónde venía, él cargó su morral al hombro y ya se iba. Me sentí un poco estúpido. Después saqué mi cartera, caminé unos pasos más a la pizzería y pedí una grande, para que comiéramos mi hermano y yo.
Mi hermano estaba dormido en la casa. El día anterior nos desvelamos, acompañándonos, estrenando un juego de peleas. Nos dimos en la madre un par de horas, yo en lo que daban las 4.30 de la mañana (hora de mi llamado [filmación]) y él, en lo que daban las seis de la mañana para completar la guía de física junto con un amigo y vecino. A las cinco de la mañana, estaba haciendo llamadas para asegurarme que el abuelito y su nieta estuvieran en donde habíamos quedado, o bien, al menos en camino. Con la señora no hubo problemas, cuando me respondió ella ya estaba en Polanco. Sin embargo… el pinche abuelo no respondió el teléfono.
Junté las manos, recargué mi cabeza y suspiré. Me empecé a preocupar. Nada sabía que en el futuro, estaría mirando alejarse a un viejo de bronce y buscando en mi cartera dinero para comprar pizza. En ese momento pensaba: Muy bien, se quedó dormido. Muy bien, se quedó dormido para siempre. Muy bien, se quedó dormido para siempre y no tenemos reemplazo. Llamé de nuevo al viejo y me respondió adormilado—. Es cosa seria mijito, es trabajo, ya voy para allá, luego te platico porque me tardé —Esperé unos diez minutos y empecé a buscar el teléfono del asistente de dirección. A los cinco minutos entró una llamada a mi celular: Ricko preguntándome qué había pasado con el abuelito cubano y que el asistente me estaba buscando, que porque mi celular entraba a buzón. Ya esta en camino… deja le marco a Poncho, respondí, colgué el teléfono y marqué al abuelito cubano.
—Si mijito… ya estoy en camino, ya estoy montado en un taxi y ya estoy por llegar —dijo el abuelito. Por la voz, intuí que se había quedado dormido—. Soy profesional, no te preocupes mijito, cuando es trabajo soy cosa seria.
Suspiré de nuevo, me esperé otros cinco o diez minutos, y marqué al asistente de dirección. —Ya tengo al señor aquí. —Muy bien, ¿todo en orden, te hace falta algo? —No señor, todo bien. —Perfecto sale bye —me fui a mi habitación y dormí. De la computadora a mi cama, pensaba lo bonito que era este trabajo sin horarios, y cómo cientos de celulares se activaban en toda la República para cuestiones tan nimias como filmaciones, llamados, vestuario y demás, a las cinco de la mañana. Imaginé que formaba parte de toda esa red, e incluso, pensé que la compañía de celulares nos vigilaba, nos agradecía, y nos guardaba un espacio en su red a estas horas, para este tipo de urgencias. Me cubrí con las sabanas, como si viniera de un lugar muy lejano, y dormí.
Soñé con la exnovia de un amigo. Íbamos en el coche, camino a ningún lugar, cuando ella se desnudó y me enseñó sus piernas. Después se metió mi coso a la boca e hizo lo suyo. Parpadeé, cosa de un segundo, y ella se convirtió en un hombre joven y apuesto. Recuerdo haber suspirado en el sueño, consciente de la transformación tan culera. Permití que me la continuara mamando, al fin y al cabo, estaba guapo el hombre. Pensaba en la cantidad de escritores homosexuales, en la canción de cuna de Auden, pensé que con hombres tan bellos como aquel, tal vez todos nos permitiríamos esos accesos de lujuria. Agujero aunque se de caballero, hoyo aunque sea de pollo, y gallo viejo hace buen caldo. C’est la vie.
Desperté.
Mi hermano estaba dormido, moría de hambre, busqué algo en el refrigerador y poco sabía que saldría a comprar una pizza. Regresé a la habitación y le pregunté como le había ido en su examen, y medio dormido, me respondió que le había ido bien. Sonreí, revisé mi celular, nadie había llamado y pensé que hoy podría quedarme a terminar otros pendientes. Prendí la computadora, me bañé, revisé mi celular de nuevo. Tres mensajes y todos casuales. Unos minutos después, ya me encontraba caminando a la pizzería, pensando en las mocosas que jugaban futbol en la cancha. Seis niñas, entre catorce y dieciseis años, pateándose el balón unas a otras. Frente a mí, un jardinero cargaba sus herramientas en un morral de Linterna Verde.
En el camino, pensaba en el sueño que había tenido, y que había escrito poco en mi blog. Me preguntaba porque había escrito tan poco, y si había cambiado en algo mi método de escribir. No tiene importancia, me dije. Escribe lo que quieras en tu pinche blog, no tiene importancia. Me detuve un momento, un anciano susurró—. Provengo de un lugar muy lejano —lo miré un poco distraído y después prendí un cigarrillo. Me recargué en una de las columnas, queriendo escucharle más y cuando me animé a preguntarle, el hombre puso su morral al hombro y echó a andar, como si llevara sólo la mitad del viaje. O peor aún, el inicio. Sus chanclas alzaban el polvo, la correa de su sombrero se movía como un péndulo y su silueta, se alejaba cada vez más.
Pedí una pizza de carnes frías, y regresé a casa.
Un lugar.
Abril 4, 2007 — Asceta, Del deber ser, Howl.
Escrito por Agustin Fest.
Hay un lugar, atravesando el mar, donde ninguna aspiración o sueño material es válido. Donde la carne y el deseo se despedazan porque no se puede sentir más. Un lugar donde no te sientes pendejo por pequeñas idioteces, ni grande por los bien merecidos triunfos y eres como un niño pequeñito, perdido, en esa isla donde, el Dios de las probabilidades, tomó asiento para crear el mundo. Me gustaría que ese lugar no tuviera un nombre, si acaso que se refieran a él simplemente como un lugar. La gente hablaría de él por mera casualidad. —¿A dónde vas? —Voy a un lugar —y salte un poco el corazón cuando te das cuenta que vas allá, sin importar el camino que tracen tus pasos, llegarás. Correrás desnudo, libremente, sin preocupaciones, sin risas mordaces y presiones tontas. Una isla de arena, cuya materia prima es el polvo de los felices muertos que se acumula con el tiempo. Sin chistes babosos, ni palabras necias y vacías.
El lugar no existe, pero en todas partes hay escritores necios que lo describen… escritores que después de relatar un contexto histórico o inventar un personaje tan violento como su entorno (una megalópolis o una provincia ignorante), seguro lo desean, en un requicio apartado de su corazoncito. Cuanta ternura puede esconder un hombre o cuanto idealismo, que es capaz de romper toda su rutina y creer que existe, aunque sea unos minutitos. Es otro ideal, pensar que todos escondemos un lugar así en nuestro corazón. Tal vez, es la creación de este lugar es lo que genera la violencia, mientras apartamos nuestra vista esos minutos, podemos dedicar a destruir lo demás.
Me siento un poco idiota el día de hoy.
Anfrinotorondo
Mayo 12, 2003 — Sueño-Insomnio.
Escrito por Agustin Fest.
Where is my mind, de The Pixies o Bohemian Rhapsody, de The Queen. Aunque el final que quiero de mi vida no es un Fight Club, mirando como caen las grandes corporaciones del mundo (con lo mucho que me importan). Quiero un final con alguna de esas canciones.
Este final que cuento… me imagino acostado con una sombrilla dando poca sombra, en algún desierto, muriendo de sol y un refrigerador de Coca Colas, y tal vez ella (que todavía no tiene rostro, pero si unos anteojos oscuros) esté caminando con un vestido suelto, con los pies hundiéndose en la arena. No un desierto entonces, una playa.
No seré viejo, este es el final donde muero joven pero contento. Mañana tengo que ir donde vivía Cecilia. Una cuestión de recoger unas cosas de la familia… no quisiera ir, solo espero que no me pase lo de la vez pasada.
Ventanas abiertas.
Enero 11, 2003 — Nostalgico, favoritos.
Escrito por Agustin Fest.
Cuando me subo a mi camión, o en cualquier lugar en general. Guardo silencio y me pierdo, olvido por completo con quien voy. Me gusta mirar el camino y sobre todo, observar las ventanas abiertas.
Debe ser una fijación mía, no lo sé… pero mis ojos se van a las ventanas abiertas, sin luz o sin esta, y tratan de saber de otras personas, gente desconocida, observando sus posters, sus libreros, sus escritorios, qué plantas tienen en el balcón.
Hace tiempo, cuando hacía esto, mire una mujer cuya silueta era la de una diosa, piernas largas y desnudas en la noche, recargada y fumando un cigarrillo, el pelo lo llevaba recogido y vestía tal vez la camisa de su novio/marido. Tan tranquila, mientras la luz que pasaba por la ventana oscurecía más su silueta…
Son regalos que nos ofrecen los dioses.







