El último cuervo.

El cuervo, en su soledad, olvidó los tres puntos y como quebrar las líneas. Cuando estaba con sus hermanos era más fácil. Entre todos observaban el mundo, se reían de él y procedían a mancharlo con sus alas, sus graznidos, sus ojos traviesos. ¿Pero por qué ya no tenía hermanos? —Oh —dijo en voz baja—, yo maté a los últimos. Les enterró en la misma cueva donde se escondían, y esperaban la muerte mientras recitaban poesía, bebían y fumaban. Jugaban antes de morir.

Ya habían pasado tres años, viviendo de su humor pestilente y algunas lágrimas de medio día. Se comió primero los gusanos que nacieron del cuerpo de sus hermanos y dependía de un pequeño manzano que sentía lástima por él y le ofrecía sus manzanas gustoso para que comiera. El cuervo estaba solo, aún cuando era el más joven parecía el más viejo. El cuervo no tenía con quien jugar. Se asomaba por la boca de la cueva, para que le golpeara un poco el sol y admiraba sus alaz de ceniza y polvo. Daba al manzano los buenos días por educación y luego se volvía a esconder. No quería nada que ver con el mundo.

El manzano le contaba a veces de sus hijos mientras él guardaba silencio. El cuervo tenía cinco hijos: el jabalí de fuego, el ruiseñor de agua, el delfín de la tierra, el árbol de aire y la madre vacía. Fenómenos monstruosos que hacían destrozos y que ya eran adorados por la humanidad como dioses. Tres años con el mismo problema, que simplemente crecía y adquiría fuerza con cada día. El problema ya había echado raíces y se había adueñado del mundo. El cuervo, cuando su consciencia estaba de rebelde, pensaba que el genocidio de sus hermanos había sido en vano e inmediatamente después se lamía las heridas, pensando que nunca tendría la fortaleza que tuvo aquella noche donde mató a los sobrevivientes. El cuervo, es y será, siempre su peor enemigo. Es esa consciencia la que los ha permitido vivir a lo largo de los años.

Otro día se asomó y miró, indiferente, como el jabalí de fuego quemó su manzano.

—Gracias —gritó el cuervo malhumorado mientras el jabalí de fuego corría hacia el horizonte—, gracias.

Escuchó al manzano gritarle: “Pensé que éramos amigos, ¡Haz algo!”, mientras se reflejaba su madera en llamas en los negros ojos del cuervo, de alas de ceniza y corazón muerto. El cuervo simplemente respondió: “Los cuervos sólo somos amigos de los cuervos” y se metió a su cueva. El manzano le dijo alguna vez que a sus hijos no les interesaba matarle ya porque era uno solo y sabían lo patético y destruído que estaba. Así que el cuervo, tres años después de sus ansias y su temor a la muerte, mejor decidió suicidarse. Como era poco práctico y sofisticado, lo que hizo fue romperse las alas y tirarse por la boca de la cueva, caer como unos tres metros al vacío y a ver que pasaba.

Después de golpear el piso y achatarse el pico, alzó la mirada y miró que aún estaba vivo. Le dolía todo, un ardor que estremecía cada una de sus extremidades, pero estaba vivo. El hombre de jeans y chamarra negra, con la capucha puesta, estaba frente a él.

—Estoy vivo —dijo el cuervo, evidentemente frustrado.

—Sí, sí que lo estas —respondió el hombre de chamarra negra.

—Pero si me acabo de suicidar.

—Eso hiciste.

—Es aquí dónde se supone que tú me llevas a una vida mejor.

—Se supone.

—¿Y luego?

—Pues no quiero.

—Oh, muy bien. Gracias ¿eh? Muchas gracias.

El hombre de chamarra se encogió de hombros.

—La verdad no puedo llevarte porque gracias a tus hijos mal educados tengo mucho trabajo.

—Ah… Así que decidiste hacer enseñarme una lección. Ya veo.

—Eso, y qué la verdad la distancia de la que te tiraste no provoca la muerte.

El cuervo escupió sangre. Parecía que se había quebrado algo.

—¿De verdad?

—Sí, pero como quebraste tus alas, no creo que puedas intentarlo de nuevo.

—Puedes arreglarlas.

—Sí, pero no se me antoja.

El cuervo asintió indiferente, con su pico chato y sus alas quebradas. Después de un gran esfuerzo que el hombre de chamarra negro miró divertido, logró ponerse en pie. El hombre lo siguió con la cabeza, como el cuervo agarró camino y se fue a algún lugar, cuando el cuervo desapareció de su vista, tronó los dedos (siempre había querido tronarlos) e hizo lo mismo. El cuervo caminó un largo trecho, donde un par de niños traviesos le arrancaron las plumas de la cola y un perro intentó orinarle encima. Sin embargo, el sol de otoño y las hojas secas que se escapaban con los árboles, le hizo pensar que otros estarían teniendo un excelente día. Si caminaba lo suficiente, llegaría a una carretera donde un trailer podría atropellarle y entonces tendría un día tan hermoso como ellos.

Pero pasó algo. Lo que usualmente pasa con las caminatas.

Se puso a pensar.

Se le ocurrió la más loca de las teorías: Los cuervos nunca pensamos individualmente porque siempre estuvimos volando juntos, ¿será por eso que los hombres son tan promiscuos con la idea de la individualidad? ¿porque se dedican a caminar? Los cuervos nunca pensamos en banalidades, siempre estuvimos cerca de la banalidad, del aire y del cielo. Siempre estuvimos arriba de todos los demás. Pero la individualidad de los hombres, ¿es realmente individualidad? ¿Quiere decir, qué soy un hombre porque ya puedo caminar? ¿Querré comprarme ropa de marca y coches iguales a los otros para ser como los demás?

El cuervo no pensaba bien. Estaba caminando. Cuando se dio cuenta de eso, se detuvo y murmuró—. Gracias, gracias —la idea de suicidarse, con cada paso, le parecía aburrida. Debía hacer otra cosa. Al menos vengar a sus hermanos, matar a sus hijos y procrear otra vez. Seguro que con eso, no vendría la muerte a mofarse otra vez de él y se lo llevaría a un lugar mejor. Algo que no había olvidado el cuervo, después de todo, es que las cosas se hacían siempre para su beneficio personal, incluso salvar al mundo. Sólo que había un pequeño problemita: No había más cuervas para procrear agusto.

—Es hora de tener una audiencia —dijo el cuervo convencido—. Es hora de hablar con Dios. Gracias, ¿eh? Sí, muchas gracias. Lo que me faltaba.

Todos los cuervos, el cuervo.

Los cuervos…
los 21 restantes,
alzaron la mirada,
leyeron el título,
y pensaron:
“Cortázar”.

Los cuervos…
bueno, el uno,
de los veintiuno,
dijeron—. Nos quiere
quemar otra vez.
Guardaron silencios.
Esperaron a su hijo,
un jabalí de fuego.
Y no pasó nada.
Suspiraron de alivio,
sacaron las cartas,
y jugaron póker,
como quien no morirá
el día de mañana.

Los cuervos…
bueno, otro dellos,
dijo—. Cortázar es
un maestro. ¿Leyeron
autopista al sur?
—Espera, espera
—interrumpió el más joven—.
Estamos muriendo.
Necesitamos salvarnos.
No es hora de pensar en Cortázar.

Los cuervos…
bueno, los veinte
más viejos, se rieron.
—Somos cuervos.
Si morimos no importa.
Estaremos con mamá
en el cielo.
Cinco dellos prendieron un cigarrillo.
—Somos cuervos.
Si morimos, no importa.
Habremos reído, fumado,
leído como idiotas,
como hedonistas salvajes,
habremos quemado
cada una de nuestras plumas
antes de extinguirnos
por completo.
Moriremos en vano.
Moriremos felices.
Moriremos y ya.
Porque así es la muerte
jovencito,
cuando te lleva, te lleva
y quienes te reemplazan,
son tus hijos.
Los cinco monstruos
que ahora destruyen el mundo,
se convertirán en cuervos
como nosotros.
Padre e hijos,
reflejo y contrarreflejos.

Los cuervos…
bueno, uno dellos,
aquel de voz más bonita,
afinaron la voz y cantaron—:
Los demonios aún atormentan,
y los cielos todavía truenan,
pero estaré ahí, velándote,
dormir y despertar, besándote.
—Mamá nos canta desde el cielo.
Es hora de morir chavalín,
no te sientas triste.
En el cielo hay un payaso
que nos hará reír.
Se llama Dios.
—Rieron, rieron, rieron los cuervos.
—No pediremos a Dios, ni al cordero,
ni al hombre que escribe, ni al hijo,
ni al señor de los muertos,
el perdón de todos nuestros pecados.

Los cuervos…
bueno, el más joven dellos,
se volvieron locos de desesperación.
—¡No quiero morir! ¡No quiero morir!
—¡Es inevitable!
¡Siéntate y juega con nosotros!
¡Siéntate y fuma con nosotros!
¡Lee poesía de verdad con nosotros!
¡Eventualmente llegarán…
nos desharán por completo!
¡No seas estúpido, quédate con nosotros!
Los cuervos cantaron—:
Cierra tus ojitos, dulce amor,
con mi canción olvidaré tu dolor,
las penas que te acosan
y los fantasmas que se asoman.

Los cuervos…
bueno, solamente los viejos,
reanudaron su juego.
El cuervo más joven les miraba,
receloso, angustiado, ansioso.
Presa de tantos demonios,
encarcelado en sus ganas
de vivir
hizo lo que no hicieron otros.
Furioso, iracundo, los atacó con su pico.
Les arrancó los ojos,
les penetró el pecho,
les quebró el cuello,
y ellos no opusieron resistencia.
Después de matar a uno,
otro gritaba—. ¡Ahora yo! ¡ahora yo!
—¡Se quema Alexandría!
—¡Se quema Roma!
—¡Se quema Uz!
—¡Se quema, me quema, nos quema!
Riendo y fumando murieron
los veinte cuervos.

El cuervo,
despertó de su
impulso de sangre.
Miró a sus hermanos.
Sabía, en su ego,
que había hecho
lo correcto.
¿Por qué, entonces,
lloraba como un becerro?

Descargar aquí.

Los cuervos, los muertos.

Los cuervos…
se rieron de Satanás,
y lo miraron subirse
a su Cadillac rojo.
Iba al norte.
Esas carcajadas
quebraron la noche
y enojaron
a sus hijos.

Los cuervos
recibieron
la visita
del ruiseñor de agua.
Les llovió toda la noche,
el agua les tapó la
garganta.
El granizó les arrancó el pico
y deshizo todas sus plumas.
Murieron cientos
de cuervos.

Los cuervos
restantes,
buscaron toallas
y bajo árboles
se resguardercieron.
En el bosque,
esperaba el jabalí
del fuego prometéico.
Resopló bolas de fuego.
Algún cuervo chistocito…
dijo—. Huele a pollito.
Más tarde fue incinerado,
hecho polvo
por una línea de fuego.
Murieron cientos
de cuervos.

Los cuervos
que aún vivían
exclamaron—. ¡Cerdo ardido! ¡Cerdo ardido!
—volaron, volaron lejos.
Miraban al piso
que se resquebrajaba
y agujeros negros se abrían.
Algunos cuervos,
por el vértigo
y porque jamás habían visto
un negro tan puro,
se tiraron. Cayeron en picada.
Cientos de ellos.
Un delfín hacía ruidos
guturales con la garganta
y se asomaba para sonreírles,
sonreírles y golpear con su cola
piedras para golpearles.
Murieron miles de cuervos.

Los cuervos
creían haber escapado,
cuando los tornados
les amarraron las alas
y trozaron sus cuellos.
La silueta de un árbol
se dibujó en las nubes.
Un árbol furioso y triste.
Robusto y forrado.
No podían hablar los cuervos,
no podían respirar,
no podían funcionar sus
pulmones.
Murieron cientos de miles de cuervos.

Los cuervos
se escondieron en una cueva.
Incómoda, húmeda, apestosa.
Pero después del genocidio
era como su paraíso.
Sintieron
calorcito en el corazón.
Caricias en el pecho.
Durmieron.
La madre vacía,
la última hija,
atravesó sus pechos
con la mano desnuda.
Arrancó sus corazones,
sus órganos vitales,
y se los comió.
Arrancó sus plumas
y sus picos,
y sus patitas,
y sus chistes.
Murieron millones de cuervos.

Los cuervos…
que despertaron vivos,
recibieron el sol
inusualmente alegres.
Buscaron vino,
carnes frías,
quesos,
e hicieron una fiesta.
Sólo 21 cuervos sobrevivieron.
—¿Se acuerdan de la cara
de Satanás cuando cantamos
la canción de Baal?
—Rieron mucho.
Luego quedaron en silencio.
—Estamos en problemas.
—Algo se nos ocurrirá.
—Vamos a beber un poco más.
Otro silencio.
—Extraño a mamá.

El pecado original de los cuervos.

Los cuervos…
deciden.

Los cuervos
cobardes, no podían matar
a sus cinco hijos
monstruosos. Tan sólo de pensar
en la sangre
que habría
de manchar
sus plumas
sentían
asco, vergüenza, escalofríos, dolor, miedo, incomodidad, deseo, justicia, amor, venganza
y la muerte
de su madre.

Los cuervos…
se miraron unos a otros.
—Tiremos los dados,
quien tenga el número
más pequeño,
será el afortunado
que habrá de limpiarnos
a todos.
Los dados trucados
con imanes y pesos distintos
abundaron esa noche.

Los cuervos…
se soltaron a carcajadas,
—Quien saque la paja más corta
—sugirió un cuervo
ingenuo y pendejo—, debemos decidir.
Porque ya estuvo
bueno.
El espantapájaros,
divertido por el problema de los cuervos,
les ofreció todas las pajas
de su brazo derecho.
—Así dejé de tocar el piano —exclamó
el espantapájaros—,
valió la pena…
…ahora soy pintor.
Los cuervos,
tramposos como eran
cortaban las pajas con sus picos
o las trozaban bajos sus alas
o robaban las más pequeñas
del trigal más hermoso.

Los cuervos…
y sus hijos,
con sus juegos destruían al mundo.
Los visitó esa noche,
un cadillac rojo,
que viajaba al sur,
siempre al sur.
El rey Satán,
de traje blanco
y rostro difuso,
bajó del auto.
—Me llevaré a sus hijos,
si me dan su alma.
Mis buenos señores,
no lo piensen mucho
o ya no habrá mundo
donde puedan seguir jugando
—Satanás hizo una cara
de perro triste.
—Baal —respondieron
los cuervos—.
¿Te acuerdas
de nuestra
canción?

Los cuervos siniestros
sonrieron y cantaron
como borrachos a media luna
andariegos por la calle.

La canción de Baal y el orígen de los cuervos.

Hace muchos años
cuando no había cuervos,
ni tres puntos, ni Satanás,
ni Dios, ni Bob el Cacto,
ni Mamá Cuerva, ni el espantpájaros,
o Simón Dor, o Matías Elizondo,
o el Árbol de los Mil Nombres.

Hace muchos años
cuando no existían los árboles
ni los cielos, ni las piedras
las bacterias, las moscas
los sentimientos, los documentos,
el ruido de los arroyos,
los susurros de los monjes
o el titiritar de las estrellas

Antes que existieran
atrocidades como el libro
de los niños muertos,
o la crueldad de las divinidades
las indecisiones, las injusticias,
el amor no correspondido,
el juego de azar.

Había
un hombre
de alas negras.
Él un día pensó:
Quisiera escribir algo hermoso.
Nacieron nuestras alas.

Luego pensó
Necesito alguien
que hable conmigo.
Y nacieron nuestros picos.

También debería
ser necesitado
siempre.
Así completó nuestros cuerpos.

Y cuando nos vió a su lado
oscureciendo su capullo
ahh, dios pequeño y jodido,
exclamó—.
Me equivoqué.
Así nos creció la cola
y aprendimos a defecar.

Urgido, temeroso y ahogado
en su capullo,
por su error:
Los cuervos.
Temeroso de matarnos
inventó a alguien con el poder
de arreglar sus errores.
Te llamó Baal.
Y desde entonces
te llevas a los pecadores
y haces bromitas,
como nosotros,
a los inocentes.
¿Quién crees
que te enseñó
el oficio, pequeño niño?

Nosotros somos el mundo,
nosotros somos Baal,
nosotros somos el tiempo,
somos el pecado original.
Somos el capullo oscuro,
el primer error de la Muerte.
Nosotros existiremos,
aún si el mundo desaparece.
Somos los cuervos.

La muerte de Mamá Cuerva.

Los cuervos,
se ríen.

Los cuervos,
conocieron al
primero de sus
hijos.
Un ruiseñor que
jugaba con el
agua
como si fuera
dios.
Cuando el
ruiseñor
cantaba,
no paraba de llover.

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70

Los cuervos…
rara vez tienen sentido,

sentido del arte…
sentido práctico…
sentido auditivo…

48

Los cuervos…
por una Cuba libre e independiente,
con refresco de cola sin marca y ron hecho en casa.

Kayla

Kayla no sabe que el mundo es un desierto y se la pasa corriendo en los escombros, por ahí y por allá. Kayla no sabe que el mundo me ha hecho daño y que me ha convertido en un hombre muy grande que está destinado a seguir creciendo, hasta que los organos le revienten. Kayla no sabe leer y me permite que lea los cuentos de los hermanos Grimm, que llevo en una de las bolsas de mi gabardina. Kayla me dice que así es el otro mundo y me arranca una sonrisa. Mi rostro tan estirado ya, que me da miedo que se rompa cada vez que me hace sonreír y ella se ríe y se burla de mi, entonces a Kayla le nacen alas de un Fénix y me dice—: Un viejo como yo las tuvo hace mucho tiempo, pero no supo que hacer con ellas.

A Kayla no le importa y se ríe de las nubes oscuras en el cielo. Ella dice que incluso, allá detrás de todos esos grises feos, hay conejos corriendo tras los ciervos, y los ciervos persiguen cuervos de pelajes azules y brillantes, que a su vez persiguen un árbol que camina y corre de contento. Me he reído mucho de la imaginación de Kayla —Los árboles no corren. Y ella se ha reído de mi. —En Fafjel, corren todo el tiempo. El Árbol que se está quieto, es un árbol marchito. Asiento lentamente, que triste era la vida antes de Kayla. Y también es triste con ella, cuando son las noches que se queda callada y quieta como una estatua. Y unas lágrimas se asoman de su rostro y es el único brillo que existe en Kayla, cuando esas noches oscuras y feas y terribles.

Kayla me ha dicho que vamos a morir de cualquier manera, cuando está muy pensativa. —Tú corazón está creciendo, tú corazón te va a matar. Me ha dicho Kayla y echa a llorar como si estuviera lloviendo y yo antes hubiera llorado como ella. Pero ya no es así, le acaricio la cabeza y le digo—: Mi corazón está creciendo gracias a ti, porque antes de conocerte era así de pequeñito. Entonces Kayla se está medio tranquila, medio dudosa y se va a correr de nuevo, porque para ella no hay escombros, sino un jardín lleno de flores y mariposas, brisas y cerezos, conejos que persiguen árboles que uno se pregunta de dónde demonios crecieron raíces para echar a correr.

26

Los cuervos…
están crudos,
así que recurren a Mamá Cuerva.
Le preguntan: ¿Mamá? ¿Qué hay para la cruda?
Ella responde, sonriente:

Una buena mujer,
que esté detrás de ustedes…
y les de una patada en el culo…
por pinches borrachos.

21

¡Los cuervos!

2

Los cuervos…
desprecian a las palomas.
Son asquerosas, sucias, ratas voladoras…
y aparte, se dicen: “Mensajeras de paz…”
Puaft, pendejas.

[Heber Dor - Cuento] La realidad dentro del mito

La Muerte, el dios-Hombre supo que no fue el primero cuando lo miró. Ahí estaba él, hundido en la oscuridad, un viejo de toga blanca con un libro en el regazo y una pluma celestial, escribiendo todo lo que sucedía. Y parecía que cada vez que hacía algo, podía escuchar las letras escritas en el libro dictando lo hecho. Fue cuando a la Muerte, el dios-Hombre, le asaltó una duda existencial de esas que no tiene muy a menudo: ¿Hacía las cosas y el libro las portaba? ¿O se escribía en el libro y entonces lo hacía?

Todas las respuestas, entonces, penetraron su cuerpo y su mente. Ahora recordaba quien era, quien fue y quien sería. Aceptó gustoso el destino y asintió, hacia el primer Cuenta-Cuentos. Hacía mil vidas había dejado la rebeldía de lado, hacía mil vidas que descubrió de la mala manera que era un títere de otro, hacía mil vidas se había resignado. Él tenía todas las respuestas y era simplificada en una sola: No puedo hacer más, porque ya está escrito.

La vieja ciega no descubrió al Cuenta-Cuentos, para ella estaba prohibido. Para la vieja ciega La Muerte seguía siendo el primero, el único e indiscutible señor de todo. La Muerte le observó y recordó todo el pasado de la vieja y qué hacía ahí. Sin embargo, no podía decirle nada y no debía darle las respuestas que ella tanto esperaba. Mil vidas que ha repetido para cuidarle y protegerle, para enseñarle el camino. Y no podía salvarla. Era ella la esperanza de todo humano y de él en sí. Porque era la anciana ciega la única loca y estúpida, la única con la fuerza suficiente, para desafiar lo que ya estaba escrito. En ella depositaba sus esperanzas.

Y lamentablemente, para hacerlo así, no debía darle ninguna respuesta para tranquilizar su alma.

Jamás.

Los dioses observaban desde Jenué al dios-Hombre alzar sus brazos y con sus puños tomar la oscuridad y la luz. La vieja ciega lo aprobó silenciosamente. Fue en una esfera de eter, magia y la realidad de las letras, que la Tierra fue creada. Fue así, con el soplo divinal del dios-Hombre, que creó los otros mundos cuales fueron esparcidos por todo el universo como burbujas de jabón. Explotaron uno tras otro y El Señor de Todas las Respuestas, ordenó a cada cuervo a observar cada mundo.

Sus cuervos, sus ojos.

Con los dedos moviéndose como un músico, decidió por lo que ya estaba escrito, a cuales debía darles vida y cuales no. Finos hilos de gravedad atravesaron el universo (y así, con los vestigios de los hilos, fueron creadas las estrellas) y a la Muerte a cada uno le dio un nombre, una vida y un propósito.

—Creado está el Universo, mi venerable señor —dijo la ciega, quien prendió un nuevo cigarrillo y sonrió dulcemente.

Sonaba como un eco insoportable, el Hombre que Escribe, hundido en la oscuridad y escribiendo en el libro. Mil vidas de soportarlo y aún no se acostumbraba, se dijo La Muerte. Miró a la ciega y le abrazó, en ella depositaba todas sus esperanzas.

—Es hora de crear al primer hombre y a la primera mujer.

—Todavía no, Yasmín.

—Siempre respondes eso —dijo Yasmín asombrada— En este exacto momento, en todas las vidas excepto la uno. Siempre me dices que no… y puedo adivinar lo que dirás después.

—Primero hay que divertirnos —dijo el dios-Hombre y Yasmín sonrió confundida.

—A estas alturas, siempre sabes mi nombre. ¿Por qué?

—No lo sé… los recuerdos vienen poco a poco.

Yasmín suspiró. La misma mentira de mil vidas. Bajaron juntos a la Tierra. Se quedaron en silencio durante siglos y miraron a los dinosaurios, enseñar al mundo el don de la supervivencia.


Heber Dor. Décimo Segundo del Cuenta Cuentos de los Muertos.

Me habia olvidado de ti.

Hace mucho que no hablaba contigo, Árbol de los Mil Nombres. Ahora cuando camino me confunden contigo, me dicen Árbol y dudan de tu existencia o desconocen completamente de ésta. ¿Todavía sigues caminando tus mil caminos? ¿Son mil nombres los que formarán el tuyo, único y verdadero? Ya no sé, como te digo, hace tiempo que ni platicamos.

¿Sigues arrastrando tus pesadas raíces? ¿Sigues meneando las ramas para auyentar a los cuervos? Esa ave tan lista que sabe como perseguir siempre y para siempre a su presa. Que se ingenia mil métodos para alcanzarlos con sus zarpas. A veces yo también traigo a mis cuervos, que bueno, entre los tuyos y los míos son uno sólo.

¿Sigues conociendo gente en tu camino para después olvidarla? ¿Todavía prometes alcanzar a alguien en tu Crucero Espacial? A mi todavía me pasa lo primero y por aras del destino, me sucede menos lo segundo. Probablemente tengo la mente muy ocupada, no lo sé ya. Hay días en los que si, hago mi religiosa oración para decirle que cada paso que camino me lleva más cerca y me olvido de lo que hay a mi alrededor. Más automático cada vez, cuando sé que es automático prefiero no hacerlo y me digo a mi mismo: “Hazlo cuando lo sientas”, tal como tú lo harías.

El viento se está moviendo y hace un ruido suave con tus ramas, cuando camino en soledad acompañado y el viento estremece a tus hermanos árboles y tiran sus hojas a mi alrededor, me acuerdo de tú y yo. Me acuerdo las interminables noches en las que solíamos platicar Árbol de los Mil Nombres. El sonido de las ramas cuando el viento brama es inconfundible, es la canción nostálgica de la que vivimos y nos alimentamos.

Yo ya dejé de ser Árbol, dejé de ser tu semilla, dejé de aspirar a ser tú. El eterno caminante buscando los motivos y las respuestas. “Seguir caminando”, solía decir, así como tú me habías enseñado. Pero de todo este monólogo que me estás escuchando decir… he caído en cuenta, ¿No será que ya soy tú?

Diario de Simón Dor. Día 49.

Este post es parte de una serie, llamada “El diario de Simón Dor”. Anotación 42 de 47


Querido diario:

Tengo una preocupación bastante válida. La gente que me lee por este medio electrónico cree que no existo y que soy un alter-ego de mi estimado amigo, el Arbol Tsef o bien dícese, Agustín Fest, o bien dícese, Carlos Bohrs, o bien dícese, Boris Santiel. Yo recuerdo bien que el primer día de este diario, escribí y cito lo siguiente:

He tenido días difíciles, ¿quién no los tiene? Mi amigo debe estar loco por haber accedido a publicar esto.

De hecho, está loco… ¿censurará estas palabras? no lo se, ¿y si piensa la gente que soy un alter-ego de él? no lo se tampoco. No me importa, ya que ustedes me leen, pero yo jamás sabré de ustedes. Sabrán tal vez de mi amigo, que decidió publicar esto en algún acceso de compasión y/o amabilidad por mi persona, al cual deben referirse en caso de que tengan un comentario que hacer. A mi, su inseguro servidor, me vale un pimiento. (Casi puedo escuchar a la primera mojigata decir, “¡Ohh! ¡dijo pimiento! ¡le valgo un pimiento!” y así será la primera molestia ocasionada a mi buen colega, que decidió escribir estas palabras en su moderno website).

Y aún así, después de tan avasalladora introducción, tienen la injusticia de confundirme con él. Es imposible decir que me vale un pimiento (de hecho la palabra correcta es pito, me vale un pito, pero mi amigo que es un mojigato como las mojigatas, me comentó que debería cambiar la palabra y yo le dije está bien, adelante, nada más publicalo. Nunca debí acceder a esa no-libertad literaria, porque ahora se toma toda clase de libertades con mi nombre. ¡Cómo si fuera un personaje inventado! Eso, mis amores, no debe ser posible)

¡No señor!, tal vez debería registrar mi nombre como lo ha hecho German Dehesa, de esa forma, la próxima vez que me confundan con él señor Fest, les mandaré un abogado vestido de gris y fumando un puro.

Odio los abogados. Mejor debería visitar a Fest y tener una charla con él. Una larga plática donde expongamos nuestros argumentos y bebamos tequila para relajar la lengua.

Y ya que lo tenga tranquilito, sacaré la daga y entonces daremos sangre a los cuervos del Aqueronte.

Nada más, no le digan a nadie. Éste será un secreto entre ustedes y yo.

Primera historia de la Tía Yemita y el hombre que no podía sentarse.

Primera historia de la tía Yemita, cuándo le dijo el secreto a aquél llamado Heriberto Jiménez, el hombre que siempre viajaba de pie en el metro. Por Agustín Fest.

La adivina ciega sonrió al sentir al nuevo cliente, no reconocía los pasos ni el olor y además tenía todos los sonidos de un observador que inseguro, levanta y deja objetos, mueve las cortinas y los ornamentos colgados por error.

—Tome asiento, está usted en su casa —aseguró la tía Yemita, una anciana ciega de pueblo, aspiró profundamente y dejó que la fragancia de su santuario le tranquilizara, le gustaba el incienso, el sutil olor a quemado de la cera.

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Diario de Simón Dor. Día 10.

Este post es parte de una serie, llamada “El diario de Simón Dor”. Anotación 9 de 47


Día 10

Odio no dormir, porque es cuando el inconsciente habla libremente y no estoy consciente para callarme. ¿No te ha sucedido? Querido diario, no he parado de decirme de cosas en toda la mañana. No he parado de preguntarme ¿Qué día es? ¿Cuándo harás ejercicio? ¿Dejarás de fumar? ¿Deberías estar en un taller? ¿Por qué no tienes alas? ¿Cuál es el secreto de la vida? ¿Beatriz?

¿Qué hay de Beatriz? Ese es el nombre simbólico de mi amor, debemos agradecerle a Dante… ¿Quién es el amor de Simón Dor? El amor de Simón Dor es secreto, puede ser una mujer, un hombre, mi vecina (tan tierna…), Ogilvy (¿quién es?), las mañanas dulces, el olor a lluvia, los árboles altos (¡Ja!). Mi amor secreto, que tiene tantas formas y a la vez es una sola. Un listón rojo en su cabello… (Do you remember, my dear big sister?).

Son muchas las cosas que pasan por mi cabeza y marchando se presentan una por una y no puedo detenerlas, pero tampoco puedo platicarlas, porque son tan rápidas que no me dan tiempo de observarlas. Y es inútil enfocarse en una sola, porque entonces me pierdo de muchas maravillas.

Beatriz… Beatriz…

Son pocas las cosas que puedo aún de ti recordar… tus ojos negros y pacientes. Silencio cuando entrabas al cuarto. ¿No estaba nervioso cuando me mirabas interpretar? Seguramente si. Niña y mujer en un solo cuerpo. Tu cabello enlazado en una cascada de cocoa. ¿No es delicioso el chocolate cuándo sales al balcón a sentir la brisa de primavera?

Tú eras Magia y Ciencia. Tú eras Espíritu y Materia.

Beatriz, Beatriz.

Tantos nombres tienes, y recuerdo el primero. ¿Te he contado el mito del Árbol de los Mil Nombres? El Árbol de los Mil Nombres solía ser un humano, que al traicionarse así mismo fue castigado por los dioses, y se le obligó a andar en la tierra buscando su verdadero nombre. Podía ser Oxefes o Xaefes, sin embargo, no lo era, cuando lo encontrara, el lo sabría, ya que sus cuervos fieles le picotearían hasta obligarle a caminar.

Seguir caminando. Tosafas, Feset, Danag…

Muchos nombres, y sólo puedo recordar el tuyo, mi querida Beatriz.

Divagaciones durante Cultura Europea I

Usualmente en este estado zombiesco tengo diversas ocurrencias que no se como definirlas. “Escritos Introspectivos” suelo llamarles, sin embargo hay otros de tono oscuro y humor negro que atribuyo a Simón Dor. Cuando estoy en ese estado soy propenso a pensar en los muertos… mi Cecilia, la muerte casi mítica; mi abuela, la muerte contundente.

Así recurro a mi mitología muy personal, donde se incluye al “Señor de Todas las Respuestas”, los cuervos, los ángeles y los inmortales. Durante cinco o seis años se ha desarrollado esta mitología de una manera inmadura, obligándose a encontrar respuestas vagas en paradojas y antítesis.

Pero me gusta, me gusta mucho creer en esta magia irónica de la vida, la creencia firme en las Coincidencias Macabras, cuando mi camino se topa con un cuervo, cuando vi aquél fantasma en Moctezuma, cuando soñé a mi abuela tratando de decirme algo.

Escribo sólo por la necesidad de que alguien lea mis palabras, he encontrado mi tema redundante con la creación y devoración de mundos… bla bla bla.

¿Quién soy yo para permitirse ese lujo? Un pseudo asceta, con manos, una pluma y pensamientos que estallan en mi cabeza en el momento indicado o más vulnerable. ¿Qué se yo? ¿Lo mío es un don o una maldición? Y más importante todavía… ¿Es A L G O? ¿Tengo ALGO a qué llamar don o maldición?

Nueva palabra -> ostracismo ->mandar a alguien a la chingada con unas cuantas firmas. Ya la sé para poder ser más elegante.