Sueños de un Erotómano.

Pensaba yo, antes de quedarme jetón leyendo a Octavio Paz, cuánto lo despreciaba por ningún motivo en particular. Un desprecio adolescentil y falto de motivos. Ese tipo de odio que le profesas a lo desconocido por ser, precisamente, desconocido. Pasaba las páginas, leyendo acerca de la vida y la muerte, y como el amor es el puente entre ambos, con los párpados un poco pesados, permitiendo que la lectura fuera entendible gracias a una especie de inconsciencia y que de alguna manera se me quedara grabado o que despertara ante algo conmovedor. Simplemente leía, nada más.

Alcé la mirada y miré por la ventana. No había nada allá fuera, más que el recuerdo de unas letras desapareciendo por la retina y un cielo nublado amenazando con llover. Una de las grandes ventajas de tener un blog como el mío, es que nunca se sabe si lo que estoy diciendo es verdad o mentira. El lector, independientemente de mi vida, decide lo que cree y lo que no. Por eso no me preocupo en ventilar verdades. La gente es muy incrédula y yo demasiado desfachatado. Tampoco por eso tengo miedo de soñar, porque mis sueños son verdad dentro del sueño y nada más. La invención de universos banales al por mayor. Sueños narcisistas que adquieren una vida a través de los procesos mentales del escritor y su amante lector. Porque nos queremos y nos adoramos, ¿a poco no?

Leía Octavio Paz y algo decía de la vida y la muerte, y el amor como el nexo entre las dos actitudes. Y que la resurrección es el asesinato de la muerte, cuando la vida es caminar a ella, y cosas así muy interesantes, cuando por algún motivo, tal vez el rescate del ocio literato a un ocio mejor, pensé en una mujer de minifalda beige y medias blancas. Cerré mi lectura y mejor me puse a pensar en ello. ¿Qué tan agradable sería una mujer de minifalda beige, blusa blanca, medias blancas y ropa interior transparente?

Pensaba, bueno, que lo mejor sería llegar a casa y que ella me cocinara. Atento como soy, ofrecería ayudarle en la cocina pero ella me diría: Por favor, permíteme hacerlo. ¿Quíhubo?, Por supuesto que sí mi reina, muñeca preciosa, piernas de marfil, tú en lo tuyo. Miraría el pliegue de sus pies, empezando desde los tacones, recorriendo la blancura de sus piernas escapando por las medias, hasta las nalgas coquetas y redondeadas que se asomarían al borde donde empieza la falda. Prendería un cigarro, como en las pinturas de aquel tipo cuyo nombre he olvidado: El punto de vista de un hombre, cualquiera, con el cigarro prendido, mirando una modelo pinup y me sentiría un poco idiota por perder mi tiempo con Octavio Paz teniendo semejante pastel frente a mis ojos. El inicio de una novela noir.

La mujer continuaría cocinando. Pollo, pimiento, papas fritas, cebolla, lo que quiera poner en el sartén mientras yo miro. Fumando lentamente continúo mi festín visual. No debiera haber nada mejor en el mundo que eso y si lo hubiera, jamás lo sabría. El olor de la comida se confundiría con el olor a sexo, y en la mesa, los dos placeres confabularían para confundir al perro. Mientras como, sentadito, como niño bueno, el plato en la mesa, miraría a la mujer aburrida leyendo. Ella no leería a Octavio Paz. Sería sensata y pensaría: Sólo hombres aburridos hacen eso. Hombres como yo, que tienen los sueños de un pornógrafo, o un erotómano. Un sátiro de símbolos, sueños y signos. Comería despacio, digiriendo mis pensamientos, olvidando la erección, porque comer y coger a la vez sólo es para puercos que se controlan poco, que no soportan el control de sus impulsos. Insisto en no perder la compostura.

Después de comer, la obligaría a leer uno de mis cuentos, simplemente para saber si su voz me es tan agradable como su silueta y como su disposición a la cocina. Las feministas del mundo despreciándome un tanto y probablemente les daría la razón. Haciendo a un lado la silla del jefe de familia, del proveedor, del cerebrito y macho alfa, le pediría que se pusiera de pie y se colocara ahí. Le pondría uno de mis textos sobre la mesa y le susurraría: Lee. Ella leería, mientras le indico a sus codos que se queden firmemente sobre la mesa junto con las palmas de sus manos, como si fuese parte de la estructura de madera. Si eso no es un paraíso de amor, encarnado en un momento y en el mejor de los sueños, dónde un puede identificar que la muerte se acerca y lo mejor que se puede hacer es leer y coger, entonces… ¿Qué?

Recorrería sus piernas con las manos, hasta llegar a sus muslos, mientras ella continúa leyendo. En una especie de sadismo y remembranza a una vida inquisitorial, le esposaría los tobillos para que no los pudiera separar más y tuviera las piernas bien unidas. Después, insistiría en explicarle que la posición de sus manos sobre la mesa es vital para una buena lectura y la buena educación, los modales y toda esa piltrafa. Bien quietecitas las manos, con otro par de esposas místicas. Así derechita me gusta que leas. Desabrocharía el brasier bajo su blusa, le bajaría los calzones a los muslos, y después, me recargaría a escuchar.

Cuando ella terminara de leer mi texto, despedazarlo con su voz y hacerme sentir niño de nuevo, por escribir tan mal, alzaría su blusa para que se mirara su espalda, colocaría un libro sobre ella y leería lo siguiente: “El amor, la alegría del amor, es una revelación del ser. Como todo movimiento del hombre, el amor es un «ir al encuentro». En la espera todo nuestro ser se inclina hacia adelante”, y empujaría maliciosamente con el pubis, “Es un anhelar, un tenderse hacia algo que aún no está presente y que es una posibilidad que puede no producirse: la aparición de la mujer. La espera nos tiene en vilo, es decir, suspendidos, fuera de nosotros.”

Seguiría leyendo, hasta entrada la noche. Podría parecer aburrido, pero el cuarto se inunda con el olor que emana entre sus piernas y confunde, exhalta, emociona. Con una mano pasaría las páginas sobre su espalda, con otra acariciaría debajo de su falda. Un buen apretón de nalgas en cada punto, o coma, o exclamación. Ahhh, pero qué delicia para un hombre aburrido, al punto del sueño profundo dejar el sueño despierto… dejarlo acabar en tres puntos suspensivos, como un final abierto, los sueños de un erotómano…

Urgencia.

Tengo hambre por escribir una larga historia. Desde que me conozco tengo ese gusanito. No importa que sea “La Obra”, no importa que entre dentro de algún canon literario o que cumpla los requisitos de una novela pulp. Tampoco debe importar si hace reír, si provoca catársis o si cambia la perspectiva del lector. O si no cumple los requisitos de mis escritores ejemplares, como Raymond Carver, como Michael Ende o como José Agustín. Una historia que abarque todas las posibilidades para un sólo ser humano. Por eso empecé historias como El Cien Vidas, o como el Cuenta Cuentos de Jaramillo, porque son ese rezago que traigo atrás, ese sueño infantil que desde años he venido preparando. Tal vez, si empiezo una larga historia… esta vez si pueda darle final, pero es que los finales son tristes, tal vez desoladores, soy un lector necio que no desea terminar el libro que empieza. ¿Por qué un sólo final cuando se pueden escribir todos los finales? ¿Por qué insistir en qué una historia debe ser líneal, cuando puedes tratar de escribir todas las palabras, todas las escenas, todos los fuegos?

Ayer, mientras no podía dormir, anoté como quiero estructurar la historia. También anoté que tipo de lenguaje deseo utilizar para ella. Finalmente, anoté hasta catorce finales posibles para cada sexo. ¿Un sólo hombre podría escribir una historia así? Por eso la ficción colaborativa en línea es tan popular. Lástima que no haya recursos en español. Siquiera en España, porque ni en Latinoamérica. La gente tiene miedo de escribir en español. Octavio Paz dice que en México somos buenos cantantes, pero malos escritores. ¿Es cierto que sólo algunos cuantos pueden escribir sin caer en lugares comunes? ¿Sin utilizar líneas de canciones para desarrollar sus historias? ¿Sin hacer recurso de poesía fácil y verso libre para estructurar sus ideas? En México debería haber gente escribiendo, todo lo posible por escribir. México debería contar su historia de todas las maneras posibles. Huir del miedo a las críticas, huir del miedo al reflejo, todos deberíamos tomar una pluma y un cuadernillo y escribir líneas. Esas líneas multiplicarán otras líneas. Enseñar estas líneas a nuestros amigos para que ellos piensen en más líneas. Escribir en los bares, en el metro, en los parques y los camiones. Escribir y compartir. Líneas que cubran callejones, calles y anuncios publicitarios. Una orgía de letras.

Escribir reproduce el conocimiento y lo libera. Lo desafía. Provoca la imaginación, impone nuevos retos. Escribir y leer son lo mismo. Sirven a la función de entretener, divertir, aprender e imaginar. Tal vez ese es mi problema: quiero escribir una larga historia, por eso leo largos libros. No importa que sean buenos, o malos, o que sus recursos literarios sean potentes o imbéciles. Son letras apiladas una sobre la otra. Son imágenes que se construyen a lo largo de voz, ritmo y paciencia. Escribir es leer, no pueden vivir separados. Mientras uno escribe se lee. Uno lee para aprender a escribir mejor. Se crea mientras se escribe. Se destruye la historia cuando termina de leerse. ¿Hay algo como una historia indestructible? Las sobras se asimilan a través del espíritu. Ancianos recordaremos los cuentos leídos y los modificaremos para contárselos a nuestros nietos. Pasan cosas, nadie esta seguro, pocos se dan cuenta, pero pasan cosas. Puedes llorar, o tirar el libro a la basura, o usarlo para balancear la mesa o detener la puerta.

Harry Potter.

Estas últimas dos semanas me aventé el maratón de Harry Potter. Busqué los siete libros y los empecé a leer. No había leído ninguno y aunque cierta mujercita, super fanática, sus dos hermanas, un exconcuño, como diecisiete amigos, Bob el cacto, trescientos bloggeros y el spoilinternet, ya me había descubierto la mayoría de los secretos, no quise dejarlo nomás por la necedad de que todo mundo ya los había leído. Además que me fascinan las novelitas tipo bildungsroman, porque gusta sentir como pasa el tiempo. Me asombra el crecimiento de un personaje ficticio y me pone a pensar en los recursos que un autor puede ocupar para hacerlo. Si necesitan decirle a sus amigos y familiares si Harry Potter tiene algún valor literario es precisamente ese: desarrollo del personaje, crecimiento y cambios. Como afectan estos cambios al mago desde los 11 hasta los 18 años.

Mis libros preferidos de la saga, fueron el seis (The Half Blood Prince) y el siete (The Deathly Hallows). Los cuales, me atrevería a decir que los dos forman un sólo libro. Mientras que los primero cinco fueron muy fáciles de leer y establecen el rol de Harry como un héroe que todavía se encuentra aún aceptando su destino, jugando a las aventuritas, a destruir a Voldemort, muertes aisladas y sacrificios nobles que forman la personalidad del joven mago. En los últimos dos el destino no sólo se acepta, sino que el camino se recorre hasta el final y Harry construye su propia aceptación a sacrificarse.

Además los recursos literarios de los últimos dos libros son un poco más complejos: las historias dentro de la misma historia. Son tres los Deathly Hallows, son tres los hermanos de ese cuento de hadas, son tres amigos los que buscan los horrocrux. Los recuerdos que ha recolectado Dumbledore de Voldemort, los recuerdos de Snape y el cuento de Kreacher, son historias que definen el posible destino de los personajes si algo no cambia. El desarrollo y origen de los personajes que habían sido mentores o detractores es muy importante también, y algo que se descubre hasta el final de la saga. Los eventos que de algún modo, son comunes entre los personajes, provocando que los destinos se crucen: Snape, Voldemort, Harry, Albus Dumbledore. Los cuatro tienen un historial familiar violento y/o complicado. Los cuatro tienen o han tenido problemas para adaptarse a su entorno social. Los cuatro de alguna manera, son un reflejo del otro y por eso se comprenden entre sí.

Ya, eso es todo lo que quiero decir de Harry Potter, antes que empiecen los spoilers. Ehm, ¿qué, qué, qué? ¿quién es Albus Severus?

Construyendo verdaderos escritores…

…a través de un blog.

Esto es de verdad, y lo que se debe hacer, cuando se escribe un cuento en un blog: Tallar el cuento, trabajarlo si la idea vale la pena, buscar otros enfoques y reescribirlo todo de ser necesario. La pronta publicación que permite un sistema blog, muchas veces da la falsa ilusión de un proyecto final. Yo, por lo general, sólo escribo borradores aquí. Más tarde, cuando me permito un tiempo y me exijo disciplina, trabajo algún texto que tengo en la cabeza. Muchas de las novelas inconclusas, las tengo aparte para revisar palabras, capítulos, eventos y situaciones. Con los cuentos, suelo arreglar redacción y eliminar los cabos sueltos. Sin embargo, ese es mi proceso de trabajar (literariamente).

Algo muy interesante y que se debe reconocer en Caza de Letras, además de sus excelentes propuestas para los ejercicios creativos, es como han invitado a los cuatro últimos participantes a escribir el último cuento y trabajarlo en distintas etapas. La verdad, guardo mis comentarios, porque todos ellos tienen bastantes ya de por sí, y supongo que tienen mucha presión encima. Sin embargo, como lector, uno puede ser testigo de este proceso y aprender de él.

Los cuatro cuentos finales, los pueden encontrar aquí.

  • Ajo Kano. Dos versiones del mismo cuento. Yo, y ella. Trabaja las dos por separado. El cuento adquiere dinamismo cuando se separan las estructuras, pero puede dar la ilusión de estar escribiendo dos cuentos en vez de uno. Juega con una propuesta oriental. Tomar nota de como maneja las dos voces para cada una de las estructuras de su cuento. Sería bueno, como lector, investigar la terminología oriental y saber si el escritor nos inventa, o realmente sabe de lo que habla. ¿Nos engaña lo suficientemente bien?

  • Barrita de Mandarina. Párrafos largos. Los diálogos contenidos dentro de la narración. Notar las voces que se utilizan, por qué. Utiliza puntos, más que comas. ¿Se acuerdan que hablaba de la progresión? ¿Funciona en este caso? ¿Ayuda la posición de los puntos y los párrafos sin separación de diálogo, a que el cuento sea más comprensible, o al contrario? En caso de qué no, ¿sirve al propósito de la historia el aglutinamiento?

  • Kusco. El cuento, viéndolo por encima, es clásico en su estructura: Primer párrafo sin sangría y los demás sí. Los guiones para separar los diálogos. Un cuento mexicano, por las costumbres y las menciones religiosas. ¿Es el cuento de alguna región en especial? ¿Se nota que es de esa región? La religión siempre es importante en un cuento, porque puede incluir símbolos adaptados de la Biblia. ¿Este cuento los incluye? ¿o simplemente es un reflejo entre la sociedad y su culto? Ciertos términos se repiten a lo largo del cuento, ¿por qué? ¿Son importantes para el cuento? ¿Es vital que como lector, los llevemos hasta el final?

  • Falanja. Aquí la religión cobra otro enfoque diferente al de Kusco. Una especie de fervor religioso (católico), ¿tal vez ascético? ¿O no se separa tanto de lo que escribió Kusco? También, es de notarse la separación del cuento en varios capitulitos. A diferencia del cuento de Ajo Kano, que solamente divide en dos su estructura y avisa al léctor qué puede esperar de las estructuras, este cuento simplemente separa en imágenes y sucesos. ¿Por qué? Notar el uso de los adjetivos. ¿Cómo usan los adjetivos los otros escritores, a Falanja? La inclusión de la foto y los versos del poema qué completan el cuento, ¿son necesarios? ¿qué aportan? ¿le dan más fuerza o lo debilitan? Cuando un escritor utiliza el trabajo de otro para su texto de manera tan abierta, es porque quiere decirnos algo. Un buen escritor no escoge versos para su cuento al azar, por lo general hay un trasfondo. Tal vez sería buena idea buscar el poema original, leerlo completo, y hacer una relectura del cuento. ¿Cambia? ¿El poema y el cuento, guardan una relación completa?

Esas son las preguntas que puedo ofrecer como lector, a otros lectores, para que revisen los cuentos y den sus aportes a los escritores que llegaron a la final. Felicidades a todos (si se topan por este post) y mucha suerte.

Adjetivos.

Leyendo a Frida, me acordé de los adjetivos. Eventualmente, si devoras libros, te das cuenta que en la literatura hay gustos para diferentes necesidades (oh, sorpresa). La imagen comercial de un libro, en México, es la necesidad de la cultura. Compro un libro para “culturizarme”, compro un libro para leer porque leer es una acción para personas cultas, interesantes, inteligentes y educadas. Un libro, en México, rara vez se le toma como un artículo de ocio o entretenimiento, a no ser que sean las fórmulas probadas, como Lovecraft y Poe para el terror.

Si esperamos que un libro nos haga “cultos”, esperamos de él un vocabulario extenso, que pueda sorprendernos, y el castellano es un idioma de adjetivos. Estamos acostumbrados a ellos para adornar nuestras palabras, y por supuesto, los hay bellísimos, así construimos nuestra lengua debido al contexto… pero terminan por convertirse en un vicio, se puede abusar facilmente del recurso y el texto parece tropezar en ocasiones. Deja poco espacio para la acción, un verbo que esta esperando ligar tu oración con la otra. Para describir, la necesidad de utilizarlos se vuelve frecuente y descuidada. “Cultas, interesantes, inteligentes y educadas”, por ejemplo, es una numeración innecesaria para extender el texto.

El truco de los adjetivos, es usar los necesarios. Ni más, ni menos. Tenemos tantos adjetivos, que es imposible saberlos todos, pero seguro tenemos uno para cada cosa que necesitamos decir.

Últimamente, procuro utilizar más verbos para que el texto continue fluyendo… sin embargo, cuando leí el texto de Alberto Chimal, me di cuenta que apenas soy un niño. Tan sólo de leer el título del libro reseñado: “Si te comes un limón para hacer muecas”, me quedé embelezado. Creo que es uno de los títulos más bonitos que he leído, jamás. No utiliza ningún adjetivo. La imagen es preciosa. El título en sí, es perfecto, es un cuento chiquitito. Te imaginas el reto de un amigo, que te ofrece a chupar el limón y aunque sabes de antemano el fracaso, lo intentas por la diversión. Las consecuencias, la travesura, el ingenio, en pocas palabras. Breve y conciso.

Aprender a utilizar la brevedad y sólo los adjetivos necesarios. Eso, es un reto.

Spike, spike!

Entré al baño y mientras me ocupaba de lo mío, miré las dos latas de coca cola, y me pregunté: “¿Qué hacen aquí?”, para después decirme: “Nada bueno… seguro”. Más que una tentación para los idiotas sedientos, probablemente las latas de aluminio se traían algo entre manos. Lo curioso es que una lata era más grande que otra, ya saben que en México se venden esas latitas de 170 y tantos mililitros (probablemente me equivoco). Me acordé de los perros de la Warner Brothers, el chiquito que siempre seguía al bulldog y le decía “Spike, Spike, ¿soy tu amigo verdad, Spike?”.

Así que mi preocupación más urgente, en el baño, aparte de lo mío, era que las latas empezaran a hablar. Me senté, prendí un cigarrillo y pacientemente, esperé que mi mente jugara trucos (si había trucos que jugar). Afortunadamente no lo hizo, aunque en honor a la verdad, las latas de coca cola son reconocidas por su discresión. Ni los locos certificados hablan con latas de coca cola. ¿Qué guardarán dentro de sus colores rojos? ¿Qué secretos morirán, sin ser escuchados, cuando las burbujas de carbohidrato se rompen? Sentí la tentación de tomar una de las latas y acercármela al oído. No lo hice. Mi cigarrillo se terminó.

Mis pies empezaron a jugar un poco, temblando de arriba a abajo, y se me ocurrió sacar mi pocket pc para seguir leyendo en lo que esperaba que terminara lo mío. Deseaba dejar el tema de las coca colas en paz. Mi dispositivo móvil, tan lindo él, abrió el libro en la página que estaba pendiente. Todavía estoy leyendo los cuentos de Brian Aldiss, por alguna razón los estoy digiriendo despacio. Me gustan sus cuentos, porque algunos tienen un toque muy sutil de falta de comunicación, de desamor, de poca esperanza, de crueldad. Miré de reojo a mis amigas, las latitas, a ver si con estos pensamientos se les ocurría decirme algo, pero mantuvieron su silencio firmemente.

Entonces me decepcioné. No hay otra cosa en una lata de coca cola, más que desprecio y azúcar.

Seguí leyendo y poco a poco, me sumergí en las letras de Aldiss. Es una antología de “sus mejores” cuentos enorme, grandísima… si pueden conseguirla, leanla. Cerré la pocket pc, la metí al bolsillo de mi pantalón y estornudé. Escuché claramente que alguien decía “Salud”, a mi derecha. Una de las latas había escupido uno de sus secretos. “Gracias”, respondí, como si nada hubiera sucedido. Asentí lentamente, y después del rito obligatorio de limpieza… salí del baño.

Cuando dos latas de coca cola estan abiertas a un lado del sanitario, lo más prudente es no recoger ninguna de ellas y beber sus contenidos.

De verdad.

Melodias y diablitos.

Desde hace unas horas se fue la luz, justo cuando Fest quería escribir unas miles de palabras nuevas a su novela y también cuando tuvo la idea de organizar su música al estilo de Salvador Leal: hacer listas de reproducción para ciertos conceptos o momentos de su vida. Eso estaría mejor. En vez de elegir una sesión aleatoria dentro de iTunes, eligiría un sentimiento o momento en particular para evocar o provocar a través de su música. Listas de reproducción con el nombre de su abuela por ejemplo, y la música que ella escuchaba. O listas llamadas Centro Universitario México, exclusivamente con canciones que escuchaba en aquel pasado cada vez más lejano. Incluso una lista que se llamara amor / desamor, para esas canciones contrastantes. Otra lista con las canciones que escuchaba una y otra vez, al escribir el diario de Simón Dor. Canciones que en su momento fueron una fuente de inspiración constante y hoy son un recuerdo pasajero y agradable.


Te asombró con una cita de Melville que seguramente había leído hacía poco: «Para producir un gran libro es menester elegir un gran tema. Ninguna obra grande y durable podrá ser jamás escrita sobre la pulga, aunque muchos lo hayan intentado».

—Cantata de los Diablos, Marcos Aguinis.


Las miles de palabras nuevas para su novela también tendrán que esperar. Ya había conseguido un argumento político que justificara el suicidio de Carlos Almaguer, y le darían fortaleza al padre del personaje principal. Fest piensa que sería interesante matar a un candidato a la presidencia, usando el argumento político que tiene preparado (aunque alejado de la realidad mexicana, de nombre Colosio) y podría darle a la novela una dinámica que no esta acostumbrado a escribir. Política, fantasmas, sexo cochino y un anti-héroe, prometen un licuado de cosas muy interesantes… Le preocupa perder el control o no escribir correctamente ciertas situaciones… Pero, definitivamente, esta contento con lo que lleva.


—¿Has escrito muchos versos? —preguntó Albariconte arrimándose a tu lado.
—No sé a qué llamaría usted muchos…
—Muchos sería un poema diario.
—¡Tanto no!… —reíste.
—¡Por supuesto, muchacho! Las letras no son productos fabriles, aunque ya existan máquinas para hacer versos: el arte es emanación del hombre, exclusivamente; y el hombre no es una máquina, no debería serlo. Hay que escribir cuando se necesita, libremente.
Asentiste con la cabeza. Su brazo en tu hombro y su extraño afecto te cautivaban.
—Yo trato de escribir diariamente, caliento el motor durante media hora más o menos, pero si no sale, largo.

—Cantata de los Diablos, Marcos Aguinis.


En lecturas, Fest actualmente esta leyendo Cantata de los Diablos de Marcos Aguinis. Ha subrayado un par de frases que han definido su gusto por la novela. Esta interesado en particular por el uso de tres voces como método narrativo, aunque las tres se resumen a un sólo hombre en facetas distintas: el amargado escritor Fernando Albariconte, sus actos y las consecuencias de quebrar sus sueños. Como la novela es argentina, seguro Fest ha perdido un par de detalles históricos o locativos que en ella se mencionan, sin embargo, le es suficiente con el recurso de las voces, los diálogos y el bello vocabulario para continuar su lectura. Le mantiene intrigado y desea gustosamente saber en que termina cada una de estas voces. Además, se ha sentido un poco identificado con el joven escritor, Héctor Célico, que aún con las diferencias regionales, poseé los rasgos de un chavito necio con las letras e ingenuo con la vida (como un servidor). Existe un contraste entre Célico y Albariconte, funcionan como las dos caras de una moneda. Son como dobles imperfectos, un reflejo distorsionado el uno del otro. A Fest le ha interesado mucho la dinámica entre estos dos personajes.


Albariconte saludó a tu madre y a tu maestra: que disfruten la estadía. Oprimió tus brazos: muchacho, aunque siempre no sea así, el arte, el legítimo arte es verdad, es sangre, es moral; no lo olvidés.
Tuviste la impresión de enfrentar a un gran hombre, y esa impresión te duró años, quizá puerilmente.

—Cantata de los Diablos, Marcos Aguinis.


Ahhhh… 4.10 de la mañana. Fest ha escrito esto usando su pocket pc. La falta de energía eléctrica es como un infiernito para el insomniaco.