Dumas y Domingo eran amigos, solían salir juntos todos los días a jugar y hacer hoyos en la tierra con varitas de madera. A veces iban a un mercado cercano, compraban unas frituras y un par de refrescos en bolsa en y los bebían mientras se columpiaban suavemente en los columpios. Observaban a las personas y hacían los comentarios pertinentes.
Reían, reían juntos. Las personas que les conocían sabían que eran uña y carne, que era imposible que el uno anduviera sin el otro. Una amistad estrecha que se unía más gracias a la inocencia de la niñez.
Hubo una ocasión en la que Dumas andaba sólo de casualidad, jugando por ahí, un niño más grande le retó. Ambos se dieron de golpes, obviamente Dumas salió lastimado, antes que nada era un niño intelectual y torpe que no sabía meter el puño en el lugar indicado.
Afortunadamente Domingo si sabía, aunque menos intelectual que su amigo tenía un gran corazón, cuando llegó y miró a Dumas tirado en el piso quejándose por la falta de aire, escupió a un lado y no le importó romper uno de sus dientes por dos del enemigo y más importante, por el honor de su amigo.
Nadie volvió a desafiar a Dumas de nuevo.






