Julio 23, 2007 — Casting, Howl, Vida diaria.
Escrito por Agustin Fest.
“Llegué ayer en la noche, ya hice varios castings”, dice una brasileña en su celular. Mientras tanto, entre mi lectura de Harry Potter (libro 6) y las preguntas de algunas personas en el messenger, el día sigue perdiéndose poco a poco. Ya tengo material para editar el día de hoy. Un comercial para agua. Es un casting sin chiste porque sólo toman agua. Hace unas horas me compré un licuado y ahora siento el estómago pesado, el estómago del hombre satisfecho que no desea trabajar después de una buena comida. A la gente le gusta quejarse. ¿Qué hay detrás de ese mecanismo? La queja, ¿misterio o banalidad?
Hay tantas cosas que debo arreglar pero he retrasado. Eso es una queja. ¿Debería sentirme mejor después de externarlo? ¿O sentirme mal porque no he puesto manos a la obra? Si estoy escribiendo una queja es para mantener esas conexiones, las neuronitas escritoras, trabajando en sus máquinas de escribir. Si escribo la queja, más tarde escribiré de nuevo en la torre de los sueños. He terminado de revisar mi libro de cuentos para concurso y ya sólo falta imprimirlo, luego mandar y esperar. Mandar y esperar. Probablemente, ya estando listo este, y avanzando más de la mitad de la torre de los sueños, pueda revisar otros cuentos para armar un libro nuevo.
No me sentí joven este fin de semana. En algún momento, me sentí como un mecanoide. Una persona más que trabaja y hace sus delirios. Si el sentido de juventud, es porque nos creemos inmortales, el fin de semana me aseguré de que ya no lo soy. Uno de mis dientes me recordó mi edad, mis descuidos. Sin embargo, por otra parte niego poder lograr lo que quiera, lo que me proponga, lo que se me antoje. Furia juvenil, combinada con los pequeños estragos que pueden traer los veinticinco años. Mañana serán veintiseis, luego veintisiete. Cerraré abriré los ojos, serán treinta. ¿Y qué pasará a los cuarenta?
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Octubre 16, 2003 — Asceta, Howl, Intento ser Escritor.
Escrito por Agustin Fest.
que el tiempo pase. Vivimos un eterno presente, así que no importará. Tan sólo deja que se consuma, que se transforme en ceniza. Polvo somos y en polvo nos convertiremos, igual que el cigarro que muere en el cenicero. Pasado y futuro no existen, solo la idea del presente continuo. ¿Recuerdas cuándo eramos inmortales? De niños, lo éramos. Cuando corríamos tan rápido, que parecía que los objetos venían a nosotros.
No me quiero ir, a ningún lugar.
Las pasiones tampoco dan cabida al tiempo. Cuando uno se deja envolver, pasado y futuro pierden sentido. Continuo presente, te digo. No te importa más que el momento, es lo único que se vive. Recuerdas el momento que eras niño como si fuera ayer… la luz es más brillante, el pasto es más verde, los sonidos más estridentes, el frío más frío. Como una canción de Pink Floyd y un poema de Wordsworth juntos.
Si, recuerdo cuando era inmortal. Y hoy solo puedo dejar que el cigarro se consuma en el cenicero.
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Julio 8, 2003 — El Viaje de Simón Dor, Un tal Simon Dor.
Escrito por Agustin Fest.
Mi nombre es Yasmín, mejor conocida como la Tía Yemita, mucho gusto. ¿Usted quién es? ¿Josué dice? Ya veo, ya veo. ¿En qué le puede ayudar esta humilde adivina, señor Josué? Le escucho atenta y siempre gustosa de servirle. Su voz se me hace familiar y algunos ademanes también. No pregunte como lo sé, los ciegos vemos mucho más de lo que aparentamos. Sobre todo, aquellos que han vivido tanto como yo. Muchos de nosotros dependemos del olfato —y usted, apesta a nicotina—, otros tantos dependemos del habla —y su voz, guarda un rencor milenario—, el tacto y el gusto, sólo me ayudan a elegir los ingredientes para las pócimas que se dicen son de los antiguos. Pero yo poseo otro sentido, como ya habrá adivinado señor Josué, otro sentido que me es tan fino y me deja mirar todo, como un aura que extiende finos cabellos a través de la realidad. Es el sentido del Alma.
Y ese sentido me dice, que usted no vino a preguntarme acerca de su futuro. Tiene otra pregunta enterrada en su corazón… ¿será por aquel cuaderno que está apretando entre sus manos? ¿es legado de un familiar, señor Josué? No me tenga miedo, aunque es lo que menos tiene… usted también está acostumbrado a andar entre los infiernos, que aunque son diferentes a los de aquel hombre que conocí hace muchísimo tiempo, tienen el mismo propósito. Buscar la inmortalidad o la muerte, lo que venga primero. Y usted apesta igual que él, y usted se mueve igual que él, tal vez tenga distinta mirada, pero es como si los vestigios del alma hubieran atravesado la suya para insertar una semilla.
Es un placer conocerle, bisnieto de Simón Dor. Si quiere un consejo, debería quemar ese libro que el viejo escribió, está maldito. No es una maldición mágica, ni alguna maldición demoniaca. No. Es la maldición de la estirpe… usted ha sido elegido y condenado para seguir el mismo camino que siguió aquel señor Dor. La historia se repite por ciclos. ¡Y por supuesto que yo lo sé bien! ¡Si mi historia es eterna! ¿No le han dicho, señor Josué? ¿No lo ha leído en ese diario que escribió Simón? Por supuesto que no lo ha leído. Tiene miedo de saber, se le nota en el temblor que no es por la baja de presión. ¡Tiene tanto miedo de descubrir que su historia es la de su bisabuelo! Quisiera poder ayudarlo, señor Josué, pero me es imposible: Yo sólo sé una parte de la historia y esa es la mía. Yo sé lo que viví en ese barco durante las noches que me correspondieron. Los fragmentos que yo tengo, no son los suficientes para decirle cual fue el final de su bisabuelo, pero si sé que son similares. Se mueven igual y después de todo, apestan como uno sólo.
Regáleme uno de sus cigarros. No me preste encendedor, ni cerillos… mis dedos harán el trabajo.
¿Qué le decía? Es cierto, le decía que usted tiene miedo. Usted si le tiene miedo a muchas cosas… Simón le tenía miedo a una sola, un miedo verdadero y único. Supongo que usted también llegará a ese punto. Inevitablemente, podría recorrer el mismo camino que su bisabuelo. ¿Está aquí para que le diga cómo evitarlo? No podría, mi señor Josué, de veras que no podría… porque le he dicho que solo conozco la parte que me concierne.
Conocí a Simón mucho tiempo atrás, cuando éste era un adolescente. Quería ser un escritor y tenía un poder único: podía lograr que las historias fuesen reales. Lograba escribirlas de tal modo, que el universo tenía que hacer un espacio dentro de su línea temporal para dar cabida a lo que era escrito por él. El pobre de Simón… fue blanco de muchos demonios y también de ángeles, los cuervos de la muerte le perseguían constantemente. Aunque él era un joven muy distraido y de alguna manera, era protegido por la buena suerte. Jamás vivió la maldad del destino cerca.
Fue cuando escribió la historia de su primer amor y éste se hizo real. No se ría, señor Josué, porque ese evento fue el que lo trajo aquí conmigo, en éste espacio y en éste tiempo. Se hizo real porque existió en sí, no porque él lo haya escrito. El amor que lo ha traído hasta aquí, señor Josué, era el de una jovencita llamada Beatriz. Simón y Beatriz sostuvieron una relación un tanto breve, así de pequeñita como mi pulgar derecho. Ella murió, porque así estaba escrito en el libro de la Muerte. No piense lo que todos los pobres románticos e ilusos piensan: “Dios, Satán, los ángeles, los demonios y los cuervos se confabularon para quitarme lo único que me quedaba”. Eso es lo que piensan y se la pasan llorando noches amargas, mirando la luna durante eternas discusiones introspectivas. No señor, no fue así.
Al único al que le hicieron la apuesta fue a Job y es un juego que no se volverá a repetir. Aunque su bisabuelo en un principio se portó como un perfecto romántico, no le duró mucho el gusto. Simón Dor rechazó la magia.
Su bisabuelo perdió el don del Inventor. Porque perdió lo único que no había podido inventar, lo único que escribió basándose en la realidad. Era mediocre el muchachito, pero escribía bonito, me caía bien. ¿Cómo lo conocí? Muy sencillo, lo conocí cuando el era jóven. Simón Dor se enteró de mi existencia, de la Sanadora de Almas que sabía como morirían las personas, así como usted lo sabe mi señor Josué… lo que usted no sabe y él sabía desde jovencito es ésto: las Sanadoras de Almas podemos recuperar las almas que giran en torno al Pozo Infinito de la Muerte.
Vino a preguntarme, muy sereno, si le podría hacer el favor.
¿Qué favor? pregunté inocente, aunque ya lo sabía.
Si podría recuperarle a beatriz, dijo él, sin dejar de fumar y cruzando la rodilla. Serenidad y odio.
Yo naturalmente, le respondí que no.
Él agarró su presencia y se fué.
Nunca perdía la compostura el hombre, ni aún llorando. Si lloraba, lo hacía en silencio, cargando la enorme presencia que le habían enseñado sus años duros. ¿Sabe cómo solucionó lo de Beatriz? Escribió a su fantasma, a la imagen y semejanza de ella. Corrompió la magia, usándola para su propio beneficio, hasta que el hombre perdió la cordura o recuperó la sanidad mental. Hizo un viaje en el mar maldito de Yunén, el mar que es el puente entre la tierra de Nod y al río del Aqueronte. El mar de los muertos y los vicios.
¿Qué pasó después? A mi no me mire, yo no puedo resolverle esas cuestiones, no tengo el tiempo. Está pronto el fin de éste ciclo mío y el inicio de mi ciclo nuevo. Su bisabuelo debió haber escrito de ello en su diario, si no lo entiende… atrévase a leerlo, aunque yo le recomiendo que lo queme y de final a la estirpe del cuenta-cuentos. Rompa el patrón, deshágase de todo vestigio de Simón Dor, hágame caso, mi querido Josué. ¿Le importa que le llame querido? ¡Siento que le quiero igual que a ese viejo anciano!
Simón Dor y yo, nos volvimos a ver pocas veces. Hasta que me arrastró al mar de Yunén con él o más bien, yo decidí seguirle. Un juego peligroso decidí jugar, mi querido señor Josué. Es de sabios aprender una cosa: Con los hombres que desean la muerte o la inmortalitad para después llegar a la eternidad y así prolongar el sufrimiento, no se juega. Pero era mi única oportunidad, querido Josué, de llegar al pasillo de la Muerte y pedir yo, mis propias respuestas. Fui un poco egoísta al decidir que le diría al viejo como alcanzar la inmortalidad.
Me dio remordimiento y le mentí a Simón: le dije que debería contar todas las almas que había robado antes de tomar una decisión. ¿Sabe por qué lo hice así, mi querido Josué? Había algo de verdad en ello. Evaluando mi vida podría yo decidir si hacerle daño a alguien tan querido como él, al decirle como ser inmortal para sufrir eternamente. ¿Qué me pregunta? ¿Qué si le dije? Mi querido Josué, la respuesta está en el diario al que tiene miedo de leer.
Al final, yo me salí con la mía y por supuesto, he pagado por ello. Pero esa es mi historia y difiere de la de Simón.
Y también sé que a usted, no lo quiero tanto, mi querido Josué. Le he escuchado como le cambió la respiración cuando le mencioné de inmortales y no será difícil decirle. Ya tomó una decisión: Quiere seguir la estirpe del cuenta-cuentos y si es inmortal, mejor. Ha hecho bien, ha hecho bien… ahora abra su mente y escuche estas palabras que voy a decirle, siga al pié de la letra todas mis instrucciones y recuerde, el dolor que sienta durante el primer día de su inmortalidad, se deberá a que su alma quiere abandonar el cuerpo. Usted tiene temple, Josué, podrá soportarlo.
Repito e insisto, escuche bien lo que le voy a decir: Mañana a primera hora…
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Junio 25, 2003 — El Viaje de Simón Dor, Un tal Simon Dor, favoritos.
Escrito por Agustin Fest.
Credo in Deum Patrem omnipotentem; Creatorem coeli et terrae.
Capítulo 17.
El viaje de Simón.
Simón 17:1 Hubo en tierra de hombres un hombre llamado Simón Dor, y él era injusto y cruel, discutía con Dios la existencia de Dios y a pesar de ello, por Él era querido, ya que era su hijo que sólo necesitaba enmedar su camino.
Simón 17:2 Decidió hacer un viaje de cuarenta días y cuarenta noches.
Simón 17:3 Con inspiración enteramente humana, construyó un barco al que habría de llamar “Mojalnir” mientras dormía y al amanecer entendió que debía partir en él, para buscarse así mismo…
Simón 17:4 …o tal vez la inmortalidad…
Simón 17:5 …o tal vez la muerte…
Simón 17:6 Ofreció un sacrificio para sí mismo, matando a un perro y llevándose su cabeza. La sangre la ofreció a la noche y bautizó su sagrada cruzada con el nombre de “El viaje”. Besó tierra antes de partir y blasfemando contra Dios y contra Satán, decidió navegar en el mar oscuro que es el puente entre la Tierra de Nod y el Río del Aqueronte.
Simón 17:7 Simón blasfemó, llamando al mar Yunén
(Nota de Mama Esirasaft, rayada en el canto de la hoja—: en algunos textos, Yenén).
Simón 17:8 Los piratas le asaltaron durante el viaje. Arrancó los ojos de una súcubo hermana al robarle su alma. Dios jugó ajedrez contra él.
Simón 17:9 También ha descubierto la capacidad de ver a los muertos.
Simón 17:10 Un delfín, un árbol de mil nombres, un niño mago que nació antes de los tiempos de Cristo y madre Lilith habrían de acompañarle en su viaje.
Simón 17:11 Simón hizo que se partieran las nubes grises del cielo para que iluminara el sol al árbol de los mil nombres, el cual conservaba una manzana de propiedades paganas colgando de una rama seca.
Simón 17:12 Y para Madre Lilith, partió las nubes grises del cielo para que le iluminara la luna, una débil estrella y así, ella representase la noche.
Simón 17:13 Entonces llegué yo, Mama Esirasaft, un súcubo hija de éL y de Madre Lilith, a treintaitrés días para que Simón terminara su viaje.
Simón 17:14 Se me ha enviado para detener a Simón y Simón me ha llamado a mí.
Simón 17:15 Así está escrito en el capítulo número diesiciete del Libro de Mama Esirasaft. Que estas palabras queden sembradas en las espigas negras que crecen en el campo de Uz, por los siglos… de los siglos.
Et in Jesum Christum, Filium ejus unicum, Dominum nostrum; qui conceptus est de Spiritu Sancto, natus ex Maria virgine;
Simón había olvidado al súcubo, después de lo sucedido con Yasmín que se había instalado en su barco. Notaba divertido que el peso de la vieja era tal, que el barco se hundía un poco del lado de la popa. Cuando acabó de asombrarse y se aburrió de escuchar los murmullos de Yasmín (los cuales enumeraban todas las almas que había robado), caminó a la proa e ignoró al árbol de la manzana y al niño mago, ya que ellos continuaban ignorándole —aún después del episodio tan importante con la vieja—.
Miró los restos de los piratas metálicos, no se decidía a tirarlos por no contaminar más el agua del delfín. Los restos eran pocos y ligeros, así que decidió ponerlos en el cuarto de trofeos. Al entrar, los restos tuvieron un efecto extraño: se hicieron metal líquido y después se juntaron para solidificarse y construir la forma de un esqueleto humano y sus pulmones.
Simón Dor se carcajeó, probablemente la muerte le estuviera advirtiendo acerca de su adicción a la nicotina. Luego acercó su mirada a las llaves de Beatriz que estaban colgadas en uno de los tantos ganchos que había en el vasto cuarto de trofeos. Tres llaves y la tentación de utilizar la primera era tan fuerte, que Simón se descubrió metiéndolas en los bolsillos de sus pantalones de lana.
—No —se dijo. Puso las llaves en el ganchito, se despidió de la pistola de McGonnagal y miró con miedo supersticioso la cabeza de Mindar.
Mindar le regresó la mirada y su horrible rostro de rottweiler muerto, parecía sonreírle.
¿Qué razón de ser tendrían los trofeos?, se preguntó en silencio mientras cerraba el cuarto. De reojo miró una mujer de vestido negro que caminaba por los pasillos y cuando volteó para mirarle completa, ya no estaba ahí.
Entonces recordó al súcubo y escuchó al silencio susurrarle su nombre: Mama Esirasaft.
passus sub Pontio Pilato, crucifixus, mortuus, et sepultus; descendit ad inferna; tertia die resurrexit a mortuis; ascendit ad coelos;
El silencio dirigió a Simón por un pasillo que no sabía que existía dentro de su barco. Estaba preguntándose como lograba el barco ser más grande, de lo que realmente era y la respuesta sencilla le provocó una sonrisa mientras prendía un cigarrillo.
—Nada de mamadas del omniverso, ni la conjunción del principio y el fin que hacen estragos en la realidad. No… es tan sencillo como que yo hice mi prisión tan grande como quise.
Escuchó la risa del súcubo, una risa adolescentil a contrario de lo que esperaba por el nombre del súcubo. Decidió seguirle el juego y continuó caminando por el pasillo hasta topar con dos puertas laterales, una de ellas le llevaba al Cuarto de Fest y la otra le llevaba al Cuarto del Laberinto.
—Era de esperarse —dijo Simón y se encogió de hombros—. ¿Por cuál te has ido Esira? ¿Te importa qué te llame Esira? Ya que Mama Esirasaft se me hace demasiado grande y tal vez, hasta un anagrama ridículo.
—Puedes llamarme como quieras —respondió el silencio del súcubo.
—Oh, lo olvidaba… —susurró Simón—. Los súcubos no respetan su nombre con tal de que uno se las coja.
sedet ad dexteram Dei Patris omnipotentis; inde venturus (est) judicare vivos et mortuos.
Abrió la puerta del Cuarto de Fest y se asomó. Un cuarto donde un monolito descansaba. El viejo no resistió la curiosidad y entró al cuarto… en el monolito había un mensaje que decía—Ya estoy tranquilo, le he dicho.
Simón Dor se sonrió, después de todo, el viaje de Fest estaba avanzando rápidamente y también entendió otra cosa… ya no recibiría de él más cartas. Sólo mensajes en forma de enigmas.
—¿Ahora es tu turno de tenerme a mí en ascuas, tratando de descifrarte? Zarahuato imberbe… está bien, jugaré contigo.
El monolito borró la frase y se quedó hecho piedra. Simón salió de la habitación y el súcubo volvió a tentarle por la comisura del ojo.
Cuando el viejo volteó, otra vez, ella ya no estaba ahí y escuchó su risa, que provenía del Cuarto del Laberinto… se lamentó por no traer el hilo que había usado Ariadna para Teseo. Tal vez no sería necesario, a menos que algún minotauro llamado Hör le estuviera esperando del otro lado.
—No me tengas miedo —dijo la voz adolescentil.
—Me has encantado con tan sólo medio observarte —confesó Simón—… acabemos con esto de una buena vez, acerca esas hermosas caderas que tienes y esas nalgas divinales, que este viejito quiere acción.
—Yo soy diferente.
—Como todas las mujeres del mundo.
El súcubo se rió.
Credo in Spiritum Sanctum; sanctam ecclesiam catholicam; sanctorum communionem; remissionem peccatorum; carnis resurrectionem; vitam oeternam.
—Dios te ha mandado su credo para protegerte.
—Dios y tu padrE harían bien en no intervenir —dijo Simón—. Yo acabaré decidiendo lo que yo quiera… demonios, tu maldita imagen, tan sólo me ha dado una erección por querer poseerte y tan sólo he visto, tan poco de tí. Tu voz adolescente, tu andar de mujer… maldita eres.
—Te dije que yo era diferente.
Simón se llevo una mano a la entrepierna sin voluntad y aunque la hubiera tenido, no lo hubiera evitado. Abrió el zipper de su pantalón y buscó adentro lo que tenía unas ganas inmensas de acariciar, su piel estaba tan caliente y las arrugas formaban ríos de sudor. Descubrió que entrecerrando los ojos y mirando a la lateral, podía ver la imagen de Mamá Esirasaft de una forma mas nítida.
Se recargó en la puerta cerrada del Cuarto del Laberinto y se deslizó suavemente donde se sintió más cómodo para masturbarse. El súcubo eficazmente se instaló a su lado, pero cuando Simón le quería mirar a los ojos o volteaba bruscamente para verla mejor, ella desaparecía.
—¿Qué tipo de súcubo eres? —dijo Simón, con la voz entrecortada y aumentando el ritmo de su mano.
—No lo sé, pero si quisiera te tendría ladrando como un perro ahora.
El perro le recordó a Mindar y Mindar le recordó las llaves del cuarto de Beatriz. Había un silencio espantoso que sólo era interrumpido por los jadeos de Simón, el sonido de la piel y la risa del súcubo. Algo no cuadraba y realmente, no le importaba. Tan no le importaba que descubrió que le importaba mucho.
Mama Esirasaft no le dejaría detener la mano, con la risa, la sonrisa, su piel blanca, sus caderas, sus nalgas. Se le estaba metiendo en la mente y sentía como se le estaba metiendo en el alma. Pronto ya no habría viaje y sólo quedaría esta imagen de Simón, masturbándose en la entrada del laberinto. Cuando sus nietos preguntaran ¿dónde está mi abuelo Simón? les darían una fotografía del anciano en la posición que se encontraba ahorita. Se reirían de él y preguntarían a sus padres que era esa cosa que estaba en su mano, esa cosa marchita pero que todavía peleaba como gallo.
El viejo lo comprendió, apretando los dientes y con el dolor artítrico atacándole los dedos por detener su ánimo onanista, jadeo más fuerte y quiso detenerse recordándose la pregunta que le había salvado del primer súcubo: ¿Dónde estás Simón?
—Estoy aquí. Sigo aquí. ¿Creías poder detener a Beatriz, Esirasaft? ¿Creías poder borrar la pregunta que está marcada en mi corazón? Eres igual de pendeja que tu hermana antes de ti.
—¿Cómo pudiste vencer la ilusión?
—Igual de pendeja —Simón jadeó exhausto y pudo soltarse así mismo. Se levantó cansado y con la piel hecha pergamino por el sudor—. Dame lo que me corresponde, que te he vencido… lárgate, lárgate ya. Súcubo maldito, te expulso de éste mar manchado de sangre y conocimientos, no sin antes dejarme tu alma para asegurarme de que no has de regresar, que tu estirpe y las almas que te robes sean benditas por los siglos de los siglos y que tus hijos recuerden con amor tu nombre, puta infeliz, lárgate ya…
Amen.
El súcubo le dio a Simón la piel de su cuerpo y también, el Libro de Mama Esirasaft que copiaría en su diario, a los treintaidos días y treintaidos noches de terminar su viaje.
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Junio 21, 2003 — El Viaje de Simón Dor, Un tal Simon Dor.
Escrito por Agustin Fest.
Simón Dor no prestó atención al súcubo (de nombre Mama Esirasaft) que se había instalado en su barco, le dejó ser… le intrigaba más la isla tan pequeña donde solo cabía una palmera y una choza en ella. El modesto espacio que podía considerarse playa apenas alcanzaba para una silla mecedora donde una vieja gorda y morena, con los ojos cerrados, estaba sentada y meciéndose suavemente a pesar de los gritos de la mecedora, que pedían descanso.
Gritos acostumbrados, juzgó Simón. Gritos ya cansados de gritar.
Mojalnir se acercó muy despacio a la isla y Simón miró asombrado, como las nubes grises daban paso a la luz de luna iluminando tenuemente el rostro de piedra de aquella anciana de ojos cerrados. ¡Las nubes se abrían exclusivemente para ella! ¡La luna, incluso, mostraba un cuarto de su rostro para iluminarle!
—No puede ser… —susurró Simón—, es ella. Después de tanto tiempo. Es ella. Igual de cansada, con la piel hecha piedra como era en mi juventud. Con esa misma voz con la que me hablaba en sueños, cuando aquel entonces… en Jaramillo.
La vieja se mecía y Simón podía escuchar sus palabras que eran llevadas por el viento—: Todo tiene un inicio y un fin. Es un gran círculo, donde extremos se juntan y no importa que extremos sean, porque será el fin y el inicio hecho uno sólo y daran paso a otro inicio y otro fin. Como aquel niño que hizo un Newton-Rhapson a mano, en las hojas de su cuaderno, llevaba cien y después doscientas hojas, luego compró otro cuaderno donde se descubrió otro principio y otro finito… doscientas hojas no le bastaron y fue a comprar un cuaderno más. Llevaba tres cuadernos y debemos notar qué, cada cuaderno encerraba un principio y un fin, pero también es importante darse cuenta, que los tres cuadernos juntos formaban un principio y no le daban un final, debería comprarse cuadernos indefinidamente para descubrir el final del círculo y entre más historias escribía o más newton-rhapsons resolvía… el círculo se hacía más grande. Nunca un final, nunca un principio, porque estaba en todas partes.
El niño mago escuchó atento, boquiabierto y con los ojos vidriosos, casi derramando lágrimas. Simón le observó atento y casi fúrico, le urgía llegar con la vieja. Sentía que Mojalnir estaba atrasando la llegada a la isla deliberadamente.
—¡Vamos Mojalnir! ¡Más rápido!
La vieja se mecía y Simón podía escuchar sus palabras que eran llevadas por el viento—: Es cierto que así, existió después el árbol de los mil nombres. El niño para ser un joven nuevamente, tuvo que separar su idiotez y su sabiduría, su fealdad y su belleza, su maldad y su bondad. Porque cada Historia llevaba una dualidad y cada Newton-Rhapson las proporciones caóticas del ser humano. El Árbol de los mil nombres lleva en las grietas de su maltratada corteza, cada uno de los nombres que el niño ha inventado y siguen inventando. La búsqueda puede ser indefinida y eterna… porque el niño no ha escrito un principio y no ha escrito un final. El árbol ha de andar eternamente, juzgando y recogiendo los restos que han quedado… los decimales sobrantes para sumarlos y después dividirlos entre dos, con la esperanza de que así salga el entero. Su nombre.
Simón miró al árbol de los mil nombres y le vio más marchito y triste que de costumbre, sus ojos caídos y vencidos, su boca cerrada y temblando.
—Y ahí viene —dijo la Anciana ciega al fin— El hombre que los reune a ambos y a la vez, los separa constantemente. Simón Dor, claro está. ¿Es esto un inicio o un final? No lo sabemos, probablemente se han reunido los extremos del círculo nuevamente, haciendo del principio y el finito un sólo momento ocurriendo simultaneamente. Los bienaventurados le llamarán Génesis, los malaventurados creerán que es el Apocalipsis.
El barco llegó a la playa y se quedó quieto.
—Yasmín.
—Simón… o ¿Matías? Hace años que no nos vemos.
Cuando el árbol de los mil nombres escuchó el nombre de Matías profirió un grito espantoso, se escuchó un CRAC en la corteza del árbol y las ramas secas —excepto una— cayeron. El niño mago se levantó espantado y lo observó ansioso, en la rama seca que restaba colgaba una manzana. Los cielos abrieron un pedazo encima del árbol y la luz del sol (con un cuarto de su rostro), iluminó esa manzana.
—No es mi verdadero nombre —dijo el Árbol— pero se acerca terriblemente… ¿te diste cuenta?
—Si —respondió el niño mago. Ambos personajes voltearon a ver a la playa, donde Simón ya estaba bajando de las escaleras hechas de cuerda para saludar a la anciana más de cerca.
—El nombre de Matías lo abandoné hace eones.
—Has abandonado muchos nombres. Te recordaba como un joven loco… y es esa locura la que te ha traído hasta aquí.
—Tú me volviste loco.
—Esa es una de tus tantas excusas.
—Dejé Jaramillo hace tiempo.
—Jaramillo sólo es ficción, ¿no lo hizo así El Libro? No estamos aquí por Jaramillo, Simón. Haz la pregunta.
Sonó un relámpago en las nubes grises y llovieron cerezos negros que se disolvían apenas tocaban algo sólido.
—Lo has buscado desde que saliste de tu lugar —sonrió Yasmín— Sólo me tienes que hacer la pregunta.
Simón le miró, después, sacó un cigarrillo y sus cerillos. No fue hasta el séptimo intento que pudo prender uno.
—La inmortalidad —dijo Simón—. Así es, la inmortalidad.
Un relámpago cayó en la palmera de la isla y éste empezó a incendiarse.
—Pero también quieres morir. —dijo Yasmín y alzando los dedos, hizo que el cigarro de Simón flotara lejos de sus labios para robárselo, le dio una fumada y luego sonrió—. Quieres ambas cosas y ninguna… ¿Puedo acompañarte Simón? Prometo no molestarte en tu viaje… después de todo, soy una santa.
—Sírvete.
La vieja se paró y llevó la silla en sus manos, después se metió a su choza. Simón prendió otro cigarrillo y no esperó, se subió a su barco y éste echó a andar sólo. Los mares se abrieron para hundir a la isla, el delfín le sonrió a las burbujas que salieron cuando el pequeño pedazo de tierra se encontraba en el fondo del mar.
El viejo amargado observó fascinado la manzana de aquel árbol de los mil nombres y luego al niño. Se dedicaron una mirada durante unos segundos y después echó a andar a la popa… en ella ya se encontraba instalada la anciana ciega, con su silla mecedora mirando hacia el pasado. Se sonrió Simón, si Fest estuviera ahí, tal vez pudiera explicarle el símbolo de llevar al día y la noche en su barco, persiguiéndose etérnamente.
—Como Lázaro y Selene, algunas historias se repiten —se dijo.
—Antes de decirte como puedes ser inmortal Simón… —dijo la Anciana—, debo hacer un recuento de todas las almas que me he robado.
—Tómate el tiempo que gustes. No puedo morir antes de saber como ser inmortal.
—Son tantas, en tantos universos paralelos, en tantas eternidades que he vivido, que podría no acabar nunca Simón y tampoco… empezar, porque mi historia es la viva representación del fin que nunca fue escrito y el principio que termina la historia.
Simón asintió y se fue a su cuarto, donde en su diario escribió un anexo:
“Faltan treintaitres días con sus treintaitres noches. El día de hoy, después de matar a los piratas: no sucedió nada”.
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Noviembre 27, 2002 — Cuentos.
Escrito por Agustin Fest.
La tía Yemita se sirvió café en su taza de latón, escuchó la respiración de sus nuevos clientes, cómo se hacían cada vez más rápidos. Estaban nerviosos, la tía Yemita disfrutaba de la ansiedad, adoraba exprimir cada minuto de espera para bebérselo como un vampiro bebe sangre.
—¿Gusta una taza de café? —preguntó la Tía Yemita rompiendo el silencio, escuchó el sobresalto de sus clientes y se sonrió ampliamente, dio vuelta y tomó asiento mientras estiraba la mano para tomar algo de azúcar y así endulzar su café negro.
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Noviembre 17, 2002 — Cuentos.
Escrito por Agustin Fest.
Primera historia de la tía Yemita, cuándo le dijo el secreto a aquél llamado Heriberto Jiménez, el hombre que siempre viajaba de pie en el metro.
Por Agustín Fest.
La adivina ciega sonrió al sentir al nuevo cliente, no reconocía los pasos ni el olor y además tenía todos los sonidos de un observador que inseguro, levanta y deja objetos, mueve las cortinas y los ornamentos colgados por error.
—Tome asiento, está usted en su casa —aseguró la tía Yemita, una anciana ciega de pueblo, aspiró profundamente y dejó que la fragancia de su santuario le tranquilizara, le gustaba el incienso, el sutil olor a quemado de la cera.
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Tags: alma, Amigos, cuento, homenaje, inmortalidad, Los cuervos, metro, Muerte, súcubo, Señor-de-Todas-las-Respuestas, sentarse, Yasmín