El camino del inicio perpetuo.

Cuando le dijeron que esperarían al anochecer, él pensó que sería muy buena idea. Sin embargo, el truco del diablo en la mente de Fest era tan poderoso, que cuando se metió al departamento, olvidó las memorias difusas y que la negación significaba su alma y su sangre. Es por esto que me permito llamar al primer camino de Fest, el camino del inicio perpetuo.

Cuando Fest se encerró de nuevo a su departamento, sin energía eléctrica, se sentó en una de las sillas que encontró a base de rutina. Respiró lento y pausado, creyéndose así mismo un oriental. Escuchó los sonidos que no se escuchan regularmente: el sonido del agua en las tuberías, los chistes de los borrachos de medio día, el movimiento de los árboles con el viento, las pisadas minúsculas de hormigas diabéticas buscando los desperdicios en el refrigerador, el reggaeton de los vecinos tres edificios más adelante y cuando terminó todo aquello, pudo escuchar la sangre poblar con su río los latidos de su corazón. Entonces Fest se sintió en comunión consigo mismo y con el universo, se auto congratuló y cayó dormido.

Fue el sonido de su propia erección rozando con sus pantalones lo que le despertó. Tronó los labios molesto y pensó que ser un zen, definitivamente, debía ser la peor putada del mundo. Que lo único que le permitiría empezar la búsqueda por su supuesto amigo, Bob, el cacto, sería empezar de nuevo. Dar el primer paso. Salir y arrollar con el mundo. Estar dispuesto a destruirlo todo y matar, kilos de sangre.

Fue así que Fest descubrió que su putada zen le permitió recordar un poco y burlar el truco del diablo. En el momento que se hizo consciente de su triunfo, el diablo volvió a borrarlo todo y se encontró sentado en una silla, en su departamento sin energía eléctrica, y preguntándose que hacer.

Fest esta loco no porque quiere, sino porque toda la vida ha jugado a Dios y el diablo. Es así, por ejemplo, que se recuerda en la secundaria, en la dirección. A su lado, estaba uno de sus compañeros: Daniel. Él le había robado dos estilógrafos, cuadernos, le había amenazado diversas veces, casi se habían agarrado a golpes una vez. Daniel, igual que el segundo nombre de Fest. ¿Y por qué ambos se encontraban en la dirección, frente a los ojos de la monja Sor Juana? ¿Era por qué él se había hartado de los abusos?

No. A Daniel iban a expulsarle de la escuela. Se había excedido tantas veces ya, que la piedad de las concubinas de Cristo se había agotado. Fest se encontraba ahí porque su abuela le había hecho prometer que nunca abandonara su nobleza. Daniel no es malo, dijo Fest en voz alta, sabiendo que si decía lo contrario también aplicaría así mismo, prometo cuidarlo madre, prometo responsabilizarme de sus actos… Prometo cuidarlo.

Igual que prometió cuidarlo y guiarlo, sabía que si no lograba nada con él, entonces no había de otra que declararlo un hombre perdido, alguien manchado a los ojos de Dios y del hombre. Es por eso que la monja se le quedó mirando con los ojos entrecerrados, graves… Este cabrón se sabe tan listo que esta abogando por el diablo, y cumpliendo o no, habrá ganado.

Pero hubiera sido bonito, pensó Fest, que me hubieran dado la oportunidad de salvarlo… De salvarnos juntos, Daniel.

Prometo cuidarlo madre, dijo Fest en voz alta y empezó a quedarse dormido. En sueños y sin ninguna voluntariedad oriental, escuchó los balones de basket en la cancha, el aceite saltando en un sartén para huevos en el departamento de arriba, los gemidos de una mocosa tocándose después de haber hecho la tarea de mate en su cuarto, el choque de las nubes contra el viento y despertó.

Se sintió terriblemente asustado, no estaba tan acostumbrado a escucharlo todo, así que buscó su reproductor portátil de mp3 y se sonrió estúpidamente cuando escuchó las canciones de José José.

Entonces recordó a la pobre de Perla que le quería tanto, que le admiraba tanto, que le veneraba tanto. Ella compraba los mismos libros que leía Fest, sin falta, y le regalaba libros, sin él pedirlo. Hasta una camisa y calzones le regaló. Yo no puedo amarte, le decía Fest, pero si quieres puedes ser mi puta, y la pobre haciendo como que mamaba y haciendo como que juntaba las piernas y se tocaba. A Fest sólo le bastaba recordarle lo puta que había sido, en público, para que ella bajara la mirada e hiciera como que lo odiaba. No fue la única, pero si todas esas pobres que tocaron su camino tuvieran que llamarse de algún modo, tendrían que llamarse Perla, todas esas que le dijeron “No me maltrates… Quiéreme”, “¿Por qué puta y no amor?”, “Después de todo ¿sólo eso piensas de mí?”.

¿Será por eso, que esta pagando tanto? ¿Karma? Nah, no lo cree, ellas también tuvieron su culpa, cuando lo veían tan listo, tan inteligente y culto, tan alto y blanco, tan banco de genes, tan necesario para mi cuarto de trofeos y de ser posible, para presumirlo como esposo. Pobre de Fest, que se vio en necesidad de enseñarles algo a las pobres putas.

Fest se hartó de las mujeres, cuando era igual con todas, todas eran igual con él. Tal vez ese pensamiento tan simple fue lo que le obligó a buscar querer de verdad. Fue la búsqueda del amor y ese amor como redención. Será que conscientes de esto, otras mujeres trataron de maltratarle y él, gustoso, actuó como un perro mal herido, si en eso consistía la redención, procuraría tener días tan malos que sólo el budismo o el asexualismo podrían curar.

Se volvió una rutina tan desagradable, que hasta pensó en acostarse con un hombre y a chingar a su madre. Venga tu banquete Platón.

Es en esta parte donde Fest quitó a José José del reproductor y miró una de las paredes sombrías e indefinidas, en completo silencio. Creyéndose un Quijote de Broadway, se arrodilló frente a una luna imaginaria y pidió con religioso fervor el perdón de todos sus pecados, hazme caballero, luna misteriosa, para que me perdonen todas las mujeres presta pronto y saba daba…

…y se quedó dormido.

Creo que sin lugar a dudas, el peor error de un escritor es poner demasiado de sí mismo en el inicio de una historia que nunca fue suya para empezar. Pero lo siguen intentando, así como Fest ahora escuchaba como las raíces de los árboles se enterraban en la tierra, el trazo de la pluma de un poeta mediocre, el pedo de un cura mientras ofrece la comunión y la serie de hechos inconexos que continúan entrelazándose para que un escritor pueda echar a andar por fin y rescatar a un asesino, un amigo que no recuerda.

Fest despertó por tercera vez. Decidió salir para respirar aire, despabilarse, hacer otra cosa que recordar y dormir. Cuando salió, el niño Torres trataba de liberar al lobo de fuego limando su cadena. Fest seguía recordando un millar de historias en su pasado, pero ninguna de Bob, el cacto.

-Es inútil, nada funcionará, a no ser que encuentres los jugos de una celta virgen.

-…

-Exacto. Pero la cadena esta puesta en mi cuello por una razón y supongo que es porque mis dientes, de poder alcanzarla, serían capaces de quebrarla. Uno de mis colmillos debe ser suficiente.

Torres y Fest se miraron.

-Ve por unas pinzas Fest -dijo el lobo sonriendo.

Si Fest tuviera que contar esta historia de nuevo, diría que buscó las pinzas con una calma poco común y cuando las encontró y salió con ellas, no estaba seguro de lo que sucedería con ellas pero que esperaba no tuviera que ser él quien las sostuviera en sus manos cuando llegara el momento crítico. Se equivocaba, por la honesta y burda razón de que él siempre se equivoca y termina resignándose por hacer las cosas que no quiere hacer.

Se arrodilló frente al lobo cuando él se lo pidió, y el niño Torres se tapó las orejas para no escuchar los aullidos y las carcajadas guturales del lobo, durante las dos horas y media que tardó Fest para extirparle su colmillo superior izquierdo.

[Heber Dor - Cuento] El Inicio del Mito

Cuando abrió los ojos, todo era eterna oscuridad. Se tocó el cuerpo para descubrirse. Con la mano izquierda se tocó los pies, las rodillas, los muslos, el vientre y el sexo. Con la mano derecha se tocó el cabello, el rostro, el pecho, el estómago y después el sexo. Se puso de pie y miró la eterna oscuridad. Trató de recordar quien había sido en un pasado e imágenes de un inmenso campo de trigo, donde dos personas segaban y sembraban, le vinieron a la mente. Empujando más allá, recordó un inmenso árbol, cuyos frutos eran dulces y amargos.

Y después el pasillo. Un pasillo multidimensional, donde imágenes de historias que ya estaban escritas le hizo tener un escalofrío. Sin saber por qué, extrañó al pasillo.

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Diario de Simón Dor. Día 72.

Este post es parte de una serie, llamada “Segunda parte del diario de Simón Dor: El viaje”. Anotación 27 de 48


Árbol Tsef: Es bueno tener un nombre más corto, escribirás menos cuando hables de mí en alguna otra historia. Hacía mucho que no me visitabas… ¿qué ha pasado con la vieja? ¿Te ha aburrido?
Niño mago: Tiempos de descanso. Los buenos contrincantes de una guerra saben cuando hacer una tregua para reorganizar y después empezar de nuevo.
Árbol Tsef: Hablas como Simón. Y conociéndote a ti y a Yasmín, nunca han de terminar. Será una guerra eterna que durará poco.
Niño mago: Así sea. ¿Y tú? ¿Puedo robarte una fruta?
Árbol Tsef: Las cosas, para usarse.
Niño mago: Y dices que soy yo el que habla como Simón. Esto es peor que una quijotización.
Árbol Tsef: Pero nadie como el Maestro Cervantes.
El niño se rió, estiró su mano para alcanzar una manzana del Árbol Tsef.
Niño mago: Nadie como él. ¿No fuiste tú el que me dijo que no habíamos de intervenir en el viaje y sólo debíamos observar?
Árbol Tsef: Simón me ayudó a redescubrir mi nombre, se lo debo. ¿Y tú? Tu no has hecho nada por mí, más que crearme para maldecirme.
El niño mago abrazó el tronco del Árbol Tsef y le besó.
Niño mago: Perdóname… perdóname. Tu maldición todavía no termina. Todavía falta que encuentres esa otra parte de tu nombre.
El Árbol sonrió.
Árbol Tsef: Hay una parte de mi historia que todavía no he dicho.
Niño mago: Eventualmente haz de decirla y así, conocerás el destino. El destino final del Árbol que ha caminado durante centurias para encontrar su nombre. ¿Estás seguro que de veras quieres buscar el faltante? Puedo recoger mi cuaderno y buscarlo por tí.
Árbol Tsef: No lo hagas. He de hacerlo yo, a mi debido tiempo. ¿Por qué no acompañas a Simón? Está triste porque ha perdido una llave.
Niño mago: ¿Crees que deba intervenir? Todavía tengo mucho que escribir, mucho que inventar, mucho que crear.
El Árbol Tsef miró al niño durante largo rato y el niño correspondió con una sonrisa.
Niño mago: Lo tendré que hacer eventualmente, también. Encontrar mi destino. ¿Entre tú y yo, mi querido Árbol, quién lo encontrará primero?
El Árbol no respondió, observó al niño morder la manzana y alejarse a la habitación de Simón Dor.

Querido Diario:

No he querido salir desde que perdí la llave de Beatriz en el Laberinto. Regresé una última vez, durante la madrugada (o lo que mi cuerpo siente que es madrugada, ya que es difícil decir cuando las nubes son grises y la única referencia del tiempo es la noche en la popa y el día en la proa) y recogí las semillas que encontré. El temor me embargó cuando me di cuenta que el Laberinto había cambiado de forma y sólo pude recuperar tres de las semillas, ya que los pasillos por los que había pasado el día anterior habían cambiado de lugar. Los muros de niebla dentro del Laberinto se comportan caprichosamente cuando no estoy adentro y todavía no sé, que criterio es el que siguen para hacerlo.

Hacerme sufrir, tal vez.

Ya solo restan veintiseis días con sus veintiseis noches y he perdido una llave por un temor estúpido. Ni siquiera valió haber visto a Beatriz. Sólo perdí la llave. Un temor idiota que bien pudo surgir por la borrachera de aquel día. ¿Sabes el dolor que me causa? ¿Lo inepto qué me hace sentir perder una llave que ni siquiera he utilizado? ¡Imbécil, imbécil, imbécil!

El niño mago ha entrado a la habitación y me está mirando llorar. ¿Llevará ahí mucho tiempo? No hemos cruzado palabra y creo que a diferencia del Árbol Tsef, a éste no le interesa hablar conmigo. ¿De qué podría servirle yo, al niño creador de historias? ¿Al inventor qué no ha encontrado el punto donde se conjuntan todos los universos, si no que más bien se dedica a hacer otros nuevos? Mal, mal, mal. El niño mago sigue mirando el curso de mis lágrimas.

Alcé mi mirada y confronté la suya. Sonreí lentamente, esperando ahuyentarlo como lo he hecho con otros niños. Olvidé que este niño no es normal, me correspondió la sonrisa y mordió su manzana.

—¿Quieres que te regale una mariposa, Simón?

Congelé mi sonrisa. Esperé. El niño dibujó una mariposa en el aire y ésta voló hacia a mí, para después disolverse en la realidad.

—Muy bonito. Desde que te conozco, me has dañado. Vivía feliz en mi oscuridad y mi amargura. Tenías que aplastarlo todo con tu sabiduría inocente. ¿Sabes cuál fue el peor crimen qué cometiste? Iniciar tu trabajo conmigo y luego abandonarme. Así como hiciste con el Árbol. Empiezas las historias o intervienes en unas ya hechas para nunca darles final, cabrón malnacido. Eres el constante inicio, el constante infinito. Haz de empezar una para dar nacimiento a varias y nunca terminarlas. Esperas que los que has dañado lo hagan por tí, pero nunca es así.

—Así es la magia, Simón. La magia no está en el final, ni en el inicio. La magia está en como correspondes a la ilusión. La magia estará en el eterno centro. El desarrollo eterno.

—Que metafísico estás.

El niño mordió la manzana.

—Es el hambre —respondió—. ¿Recuerdas cuándo nos conocimos?

—¿Importa hablar de eso? La consecuencia fue una temporada en el manicomio, con todo y mi cordura.

—¡Pero mira todo lo que lograste! —exclamó el niño y extendió sus manos para caminar alrededor de la habitación.

—Una prisión que me llevará a mi muerte.

—No seas tan duro. Lo que importa es que aceptaste la magia.

—La he corrompido.

—Nadie dijo que fuera fácil.

Callé, fue cuando pude ver a través de los ojos del niño mago.

Le sonreí de lado.

—¿Cuál es tú destino? —pregunté.

El niño me miró extrañado. No esperaba la pregunta y como un espadanchín que tiene la ventaja, le presioné.

—Tú también estás aquí por algo. Todos vamos al mismo lugar, en cierta forma. O el camino ha de dirigirnos a otros destinos, pero es el mismo camino. ¿Cuál es el tuyo? Vamos, no te pretendas el tímido. Lo de niño sólo te queda por la estatura. ¡Y yo qué creí que estabas aquí satisfaciendo un mero capricho infantil! Soy un imbécil triple al no observarte con atención antes.

El niño mordió su manzana y sus ojos, sus ojos se volvieron oscuros, tenebrosos. Metió una mano en el bolsillo de su pantalón, se paró recto y cabizbajo, siguió mirándome. Parpadeó siete veces antes de responderme. La sonrisa de él se perdió en algún momento.

—¿No sabes, quién soy yo, Simón?

—Por supuesto que sí, Simón Dor.

Pasado y futuro.

Prendí un cigarrillo.

—Más claro no podía ser. ¿En qué momento de la vida…?

—Cuando murió Beatriz.

—Pero a tí todavía no se te ha muerto. ¿Por qué insistes? ¿Por qué me lastimas con la magia y el idealismo que existía antes de que me golpeara la realidad? No, no seas así. Lárgate y sé feliz. Vete y sálvala antes de que ocurra. Insístele que no se vaya en ese coche con su hermana y con su padre. Enférmala de gripa para que no se levante ese día.

El niño sonrió y perdió la oscuridad. Volvía a ser el mismo niño mago. Miró la manzana y notó que ya no le quedaba más que morder.

—Es que… es inevitable Simón. Yo me convertiré en tú. Beatriz fue nuestro momento cumbre, el que nos ha separado en personas que caminan en el mismo camino y no sabemos si con el mismo destino o no. A mi me hizo Fé, a ti te convirtió en Razón. Espiritu y Materia. Magia y Ciencia. ¿No era Beatriz todo ello? ¿No era Beatriz el balance?

—Vete ya, sálvala. Eres el pasado, todavía estás a punto. Eres el niño que puede dibujar historias y narrarlas. Eres el niño que lee por contar, no para escapar. Vamos ya, pinche chamaco, lárguese a vivir.

—Si me puedo convertir en tú antes de perderla, será mejor. No habrá ruptura. Seremos un sólo ser.

—¿Estás dispuesto a sacrificar la Magia por ello? —pregunté, me senté y reí. Reí tanto.

—Lo estoy. Si eso ha de salvar nuestro futuro.

Reí más.

—¡Tienes tantas historias que completar!

—Es mejor si todo lo cortamos de raíz.

—Inevitablemente te haz de convertir en mí porque nunca estuviste ahí para detenerla. ¡Pudiste detenerla! ¡Pasado miserable! —reí más—. ¡Pudiste decirle, rogarle, llorarle, amarle, reírle, sonreírle, quererle, que no fuera! Que no se suba… que no se suba a aquel coche.

—¿Sabes qué eres tú, hoy, Simón?

—Un muerto que camina —mi risa se transformó en llanto, y luego regresaba a risa.

—Si puedo convertirme en tú, en mi pasado… entonces lo lograré. No habrá Beatriz. Mi magia no basta, necesito tu razón. Necesito que me apoyes Simón. Haz decidido negarme, entonces yo te acepto como eres. Seamos lo que tú quieras. Estoy cansado de jugar y de alegrarte la vida, estoy cansado de enseñarte lo hermoso que es sentir y me dolió más cuando el sentimiento renació para no ser satisfecho. ¿Qué hiciste tú? Saliste a gritarlo a los cuatro vientos y a caminar con bandera oscura. Me volviste a relegar, en vez de ayudarme.

—¿Hablas de…?

—Aquella mujer.

—La de Fest.

—Esa misma.

—Las circunstancias no podían ser bellas, mi querido niño mago. La vida no es un cuento de hadas.

—Tal vez no. Pero no necesito que me dificultes la vida. Beatriz ha muerto y aquella otra, dijo que no. Este pasado ha decidido convertirse en tú, con todo lo que significa. He de morir, Simón, y sólo quedarás tú. ¿No es lo que siempre has querido? ¿No me has negado siempre? Si no quieres abrazar el Eros que te ofrezco, si no me permites que te ayude a mirar más allá… entonces a tu manera Simón. De veras que estoy muy cansado…

El niño se sentó y bajó la mirada.

—Regrésate por favor, todavía estás a tiempo. Todavía estás a tiempo de salvarla, de decirle que no se suba a aquel coche. De pegarle la gripa. Todavía estás a tiempo de quererla, amarla, sentirla, vibrarla, adorarle viva.

Todavía faltan veintiseis días, con sus veintiseis noches.

Anciana Ciega I.

Este post es parte de una serie, llamada “Segunda parte del diario de Simón Dor: El viaje”. Anotación 19 de 48


Simón Dor no prestó atención al súcubo (de nombre Mama Esirasaft) que se había instalado en su barco, le dejó ser… le intrigaba más la isla tan pequeña donde solo cabía una palmera y una choza en ella. El modesto espacio que podía considerarse playa apenas alcanzaba para una silla mecedora donde una vieja gorda y morena, con los ojos cerrados, estaba sentada y meciéndose suavemente a pesar de los gritos de la mecedora, que pedían descanso.

Gritos acostumbrados, juzgó Simón. Gritos ya cansados de gritar.

Mojalnir se acercó muy despacio a la isla y Simón miró asombrado, como las nubes grises daban paso a la luz de luna iluminando tenuemente el rostro de piedra de aquella anciana de ojos cerrados. ¡Las nubes se abrían exclusivemente para ella! ¡La luna, incluso, mostraba un cuarto de su rostro para iluminarle!

—No puede ser… —susurró Simón—, es ella. Después de tanto tiempo. Es ella. Igual de cansada, con la piel hecha piedra como era en mi juventud. Con esa misma voz con la que me hablaba en sueños, cuando aquel entonces… en Jaramillo.

La vieja se mecía y Simón podía escuchar sus palabras que eran llevadas por el viento—: Todo tiene un inicio y un fin. Es un gran círculo, donde extremos se juntan y no importa que extremos sean, porque será el fin y el inicio hecho uno sólo y daran paso a otro inicio y otro fin. Como aquel niño que hizo un Newton-Rhapson a mano, en las hojas de su cuaderno, llevaba cien y después doscientas hojas, luego compró otro cuaderno donde se descubrió otro principio y otro finito… doscientas hojas no le bastaron y fue a comprar un cuaderno más. Llevaba tres cuadernos y debemos notar qué, cada cuaderno encerraba un principio y un fin, pero también es importante darse cuenta, que los tres cuadernos juntos formaban un principio y no le daban un final, debería comprarse cuadernos indefinidamente para descubrir el final del círculo y entre más historias escribía o más newton-rhapsons resolvía… el círculo se hacía más grande. Nunca un final, nunca un principio, porque estaba en todas partes.

El niño mago escuchó atento, boquiabierto y con los ojos vidriosos, casi derramando lágrimas. Simón le observó atento y casi fúrico, le urgía llegar con la vieja. Sentía que Mojalnir estaba atrasando la llegada a la isla deliberadamente.

—¡Vamos Mojalnir! ¡Más rápido!

La vieja se mecía y Simón podía escuchar sus palabras que eran llevadas por el viento—: Es cierto que así, existió después el árbol de los mil nombres. El niño para ser un joven nuevamente, tuvo que separar su idiotez y su sabiduría, su fealdad y su belleza, su maldad y su bondad. Porque cada Historia llevaba una dualidad y cada Newton-Rhapson las proporciones caóticas del ser humano. El Árbol de los mil nombres lleva en las grietas de su maltratada corteza, cada uno de los nombres que el niño ha inventado y siguen inventando. La búsqueda puede ser indefinida y eterna… porque el niño no ha escrito un principio y no ha escrito un final. El árbol ha de andar eternamente, juzgando y recogiendo los restos que han quedado… los decimales sobrantes para sumarlos y después dividirlos entre dos, con la esperanza de que así salga el entero. Su nombre.

Simón miró al árbol de los mil nombres y le vio más marchito y triste que de costumbre, sus ojos caídos y vencidos, su boca cerrada y temblando.

—Y ahí viene —dijo la Anciana ciega al fin— El hombre que los reune a ambos y a la vez, los separa constantemente. Simón Dor, claro está. ¿Es esto un inicio o un final? No lo sabemos, probablemente se han reunido los extremos del círculo nuevamente, haciendo del principio y el finito un sólo momento ocurriendo simultaneamente. Los bienaventurados le llamarán Génesis, los malaventurados creerán que es el Apocalipsis.

El barco llegó a la playa y se quedó quieto.

—Yasmín.

—Simón… o ¿Matías? Hace años que no nos vemos.

Cuando el árbol de los mil nombres escuchó el nombre de Matías profirió un grito espantoso, se escuchó un CRAC en la corteza del árbol y las ramas secas —excepto una— cayeron. El niño mago se levantó espantado y lo observó ansioso, en la rama seca que restaba colgaba una manzana. Los cielos abrieron un pedazo encima del árbol y la luz del sol (con un cuarto de su rostro), iluminó esa manzana.

—No es mi verdadero nombre —dijo el Árbol— pero se acerca terriblemente… ¿te diste cuenta?

—Si —respondió el niño mago. Ambos personajes voltearon a ver a la playa, donde Simón ya estaba bajando de las escaleras hechas de cuerda para saludar a la anciana más de cerca.

—El nombre de Matías lo abandoné hace eones.

—Has abandonado muchos nombres. Te recordaba como un joven loco… y es esa locura la que te ha traído hasta aquí.

—Tú me volviste loco.

—Esa es una de tus tantas excusas.

—Dejé Jaramillo hace tiempo.

—Jaramillo sólo es ficción, ¿no lo hizo así El Libro? No estamos aquí por Jaramillo, Simón. Haz la pregunta.

Sonó un relámpago en las nubes grises y llovieron cerezos negros que se disolvían apenas tocaban algo sólido.

—Lo has buscado desde que saliste de tu lugar —sonrió Yasmín— Sólo me tienes que hacer la pregunta.

Simón le miró, después, sacó un cigarrillo y sus cerillos. No fue hasta el séptimo intento que pudo prender uno.

—La inmortalidad —dijo Simón—. Así es, la inmortalidad.

Un relámpago cayó en la palmera de la isla y éste empezó a incendiarse.

—Pero también quieres morir. —dijo Yasmín y alzando los dedos, hizo que el cigarro de Simón flotara lejos de sus labios para robárselo, le dio una fumada y luego sonrió—. Quieres ambas cosas y ninguna… ¿Puedo acompañarte Simón? Prometo no molestarte en tu viaje… después de todo, soy una santa.

—Sírvete.

La vieja se paró y llevó la silla en sus manos, después se metió a su choza. Simón prendió otro cigarrillo y no esperó, se subió a su barco y éste echó a andar sólo. Los mares se abrieron para hundir a la isla, el delfín le sonrió a las burbujas que salieron cuando el pequeño pedazo de tierra se encontraba en el fondo del mar.

El viejo amargado observó fascinado la manzana de aquel árbol de los mil nombres y luego al niño. Se dedicaron una mirada durante unos segundos y después echó a andar a la popa… en ella ya se encontraba instalada la anciana ciega, con su silla mecedora mirando hacia el pasado. Se sonrió Simón, si Fest estuviera ahí, tal vez pudiera explicarle el símbolo de llevar al día y la noche en su barco, persiguiéndose etérnamente.

—Como Lázaro y Selene, algunas historias se repiten —se dijo.

—Antes de decirte como puedes ser inmortal Simón… —dijo la Anciana—, debo hacer un recuento de todas las almas que me he robado.

—Tómate el tiempo que gustes. No puedo morir antes de saber como ser inmortal.

—Son tantas, en tantos universos paralelos, en tantas eternidades que he vivido, que podría no acabar nunca Simón y tampoco… empezar, porque mi historia es la viva representación del fin que nunca fue escrito y el principio que termina la historia.

Simón asintió y se fue a su cuarto, donde en su diario escribió un anexo:

“Faltan treintaitres días con sus treintaitres noches. El día de hoy, después de matar a los piratas: no sucedió nada”.