Cansado impulso.

Este post es parte de una serie, llamada “Fotocuentos”. Anotación 55 de 59


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No es un accidente que me encuentre aquí, entre tanta gente, para buscar al tipo que te tocó. Prometí que te cuidaría. Las bocinas lastiman mis oídos, el hombre de la cadena casi no me deja entrar si es que no le doy el billete de quinientos. No buscó en mis bolsillos, no me quitó la pistola, no sabe que estoy aquí para protegerte. Te tocó más de la cuenta. Aprovechó la oportunidad que le diste y que yo estaba distraído… no… aprovechó la debilidad en mi juramento. Siempre había jurado que estaría ahí para protegerte, pero ya ves. Uno promete, y promete, yo velaré tus sueños, yo te lavaré los pies cuando los ensucies, cuidaré que nada te falte… y promete y promete… y me equivoqué, cerré los ojos un momento y estuvo encima de tí, se aprovechó de mi ceguera, de la falta de compromiso en las promesas, de … no lo sé. Creo que no estaba lo suficientemente consciente cuando hice la promesa. Es muy fácil hablar de compromisos y juramentos, y también es muy fácil darte cuenta que se rompieron porque no prestaste la suficiente atención… los accidentes pasan, diría mi difunta esposa… pues sí, pero también es de nosotros corregir los errores.

Por eso estoy aquí, para corregir el mío… Ya la edad no me ayuda a distinguir tan bien como antes, incluso con mis lentes miro mal. Los niños voltean cuando los empujo y me abro paso. Han de pensar que soy el padre de alguien. No se equivocan, pero no saben que mi hija no esta aquí, y que ella tiene quince años más que tú. Me suda la mano, sigo empuñando la culata de la pistola. Cuando te ví, no imaginaba que llegaríamos a esto, pero hoy te vas a enterar de lo que soy capaz. Me imaginarás frente a él, con la pistola alzada y él rogando por su vida. Me imaginarás joven, con fortaleza, digno… me imaginarás como un rey. Hay tanta gente, miro las mesas, las caras de los hombres, aún no veo sus cejas espesas, su nariz afilada, sus ojitos azules… Hace tiempo que lo sigo y no me da buena espina, ¿lo sabías?, no debió tocarte. Me acaricip el rostro, cierro fuertemente los ojos, las luces me estan haciendo daño, estoy sintiendo el corazón que se me escapa por la gabardina. Algún estúpido comenta-. ¡Mira como rebotan las luces en su pelona! -Risas. Acelera mi pulso. Hoy vas a saber lo que soy capaz por tí.

Un niño me entierra el codo en una de las costillas y grito de dolor. -Perdón abuelito -me sonríe y alza su vasito, para decir salud. Me dejó sin aire. -No soy tu abuelo.

-Ya le pedí disculpas, ¿qué más quiere? ¿Le invito algo? Véngase con nosotros.

Lo hago a un lado con mis manos y escucho sus disculpas, y sus risotadas poco después. Una jovencita ebria se acerca y me acaricia la calva. Le aparto las manos, pero ella parece más fuerte, me las hace a un lado fácilmente, me toma de las orejas y me jala para besarme exáctamente en la frente. -Le dejé marcadito viejito -exclama y ríe. Prometí que te cuidaría, pero ni siquiera pude defenderme del ataque de ebriedad y euforia de una chamaca. ¿Qué estoy haciendo aquí? ¿Por eso le preferiste a él? ¿Por qué podía hacer tus manos a un lado y besarte? ¿Por su actitud despreocupada y divertida? Tomé asiento, mientras me hacía todas estas preguntas y pensaba en tu rostro.

Te conocí en casa de tus padres hace dos años. Desde entonces he velado por tí en silencio. He encargado a mi asistente que te cuide en las buenas y en las malas. He sabido de tus novios, he logrado apartarte de los que no te convienen, he logrado cuidar tus estudios y que tus padres no se enteren de tus malas calificaciones. He sido muy discreto, pero desde hace tiempo quise confesarte mi amor. Pero se acercó él… se acercó él con su juventud, sus dientes aún blancos, su cabello negro y sus manos sin manchas. Un hombre así no puede tener buenas intenciones.

Uno de los niños golpea mi cabeza y la dentadura se cae al piso…

Ni siquiera intento recogerla, cuando miro que la pisan y rompen los dientes de porcelana. Mi amor… Ibas a casa, a cuidarme, a tenerme paciencia y escuchar mis anécdotas viejas. Ibas a casa a confesarte, a hablarme muy reservada de tus amores, con tus ojos jóvenes y tus piernas lisitas. La dentadura… el pulso… el corazón… todo se me rompe esta noche. No estoy joven para cumplir mis promesas. ¿Tu novio? Ya lo encontré, esta frente a mí y me observa, me reconoce. No hacemos nada, sólo nos miramos. Él alza su vaso diciéndome salud, su gesto serio y galante. La gente de aquella mesa se aparta, como una cortina, y te miro, caminando hacia él. No debí venir esta noche. El pulso… el corazón, las promesas se rompen esta noche.

Este maldito impulso del amor viejo.


Foto: Ester Escobar.

Este es uno de los fotocuentos que escribo en Árbol de los Mil Nombres. Si quieres enviar una foto, antes lee: Acerca de los FotoCuentos.

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Más de una foto es bienvenida. Si ya mandaste una y quieres repetir, adelante. Si eres una nena y quieres enviar una fotografía de tus piernas, mucho mejor :)

Impulso por estrellar la cabeza de alguien contra la ventana.

Cansado de la falsedad, salió un día y mató a un hombre. Quería verlo muerto. Recordó, entonces, cómo pensaba en la muerte más a menudo cuando era joven, específicamente el asesinato. Ríos de sangre corrían por la ventana, después de haber estrellado su cara y que los vidrios se enterraran en la yugular. Cuanta violencia, pensó después, un poco aturdido. Puede ser la cantidad de hormonas las que provocan el pensamiento asesino todo el tiempo, y entonces, chiquillo como fue, escribió poemas consagrados a la muerte, del asesinato, la desolación, la incomprensión. Cosas que se olvidan en la adultez y el movimiento social, la educación, y la moral ayudan a olvidar. —Nunca confesé que me habría gustado verte morir —le dijo al cuerpo, a la cabeza bañada en sangre—. No sabía, que se sentiría tan bien.

Impulso del Amor Viejo.

Una pareja de ancianos caminaron en un viejo parque que les vio jugar de niños. La noche apenas caía y eligieron un banco para sentarse. Hablaron de viejas tristezas y alegrías breves. Se tomaron de la mano y así sintieron una fortaleza que les ayudaba a reconfortarse el uno y el otro.

Los recuerdos de aquella Belle Epoque les asaltaron y se recordaron con sonrisas cuando de niños jugaban en ese parque y aunque eran tímidos para cortejarse, lo hacían con fineza que les exigía el antaño. Se regalaban rosas y se hacían reverencias, se acomodaban los vestidos de holanes y las camisas bien arregladas.

Como un lento vals, así se enamoraron. Encorvado, el anciano cuyo rostro era una masa de arrugas que hacía ver su rostro como una masa dulce, sonrió y la esposa sonrió con él. Ella era una señora con las facciones endurecidas por el Padre Tiempo, pero que se endulzaban con sólo mirarle a él.

Se pasaron las manos por el rostro y se besaron cada uno el dorso de las manos, cuando voltearon de reojo, miraron a una pareja joven con las mejillas coloradas y los ojos brillando. Les dedicaron un saludo con la cabeza y una sonrisa, que estos correspondieron apenas.

Impulso del Amor Joven.

Jóvenes los dos, haciendo poses de pavorreal a pesar de los uniformes de secundaria. Ella demostrando la mejor de sus sonrisas y él con palabras torpes trataba de enfatizar el encanto. Se rozaban las manos, fingiendo accidentes que hasta un idiota hubiera visto a tres kilómetros. La electricidad les pasaba por los cuerpos y se encadenaban con la mirada, aunque temieran convertirse en piedra como la Medusa hizo con aquellos viajeros osados.

Ella se reía nerviosa y él se preguntaba si estaba haciendo un buen papel. Se sentía como el cómico que no sabe si el público ríe con él o de él. No miraban el cielo convertirse en oscuridad, la tarde rosa ya les había dejado atrás hacía unos momentos.

Él iba por un par de refrescos, ella miraba su maquillaje en un pequeño espejo de bolsillo. A ella le gustaba tanto que no quería verse como una niña, quería presentar la extensión de la mujer que podía ser. Se retocaba un poco el maquillaje donde faltaba y a veces se recriminaba del exceso en donde sobraba. Con la rápidez asombrosa adquiría el conocimiento de todas las mujeres, para verse hermosa en cambios de escenario que se daban por segundos.

Al llegar él con los refrescos, se lo tomaron lentamente con la noche ya presente, oscureciendo un parque que era el testigo silencioso de como estos chiquillos se tomaron de las manos y se dieron un beso tímido en los labios.

Una pareja de ancianos los vio besarse y ellos miraron a los ancianos, vieron que les saludaron y ellos hicieron lo mismo, con la timidez por haber sido descubiertos en su privado momento.

Impulso de Risa

La mujer observó cuidadosamente a los integrantes de la junta, todos señores y señoras de más de treinta años en servicio en esa firma de abogados, escuchó a su compañero exponer el caso de Bertolucci, algún criminal que ofrecía una jugosa comisión.

Y cuando menos lo esperó todo mundo ella se echó a reír. No supo el motivo, simplemente le dio un impulso. Rió bastante, aunque su mente le decía que le había costado mucho trabajo estar donde estaba sin sacrificar sus principios feministas. Trató de controlarse y se llevó las manos al estómago, pero siguió riendo.

Un hombre de cincuenta años o más, como todos los demás, se puso de píe para tranquilizarla pero se echó a reír, se veía tan graciosa la mujer risueña que estaba azotada en el piso de risa. Echó a reír como nunca lo había hecho en sus cincuenta y tantos años de vida.

Entonces se levantaron los demás directivos y también rieron, era una orgía de risa incontrolable donde algunos hasta casi vomitaban de risa. La escupían como caramelos de un peso. Y así, por toda la firma se extendió la risa…

Impulso del Destructor.

Tienen que estar listas las estructuras para el viernes, los albañiles han trabajado todo el día por el bono extra, me han felicitado los arquitectos. Todo va bien.

Excepto por el impulso.

Acabaremos la obra unos días antes de la fecha, me agrada escuchar los sonidos de la mecánica trabajando, los albañiles me quieren por el desayuno extra. Todo va muy bien.

Excepto por el impulso.

Decidí darles el día libre, tienen que descansar. Hoy trabajaron excelentemente, el calendario me sonríe, mi jefe habló de otra construcción en la que me quiere a cargo de todo. Dice que soy muy eficiente.

Excepto por el impulso.

No es fácil conseguir dinamita. Nadie está por la noche, excepto yo y este cartucho. Ya destruí mucho con el martillo de Odín y me sangran las manos. Me estoy guardando el gran final, liberado al prender la mecha… diré que fue el impulso del destructor.

Y descansaré viendo como se cae mi vida.