Se apartó poco a poco, pensó que la noche iba a ser larga.

Se apartó poco a poco, pensó que la noche iba a ser larga. No quería estar cerca de la cama cuando llegara el insomnio y le abrazara. Siempre que estaba acostado, e insomnio llegaba, la peor manera para hacer el amor era estar acostado. Su peso, su salvajismo, sus polvos mágicos, sólo le permitían girarse sobre la cama una y otra vez, pensando en las acciones y consecuencias del día. Abrió uno de los cajones, sacó sus cigarrillos y se acercó a la ventana. Cuando sintió las manos suaves del insomnio acariciarle el pecho, mientras daba la primera bocanada de humo, confirmó de verdad que iban para largo y lo mejor sería inventar un tema de conversación estúpido. Amainar el silencio, porque de lo contrario tendría que soportar a dos en vez de uno. Miraba por la ventana, la calle estaba vacía, sentía las caricias del pecho y las ráfagas de aire, el cigarro sabía delicioso. Olvidó su habitación polvosa y vieja, su cama escandalosa con los resortitos salidos, el armario del abuelo que había sido rescatado (apenas) de las polillas. Estaba teniendo un momento, uno de esos tantos, de silencio y paz, aún cuando su cuerpo sintiera el cansancio y cerrar los ojos no significara dormir (por fín). Estaba teniendo uno de esos momentos, cuando insomnio le pasó una mano por su sexo, y él se terminaba el cigarro, y suspiraba resignado… una tanta de esas noches eternas y solas: no había de otra mas que disfrutarla.

Silencios necios.

La felicidad existe en lugares curiosos, como en el salir a fumar un cigarro y disfrutarlo, mirando puertas que ya se duermen buenitas y obedientes, las luces velan el silencio del edificio mientras platican a voz muy bajita los acontecimientos del día, ese momento inexistente donde señora sol les reemplaza. Las noches, cuando un rayo de luna escapa por los pequeños matorrales de la urbanidad creciente, los silbatos pasean en los caminos y los ladridos les acompañan. No hay nada como el cigarro suspendido en el aire, y el humo dispersándose, separando sus átomos para convertirse en vacío. Una silla abandonada piensa que esta sola, mientras un monitor prendido propone escribir algo en una hoja en blanco, una gorra sueña con besarse con los pelos necios al siguiente día y una pluma, iridiscentemente enamorada, observa las hojas de un diario que aún no marca con su tinta. Al escritor le preguntaron si la ama, y él ha respondido que si, en su cabeza.

Sueños

son sueños febriles, como humo de cigarro… (4,000 químicos) se esparcen, se dispersan. Donde personas del pasado aparecen como personas del presente y me alegro. Duermo y quiero soñar más. Me ha estado asaltando la idea de que lo que sueño, son los sueños que deben ser escritos… porque hay personas, que pueden dibujar sus sueños, hay otras que pueden relatarlos, otras más los convierten en dinero.

Los míos solo pueden ser escritos. (Durante 40 días y 40 noches) Antes de caminar lejos, lejos… serán escritos todos los sueños y se dará el fin de una promesa.

Cuando el fin suceda, algo debe pasar, algo tan grandioso como el amor puro, debe explotar aunque sea entre una amiba con otra amiba. (Enalteciendo para disminuir decepciones).

Las pistas se han presentado una tras otra, debo escribir más hasta que termine. (O hasta que empiece, porque al morir, nacen catorce niños, con una cruz de ceniza en la frente… esperen, me faltan tres más).

Puedo poner como condición a que nazcan estadísticamente otros tres más y entonces retrasarlo todo (Como debe ser, nunca darle un punto al fin). Sueños, es todo… y es cierto que los sueños rara vez se cumplen, aún poniendo todo el corazón en ellos (¿Quién fue el que dijo que cuando sueñas, todo el universo conspira para que se cumpla?)