Febrero 8, 2008 — Búsquedas, Casting, Fest, Howl, Niño viejo, Paranoidefobico.
Escrito por Agustin Fest.
Lloró.
Es decir, hizo como si llorara, porque, naturalmente, las brujas no pueden derramar verdaderas lágrimas. De todos modos, arrugó el rostro como un limón reseco, se secó los ojos con el pañuelito y gimió:
-¡Oh, muchachito, joven perverso y cruel! ¿Por qué tienes que enojarme siempre de esta manera? Ya sabes que soy muy temperamental.
Sarcasmo la contempló con gesto de fastidio.
-Penoso -se limitó a decir-, realmente penoso.
Michael Ende, “El ponche de los deseos”.
Después de varias deshoras y de un camino difícil, mañana es la junta final de mi proyecto. En el peor de los escenarios, después de las juntas pedirán que se haga casting sábado y domingo, para filmar lunes. Aún podría soportar que esto pasara. Lo tengo contemplado.
Hoy, amargado, pensé que los niños me empujaron nuevamente a mis límites. Como pasó en Duvalín. Aquel casting de Duvalín, mi primer proyectito donde trabajé yo solo, el director me dijo al final que el casting no le servía, no le gustaba, y que no lo aprobaba, aún cuando agencia y clientes estuvieran muy tranquilos con los niños. No pienses que hiciste un buen trabajo, me dijo el canadiense, porque no fue así.
En unas horas, prefiero no pensar lo que pasará. Sé que despertaré. O iré sin dormir, mientras organizo mi lista de teléfonos. Llevaré mis amuletos discretos de la buena suerte. Y luego recordaré, porque siempre pasa, mientras escucho los lineamientos de la junta, que ya nada es novedoso. Mi cuerpo tomará lugar. Levantará la mano, dirá su nombre y sonreirá cuando sea su turno. “Agustín Fest. Casting”. Abrirá una libreta, o su laptop, y anotará los nombres de todos los escuincles, hombres y monjas del mundo. En otra parte, su cabeza estará martillando la idea: “yaquepaseyaquepaseyaquepase”. En la vida, esa vida donde todos jugamos, y cuando somos brujas fingimos lágrimas, escucharé atentamente las órdenes de mi señor director, de mi señor agencia y mi señor cliente.
Agustín Fest, el otro, hará un buen trabajo. Siempre hace un buen trabajo. Quedar bien para no aburrirse, porque, ¿cuántos no estarán sentados mañana en esa mesa cuadrada y enorme, definitivamente aburridos de sus vidas? ¿Tan aburridos que reciclan ideas para vender un producto o enviar un mensaje? ¿Tan aburridos que miran los comerciales cuan cineastas postmodernistas, combinando narrativa-música-fotografía-luces-y-estilos para comunicar un mensaje? ¿Dos mensajes? ¿Un millón de mensajes? ¿Cuántos estarán conscientes que el cielo es azul en la misma tierra? ¿Que la tierra es tierra, dónde siempre haya tierra? ¿Que la contaminación y la sobrepoblación, nos guían al mismo destino funesto? ¿Y que todos los niños sonríen por las mismas cosas?
En la tarde del jueves, llegaron alrededor de cincuenta niños. Los primeros dos, no supe como soportarlos. No tuve la paciencia para explicarles la acción. Me quedaba callado momentos largos, pensando: “No, te, muestres, visiblemente, emputado, ni, desesperado. Eso es lo primero Agustín”. El niño, o me miraba con sus grandes ojos esperando mis palabras, o daba volteretas, visiblemente distraído y harto. Pensaba después: “No, desperdicies, el, tiempo. Saca provecho a cada uno de ellos. Si no lo haces ahora, yaquepaseyaquepaseyaquepase, si no lo haces ahora… no encontrarás lo que buscas. No harás un buen trabajo. Encarrerate. Toma aire paseyaque, y hazlo”. Para entender a los niños, me hice niño.
Sarcasmo, no entiende de niños, ni se comunica con ellos. Los niños, tampoco entienden las expresiones faciales de los adultos. El niño puede reconocer la tristeza de un padre (sus ojos caídos, su boca floja, sus ojeras) porque conoce o intuye el contexto. El niño, sin embargo, no reconoce los sentimientos de los adultos. No les importan. Un niño puede mostrarse visiblemente interesado en lo que cuentas, o puede ignorarte y dar volteretas cuando guardas silencio, porque no entiende, ni desea comprender, tus sentimientos. Es parte de la crueldad infantil. Para tratarlos, implica regresar a la infancia, una regresión mental de unos cuantos años, buscar un rasgo común con el que sea posible identificarte y explotarlo.
No lo habría hecho tan… tan… complejo, de no haber necesitado una gran actuación. ¿Por qué tomarse la molestia? Me preguntaba en varias ocasiones. Miraba al niño fijamente y el otro, Agustín Fest, pensaba en aquella playa donde iría a morirse ya cuando estuviera… extremadamente, sinceramente, y orgullosamente aburrido de vivir. Clasificaba a los niños conforme pasaban frente a la cámara, con dos sencillas palabras: “Lo sabe”, “Lo ignora”, “Lo intuye”, “Le teme”, “Le aterra”. Un proceso dual y simultáneo: “Debo identificarme con los niños y ¿con qué niño me identifico?”. Pensó en su niñez, cuando se desvelaba, y miraba programas de televisión porque no podía dormir. O escribía lentamente en la máquina de escribir.
Pensaba en los adultos, y en sus supuestas reacciones, cuando miraban un infomercial o algún programa de ciencia. “El adulto se sentirá culpable por no estar cuidando el planeta. Un planeta que me dejará a mí, niño. Al terminar, como el programa lo dijo, hará algo llamado consciencia y esa consciencia lo invitará a portarse mejor. Aunque sutilmente, se nota como el programa es un primer paso. Ver el programa es hacer consciencia. Ver el programa le hará sentirse mejor. Y olvidará, o juzgará innecesario, hacer algo después.”
Aquel niño aburrido, que buscaba su reflejo en otros niños, escribió lentamente en su máquina de escribir: “Somos unas brujas. Hacemos como que lloramos, para ver si así Sarcasmo nos hace caso”.
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Noviembre 28, 2007 — Búsquedas, Casting, Del deber ser, Escribir.
Escrito por Agustin Fest.
Iniciar una novela y desarrollarla es lo más sencillo del mundo. Terminarla, caray, terminarla. Luego revisarla. Lo sé porque he iniciado muchas y hasta el momento no las he terminado. Eso no quiere decir que no dejan de molestarme. Es el lenguaje quien me molesta. Mi lugar en la historia. Mi situación en el mundo. A veces pienso que existe un lugar ideal para escribirlas. Un momento. Una silla mágica y un escritorio místico. El asistente ideal. Pienso, iluso, que habrá un espacio en el tiempo donde no me levante de mi silla hasta terminar doscientas páginas más. Eso no existe. ¿O sí?
Estoy escuchando a Pito Pérez, con 5 ó 6. La canción del comercial de Coca Cola. Aquel donde las niñas se rapaban como punketas. ¿Lo recuerdan? Yo sí, porque busqué el casting. Les pagaron bien. No sé si lo suficiente para aguantar las burlas de sus compañeros. Yo sé que no me habría quejado. Una mujer perdiendo su cabello de esa forma, aún en nuestro contexto histórico, es perder un rasgo femenino vital. Desafiar la sociedad machista y mexicana. Una imagen que aprovecharon bien en el comercial. También se lo raparon y pintaron a una viejita. La señora sonrió cuando le preguntaron si aceptaba el presupuesto. —Por supuesto que sí, hagan lo que quieran con mi cabello.
Hay gente que hace desastres con su cabello sin recibir un centavo a cambio.
Mujer de malos sentimientos. Dice la canción. Hoy prometo seguir avanzando mi novela. Aún cuando avanzar signifique mirar las letras una y otra vez. Ayer, no lo niego, pasé un rato considerable buscando los colores que deseaba para TextMate. Patético. “Un escritor debe sentirse agusto en su ambiente de trabajo”. Eso vendrá en algún libro para ilusionar a la gente. Escribir viene de escribir nomás. Asimov, la historia de Azazel y el escritor sin inspiración. Cada vez la recuerdo más. El día de hoy hay mucho escándalo. Siempre hay escándalo en la casa. ¿Escribir en el trabajo? Difícil, muy difícil. Tal vez debería dejarlo así. Admitir que no hay más palabras. Que nunca terminaré las novelas.
No. No puedo.
Soy un monstruo.
Soy necio.
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Noviembre 7, 2007 — Escuela, Howl, Niño viejo.
Escrito por Agustin Fest.
Un gran recuerdo de mi primer año en el Centro Universitario México, es el de Chafus. Justito me tocó clase con él porque solían dividir los grupos a la mitad porque los salones de dibujo técnico no aguantaban a cincuenta chamacos. No recuerdo el nombre del otro profesor (lo tengo en la punta de la lengua), pero después de ver las caras de mis cogidos compañeros, sabía que el otro profesor era mucho más exigente. Mientras que Chafus (como le decíamos de cariño), simplemente nos explicaba o nos enseñaba que deseaba en la siguiente lámina, nos pedía plumoncitos (cuando bueno, ya después de 3 años de dibujo técnico estaba acostumbrado a los estilógrafos y sabía que los plumoncitos eran, más bien, para niños) y láminas bastante pequeñas. Dibujo de imitación, después de todo, era como un pequeño descanso en el cual platicábamos, echábamos desmadre, medio hacíamos las láminas y aún cuando Chafus nos regañaba, al final se reía también de nuestros chistes y nos mentaba la madre.
Hoy se murió de un ataque al corazón.
En ocasiones, como alumnos, si nos excedíamos con él. Su ánimo tranquilo y su semblante amable era lo que daba pié a que lo molestáramos. Sin embargo, parecía que no se lo tomaba muy en serio, y en vez de enojarse, si alguien le gritaba Chafus al final del pasillo, sencillamente le mentaba la madre o si lo tenía cerca, le daba una patadita. El Chafus era llevadito, pero sin excederse.
Tenía un compañero que en sus láminas, siempre hacía morras hentai (vistiéndolas para no meterse en problemas con los hermanos), Chafus siempre le decía que guardara sus porquerías. También yo me tomé la libertad de dibujar una que otra nena para las láminas, voluptuosas o piernudas, Chafus siempre se acercaba a mis láminas, decía—. muy bien, muy bien, que bien esta, sí. Diosdado, deja de hacer tus porquerías —tal vez las mías le gustaban más porque estaban mejor vestidas.
Un maestro con actitudes sutiles, no creo que fuera su prioridad cambiar la mente de sus alumnos… no, esa es una pretención muy grande, sin embargo… enseñaba, jugaba, se divertía. Eso, me parece, es lo mejor que pudo darnos. Ese profesor no era el cerebro. Ese profesor, era un pedazo del corazón del CUM.
Te extrañaremos Chafus.
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Octubre 19, 2007 — Cuentos, FotoCuento.
Escrito por Agustin Fest.

Mira como las hojitas se resquebrajan entre tus dedos y las varas secas se rompen. Tus manos son tan pequeñas que aún no pueden guardar el polvo de los muertos. Se extienden tus dedos para tocar la tierra y siento un gozo discreto, una sonrisa pequeña, sabiendo que tus ansias de anclar raíces y procurar vida tal vez no son intencionales. El instinto primitivo que nos delata, como aquel cuervo que mató a sus hermanos porque deseaba vivir el último día de juerga. Los caracoles en el tallo de un girasol muerto, buscando en el pasado el sol que los benefactores jamás buscaron… sus corazas vacías hace tiempo ya. Eres una hermosa imagen.
También te marchitarás, ¿te imaginas bebito, que formarás parte de esa tierra y alimentarás a los gusanos? Así pasa, mira mis manos y entenderás que la piel también se seca. Mis manos son grandes, mis manos son el polvo de los muertos, los dedos son como palillos que hacen un gesto con la artritis para invitar a la muerte a que se acerque, y se acerque, paso a paso. Mis dedos son los del titiritero que jalan con su punta el hilo del tiempo. Soy mi propio muñeco que cambia con los años y expulsa el agua que le faltó a los caracoles, a los girasoles, a las hojas que arrastras con tus manos y el pecado de la casualidad.
Compartimos el mismo destino. Que se nos escape todo entre las manos y el aire. Nacemos con manos débiles sin poder sostenerlo todo. Morimos con nada en las manos. No debes temer. Si caminas como yo, si aprendes como yo, entenderás que es nuestro destino. El destino de todos nosotros. El temor no vale nada cuando te haces polvo y te confundes con la tierra.
Foto: Gabs.
Este es uno de los fotocuentos que escribo en Árbol de los Mil Nombres. Si quieres enviar una foto, antes lee: Acerca de los FotoCuentos.
Si quieres leer los que llevo a la fecha, entra a la categoría de FotoCuento.
Más de una foto es bienvenida. Si ya mandaste una y quieres repetir, adelante. Si eres una nena y quieres enviar una fotografía de tus piernas, mucho mejor
con la tierra.
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Octubre 13, 2007 — Los cuervos.
Escrito por Agustin Fest.
El cuervo caminó durante mucho tiempo para llegar a la casa de Dios. No fue nada fácil en su estado, sus patas le dolían, su pico achatado le molestaba y le impedía ver el camino adelante, sus alas rotas tenían el impulso natural de alzar el vuelo y cada vez que se levantaban un dolor agudo le molestaba todo el cuerpo, los fantasmas de sus hermanos estaban atados a su cola desplumada y sentía gran remordimiento. Sus hijos, los monstruos naturales, de vez en cuando pasaban a mofarse de él. También se rieron de él los espantapájaros del mundo y las palomas. Años después de caminar así por el mundo, se dijo que ese era su calvario y debía continuar el camino del sacrificio. El cuervo, un poco enloquecido, murmuraba “Gracias, gracias”, si encontraba comida o alguien le perseguía. Incluso agradecía las risas crueles, las pedradas, que le picaran con el pico de un palo, que viejitas en el parque le aventaran maíz y luego se dieran cuenta de su color negro y lo asociaran con el diablo.
De vez en vez, recogía un periódico y lo leía—. El jabalí de fuego destruyó una cuarta parte de la Ciudad de Tokyo, las naciones del mundo están al pendientes del avance de los cinco monstruos. O leía—. La madre vacía ha matado a ciento veintisiete personas arrancándoles el corazón del pecho. Ayer le atacó un tanque y no dio resultado. Estamos perdidos.
Lo que le agradaba de los humanos es que no tenían idea de los culpables (los cuervos), y aún cuando tuvieran idea, la única venganza que podrían tener, sería matarlo a él. Cuervo último de su especie. Aún si lo intentaban matar, no podrían hacerlo porque la Muerte andaba de necia y quería divertirse un rato—. Ya te dije que no te llevo —dijo carcajeándose, mientras el pobre cuervo se levantaba después que un tren lo atropellara, lo arrastrara y después lo aventara muchos kilómetros por la vereda. El cuervo se levantó aquella vez resignado, las costillas algo quebradas y sangre goteando por el pico—. Gracias eh, muchas gracias… hijo de la malparida —y agarró camino. El mismo camino de muchos años.
Llegó a la casa de Dios, después de siete años de caminar. Uno de sus asistentes le abrió la puerta y solamente con un gesto, sin dirigirle palabra alguna, lo llevó a la sala de espera. No había nadie en ella, desierta y amarilla, como si estuviera en un hospital. Miró al asistente y le pareció un hombre amable, de cachetes rechonchos y ojos pequeños. El cuervo haciendo uso de sus pocas fuerzas, dio un salto y se acomodó en una de las sillas. El asistente le trajo una almohada, se la acomodó en la espalda, le sonrió brevemente y se dirigió a uno de los tantos pasillos y puertas.
—Hey, hey… —dijo el cuervo—. ¿A qué hora me recibe el Sacrosanto Padre de Este Lugar?
—No lo sé. Hay una persona hablando con él. Llevan siete años discutiendo.
El cuervo asintió lentamente y nomás por el lujo de abrir la boca preguntó—. ¿Y crees que tarden mucho más?
El asistente se encogió de hombros. Sonrió, su nariz roja y redonda enrojeció un poco—. ¿Deseas que cure tus heridas?
—No. Si me presento así es mejor.
—Como gustes. Tengo otras cosas que hacer. Si necesitas algo, grazna fuerte.
—Eso haré. Gracias, eres muy amable… muchas gracias.
El asistente desapareció por uno de los pasillos y cuervo silbó una melodia vieja. Justo después, unas bocinas en las esquinas empezaron a cantar—. “Está en ti… siéntelo”, el cuervo abrió el pico y después se calló. Debía portarse humilde si deseaba una solución a sus problemas. Una pequeña cámara de seguridad, en el centro del techo, parecía seguir sus movimientos. El cuervo movió su pico a la derecha y después a la izquierda, y al escuchar el pequeño motor y ver las luces del aparato, confirmó lo que sospechaba. El asistente estaba más atento a él de la amabilidad que presentaba. Miró los asientos a su lado y vio que tenían un poco de polvo. Hacía mucho que nadie visitaba a Dios. Al parecer, todos le rezaban pero nadie iba a verle. —Con la música que pone, puedo entenderlo perfectamente —murmuró el cuervo, luego miró a la cámara e hizo una burla de la sonrisa amable del asistente.
Alguien le subió el volumen a la música. “Está en ti… siéntelo”.
Cuervo suspiró y cerró sus ojos negros. Pensó en sus hermanos y como los mató aquella noche por sus ansias de vivir. Sus hermanos jugando a los dados, sus hermanos recitando poesía y fumando, sus hermanos que decían: lo mejor es morir esta noche haciendo lo que más nos gusta. Atravesó sus pechos con su pico, les arrancó los ojos con las patas, les golpeó con las alas y ellos solamente reían alrededor de la cueva, reían y cuando mataba a uno, otro se le ponía enfrente para que también le matara. Cuervo abrió sus ojos. Pasó un año con ese sueño en su memoria. La misma canción sonaba en el pasillo. Polvo descansaba sobre sus alas. Las costillas y las alas habían sanado un poco, pero mal… jamás volvería a volar, jamás respiraría como antes, jamás… jamás… miró a su lado y un viejo enjuto, bien afeitado, de ojos claros y traje de cuadros esperaba junto a él.
—¿Vienes a hablar con Dios? —preguntó cuervo, mientras se acomodaba las alas sobre la panza como una señora gorda. El viejo volteó a mirarle, asintió con una sonrisa amable como la del asistente.
—Me han dicho que esta hablando con alguien más desde hace ocho años —dijo el viejo—. Llegué aquí por error, pero me gustaría hablar con él también.
Cuervo asintió—. Son pocos los humanos que llegan a este lugar.
—¿De verdad? Cuando regrese a casa le platicaré a todos mis hermanos para que escuchen sus rezos.
—No creo que jamás regreses a casa. Una vez que llegas aquí, a no ser que Él lo quiera, no hay retorno.
—Oh… había aquí un muchacho muy amable, ¿tú crees que él me enseñe el camino de vuelta?
—No. El muchacho no regresará.
—Pareces conocer más de Dios que yo.
—Sí, porque los cuervos también somos Dios.
—Hablando de cuervos, hace mucho que no veo alguno volando por los cielos.
—Es porque yo los maté a todos. Sí. Gracias… gracias, me dieron las gracias, y los maté.
El viejo guardó silencio un tanto nervioso. Ya no estaba tan sonriente. Cuervo miró a la cámara y sonrió una vez más. Cerró los ojos e imaginó que la cámara era un agujero negro, y en él, las sillas, el pasillo, las bocinas, “esta en ti siéntelo”, el viejo y su traje de cuadros, el asistente y sus rechonchos cachetes, sus alas y su pico achatado, se estiraban y se los tragaba, incluso la muerte y la chamarra negra, se los llevaba a un vacío donde no existiría nada y cualquier cosa con importancia se vería reducida a polvo de estrellas, a polvo de mierda, simplemente a polvo. Cuervo se reía porque sentía como se le estiraban los huesos, como se le deformaba grotescamente la mueca, y le parecía tan gracioso. Le parecía la oportunidad de regresar a la juventud. El comienzo perfecto, uno donde todo empezar a oscuras de nuevo, y los inventarán otra vez como lo más bello, y renegarán de ellos como lo más horrible. Un año después abrió los ojos.
Volteó a su derecha y el viejo que esperaba junto a él, era un esqueleto.
—Nadie tiene la paciencia para esperarlo —dijo cuervo al esqueleto y luego señaló la bocina—. Te comprendo, mejor que escuchar eso.
—Señor Cuervo —dijo el asistente, asomándose por uno de los pasillos. Cuervo, gordo y con las alas chuecas, saltó de su asiento—. Dios le espera.
—Lo sé. Muchas gracias, ¿eh? —siguió al asistente por el pasillo donde se había asomado. Caminaba hacia él un hombre viejo pero mucho más desaliñado, con una boina en la cabeza apenas tapándole el cabello largo y graso, y un cigarrillo en los labios, pasó junto a él sin siquiera mirarlo. El cuervo lo reconoció. “Con razón tardó tanto”, pensó. Volteó para mirar como el hombre se perdía de vista y después, casi sin darse cuenta, chocó frente a la puerta que le esperaba. Una puerta dorada y enorme, que hacía ver la sonrisa del asistente como la burla que en realidad era.
—Por favor, señor Cuervo. Le están esperando.
—Sí, sí. Gracias de nuevo. Al rato te veo —dijo Cuervo, empujó la puerta y una sonrisa enorme, y ojos pequeños, lo miraron adentrarse a lo desconocido.
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Octubre 8, 2007 — Asceta, Casting, Consumidor de Entretenimiento, Despertares.
Escrito por Agustin Fest.
Me tocó forito. Tomé video a niños y… oh sí, bebes. Bebitos acolchonaditos y amigajonaditos. Chillones, autistas y sonrisas sin parar. Los bebés, hasta eso, me ponen de buenos modos. Me recuerdan cierto instinto paternal que tengo desde los veintitrés años. No por eso quiero tener un niño ya, bueno, quien sabe. Prefiero pensarme paciente con ese detallito del niño o niña que está por venir. En el foro procuré divertirme, haciéndoles caras a los niños, saludándolos, señalando la luz y señalarles con la mirada otras partes del foro. Algunos me hacían caso y otros no. Una beba estuvo platicándome, con el chupón en la boca y su lenguaje extraño. Como soy un adulto estúpido le respondí en su idioma en vez de hablarle seriamente. Como pasaban de una o dos mamás en el foro, a veces se entrometían la una con la otra. Algunas ayudaban, otras estorbaban. El corazón de un bebé me parece una ciudad desierta, un lugar inalcanzable e incomunicado. Los ojos de los bebés esconden los secretos que perdemos a medida que crecemos.
El oasis de todas las respuestas.
¿Cuál secreto guardará, por ejemplo, aquella mujer de una borrachera de la cual vagamente puedo acordarme, este viernes? Ay bueno, la preguntota es sólo para hacer más interesante el contexto. Tal vez no guardaba ningún secreto y sencillamente era la vanidad. Si pienso que guarda algún secreto, es porque cuando empecé a tomar el video de Pedrito, el borracho cantarín del Centenario, ella hacía todo en su poder para aparecer en él. Hacía como que se estiraba, hacía como que platicaba con el festejado, hacía caras con los desafinados borrachos e incluso, guiñó el ojo un par de veces a no se quién. Presentarse natural frente a una cámara no es tan sencillo como parece. Uno tiende a proyectar las partes que anhela enfatizar de su personalidad. Soy guapo, soy contracultural, hago muchos gestos, soy un hombre solitario, una mujer inteligente, un niño muy travieso, un bebé honesto.
No pensé que la ropa interior hiciera maravillas en una mujer. No sabía que pudiera hacerle tan feliz. Y no sabía, que podría hacerme tan feliz a mí. No hablemos de algo sensual o sexy, hablemos de algo tan sencillo como ropa para dormir. Camisetita y braga brasileña, porque hasta eso, puse mucha atención para estudiar los nombres de cada pieza. Me presenté a la tienda con una amiga y mi mente se dividió en tres: algo sencillo, algo bonito y algo sexy. Juega con las posibilidades. No te limites. Tan no me limité que mi cuenta de ahorro se ríe un poquito de mi. Todavía no se carcajea, pero se ríe. Sin embargo, el ver su cara de felicidad, sus ojos pispiretos y alegres, una sonrisa enorme que no había visto hacía tiempo, me hicieron pensar que bien valía la pena.
Si todo va bien, en el 2015 repetiré la hazaña.
No es ningún secreto cuando alguien esta feliz. Los ojos miran igual a los de un bebé satisfecho.
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Junio 25, 2007 — Escribir, Literatura.
Escrito por Agustin Fest.
“Hacer algo, hacer el bien, hacer pis, hacer tiempo, la acción en todas sus barajas”. Había olvidado la numeración tan insistente de un joven Cortázar en Rayuela. La numeración es un pequeño recurso literario donde precisamente numeras lo que quieres que visualice el lector y a su vez, le das un ritmo en el que piensa en estas cosas y las encadena. Esto se vuelve un discurso poderoso en la voz correcta. Los políticos utilizan mucho la numeración. Por ejemplo: son producto de la buena administración, de la dedicación, del talento, del trabajo en equipo y de la enorme responsabilidad social de cada una y de cada uno de ustedes.. O si quieren el ejemplo del subcomandante Marcos: Abajo está el que somos color de la tierra, el indígena, el obrero, el campesino, el empleado, el maestro, el estudiante, el ama de casa …. Bueno, no sólo los políticos, también el comercial de Coca Cola que nos apendejó a más de uno: “para los altos, para los bajos, para los gordos, para los flacos, para los que ríen”. Si notan, también suele contrastarse la numeración. Después de mencionar al profesor se menciona al estudiante, después de mencionar al militar se habla del científico. El contraste junto con la numeración, provoca una sensación de unión, de conexión entre todas las cosas, una cadena invisible que une a los opuestos. Esto se convierte en un breve efecto aspiracional donde todos podemos estar unidos y en la cabeza, pasan imágenes o situaciones contextuales dónde se unen los elementos.
Pero la numeración no sólo funciona con el contraste. En el caso de Cortázar, escribe una numeración que parece sin propósito hasta que el muy tramposo nos suelta: “la acción en todas sus barajas”. Hacer pis (algo concreto) con hacer el bien (algo subjetivo). El lector busca las probables uniones que puede haber entre las dos acciones, pero claro, todo depende de la imaginación y de las experiencies del lector. Es decir: hacer pis es hacer el bien porque me siento relajado después de aguantarme unas quince horas en el trabajo porque el baño de la oficina me da asco. Por decir algo. También, es muy parecida a las numeraciones que existen en la película de “El Libro de la Almohada”. Por ejemplo, lista de cosas amables: “Cálida lluvia, de las montañas nebulosas. Caminar lentamente vestido en carmesí, pensando en Kyoto. Ser besado por un amante en el jardín de Matsuo Tiasha. Agua callada y agua ruidosa. Amor en la tarde, en imitación a la historia. Amor antes y amor después”.
Existe otra clase de numeración que más bien es llamada progresión. La progresión puede ser una lista de eventos que nos llevan a un fín. Mientras que la numeración se contiene así misma y las conexiones existen a medida que vemos cada una de las imágenes, una lista progresiva crea una especie de historia desde el inicio hasta el fin. Como cuando el abuelo de Palinuro le responde a Palinuro—. “Te quiero de aquí al cielo, de ida y de regreso, yéndose por el camino más largo de todos y regresando por uno más largo. Y eso después de dar varios rodeos, de perderse a propósito, de tomar un café con leche en Plutón, de recorrer los anillos de Saturno en patín del diablo, de dormir veinte años, como Rip Van Winkle, en uno de esos planetas donde las noches duran veintiún años, porque a mí me gusta levantarme temprano, cuando menos un año antes de que amanezca” (Transcripción de memoria. Esto es de Palinuro de México, de Fernando del Paso. :P). Como ven, los elementos se van juntando uno a uno, se extienden y se pasan el baton para decirnos cuanto el abuelo de Palinuro ama a Palinuro. Mejor aún, hace una lista utilizando extensión del espacio y tiempo. Los combina y los desarrolla. Varios escritores prefieren utilizar la progresión, no sólo porque cuenta una historia en una pequeña frase sino porque requiere un poco de más elegancia y perspicacia. Es un reto.
¿A alguno de ustedes le gustaría escribir una numeración o una progresión? Debe ser pequeña, no más de tres o cuatro líneas e incluir la sugerencia que lo une todo al final, para hacerlo más elegante. Ahí se los dejo de tarea.
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