Urgencia.

Tengo hambre por escribir una larga historia. Desde que me conozco tengo ese gusanito. No importa que sea “La Obra”, no importa que entre dentro de algún canon literario o que cumpla los requisitos de una novela pulp. Tampoco debe importar si hace reír, si provoca catársis o si cambia la perspectiva del lector. O si no cumple los requisitos de mis escritores ejemplares, como Raymond Carver, como Michael Ende o como José Agustín. Una historia que abarque todas las posibilidades para un sólo ser humano. Por eso empecé historias como El Cien Vidas, o como el Cuenta Cuentos de Jaramillo, porque son ese rezago que traigo atrás, ese sueño infantil que desde años he venido preparando. Tal vez, si empiezo una larga historia… esta vez si pueda darle final, pero es que los finales son tristes, tal vez desoladores, soy un lector necio que no desea terminar el libro que empieza. ¿Por qué un sólo final cuando se pueden escribir todos los finales? ¿Por qué insistir en qué una historia debe ser líneal, cuando puedes tratar de escribir todas las palabras, todas las escenas, todos los fuegos?

Ayer, mientras no podía dormir, anoté como quiero estructurar la historia. También anoté que tipo de lenguaje deseo utilizar para ella. Finalmente, anoté hasta catorce finales posibles para cada sexo. ¿Un sólo hombre podría escribir una historia así? Por eso la ficción colaborativa en línea es tan popular. Lástima que no haya recursos en español. Siquiera en España, porque ni en Latinoamérica. La gente tiene miedo de escribir en español. Octavio Paz dice que en México somos buenos cantantes, pero malos escritores. ¿Es cierto que sólo algunos cuantos pueden escribir sin caer en lugares comunes? ¿Sin utilizar líneas de canciones para desarrollar sus historias? ¿Sin hacer recurso de poesía fácil y verso libre para estructurar sus ideas? En México debería haber gente escribiendo, todo lo posible por escribir. México debería contar su historia de todas las maneras posibles. Huir del miedo a las críticas, huir del miedo al reflejo, todos deberíamos tomar una pluma y un cuadernillo y escribir líneas. Esas líneas multiplicarán otras líneas. Enseñar estas líneas a nuestros amigos para que ellos piensen en más líneas. Escribir en los bares, en el metro, en los parques y los camiones. Escribir y compartir. Líneas que cubran callejones, calles y anuncios publicitarios. Una orgía de letras.

Escribir reproduce el conocimiento y lo libera. Lo desafía. Provoca la imaginación, impone nuevos retos. Escribir y leer son lo mismo. Sirven a la función de entretener, divertir, aprender e imaginar. Tal vez ese es mi problema: quiero escribir una larga historia, por eso leo largos libros. No importa que sean buenos, o malos, o que sus recursos literarios sean potentes o imbéciles. Son letras apiladas una sobre la otra. Son imágenes que se construyen a lo largo de voz, ritmo y paciencia. Escribir es leer, no pueden vivir separados. Mientras uno escribe se lee. Uno lee para aprender a escribir mejor. Se crea mientras se escribe. Se destruye la historia cuando termina de leerse. ¿Hay algo como una historia indestructible? Las sobras se asimilan a través del espíritu. Ancianos recordaremos los cuentos leídos y los modificaremos para contárselos a nuestros nietos. Pasan cosas, nadie esta seguro, pocos se dan cuenta, pero pasan cosas. Puedes llorar, o tirar el libro a la basura, o usarlo para balancear la mesa o detener la puerta.

Del viejo que leía el periódico.

Este post es parte de una serie, llamada “Fotocuentos”. Anotación 26 de 59


No irán a descansar los dulces ímpetus juveniles a esto que estoy a punto de enseñarles: que si la vida es un dulce o es sal disfrazada de sacarina, no es diferente a la ventana que miras. Si yo me acerco a tu ventana, y ves conmigo a través, cuando terminemos estaremos contando diferentes historias. Si me las crees con los oídos atentos y luego me cuentas la tuya, crearemos una tercera historia. Aún si alzas la mirada y no crees lo que te digo, argumentando cuán equivocado estoy, haremos una cuarta historia, una que rompa con todas las anteriores y a la vez, forme parte del mundo. Si traemos otra persona al círculo, entonces las historias se multiplican por dos o por tres. Así podemos crecer exponencialmente hasta el infinito, o el número imaginario de su agrado, ¿qué más da? No entiendo porque escuchan a este viejo loco.

Admirando el sol que toca su piel joven y blanca, sin manchas, me provoca hacerles una pintura. Pero ya soy viejo, las manos me tiemblan y me duelen en las noches. Las manos que acarician sus mejillas y les hace sonreír con trucos de magia. Podría escribirles un poema, uno que hable de bondades, de manos firmes que aún se miran bellas, pero dudo, porque no soy poeta y lo que leo hoy en día me da asco, nadie habla ya de lo preciado que es la juventud. Todos escriben cochinadas. Pensarían que estoy escribiendo cuánto me gustan mis propias niñas, alguno pensaría que hay un hilo sexual reprimido en todo esto y no es así. Nadie habla ya de lo preciado que es la ingenuidad infantil. Tal vez dirían que también me gustan los varoncitos, sin embargo… no los prefiero, y no me mal interpreten, siempre me ha gustado la gracia que nace con la mujer. Me provoca ternura el instinto primitivo del hombre, pero no es objeto de mi fascinación. Si fuera compositor les escribiría una canción, tal vez con una canción me entienda el mundo.

Tú sigue mirando a la ventana, tú sigue escuchándome. Iré por mi periódico, me sentaré junto a la ventana y prometo leer a medias para seguirles admirando. Admirando la juventud que les pesa, admirando la juventud que ya no tengo, admirando hasta que me tengan que enterrar mañana y sólo queden ustedes, grabadas en el cerebro viejo que ya se me esta pudriendo.

Foto: NOlo

Este cuento forma parte de los fotocuentos que estaré escribiendo en este blog. Si quieres formar parte o enviar una foto, revisa este post: Acerca de los FotoCuentos. Si quieres leer los que llevo a la fecha, entra a la categoría de FotoCuento.

Le explico y no me entiende…

Tiene en el rostro pelitos alrededor de donde debiera haber bigote y unos tantos en la mejilla. ¿Algún día le cerrará el candado? Esos pelitos rebeldes, ¿cómo se afeitará en las mañanas? ¿lo hará acaso? Si, porque el resto de su barba tiene forma. Sé que no se peina, porque trae el cabello siempre esponjado, cabello rebelde que se cruza uno con otro, los embrollos lingüísticos. Es muy curioso, este alumno me sostiene la mirada porque quiere hacerlo. Es una clase de reto, aun sonriendo tranquilamente, sé que me está retando. ¿Notará esos pelitos que tiene? Están ahí, esperando a que alguien se los quite. A que yo se los quite.

Rara vez se presenta a mis clases. Sin embargo, cuando lo hace, siempre hay un comentario que me hace notarlo. Hoy le atiné a su nombre, ahora podré preguntarle muy seguido. Podré esconder mi interés, como suelo preguntar a otros alumnos. Me gusta aprenderme sus nombres, ello me ayuda a decirme que soy una buena profesora. Apenas llevo enseñando dos años y estoy apunto de sacar mi maestría. Ser profesora joven tiene sus ventajas, puedo lograr que mis alumnos no se aburran en la clase, tengo una mejor identificación con ellos y puedo hablar de mi novio. Al estar más cercana a su edad, puedo todavía identificarme con aquellos tiempos.

Y me gusta identificarme con este en particular.

Además, él me ayuda mucho, sea como sea. Se hace el tonto, pero no lo es. Lo sé por como me sostiene la mirada. Cuando todo mundo se queda callado, entonces él hace una pregunta estúpida o da un ejemplo, de esos que hacen reír a todo mundo. A mi me ha hecho reír en un par de ocasiones, debo admitirlo. Hace preguntas en forma de idiota, para yo poder darle una buena explicación. Pero no tiene los ojos de un bobo. No, él es distinto. Me dedico a explicarle durante clase, me dedico a pelearle la mirada… me dedico a descubrir quién hay en ella.

¿Qué hay en esos ojos? ¿Por qué me mira así? ¿Mirará así a todos sus profesores? ¿A sus profesoras? ¿A sus amiguitas? Un chico como él, debe tener muchas amiguitas. No es feo y hace reír a la gente. No es el clásico payaso, porque lo hace en momentos muy específicos. Es como si lo tuviera medido. Como si quisiera decirle a todos algo, o como si quisieramos entender que está diciendo algo y en verdad, no dice nada. Espero verlo en mi clase más seguido, siempre me sorprende. La primera clase llegó una hora tarde. Las siguientes, lo he encontrado temprano, en otras más… no llega y lo extraño.

Hoy desperté algo. Sé que lo hice. Llegó tarde y lo miré de reojo, no me inmuté y seguí explicando. Quería que me viera en falda y blusa. Falda larga con una apertura que descubre los muslos, nada más un poco, ya que no soy de esas. Podría serlo, pero tiene que entenderme primero. Tiene que entender mi mirada y le formaré el camino correspondiéndole las sonrisas.

Hoy participó más, como si quisiera saltar de su asiento y decírmelo al oído. Decirme que me había entendido todo lo que le he estado diciendo desde que iniciamos el curso. No estoy loca, estoy segura que toqué algo el día de hoy.

Me dedico a explicarle en mi clase, a verle cuando lo hago. Y parece —sólo parece— que no me entiende. Se desentiende de lo que deseo, porque no es tonto y sabe porque le miro, porque le sostengo la mirada y hoy vi, hoy vi que lo comprendió perfectamente mientras le explicaba que era la gramática cognoscitiva.

Anciana Ciega II.

Este post es parte de una serie, llamada “Segunda parte del diario de Simón Dor: El viaje”. Anotación 30 de 48


Mi nombre es Yasmín, mejor conocida como la Tía Yemita, mucho gusto. ¿Usted quién es? ¿Josué dice? Ya veo, ya veo. ¿En qué le puede ayudar esta humilde adivina, señor Josué? Le escucho atenta y siempre gustosa de servirle. Su voz se me hace familiar y algunos ademanes también. No pregunte como lo sé, los ciegos vemos mucho más de lo que aparentamos. Sobre todo, aquellos que han vivido tanto como yo. Muchos de nosotros dependemos del olfato —y usted, apesta a nicotina—, otros tantos dependemos del habla —y su voz, guarda un rencor milenario—, el tacto y el gusto, sólo me ayudan a elegir los ingredientes para las pócimas que se dicen son de los antiguos. Pero yo poseo otro sentido, como ya habrá adivinado señor Josué, otro sentido que me es tan fino y me deja mirar todo, como un aura que extiende finos cabellos a través de la realidad. Es el sentido del Alma.

Y ese sentido me dice, que usted no vino a preguntarme acerca de su futuro. Tiene otra pregunta enterrada en su corazón… ¿será por aquel cuaderno que está apretando entre sus manos? ¿es legado de un familiar, señor Josué? No me tenga miedo, aunque es lo que menos tiene… usted también está acostumbrado a andar entre los infiernos, que aunque son diferentes a los de aquel hombre que conocí hace muchísimo tiempo, tienen el mismo propósito. Buscar la inmortalidad o la muerte, lo que venga primero. Y usted apesta igual que él, y usted se mueve igual que él, tal vez tenga distinta mirada, pero es como si los vestigios del alma hubieran atravesado la suya para insertar una semilla.

Es un placer conocerle, bisnieto de Simón Dor. Si quiere un consejo, debería quemar ese libro que el viejo escribió, está maldito. No es una maldición mágica, ni alguna maldición demoniaca. No. Es la maldición de la estirpe… usted ha sido elegido y condenado para seguir el mismo camino que siguió aquel señor Dor. La historia se repite por ciclos. ¡Y por supuesto que yo lo sé bien! ¡Si mi historia es eterna! ¿No le han dicho, señor Josué? ¿No lo ha leído en ese diario que escribió Simón? Por supuesto que no lo ha leído. Tiene miedo de saber, se le nota en el temblor que no es por la baja de presión. ¡Tiene tanto miedo de descubrir que su historia es la de su bisabuelo! Quisiera poder ayudarlo, señor Josué, pero me es imposible: Yo sólo sé una parte de la historia y esa es la mía. Yo sé lo que viví en ese barco durante las noches que me correspondieron. Los fragmentos que yo tengo, no son los suficientes para decirle cual fue el final de su bisabuelo, pero si sé que son similares. Se mueven igual y después de todo, apestan como uno sólo.

Regáleme uno de sus cigarros. No me preste encendedor, ni cerillos… mis dedos harán el trabajo.

¿Qué le decía? Es cierto, le decía que usted tiene miedo. Usted si le tiene miedo a muchas cosas… Simón le tenía miedo a una sola, un miedo verdadero y único. Supongo que usted también llegará a ese punto. Inevitablemente, podría recorrer el mismo camino que su bisabuelo. ¿Está aquí para que le diga cómo evitarlo? No podría, mi señor Josué, de veras que no podría… porque le he dicho que solo conozco la parte que me concierne.

Conocí a Simón mucho tiempo atrás, cuando éste era un adolescente. Quería ser un escritor y tenía un poder único: podía lograr que las historias fuesen reales. Lograba escribirlas de tal modo, que el universo tenía que hacer un espacio dentro de su línea temporal para dar cabida a lo que era escrito por él. El pobre de Simón… fue blanco de muchos demonios y también de ángeles, los cuervos de la muerte le perseguían constantemente. Aunque él era un joven muy distraido y de alguna manera, era protegido por la buena suerte. Jamás vivió la maldad del destino cerca.

Fue cuando escribió la historia de su primer amor y éste se hizo real. No se ría, señor Josué, porque ese evento fue el que lo trajo aquí conmigo, en éste espacio y en éste tiempo. Se hizo real porque existió en sí, no porque él lo haya escrito. El amor que lo ha traído hasta aquí, señor Josué, era el de una jovencita llamada Beatriz. Simón y Beatriz sostuvieron una relación un tanto breve, así de pequeñita como mi pulgar derecho. Ella murió, porque así estaba escrito en el libro de la Muerte. No piense lo que todos los pobres románticos e ilusos piensan: “Dios, Satán, los ángeles, los demonios y los cuervos se confabularon para quitarme lo único que me quedaba”. Eso es lo que piensan y se la pasan llorando noches amargas, mirando la luna durante eternas discusiones introspectivas. No señor, no fue así.

Al único al que le hicieron la apuesta fue a Job y es un juego que no se volverá a repetir. Aunque su bisabuelo en un principio se portó como un perfecto romántico, no le duró mucho el gusto. Simón Dor rechazó la magia.

Su bisabuelo perdió el don del Inventor. Porque perdió lo único que no había podido inventar, lo único que escribió basándose en la realidad. Era mediocre el muchachito, pero escribía bonito, me caía bien. ¿Cómo lo conocí? Muy sencillo, lo conocí cuando el era jóven. Simón Dor se enteró de mi existencia, de la Sanadora de Almas que sabía como morirían las personas, así como usted lo sabe mi señor Josué… lo que usted no sabe y él sabía desde jovencito es ésto: las Sanadoras de Almas podemos recuperar las almas que giran en torno al Pozo Infinito de la Muerte.

Vino a preguntarme, muy sereno, si le podría hacer el favor. ¿Qué favor? pregunté inocente, aunque ya lo sabía. Si podría recuperarle a beatriz, dijo él, sin dejar de fumar y cruzando la rodilla. Serenidad y odio. Yo naturalmente, le respondí que no. Él agarró su presencia y se fué.

Nunca perdía la compostura el hombre, ni aún llorando. Si lloraba, lo hacía en silencio, cargando la enorme presencia que le habían enseñado sus años duros. ¿Sabe cómo solucionó lo de Beatriz? Escribió a su fantasma, a la imagen y semejanza de ella. Corrompió la magia, usándola para su propio beneficio, hasta que el hombre perdió la cordura o recuperó la sanidad mental. Hizo un viaje en el mar maldito de Yunén, el mar que es el puente entre la tierra de Nod y al río del Aqueronte. El mar de los muertos y los vicios.

¿Qué pasó después? A mi no me mire, yo no puedo resolverle esas cuestiones, no tengo el tiempo. Está pronto el fin de éste ciclo mío y el inicio de mi ciclo nuevo. Su bisabuelo debió haber escrito de ello en su diario, si no lo entiende… atrévase a leerlo, aunque yo le recomiendo que lo queme y de final a la estirpe del cuenta-cuentos. Rompa el patrón, deshágase de todo vestigio de Simón Dor, hágame caso, mi querido Josué. ¿Le importa que le llame querido? ¡Siento que le quiero igual que a ese viejo anciano!

Simón Dor y yo, nos volvimos a ver pocas veces. Hasta que me arrastró al mar de Yunén con él o más bien, yo decidí seguirle. Un juego peligroso decidí jugar, mi querido señor Josué. Es de sabios aprender una cosa: Con los hombres que desean la muerte o la inmortalitad para después llegar a la eternidad y así prolongar el sufrimiento, no se juega. Pero era mi única oportunidad, querido Josué, de llegar al pasillo de la Muerte y pedir yo, mis propias respuestas. Fui un poco egoísta al decidir que le diría al viejo como alcanzar la inmortalidad.

Me dio remordimiento y le mentí a Simón: le dije que debería contar todas las almas que había robado antes de tomar una decisión. ¿Sabe por qué lo hice así, mi querido Josué? Había algo de verdad en ello. Evaluando mi vida podría yo decidir si hacerle daño a alguien tan querido como él, al decirle como ser inmortal para sufrir eternamente. ¿Qué me pregunta? ¿Qué si le dije? Mi querido Josué, la respuesta está en el diario al que tiene miedo de leer.

Al final, yo me salí con la mía y por supuesto, he pagado por ello. Pero esa es mi historia y difiere de la de Simón.

Y también sé que a usted, no lo quiero tanto, mi querido Josué. Le he escuchado como le cambió la respiración cuando le mencioné de inmortales y no será difícil decirle. Ya tomó una decisión: Quiere seguir la estirpe del cuenta-cuentos y si es inmortal, mejor. Ha hecho bien, ha hecho bien… ahora abra su mente y escuche estas palabras que voy a decirle, siga al pié de la letra todas mis instrucciones y recuerde, el dolor que sienta durante el primer día de su inmortalidad, se deberá a que su alma quiere abandonar el cuerpo. Usted tiene temple, Josué, podrá soportarlo.

Repito e insisto, escuche bien lo que le voy a decir: Mañana a primera hora…

Diario de Simón Dor. Día 72.

Este post es parte de una serie, llamada “Segunda parte del diario de Simón Dor: El viaje”. Anotación 27 de 48


Árbol Tsef: Es bueno tener un nombre más corto, escribirás menos cuando hables de mí en alguna otra historia. Hacía mucho que no me visitabas… ¿qué ha pasado con la vieja? ¿Te ha aburrido?
Niño mago: Tiempos de descanso. Los buenos contrincantes de una guerra saben cuando hacer una tregua para reorganizar y después empezar de nuevo.
Árbol Tsef: Hablas como Simón. Y conociéndote a ti y a Yasmín, nunca han de terminar. Será una guerra eterna que durará poco.
Niño mago: Así sea. ¿Y tú? ¿Puedo robarte una fruta?
Árbol Tsef: Las cosas, para usarse.
Niño mago: Y dices que soy yo el que habla como Simón. Esto es peor que una quijotización.
Árbol Tsef: Pero nadie como el Maestro Cervantes.
El niño se rió, estiró su mano para alcanzar una manzana del Árbol Tsef.
Niño mago: Nadie como él. ¿No fuiste tú el que me dijo que no habíamos de intervenir en el viaje y sólo debíamos observar?
Árbol Tsef: Simón me ayudó a redescubrir mi nombre, se lo debo. ¿Y tú? Tu no has hecho nada por mí, más que crearme para maldecirme.
El niño mago abrazó el tronco del Árbol Tsef y le besó.
Niño mago: Perdóname… perdóname. Tu maldición todavía no termina. Todavía falta que encuentres esa otra parte de tu nombre.
El Árbol sonrió.
Árbol Tsef: Hay una parte de mi historia que todavía no he dicho.
Niño mago: Eventualmente haz de decirla y así, conocerás el destino. El destino final del Árbol que ha caminado durante centurias para encontrar su nombre. ¿Estás seguro que de veras quieres buscar el faltante? Puedo recoger mi cuaderno y buscarlo por tí.
Árbol Tsef: No lo hagas. He de hacerlo yo, a mi debido tiempo. ¿Por qué no acompañas a Simón? Está triste porque ha perdido una llave.
Niño mago: ¿Crees que deba intervenir? Todavía tengo mucho que escribir, mucho que inventar, mucho que crear.
El Árbol Tsef miró al niño durante largo rato y el niño correspondió con una sonrisa.
Niño mago: Lo tendré que hacer eventualmente, también. Encontrar mi destino. ¿Entre tú y yo, mi querido Árbol, quién lo encontrará primero?
El Árbol no respondió, observó al niño morder la manzana y alejarse a la habitación de Simón Dor.

Querido Diario:

No he querido salir desde que perdí la llave de Beatriz en el Laberinto. Regresé una última vez, durante la madrugada (o lo que mi cuerpo siente que es madrugada, ya que es difícil decir cuando las nubes son grises y la única referencia del tiempo es la noche en la popa y el día en la proa) y recogí las semillas que encontré. El temor me embargó cuando me di cuenta que el Laberinto había cambiado de forma y sólo pude recuperar tres de las semillas, ya que los pasillos por los que había pasado el día anterior habían cambiado de lugar. Los muros de niebla dentro del Laberinto se comportan caprichosamente cuando no estoy adentro y todavía no sé, que criterio es el que siguen para hacerlo.

Hacerme sufrir, tal vez.

Ya solo restan veintiseis días con sus veintiseis noches y he perdido una llave por un temor estúpido. Ni siquiera valió haber visto a Beatriz. Sólo perdí la llave. Un temor idiota que bien pudo surgir por la borrachera de aquel día. ¿Sabes el dolor que me causa? ¿Lo inepto qué me hace sentir perder una llave que ni siquiera he utilizado? ¡Imbécil, imbécil, imbécil!

El niño mago ha entrado a la habitación y me está mirando llorar. ¿Llevará ahí mucho tiempo? No hemos cruzado palabra y creo que a diferencia del Árbol Tsef, a éste no le interesa hablar conmigo. ¿De qué podría servirle yo, al niño creador de historias? ¿Al inventor qué no ha encontrado el punto donde se conjuntan todos los universos, si no que más bien se dedica a hacer otros nuevos? Mal, mal, mal. El niño mago sigue mirando el curso de mis lágrimas.

Alcé mi mirada y confronté la suya. Sonreí lentamente, esperando ahuyentarlo como lo he hecho con otros niños. Olvidé que este niño no es normal, me correspondió la sonrisa y mordió su manzana.

—¿Quieres que te regale una mariposa, Simón?

Congelé mi sonrisa. Esperé. El niño dibujó una mariposa en el aire y ésta voló hacia a mí, para después disolverse en la realidad.

—Muy bonito. Desde que te conozco, me has dañado. Vivía feliz en mi oscuridad y mi amargura. Tenías que aplastarlo todo con tu sabiduría inocente. ¿Sabes cuál fue el peor crimen qué cometiste? Iniciar tu trabajo conmigo y luego abandonarme. Así como hiciste con el Árbol. Empiezas las historias o intervienes en unas ya hechas para nunca darles final, cabrón malnacido. Eres el constante inicio, el constante infinito. Haz de empezar una para dar nacimiento a varias y nunca terminarlas. Esperas que los que has dañado lo hagan por tí, pero nunca es así.

—Así es la magia, Simón. La magia no está en el final, ni en el inicio. La magia está en como correspondes a la ilusión. La magia estará en el eterno centro. El desarrollo eterno.

—Que metafísico estás.

El niño mordió la manzana.

—Es el hambre —respondió—. ¿Recuerdas cuándo nos conocimos?

—¿Importa hablar de eso? La consecuencia fue una temporada en el manicomio, con todo y mi cordura.

—¡Pero mira todo lo que lograste! —exclamó el niño y extendió sus manos para caminar alrededor de la habitación.

—Una prisión que me llevará a mi muerte.

—No seas tan duro. Lo que importa es que aceptaste la magia.

—La he corrompido.

—Nadie dijo que fuera fácil.

Callé, fue cuando pude ver a través de los ojos del niño mago.

Le sonreí de lado.

—¿Cuál es tú destino? —pregunté.

El niño me miró extrañado. No esperaba la pregunta y como un espadanchín que tiene la ventaja, le presioné.

—Tú también estás aquí por algo. Todos vamos al mismo lugar, en cierta forma. O el camino ha de dirigirnos a otros destinos, pero es el mismo camino. ¿Cuál es el tuyo? Vamos, no te pretendas el tímido. Lo de niño sólo te queda por la estatura. ¡Y yo qué creí que estabas aquí satisfaciendo un mero capricho infantil! Soy un imbécil triple al no observarte con atención antes.

El niño mordió su manzana y sus ojos, sus ojos se volvieron oscuros, tenebrosos. Metió una mano en el bolsillo de su pantalón, se paró recto y cabizbajo, siguió mirándome. Parpadeó siete veces antes de responderme. La sonrisa de él se perdió en algún momento.

—¿No sabes, quién soy yo, Simón?

—Por supuesto que sí, Simón Dor.

Pasado y futuro.

Prendí un cigarrillo.

—Más claro no podía ser. ¿En qué momento de la vida…?

—Cuando murió Beatriz.

—Pero a tí todavía no se te ha muerto. ¿Por qué insistes? ¿Por qué me lastimas con la magia y el idealismo que existía antes de que me golpeara la realidad? No, no seas así. Lárgate y sé feliz. Vete y sálvala antes de que ocurra. Insístele que no se vaya en ese coche con su hermana y con su padre. Enférmala de gripa para que no se levante ese día.

El niño sonrió y perdió la oscuridad. Volvía a ser el mismo niño mago. Miró la manzana y notó que ya no le quedaba más que morder.

—Es que… es inevitable Simón. Yo me convertiré en tú. Beatriz fue nuestro momento cumbre, el que nos ha separado en personas que caminan en el mismo camino y no sabemos si con el mismo destino o no. A mi me hizo Fé, a ti te convirtió en Razón. Espiritu y Materia. Magia y Ciencia. ¿No era Beatriz todo ello? ¿No era Beatriz el balance?

—Vete ya, sálvala. Eres el pasado, todavía estás a punto. Eres el niño que puede dibujar historias y narrarlas. Eres el niño que lee por contar, no para escapar. Vamos ya, pinche chamaco, lárguese a vivir.

—Si me puedo convertir en tú antes de perderla, será mejor. No habrá ruptura. Seremos un sólo ser.

—¿Estás dispuesto a sacrificar la Magia por ello? —pregunté, me senté y reí. Reí tanto.

—Lo estoy. Si eso ha de salvar nuestro futuro.

Reí más.

—¡Tienes tantas historias que completar!

—Es mejor si todo lo cortamos de raíz.

—Inevitablemente te haz de convertir en mí porque nunca estuviste ahí para detenerla. ¡Pudiste detenerla! ¡Pasado miserable! —reí más—. ¡Pudiste decirle, rogarle, llorarle, amarle, reírle, sonreírle, quererle, que no fuera! Que no se suba… que no se suba a aquel coche.

—¿Sabes qué eres tú, hoy, Simón?

—Un muerto que camina —mi risa se transformó en llanto, y luego regresaba a risa.

—Si puedo convertirme en tú, en mi pasado… entonces lo lograré. No habrá Beatriz. Mi magia no basta, necesito tu razón. Necesito que me apoyes Simón. Haz decidido negarme, entonces yo te acepto como eres. Seamos lo que tú quieras. Estoy cansado de jugar y de alegrarte la vida, estoy cansado de enseñarte lo hermoso que es sentir y me dolió más cuando el sentimiento renació para no ser satisfecho. ¿Qué hiciste tú? Saliste a gritarlo a los cuatro vientos y a caminar con bandera oscura. Me volviste a relegar, en vez de ayudarme.

—¿Hablas de…?

—Aquella mujer.

—La de Fest.

—Esa misma.

—Las circunstancias no podían ser bellas, mi querido niño mago. La vida no es un cuento de hadas.

—Tal vez no. Pero no necesito que me dificultes la vida. Beatriz ha muerto y aquella otra, dijo que no. Este pasado ha decidido convertirse en tú, con todo lo que significa. He de morir, Simón, y sólo quedarás tú. ¿No es lo que siempre has querido? ¿No me has negado siempre? Si no quieres abrazar el Eros que te ofrezco, si no me permites que te ayude a mirar más allá… entonces a tu manera Simón. De veras que estoy muy cansado…

El niño se sentó y bajó la mirada.

—Regrésate por favor, todavía estás a tiempo. Todavía estás a tiempo de salvarla, de decirle que no se suba a aquel coche. De pegarle la gripa. Todavía estás a tiempo de quererla, amarla, sentirla, vibrarla, adorarle viva.

Todavía faltan veintiseis días, con sus veintiseis noches.

Arbol I.

Este post es parte de una serie, llamada “Segunda parte del diario de Simón Dor: El viaje”. Anotación 24 de 48


Día 70.

—Árbol Matías, Árbol Missandrosot, Árbol Lajnatreko, Árbol Torniran.

Escuché pacientemente al árbol decir sus nombres en mi habitación y lo observaba. Noté el efecto extraño en su corteza ahora que lo miraba con atención. Las marcas en la madera eran letras que constantemente fragmentaban sus líneas para juntarse de nuevo y formar nuevas letras. Incluso letras desconocidas para el hombre. Esas letras se movían y se arreglaban para formar palabras a las que el árbol les llama nombres.

La palabra “Matías” se repetía hasta veinticinco o treinta veces en tan sólo unos segundos. El Árbol estaba buscando todas las variantes posibles en ese nombre, así como seguía buscando en las letras existentes. Me dio lástima y comprendí porque pedía mi ayuda. No habría de encontrarlo jamás, no de esa forma. Las probabilidades de que lo formara eran casi nulas. El pequeño un porciento de un ciento que tenía que cargar en sus ramas.

—Árbol Tandraerin, Árbol Tsafialam, Árbol Tsolom, Árbol Tujaran.

Bebí más tequila, continué mirando y escuchando, después salí a la proa y el árbol me siguió despacio. El niño mago no estaba.

El árbol continuó diciendo palabras sin sentido alguno y descubrí el método. El Árbol formaba las palabras en su corteza y al encontrar una que pudiera sentir era indicada, la nombraba en voz alta. Lo primero que nos identifica es el nombre y cuando nos presentamos, cuando escribimos una carta, cuando sea… es el nombre el que proyectamos como identidad. La identidad es lo primero que nos pertenece, es lo único que tenemos. Así entendí, que el Árbol no tenía nada y para tenerlo todo (al menos, todo lo que necesitaba), debía desesperadamente buscar su nombre.

—Árbol Miat, Árbol Godeleth, Árbol Thundras, Árbol Zeuzt.

¿Has notado la facilidad, querido Diario, con qué nos inventamos nombres y nos los adueñamos? ¿Has notado, también, qué al inventar ese nombre, nos adjudicamos ciertas características? Si nos presentamos como Pepe, somos divertidos, familiares o hasta cierto punto, comunes. Si nos presentamos como el Mayor General Tercero Gunther Albatross, nota la fortaleza combinada con ridiculez.

¿Por qué, entonces, el Árbol no se inventa un nombre? Te lo dejo de tarea, la clave está en sus raíces. No puede inventar un nombre porque está maldito, desde que nació está maldito. Y andará caminando y con los cuervos picoteándole las ramas hasta encontrar el único y verdadero. Él no tiene libre albeldrío, se lo quitaron las circunstancias y la vida. Él no ha decidido rendirse, prefiere inventarse las palabras que le permiten las millones de combinaciones posibles.

Esas son, básicamente, las diferencias cósmicas entre él y yo.

—Árbol Herioth, Árbol Astaroth, Árbol Argoth, Árbol Argarath.

El árbol dudó con los últimos nombres.

—Has hablado en el lenguaje antiguo de los dioses —le dije.

—Cuando eran Lagrim y Hurton, es verdad. Los últimos dos, ¿lo notaste?

—Sí. Dime una cosa, ¿qué nombres te han afectado?

—Matías, Fest, Simón, Argoth, Argarath, Daniel, Job, Bohrs, Santiel, Bono, Ezequiel. Estoy cansado Simón, me has hecho notar que no importa. Que son tantos nombres los que me han afectado que no importa ya, que sucederá lo mismo. Caminaré y caminaré, seguiré caminando y luego andando y así corriendo. Jamás he de encontrarlo.

Le sonreí y bebí más de mi tequila.

—¿Cómo naciste?

—¿Perdón?

—El niño, el niño plantó la semilla, ¿no es cierto?

—Así es.

—¿Cómo se llama el niño?

—A él no le importa su nombre, puede inventarse cuántos quiera y le dará igual.

—Es cierto. Vamos, piensa. ¿Cómo naciste? ¿Por qué el niño plantó la semilla?

El árbol se quedó callado durante unos instantes y después recitó la historia tal como la sabía:

Es bien sabido, que el niño mago un día se encontraba muy triste después de una gran guerra que ocurrió entre hombres. Sin forma de poder escribir historias, entonces las hizo reales. Acudió a la magia y al polvo de arte para caminar en el mundo devastado y revivir el antiguo conocimiento del ser humano. O al menos, lo poco que sabía que era mucho.

Así fue cuando inventó mi semilla, un día que se sentía desanimado y me cuidó durante cuarenta días y cuarenta noches. Regándome con agua y abriendo las nubes para regalarme la luz del sol, donde fuese necesario. Crecí y florecí, el niño me abrazó y lloró, me dijo estas palabras: “Querido árbol, perdóname por hacerte ésto. Eres el opuesto a la celebración de la vida, porque ya no hay más vida en ésta tierra. Serás maldito y caminarás durante eternidades, buscando tu nombre y siendo picoteado por cuervos… los cuervos, los muertos. Tus recuerdos que no existen. Mi querido Árbol, ahora, escucha ésto… escucha el festín de muerte que existe alrededor, levanta tus raíces y camina como es mi mandato”.

Amen. Levanté mis raíces y andé. Como él dijo que debía ser.

El letrero de Libre se cayó al piso y se quebró. Esa frase me gustó en el viejo Jaramillo cuando la escribí, aquí sucedió algo similar.

—¿Te sabías tu historia antes, árbol?

—Si, pero nunca la había contado a nadie.

—Hiciste mal, con lo que me acabas de decir, justo creaste tu pasado. ¡Dime, dime el nombre que te nace ahora!

El árbol abrió como centella sus ojos y empezó a recitar con asombrosa rapidez todas las letras que aparecían en su corteza. Se escuchó con claridad que resaltó con claridad—:Árbol Tsef.

Árbol Tsef.

Las ramas crecieron en el árbol, presentando diversos frutos de colores, olores y sabores. El árbol reverdeció rápidamente, al toque de agua nueva que era en sí, su pasado. Se escucharon gritos tremendos de dolor por la rápidez en los cambios físicos.

—No está completo tu nombre, no todavía —me atreví a decirle, el árbol jadeaba y respiraba muy lentamente por el dolor—. Y yo, no sé. No sabría decir cómo conseguir el resto.

El árbol se quedó en silencio y miró el mar sucio y las nubes grises perderse en el horizonte. Miró hacia arriba sonriendo, su pequeño pedazo de cielo que era azul y le presentaba el cuarto de rostro de un sol hermoso.

—¿Hacia dónde vamos, Simón?

Le di una palmada, decidí no responderle. Me metí a mi habitación y me terminé otra botella de tequila. Estaba cansado y quería dormir.

28 días / 28 noches.

Anciana Ciega I.

Este post es parte de una serie, llamada “Segunda parte del diario de Simón Dor: El viaje”. Anotación 19 de 48


Simón Dor no prestó atención al súcubo (de nombre Mama Esirasaft) que se había instalado en su barco, le dejó ser… le intrigaba más la isla tan pequeña donde solo cabía una palmera y una choza en ella. El modesto espacio que podía considerarse playa apenas alcanzaba para una silla mecedora donde una vieja gorda y morena, con los ojos cerrados, estaba sentada y meciéndose suavemente a pesar de los gritos de la mecedora, que pedían descanso.

Gritos acostumbrados, juzgó Simón. Gritos ya cansados de gritar.

Mojalnir se acercó muy despacio a la isla y Simón miró asombrado, como las nubes grises daban paso a la luz de luna iluminando tenuemente el rostro de piedra de aquella anciana de ojos cerrados. ¡Las nubes se abrían exclusivemente para ella! ¡La luna, incluso, mostraba un cuarto de su rostro para iluminarle!

—No puede ser… —susurró Simón—, es ella. Después de tanto tiempo. Es ella. Igual de cansada, con la piel hecha piedra como era en mi juventud. Con esa misma voz con la que me hablaba en sueños, cuando aquel entonces… en Jaramillo.

La vieja se mecía y Simón podía escuchar sus palabras que eran llevadas por el viento—: Todo tiene un inicio y un fin. Es un gran círculo, donde extremos se juntan y no importa que extremos sean, porque será el fin y el inicio hecho uno sólo y daran paso a otro inicio y otro fin. Como aquel niño que hizo un Newton-Rhapson a mano, en las hojas de su cuaderno, llevaba cien y después doscientas hojas, luego compró otro cuaderno donde se descubrió otro principio y otro finito… doscientas hojas no le bastaron y fue a comprar un cuaderno más. Llevaba tres cuadernos y debemos notar qué, cada cuaderno encerraba un principio y un fin, pero también es importante darse cuenta, que los tres cuadernos juntos formaban un principio y no le daban un final, debería comprarse cuadernos indefinidamente para descubrir el final del círculo y entre más historias escribía o más newton-rhapsons resolvía… el círculo se hacía más grande. Nunca un final, nunca un principio, porque estaba en todas partes.

El niño mago escuchó atento, boquiabierto y con los ojos vidriosos, casi derramando lágrimas. Simón le observó atento y casi fúrico, le urgía llegar con la vieja. Sentía que Mojalnir estaba atrasando la llegada a la isla deliberadamente.

—¡Vamos Mojalnir! ¡Más rápido!

La vieja se mecía y Simón podía escuchar sus palabras que eran llevadas por el viento—: Es cierto que así, existió después el árbol de los mil nombres. El niño para ser un joven nuevamente, tuvo que separar su idiotez y su sabiduría, su fealdad y su belleza, su maldad y su bondad. Porque cada Historia llevaba una dualidad y cada Newton-Rhapson las proporciones caóticas del ser humano. El Árbol de los mil nombres lleva en las grietas de su maltratada corteza, cada uno de los nombres que el niño ha inventado y siguen inventando. La búsqueda puede ser indefinida y eterna… porque el niño no ha escrito un principio y no ha escrito un final. El árbol ha de andar eternamente, juzgando y recogiendo los restos que han quedado… los decimales sobrantes para sumarlos y después dividirlos entre dos, con la esperanza de que así salga el entero. Su nombre.

Simón miró al árbol de los mil nombres y le vio más marchito y triste que de costumbre, sus ojos caídos y vencidos, su boca cerrada y temblando.

—Y ahí viene —dijo la Anciana ciega al fin— El hombre que los reune a ambos y a la vez, los separa constantemente. Simón Dor, claro está. ¿Es esto un inicio o un final? No lo sabemos, probablemente se han reunido los extremos del círculo nuevamente, haciendo del principio y el finito un sólo momento ocurriendo simultaneamente. Los bienaventurados le llamarán Génesis, los malaventurados creerán que es el Apocalipsis.

El barco llegó a la playa y se quedó quieto.

—Yasmín.

—Simón… o ¿Matías? Hace años que no nos vemos.

Cuando el árbol de los mil nombres escuchó el nombre de Matías profirió un grito espantoso, se escuchó un CRAC en la corteza del árbol y las ramas secas —excepto una— cayeron. El niño mago se levantó espantado y lo observó ansioso, en la rama seca que restaba colgaba una manzana. Los cielos abrieron un pedazo encima del árbol y la luz del sol (con un cuarto de su rostro), iluminó esa manzana.

—No es mi verdadero nombre —dijo el Árbol— pero se acerca terriblemente… ¿te diste cuenta?

—Si —respondió el niño mago. Ambos personajes voltearon a ver a la playa, donde Simón ya estaba bajando de las escaleras hechas de cuerda para saludar a la anciana más de cerca.

—El nombre de Matías lo abandoné hace eones.

—Has abandonado muchos nombres. Te recordaba como un joven loco… y es esa locura la que te ha traído hasta aquí.

—Tú me volviste loco.

—Esa es una de tus tantas excusas.

—Dejé Jaramillo hace tiempo.

—Jaramillo sólo es ficción, ¿no lo hizo así El Libro? No estamos aquí por Jaramillo, Simón. Haz la pregunta.

Sonó un relámpago en las nubes grises y llovieron cerezos negros que se disolvían apenas tocaban algo sólido.

—Lo has buscado desde que saliste de tu lugar —sonrió Yasmín— Sólo me tienes que hacer la pregunta.

Simón le miró, después, sacó un cigarrillo y sus cerillos. No fue hasta el séptimo intento que pudo prender uno.

—La inmortalidad —dijo Simón—. Así es, la inmortalidad.

Un relámpago cayó en la palmera de la isla y éste empezó a incendiarse.

—Pero también quieres morir. —dijo Yasmín y alzando los dedos, hizo que el cigarro de Simón flotara lejos de sus labios para robárselo, le dio una fumada y luego sonrió—. Quieres ambas cosas y ninguna… ¿Puedo acompañarte Simón? Prometo no molestarte en tu viaje… después de todo, soy una santa.

—Sírvete.

La vieja se paró y llevó la silla en sus manos, después se metió a su choza. Simón prendió otro cigarrillo y no esperó, se subió a su barco y éste echó a andar sólo. Los mares se abrieron para hundir a la isla, el delfín le sonrió a las burbujas que salieron cuando el pequeño pedazo de tierra se encontraba en el fondo del mar.

El viejo amargado observó fascinado la manzana de aquel árbol de los mil nombres y luego al niño. Se dedicaron una mirada durante unos segundos y después echó a andar a la popa… en ella ya se encontraba instalada la anciana ciega, con su silla mecedora mirando hacia el pasado. Se sonrió Simón, si Fest estuviera ahí, tal vez pudiera explicarle el símbolo de llevar al día y la noche en su barco, persiguiéndose etérnamente.

—Como Lázaro y Selene, algunas historias se repiten —se dijo.

—Antes de decirte como puedes ser inmortal Simón… —dijo la Anciana—, debo hacer un recuento de todas las almas que me he robado.

—Tómate el tiempo que gustes. No puedo morir antes de saber como ser inmortal.

—Son tantas, en tantos universos paralelos, en tantas eternidades que he vivido, que podría no acabar nunca Simón y tampoco… empezar, porque mi historia es la viva representación del fin que nunca fue escrito y el principio que termina la historia.

Simón asintió y se fue a su cuarto, donde en su diario escribió un anexo:

“Faltan treintaitres días con sus treintaitres noches. El día de hoy, después de matar a los piratas: no sucedió nada”.