Entrevistatum est arboltsef.

Recuerdo una entrevista a Juán Rulfo, donde el entrevistador estaba más maravillado de tener a uno de los más grandes cuentistas de los tiempos, al escritor que nos presentó e Faulkner y la delicia e importancia de escribir la voz hablada, que hacer las preguntas. El entrevistador, cuyo nombre olvidé, tenía los ojos bien abiertos, sonreía con las preguntas que hacía, y los gestos de sus manos eran efusivos. Mientras tanto, en la otra esquina, Juan Rulfo en persona, vestido de traje, pulcramente peinado y afeitado, respondía las preguntas pausadamente, con las manos firmemente sobre las rodillas, y me pareció escucharlo un tanto impaciente, como si le preguntaran cosas que ya se supieran y no hubiera necedidad de repetirlas. Pero eso sí, cuando a Juan Rulfo le preguntaron acerca de lo que había leído, cambió su semblante y numeró una larga lista de libros que muchos de nosotros, jóvenes escritores, debiéramos haber leído antes de siquiera presumirnos lectores y escritores. Ahhh, pero en este tiempo de películas, de canciones, de (post)postmodernismo, de colectivos y fusión de las artes, en este tiempo de confusión donde no se sabe si leemos una película, escuchamos un libro o cantamos un guión… qué chinguita abrir un libro y nomás dedicarse a lo que se llama leer, ¿verdad?

El propósito de la entrevista, algo que no entienden los escritores, es para fascinar al entrevistador y sus oyentes con un discurso y anécdotas de su vida, su oficio, los personajes que ha conocido, sus puntos de vista en cuanto a materia política, social, cultural y el bien o el mal. Cotilleos entretenidos. Argumentos convincentes. Una charla agradable entre amigos. Desnudar a la persona, descubrirla, exponerla. Probablemente muchos jóvenes rojillos y mexicanos, se fueron muy tristes y confundidos, cuando Pablo Neruda, en el auditorio Che Guevara de la Universidad Nacional Autónoma de México, empezó y terminó su discurso hablando de plátanos en vez de platicar su punto de vista de la situación Latinoamericana y el comunismo. A mí me basta imaginarme el discurso y la ansiedad de los chamaquillos de mi edad para soltar tremendas carcajadas. Es más efectivo que Gabriel García Márquez declarando que el Quijote finalmente pudo leerlo mientras estaba en el baño. La entrevista es practicar el arte renegado de la oratoria, y si Octavio Paz tuviera razón, hablar es el lenguaje natural de la poesía y escribir prosa es aprisionar el habla. Los escritores como Rulfo o Márquez, dedicados a su prosa, pues pierden… porque una cosa es escribir, y otra cosa es hablar en prosa acerca de tu vida. Es posible desencantarse de un escritor tan sólo escuchándole hablar. ¿Por qué no habla tan bello como escribe?

Pues porque no esta escribiendo señora, esta hablando. Pero bueno, eso si no tomamos en cuenta, también resultado del postmodernismo y la fusión de estilos, que existe la prosa poética como algo válido y estudiable. Ahh, qué chinguita, abrir un libro y leer nomás, ¿verdad? Mejor dejemos ese tema tan trillado a expertos literatos.

Ayer en la mañana, caminaba yo pensando—: ¿Y por qué me van a entrevistar? —Porque fui convocado a que me entrevistaran y la verdad, no soy una estrellita como para decir que no. Hice mis anotaciones mentales mientras buscaba un taxi para llevarme a cierto Vip’s, donde alguna manera, se han dado mis reuniones más importantes y aunque ya me habían entrevistado algunas veces por e-mail, por irc o por msn, una entrevista en persona… caray. Me preguntaba si el señor Feben llevaría una grabadora y si podría hablar al menos unos quince minutos o veinte sin equivocar lo que decía o hablar mentiras. ¿Debiera inventarme amantes? ¿Elaborar acerca de mi soñada profesión como productor de cine porno? ¿Qué me iban a preguntar? ¿Acerca de mi ajetreada vida en el medio publicitario? ¿De mi opinión acerca del No Circula para los sábados? ¿O de mi éxito como un blog escondido dentro de la blogósfera? Llegué un poco antes que el señor Feben, lo que me dio tiempo de pedir un café y fumarme un cigarro en lo que pensaba las posibilidades.

Cuando llegó el señor Feben, nos saludamos, le pregunté de qué trataba esto y sí, casi inmediatamente prendió la grabadora. Si gustan leer la entrevista pásenle por aquí. Gracias a Chilango por la fé que le tienen a mis sueños porno. (Que no me lea mi suegra, que no me lea mi suegra, que no me lea mi suegra).

Después de Dralion…

…les escuché hablar. Cuando cenábamos en un restaurante chino, a las 12 de la noche.

Les escuché decir esas mismas palabras, que han dicho antes. Sin embargo, ahora el que estaba en el patíbulo era yo.

Me sentí incómodo. El momento había llegado.

Era un momento que ya me esperaba. Que me había imaginado mil formas. Y en la imaginación, no imaginé las respuestas que daría, ni los argumentos que sostendría para decir que tenía razón.

Y como imaginé, no pude decir nada aún pudiendo haberlo dicho todo. Dejé que hablaran y deseché las respuestas que podía darles. No las escucharían. Me sonreí, se han invertido los papeles: ahora son ustedes los que no escuchan.

Permití que me aventaran como una pelota de ping-pong.

En el fondo estaba muy contento, había descubierto que ellos ya sabían. Ellos ya sabían que tan en serio iba.

Los dejé hablar.

Fue como si me quitaran el peso de todos sus fracasos, aún cuando me los estaban poniendo en el hombro. Querían hacerme entender a fuerza de palabras.

Los dejé hablar.

Cuando terminaron, nos fuimos a casa. Cuando caminábamos hacia el departamento, miré a mi madre y le puse una mano alrededor del hombro.

—¿Por qué se preocupa por mi, mamita? —le dije. La escuché y después le dije todo lo que ella debía saber al respecto.

Creo que por primera vez, me escuchó. Muy a su manera, pero lo hizo.

—Tienes razón —dijo ella y otra sarta de cosas a las que no presté atención.