Mi madre, en un intento por recuperar mi cariño filial, llevaba a mi abuela el día de mi cumpleaños a que ella eligiera sutilmente las cosas que debían de haber. Que regalos eran los indicados, que pastel debía ser, que colores me gustaban en la ropa, etc. etc.
Mi abuela conocía mi gusto a la perfección.
Claro, como no, después de todo ella me crío.
Mi madre al menos se tomaba la molestia de preguntar a alguien que si sabía, debemos darle ese punto.
El cumpleaños pasado ya no había super abuela a quien recurrir, así que yo tuve que elegir mi pastel y curiosamente, me cuidé de que fuera como elegido por mi abuela. Aquí es donde yo me pregunto, ¿de quién es el gusto?
Y después, en el año pasado, prendimos la velita y cantamos la canción y me di cuenta que no valía la pena, no había abuela que observara silenciosa esperando el momento de sacar los platos y las tazas para el chocolate.
Pasó… no pedí ningún deseo, nada. Sólo esperé a que el martirio terminara. Este año, el pastel ya lo hubo, mi mamá fue inteligente como para comprarlo antes y nos lo comieramos tranquilamente, sin vela y sin canción.
Después de todo, no hay hermano que hiciera mella al respecto. No hubo velitas, no hubo canción, nada de la familia reunida… 21 años como deben ser.
Escuchando: Moby. f. Gwen Stefany - Southside.