Febrero 23, 2004 — El 100 Vidas.
Escrito por Agustin Fest.
Suspiró y siguió barriendo, con el sol escondiéndose tras los edificios. Izquierda y derecha, barrer y mirar la calle, se decía. No podía darse lujos como batman, o como López Portillo. ¿Cómo se atreve a morirse ese cabrón sin pagar?
Al menos sufrió, pensó el barrendero de ropaje naranja y escupió en el piso. Continuó barriendo, había mucha calle en los horizones que se perdía y se perdía. Desde el cielo, le habían dicho, la Ciudad se veía perfectamente bien estructurada. Él sabía que no era cierto, por como se movía en ella… o tal vez era cierto: Era una ciudad perfectamente bien estructurada, por un ogete.
Suspiró y continuó barriendo. A su lado, su nuevo compañero (un viejito, muy chaparrito, de facciones alegres y ojos vencidos): Guadalupe Espártaco, empujaba los tambos y las escobas de ramas. Le miraba extrañado, como siempre a decidirse a decir algo pero no lo hacía. Fue ese día, mientras el barrendero barría, que Espártaco le sonrió y finalmente le preguntó—: ¿Cuántas llevas?
—Como tres o cuatro calles, chinga… ¿por qué preguntas, si me has venido acompañando?
—No me refiero a eso —dijo Espártaco riendo alegremente—, ¿cuántas vidas?
—Sólo una y la que me dio el Señor Jesús.
—Simón… —respondió alegre Espártaco—. Todavía no estás consciente, porque te quedan muchas por delante. Eres el quinto que veo en mis dosmil y tantos años de vida que tengo y eres el más inocente. Es que tú no lo has descubierto, no todavía.
El barrendero hizo una mueca.
—¿Qué chupaste Lupito? —dijo el barrendero con una doble intención.
Espártaco sonrió por el albúr. Siguieron barriendo en silencio, sin darse cuenta que un hombre les seguía, hasta el siguiente día… de nuevo la rutina, pero había algo distinto. Espártaco no estaba tan alegre, el barrendero le miraba más serio.
—¿Lo presientes?
—Ah pinche Lupe, ¿eres brujo de Catemáco o qué?
—La muerte —dijo Lupe y siguieron barriendo en silencio. El barrendero cada vez se sentía más incómodo, ¿acaso Guadalupe se drogaba con tiner? ¿Con cemento? ¿O qué chingaderas se metía? Suspiró y se encogió los hombros. Izquierda y derecha, hay mucha calle por delante y sólo una vida. ¿Qué no ves?
Guadalupe sonrió, adivinando sus pensamientos, y le tocó el hombro para detenerlo.
—Mira allá atrás.
El barrendero obedeció, un hombre de chamarra negra y jeans estaba recargado en el poste. El viento cesó y el tiempo ya no existía. Ahí estaba, lo inexorable, lo inevitable. Era la muerte.
—En tus últimas vidas, lo habrás de reconocer —le dijo Guadalupe—, por lo mientras yo me voy.
Guadalupe le dio una palmada en la cabeza al barrendero y después se alejó corriendo, gritando a toda voz—: ¡Corre! ¡Corre hijo de la chingada! ¡Qué no nos alcance nunca! —Se escuchó las carcajadas del hombre de chamarra negra y jeans, y el barrendero lo miró correr hacia la dirección donde Guadalupe corría. Los vientos se alzaban, la basura revoloteaba en la calle tranquila y confundido por todo lo dicho, sólo pudo pensar en que tendría que barrer más.
Barrer y mirar la calle…
¿Por qué barrer?, se dijo el barrendero, a final de cuentas… vida sólo había una y si eso que había visto era la muerte, ¿para qué desperdiciarla barriendo? Suspiró, se sentó en la banqueta y miró en el suelo a un grupo de hormigas. ¿Por qué, no mejor ser una hormiga?
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Noviembre 1, 2003 — Cuenta-Cuentos.
Escrito por Agustin Fest.
La entrada de Guadalupe Espártaco al orfanato de Burgos, fue usualmente, inusual. Gritando a todo volumen “Stairway to Heaven”, más como Zappa que como Zepellin. Caminó estrafalariamente, casi bailando y saltando. Los niños salieron a recibirlo y como siempre, Espártaco fingió espantarse… poniendo el cuerpo rígido y como una estatua, se quedó estático pretendiendo escapar.
Se escucharon las risas y los gritos de los niños, cuando Espártaco fingió ser un tiburón y les persiguió por todo el patio. Burgos le observaba desde la ventana con una sonrisa y Heber, no sabía que esperar de un viejo así. Tan lleno de vida. Le brillaban y se le apagaban los ojos como estrellas y sus dientes, blanquísimos y pequeños, contrastaban con su piel morena y arrugada. Espártaco tenía el cabello totalmente canoso, recogido en una cola de caballo que le caía hasta la mitad de la espalda. Era un hombre muy pequeño, no más de un metro con cuarenta, y de espalda muy ancha, aún siendo delgado. Tenía una nariz ancha y abultada. Sus ojos eran pequeños y alargados, dándole un cierto rasgo oriental.
Heber se tuvo que tragar impaciente los juegos de Espártaco con los niños. Miró a Burgos ancioso un par de veces, pero éste seguía sonriendo y a veces riendo de las ocurrencias de aquel hombre. Heber bufó sarcástico un par de veces al ver como Espártaco, de un tiburón se transformaba en un tigre y después, en un luchador enmascarado al cual vencían los niños entre todos. Pensó que era un viejo muy ruidoso.
Observó más allá del viejo y de los niños. Creyó ver la silueta de un hombre, vestido de abrigo y con un sombrero de bruja. Entreabrió los labios y miró hacia Burgos, le jaló el saco de religioso para que le hiciera caso cuando le señaló. Cuando los dos hombres miraron hacia allá… ese hombre ya no estaba ahí.
Espártaco se quedó muy serio y volvió la vista hacia donde miraban Heber y Burso. Asintió y se perdió el ruido de los niños gritones en la distancia. Les sonrío, con las estrellas apagadas, y les dijo que debía ver a Burgos. Luego jugarían.
A Heber casi le dio lástima mirar a Espártaco caminar serio y se arrepintió de su ansiedad. Sintió un repentino deseo de regresarle la alegría a Espártaco, quien en cuestión de segundos la había perdido. ¿Él también había mirado la silueta? ¿Era la razón del cambio? Heber Dor se acarició el rostro avergonzado y suspiró, deseó ya no pensar más en ello. Burgos carraspeó y se arregló el saco, miró a Heber con una sonrisa disculpatoria, le dio una palmada en la espalda, caminó a la puerta e invitó al viejo a pasar.
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Octubre 31, 2003 — Cuenta-Cuentos.
Escrito por Agustin Fest.
Cuando se disfrazó de indigente para escapar a la Muerte, Espártaco se divirtió mucho. Aunque tuvo que pretender estar triste todo el tiempo y tuvo que alzar la mano para que le tiraran una moneda o dos. Era necesario no alzar la sospecha y así los jinetes cadavéricos —que le perseguían constantemente— no se daban cuenta quien era él.
Espártaco, en ese tiempo, llevaba contados dos mil seiscientos treinta y tres años. Y eso, un cáculo aproximado, ya que había unos cuantos miles de años atrás. Su pasado ya se había borrado en su memoria, ya que había tardado en encontrar la combinación de hierbas que le permitieran la conservación de las neuronas.
Y se hizo viejo, antes de encontrar la combinación de hierbas que le permitiera la conservación de su cuerpo.
Hay una combinación de hierbas que le permite rejuvenecer de vez en cuando, pero no abusa de ella… le gusta su cuerpo viejo.
Espártaco tiene hierbas para todo. O bueno, casi todo…
…porque no sabía como había adquirido su nombre, cuando decidió escapar de la muerte y por qué… no había hierba que ayudara a viajar al pasado para recuperar esas respuestas. Sólo sabía que escapaba de la Muerte.
Por el ocio, Espártaco se dedicaba a cazar demonios, pero no se lo digan a nadie. Buscaba en especial, a la más hermosa de todos ellos. A la madre que los parió. A Lilith. Habían peleado hacía muchos años atrás y cuando digo muchos, son tantos que es imposible contarlos… y en esa pelea, Lilith decidió esconderse. Desde entonces, solo puede sentirla durante breves lapsos de tiempo y nunca está cerca para alcanzarla.
Espártaco era muy paciente y se divertía escapando de la Muerte. Al fin y al cabo, no tenía prisa por encontrarla. Ni a Lilith, ni a su eterno perseguidor.
Es obvio que durante todo ese tiempo, Espártaco ha adquirido conocimiento que sólo poseen los cuervos de la Muerte, los Magos, los Inmortales, los Ángeles y los Demonios. Lo más importante, es que sólo lo conserva en su cabeza. Sabe lo que podría suceder, y lo sabe muy bien, si alguien más tuviera ese conocimiento. Por eso le buscan constantemente, no sólo la Muerte y sus jinetes cadavéricos, no, le buscan todos.
Al menos, todos los que saben de él.
Cuando era indigente, nadie sabía de él. Era muy sencillo y muy divertido pedir dinero. Pedir comida. Aprender a tragar fuego. Contar chistes en el transporte público. Tocar la guitarra. Declamar poesía.
Su juego favorito, siempre fue arrastrar una caja de cartón. La arrastraba a todas partes con una sonrisa de dientes amarillos y ojos cansados. Una sonrisa sincera, recordarían los niños que alguna vez le conocieron, aún los que se hicieron adultos.
Recordaban, como se metía él a esa caja de cartón o como la sostenía entre sus brazos (ya que la caja, cambiaba de tamaño acorde él la quisiera) y jugaba a soñar. Jugaba a que era nadie y que era todos. Un juego muy sencillo.
—¡Sairón Dukard es mi nombre! —gritaba Espártaco ante algún espectador curioso, de menos de siete años de edad—. ¡Y soy un pirata de los siete mares!
Se ponía la caja en la cabeza y hacía los gestos de un hábil espadanchín. Brincando de adelante para atrás. Así los niños sabían que ese hombre jamás había envejecido y se animaban a jugar con él. Los niños de donde fuera: un parque de algún mercado olvidado, un jardín de un condominio, niños de la calle en el centro. Si, los niños jamás olvidaron a Espártaco aún cuando él les olvidó con facilidad.
Pero la caja, como todo alrededor de Guadalupe Espártaco… se rompió un día.
Se aburrió de ser indigente y así se fué caminando, con una sonrisa sincera y ojos cansados. Mañana podría ser un barrendero.
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