V

Puedes ser lo que otros quieren que seas o bien, ellos serán lo que tu quieras

La Ciudad de México es un panorama difícil. Es un perro bien alimentado de sus propios ciudadanos. Es nuestro monstruo particular y es responsabilidad de cada uno de nosotros, quienes lo hemos construido. La ciudad de México es como las fotos de Sorry Everybody que se han tomado los gringos: donde algunos huyen de la responsabilidad del niño que han malcriado, mientras que otros le enfrentan con valentía. Y otros tantos, la mayoría que no da la cara, se sienten responsables y sobre todo, resignados. Como una redención, adoramos al monstruo creado y que este nos coma, no tenemos ningún derecho a reprocharle. ¿Y por qué permito que mis pensamientos se extiendan tanto?

Fácil, hoy el metro estaba lleno.

No venía de humor… acababa de presentar una exposición acerca de Gloria Sawai, una escritora canadiense que hizo su fama a los setenta años. Expuse su cuento más leído, cuyo título malamente traducido es: El día que me senté con Jesús en el solar y el viento sopló abriendo mi kimono y Él miró mis pechos. Un poco largo el título ¿eh?, Está traducido en una antología de cuentos canadienses editado por la UNAM. El título del cuento resume todo lo que pasa, así que dense una idea. Ya había acabado la exposición para cuando estaba en el metro (obvio), pero la tensión de exponer en otro idioma (inglés) aún me tenía con un tick en el ojo. Y la gente, la gente se arrejuntaba como un grupo de bueyes donde tuve la mala elección de ser el buey que estaba hasta el fondo. Me apretaron como nunca.

Entonces volteé y encontré que Ayer estaba a mi lado, sonriendo. Vaya modo de aparecerse. Acaso… ¿Es un ángel? ¿Un dios? ¿Algún delirio mental? Que importa, en ese momento, él parecía entenderme más que nadie. Su sonrisa creció como la de algún gato perverso.

—Vine a buscar a mi novia, pero no la veo en ningún lado —dijo Ayer y suspiró un poco—, siempre me hace lo mismo. Ya la veré mañana.

—¿La viniste a buscar al metro?

Él se rió—: Suena un poco raro, pero así es. Mala elección para ver a una chica, y más a esta hora.

—¿Aquí? ¿En el vagón? ¿En este vagón? ¿En este metro? ¿No es más fácil adentro de cualquier estación?

Él se acarició la cabeza y me miró un poco avergonzado, ¿dónde había visto esa mirada?

—Mi novia y yo no nos vemos desde hace dos semanas. No es porque no queramos vernos, más bien es porque nos inventamos el juego —Antes de que le pudiera preguntar, él continuó—: Ella y yo inventamos un juego donde nos citamos en un lugar y en una hora, de manera ambigua. Tan sólo nos damos pequeñas pistas. Si realmente nos vemos, será por casualidad o porque el destino así lo quiso. Hasta el momento, nuestro pequeño jueguito no ha funcionado pero prometimos no hacer trampa.

—¿Cómo se puede hacer trampa en un juego como ese? ¿Incluyendo un mapa en una botella de papel y dejárselo al otro en su casa? —dije medio burlón y Ayer sonrió.

—Podría funcionar —dijo Ayer, tomándosela en serio. Y nos callamos un rato, nos quedaban cuatro estaciones y mil empujones más.

—¿Crees en los universos paralelos?

—Si, si creo —respondí.

—Mira a la chica de suéter azul —me dijo Ayer y la señaló con la mirada—. Mírala bien, no te lo vayas a perder.

Le hice caso. La chica pasaba desapercibida, era un azul casi grisáceo, falto de vida. Una de tantas tonalidades azules que me gustan mucho. Parecía muy tranquila, un poco agobiada por la cantidad de gente pero eso era inevitable. Se mecía un poco por el movimiento del metro… no parecía aferrarse fuertemente al tubo. Ella seguía tranquila su viaje.

—Hoy… no existe ningún futuro, porque el futuro se come así mismo mientras vivimos el presente… y no existe el pasado, porque el pasado muere en el momento que el tiempo sigue su marcha —dijo Ayer, el movimiento del metro en el túnel tan ad hoc, parecía uno de esos momentos perfectos—, todo el tiempo está en un sólo lugar, en este instante que me escuchas. Continuamente avanzando. El tiempo sólo es uno. No hay nada que hacer por esa chica de suéter azul. En teoría, era inexorable que lo utilizara hoy. ¿Me entiendes?

—Creo que si.

Llegamos a la siguiente estación y miré a la chica de suéter rojo, me sentí triste: ¿tan condenada? ¿tan predestinada? … ¿suéter rojo? Miré a Ayer y este esbozaba una sonrisa perversa. Suéter rojo. La mirada de la chica había cambiado, estaba enojada y más agresiva. Su cara resaltaba más, se veía mucho más atractiva. ¿Un simple color había hecho la diferencia?. Las puertas del metro se cerraron, gente salió y gente se enlató. La chica del suéter rojo tenía un tipo atrás que se le pegaba ocasionalmente y ella volteaba a mirarle molesta, trataba de despegarse, de alejarse pero la gente… tanta gente.

—Tú eres como yo —dijo Ayer, no podía despegar la mirada de la chica de suéter rojo—. Puedes ser lo que otros quieren que seas o bien, ellos serán lo que tu quieras.

Cuando volteé a mirarlo, él había desaparecido.