Septiembre 21, 2007 — Del deber ser, Vida diaria.
Escrito por Agustin Fest.
Hoy pasaron dos cosas muy curiosas: Recibí un e-mail inesperado y ví a mi hermana. La ví de reojo mientras pasábamos por cierta preparatoria marista. Las orejas, los ojos grandotes, la piel blanca, la boca grande adornada con labios rojos. El mail que recibí esta relacionado a ese juego secreto que tiene un bastardo con su padre. Ella también me miró. Íbamos cada uno en el asiento del copiloto y tuvimos tiempo de cruzar miradas. Si el deber ser funciona, entonces ella no supo quien le arrancó todo con la mirada: la expresión, la cara, las similitudes soprendentes. Si no fue así, entonces ella hizo lo mismo y procedió a robarme un poco de mi alma. Una fotografía mental que es más impresionante de lo que realmente es. Dos personas que cruzaron los ojos no más de dos, o tres segundos, si bien nos fue y ya. El e-mail dice: “Simplemente, cuando llamaste no era el momento.” Me dio cierta paz saber que pensamos lo mismo.
¿Ahora sí es el momento?
Ahora sí es el momento para que me sigan doliendo los brazos. La próxima semana continuaremos el gimnasio diligentemente. Nos acostumbraremos a castigar y resanar el cuerpo. No es que quiera bajar la panza, verdaderamente disfruto comer. Sin embargo, deseo tener más energías, dormir mejor, levantarme un rato de la silla donde me desparramo. ¿Bajar la panza y estar como modelito? No es algo esencial o necesario. Aunque es interesante pensarlo. ¿Qué pasaría si estuviera más buenote? Igual, quien sabe, me gano una lana extra como modelito. De repente apareceré en uno que otro billboard, en uno que otro comercial. Estar buenote tiene sus ventajas económicas y saludables. Aunque asocio la buenez con cierta lentitud mental. Mientras hacía ejercicio, como que mis procesos mentales se iban por los poros y al terminar, dificilmente podía articular frases decentes. Es uno de los propósitos del ejercicio: no pensar un rato, hacer como que no existo, y como que no he escrito en este blog durante cinco años.
Recuerdo que cuando era joven y entrenaba, había días que me encerraba en mi habitación para hacer ejercicio.
Caminar y mover los brazos es, incluso, una experiencia más interesante desde que hago pesas. A cada movimiento hago geta de Schwarzzeneger. Puedo sentir las arrugas sobre mi naríz y la frente. Para fumar y levantar el cigarrillo, tengo que hacer arcos poco económicos con mis brazos. Cerrar y abrir la ventana de un coche es un reto. Pero lo mejor de todo, fue ir al baño. De verdad que no hay cosa fácil en esta vida. Es una nueva perspectiva.
Mandé los libros para el concurso de cuentos. Estaba a punto de ir a paquetería cuando olvidaba el seudónimo. Eso e imprimí mal las portadas, pero ya se arreglará. En mi cabeza se presentaron los nombres de todos los personajes que me gustaban para seudónimo, también contemplé uno de los otros tres nombres de Simón Dor, pero al final decidí no irme por ninguno de ellos y anoté uno de los nombres que ya había utilizado antes. Uno de los pocos nombres que significa algo, de mil.
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Septiembre 20, 2007 — Howl.
Escrito por Agustin Fest.
Me duelen tanto los brazos, que como le dije a La Maga, pareciera que estoy inventando nuevos pasos para bailar el robot. Hasta mover el mouse duele. Escribir no se diga. Eso de alternar entre teclado y mouse, se ha convertido en una ciencia. Hacerlo con la fuerza y velocidad adecuadas para que estos no abusen de mi umbral del dolor. Estoy pensando que mi record fueron dos días en el gimnasio. Un buen record. Y ya, no más, no más, por favor… no me castiguen más…
(Pinche nena)
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Septiembre 19, 2007 — Creative Urge, The Net, Vida diaria.
Escrito por Agustin Fest.
Sí, sí me duele todo. Después de bastantes añitos de no acercarme al ejercicio, es obvio que duele todo. Los brazos y las piernas. Pero me siento orgulloso de haber aguantado los veinte minutos en mi caminadora artificial, dónde tenía que imaginar un bosquecito y un pajarito, y luego al diablo correteándome a mis espaldas, para nomás no dejar de caminar. Las pesas, sin embargo, creo que debilitaron más las articulaciones de mis brazos de pollo y mi sonrisita de sabelotodo insoportable se ha que quebrado un poco. Mañana gimnasio otra vez. Sé que si me atrevo a no hacerlo, el miércoles moveré mi cuerpo como si fuera una momia de Guanajuato y de imaginármelo, la sonrisa se quiebra en dolor y espanto.
Desde hace un par de semanas, un par de caracoles viven en mi baño. Me pregunto si cumplirán el rito del apareamiento en algún momento. Puro morbo, aunque es conocimiento general que la mayoría de los caracoles son hermafroditas. A la mejor uno esta persiguiendo al otro para golpearlo, insultarlo, o cobrarle alguna deuda. Uno esta en una esquina, cerca de la ventana, mientras que el otro esta más cercano a la puerta. A veces los sorprendo asomándose y reptando por los muros muy despacio. En las noches hago apuestas. Un día, mientras uno de ellos esté hibernando, el otro aprovechará y empujará con todas sus fuerzas para robarle la concha. Sólo espero que ninguno de los dos se le ocurra estar debajo de mi pié mientras no estoy mirando, porque es bien sabido, que como ya viven en mi baño, ya me siento responsable de ellos, y se han vuelto un par de mascotas.
¿Sabían que los franceses comen caracoles? Protejo a los míos de esas atrocidades.
Me he vuelto un asesino de bichos esta semana. Me siento orgulloso, porque pude matar a una araña de la longitud de 3/4 de mi dedo índice y ayer aplasté a un cara de niño. ¿Cómo se llevarán los cara de niño con los caracoles? Tal vez lo descubriré en Discovery Channel esta semana, si tan sólo viera algo de televisión o supiera el nombre de esas fascinantes criaturas en inglés, para investigarlo en la Wikipedia. Hay un archivo escondido dentro de una imágen en el escritorio de la computadora. Debería borrarlo porque no tengo la contraseña, pero me gusta conservar esas pequeñas rarezas. Bajé Blender, un programa gratuito para hacer imágenes y películas tridimensionales. Supongo que deseo crear. Supongo que deseo rebasar el límite impuesto por el lenguaje.
Pero no me alcanza el tiempo ni para ser autodidacta, ni el dolor de mis brazos permite mover el mouse lo suficiente para hacer una cara.
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Septiembre 17, 2007 — Asceta, La Ciudad, Mi abuela, Vida diaria.
Escrito por Agustin Fest.
Que levantarse en las mañanas y disfrutar como el sol aviva los colores. Hay belleza en los verdes muy verdes, y en la piedra erosionada demasiado café. Me regalaron un DVD de 300, un dulce de tamarindo y un pequeño caracol. Detallitos. No he comprado cigarrillos el día de hoy, he abusado de mi compañero de abajo. “Y ahí viene el chile que te mantiene y en la cama te entretiene”, según Panteón Rococó y un viejo albur. En la mañana, mis manos olían peculiarmente. No puedo decirles abiertamente a qué, pero el olor era agradable. Me subí al metro hoy, y lo disfruté, claro que lo disfruté, porque llevaba mis audífonos y deseaba escuchar mi música. Miré a la gente, y una muchacha indígena llevaba a su niño en un rebozo. Una universitaria, que había subido al metro un tanto hastiada, volteaba a sonreír y saludar al niño de vez en cuando. Sonreía sin pena enseñando los frenos de metal.
Recuerdo a mi abuela, que cuando iba a vender de puerta en puerta, me colgaba a sus espaldas en uno. Raros nos veíamos. Piel blanca jugando con rasgos y costumbres estereotípicas de los indígenas. ¿Estoy llamando a la discriminación con este pensamiento? ¿O dese romper con los esquemas? Cada quien lo tomará como guste. Abuela y niño de piel blanca, vendiendo de puerta en puerta, el niño protegido por el rebozo de múltiples colores y una mujer astuta que lo llevaba a sus espaldas.
Hoy, se supone, es mi primer día de gimnasio. Ya me estoy oliendo que una de dos: o me van a doler las piernas por tratar de hacer ejercicio, o me van a doler las nalgas por estar sentado frente a la computadora. Hey, chico tramposo, se supone deberías ir al gimnasio contento. Sonriente y feliz, porque por fín, inicias una vida saludable y estas dispuesto a bajar esos kilillos de más. Te vas a convertir en un adonis cabrón, ¡un adonis! Vas a tener músculo sobre músculo, pero nomás marcadito, sin exagerar. Más como Bruce Willis, que como Arnold Schwarzzenegger. Eso se llama automotivación, y como la autoayuda, es un superficial aliento espiritual. Dura lo que dura. Diez minutos, quince, media hora, pero eventualmente termina, explota, chiquito así. Como brilla hoy el sol del sur.
Casi, casi, me llevo una mochila olvidada. La miré tan abandonada en el autobús y pensé todos los secretos que podría contener, mientras mis dedos se alargaban. Apuntes, un lunch, droga, los calzones de una doncella alegre, documentos legales muy importantes, un millón de dólares. Ahhh, que cómo me hace falta un millón de dólares. Pero no hice nada. Ahí dejé la mochila. Ya era mucho con los veinte pesos que me había encontrado el viernes, en un taxi. ¿Qué tal si me pasaba como Pulp Fiction, y la mochila contenía problemas, un alma, mucho oro, los diamantes de Perros de Reserva? ¿Qué tal, si el hombre había olvidado la mochila ahí a propósito? ¿Y si este hombre era el diablo, cómo podría ganar la apuesta, llevarme la mochila y mi alma, dando lo menos posible a cambio? Aparté mi mano temblorosa, suspiré, me puse un cigarrillo en los labios y le avisé al conductor, bien inocente yo—. Me parece que dejaron olvidada una mochila.
Los millones de dólares desaparecían frente a mis ojos, mientras el conductor me decía—. No se preocupe joven, regresarán por ella… siempre regresan —El conductor no tenía todos sus dientes, ojitos de regalo, parecía amable, parecía el otro diablo que se puso de acuerdo con el primero—. O si quiere llevársela.
Me puse los audífonos y mejor me fui. Es que uno nunca sabe… no señor.
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