Cuando suelo disfrazar mis sentimientos o tengo imágenes de cuentos que jamás serán concluidos/escritos, suelo escribirlos en esta sección llamada Enigma. Lo siguiente que están a punto de leer, es simplemente para liberarme de la idea.
Esteban señaló con sus dedos al cielo y el rostro lleno de sudor formó líneas determinadas, que hicieron la labor de ríos para que las gotas cayeran al cielo. Tenía que pelear. Apenas prestó atención a la gente que clamaba y a los puños llenos de billetes de apuesta que lo incitaban a pelear.
-Si he de seguir peleando, lo haré por ella -así había empezado y creía que así terminaría. Ya no miraba el final del camino, porque su corazón creía que era eterno.
El siguiente hombre salió entre la multitud y alzó sus puños en forma defensiva. La gente rugió de emoción y el rugido fue tan estrenduoso que regresó a Esteban al ring. No dejó de señalar con su mano el cielo y caminó tranquilamente alrededor del círculo de tiza. Su oponente, lo imitó del lado opuesto y le sonrío sarcásticamente.
-Son todos iguales -se dijo Esteban y bajó sus manos. Escuchó con atención el ritmo de los latidos de su corazón y se meció con la misma rapidez. Era hora de pelear.
-Todo esto lo hago por ella… no debería estar aquí.
Lo único que quería Esteban era llegar a casa, pero ella… ella no lo dejaría.
- Fragmento de una historia mental que se llama “La puta y de aquel hombre que la cuidaba”.






