Cuando Simón y yo nos pudimos encontrar.

Caminé hacia él, estaba sentado en una sillita plegable y fumando un cigarrillo sin filtro. Estaba sonriendo tranquilo, con la gorra puesta hacia atrás y disfrutando del aire fresco. El ambiente era caluroso y húmedo, recuerdo que estaba sudando… aunque prefería pensar que era el aire arrastrando gotas del lago que Simón Dor estaba mirando. Caminé hasta llegar con él, me puse las manos en los bolsillos e hice los hombros hacia atrás, enderezando mi espalda.

El viejo volteó brevemente a mirarme, me guiñó un ojo, hizo un gesto con su cigarrillo y regresó a su mirar del lago.

Nos quedamos en silencio.

—Llegamos a un punto en que estamos en paz el uno con el otro —dije y él asintió.

Y ya no hablamos en un rato más. Busqué en el lago lo que Simón miraba, ¿era el reflejo de las nubes? ¿la profundidad del azul? ¿los brillos ocasionales que daba el sol? ¿el campo que se extendía al otro lado? Escruté con mi mirada las facciones arrugadas del viejo de piel tostada y gorra de marinero, traté de adivinar en su mirada rota como un rompecabezas lo que estaba buscando.

—¿Has decidido ya no escribir? —pregunté.

El viejo Simón suspiró cansado y fumó su cigarro.

—Estoy vivo, Tsef Thaed. Este es un lugar muy hermoso, me dijeron que era “La Laguna del Negro”.

—Lo he visto antes —asentí sonriendo, me acaricié el rostro.

—Te toca escribir a ti, Tsef Thaed. Yo soy malo para los cuentos de arbolitos que caminan y se la pasan siendo tiernos. Y dejaré el Cuenta-Cuentos en tus manos, yo estoy vivo y relajado aquí por el momento… necesito descansar.

Sonreí.

Simón Dor se rió un poco.

—Es la primera vez que siento que puedo dejar algo en tus manos. ¿Ya podrás terminar ese Poder Gris?

—Cuando acabe todas las historias.

—No lo aplaces —dijo Simón Dor y luego sonrió—. Al menos, no mucho. Yo estaré aquí, cuidando a mi delfín. Además, me debes mi cuenta-cuentos, ¿cómo harás para escribirlo?

—Una palabra después de otra.

—Bien. Me interesará saber quienes son mis hijos… dios-Fest.

Me reí.

—Has leído demasiado Onetti.

Simón sonrió, prendió un nuevo cigarrillo y se perdió nuevamente.

Y lo dejé solo.

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