Un lugar.

Hay un lugar, atravesando el mar, donde ninguna aspiración o sueño material es válido. Donde la carne y el deseo se despedazan porque no se puede sentir más. Un lugar donde no te sientes pendejo por pequeñas idioteces, ni grande por los bien merecidos triunfos y eres como un niño pequeñito, perdido, en esa isla donde, el Dios de las probabilidades, tomó asiento para crear el mundo. Me gustaría que ese lugar no tuviera un nombre, si acaso que se refieran a él simplemente como un lugar. La gente hablaría de él por mera casualidad. —¿A dónde vas? —Voy a un lugar —y salte un poco el corazón cuando te das cuenta que vas allá, sin importar el camino que tracen tus pasos, llegarás. Correrás desnudo, libremente, sin preocupaciones, sin risas mordaces y presiones tontas. Una isla de arena, cuya materia prima es el polvo de los felices muertos que se acumula con el tiempo. Sin chistes babosos, ni palabras necias y vacías.

El lugar no existe, pero en todas partes hay escritores necios que lo describen… escritores que después de relatar un contexto histórico o inventar un personaje tan violento como su entorno (una megalópolis o una provincia ignorante), seguro lo desean, en un requicio apartado de su corazoncito. Cuanta ternura puede esconder un hombre o cuanto idealismo, que es capaz de romper toda su rutina y creer que existe, aunque sea unos minutitos. Es otro ideal, pensar que todos escondemos un lugar así en nuestro corazón. Tal vez, es la creación de este lugar es lo que genera la violencia, mientras apartamos nuestra vista esos minutos, podemos dedicar a destruir lo demás.

Me siento un poco idiota el día de hoy.

Silencios necios.

La felicidad existe en lugares curiosos, como en el salir a fumar un cigarro y disfrutarlo, mirando puertas que ya se duermen buenitas y obedientes, las luces velan el silencio del edificio mientras platican a voz muy bajita los acontecimientos del día, ese momento inexistente donde señora sol les reemplaza. Las noches, cuando un rayo de luna escapa por los pequeños matorrales de la urbanidad creciente, los silbatos pasean en los caminos y los ladridos les acompañan. No hay nada como el cigarro suspendido en el aire, y el humo dispersándose, separando sus átomos para convertirse en vacío. Una silla abandonada piensa que esta sola, mientras un monitor prendido propone escribir algo en una hoja en blanco, una gorra sueña con besarse con los pelos necios al siguiente día y una pluma, iridiscentemente enamorada, observa las hojas de un diario que aún no marca con su tinta. Al escritor le preguntaron si la ama, y él ha respondido que si, en su cabeza.

Comezón.

No debiera doler escribir algo bonito, algo como que pedimos felicidad o contagiar la felicidad. Porque eso de escribir felicidad, eventualmente llega un cabrón y te la tira con un comentario ingenioso o maldoso. Digo, yo soy de esos cabrones, a eso me dedicaba las veinticuatro horas del día, los trescientos sesenta y cinco días del año. Continuo vivo. No es que fuera mala onda, es que aburre cuando alguien dice puras cosas bonitas. Es inspirador un ratito, si, tal vez, pero ya chole. Si no lo hago tanto como acostumbraba es porque tengo la firme convicción de que hoy voy a cambiar, además que incluso esos comentarios sembrando cizaña se han vuelto una pequeña molestia en la vida. Es como tener comezón y rascártela. Después te acostumbras a rascarte con toda la comezón. Llega el momento en que te rascas aún si no lo necesitas, una picazón espantosa y ficticia hormiguea todo tu cuerpo. Ya ni rascas por la satisfacción, sino por reflejo. Se ha vuelto una rutina, forma parte del vals de todos los días. Se pierde lo sabroso y aumenta considerablemente la cantidad de veces que debes rascarte. Yo creo que llegué al límite, toqué fondo. Cuando a un niño, feliz en un trenecito de una plaza comercial, le dije algo así como “ojalá se descarrile el tren”, supe que había llegado lejos. Ni siquiera se iba a descarrilar el pinche tren, porque era de rueditas y no había rieles, pero no pude evitar el comentario. Ahí iba el trenecito chú chú, con la sonrisa pendeja de la ingenuidad y el infantilismo, “y ojalá se descarrile el pinche tren”. Ojalá no le haya causado un trauma, o miedo, aunque tal vez se vuelva un personaje famoso… un guionista, alguien que escriba como se descarrila un tren, de esos que ya no hay, y surja de su cabeza una asombrosa historia de supervivencia. Llegará a Hollywood, presentará el festival de Cannes, ganará un Oscar por mejor película extranjera, y cuando regrese a casa, con esa estatuilla de oro en las manos, se reirá un poco antes de dormir burlándose de ese cabrón que le dijo lo del trenecito.

Luego tendrá una pesadilla dónde la luz del tren se le viene encima y yo reiré al final.

Cuando te busco y no te encuentro… (Lista 4)

Este post es parte de una serie, llamada “Listas”. Anotación 4 de 13


  • Camino sin saber a donde.
  • Le falta intensidad al sentimiento.
  • Ni ganas de fumar me dan, me desespero.
  • La comida se vuelve insípida.
  • La televisión me hace ojitos, ya la deseo.
  • Escucho música y así te recuerdo.
  • Trabajo y trabajo, me distraigo un segundo.
  • El siguiente, ya te tengo en mis ojos.
  • Imagen difusa se disuelve. Mal, mal, mal. Siguey leyendo →

Listas de colores 1

Este post es parte de una serie, llamada “Listas”. Anotación 1 de 13


  • Sentirse satisfecho después de un examen.
  • Que alguien te extrañe.
  • Un deseo intenso, al despertar.
  • Y el amor por las noches.
  • Encender el último cigarrillo.
  • El primero consumido entre tos y quejidos.
  • Escuchar canciones que mueven la cabeza.
  • Escuchar la canción que mueve el corazón.
  • Llevar flores de zempazuchitl a la tumba de la abuela.
  • Buscar el árbol en el que se ha convertido.
  • Vestido azul veraniego.
  • Cascada de cocoa, en lazo rojo.
  • Escuchar la verdad, por más dolorosa que parezca.
  • Hablar, lo que juraste no decir en siglos.
  • Reírte mientras piensas en los capítulos de una novela.
  • Sufrir cuando empiezas a escribirla.
  • Las gotas evaporizadas en la regadera
  • Las gotas congeladas de la lluvia
  • Negar o asentir con convicción.
  • La desaparición de toda duda.
  • Sonreír sin ningún motivo en particular.
  • Reír, cuando no puedes evitarlo más.
  • Llorar en los brazos de la persona amada.
  • Llorar en soledad, cuando más lo necesitas.
  • Re-descubrir la habilidad de llorar.
  • Estar orgulloso de tu hermano.
  • Que él aún te pregunte cosas, aún cuando no posees las respuestas.
  • Abrir los ojos en las mañanas.
  • Cerrarlos miles de veces, antes de soñar.
  • Soñar contigo.
  • Soñar conmigo.
  • Soñar juntos.
  • Que Dios te hable, y no le hagas caso por terquedad.
  • Y Él se ría divertido, cuando le haces caso.
  • Reñir ambos, y poder tomar una cerveza al final del día.
  • La cerveza fría, en un congelador vacío.
  • Negarte a la mujer más hermosa del mundo.
  • Para decirle sí, a la mujer más hermosa del mundo.
  • La Coca Cola cuando tienes sed.
  • El café caliente para despertar en las mañanas.
  • Un chocolate para mojar el pan de dulce.
  • El agua, cada vez que el cuerpo la pide.
  • Beber hasta saciarme.
  • Besar sin saciarme.
  • Gemir sin llevar la cuenta.

Diario de Simón Dor. Día 69.

Este post es parte de una serie, llamada “Segunda parte del diario de Simón Dor: El viaje”. Anotación 23 de 48


Querido Diario:

Es el número mágico, ¿te das cuenta? Un 69 grande e inmenso.

SESENTA Y NUEVE. El de los amantes que se besan los genitales para chuparse el alma entera. ¿Necesito ser más explícito? ¿Te gustaría masturbarte con el número, mi querido Diario? No lo creo.

Conmigo basta.

Hoy soñé. Es raro que yo sueñe, desde que estoy en El Viaje. Me olvidé por completo de mi barco Mojalnir, del mar de Yenén, del árbol de los mil nombres, la tía Yemita y el niño mago. Hasta me olvidé del delfín (He de llamarle Camel) y de Bobby Mindar (el nuevo nombre del rottweiler, ¿te gusta?). Me olvidé de las llaves de Beatriz y he descubierto que la manera más efectiva para evitar la tentación es dormir y soñar.

El único sueño que se me ha permitido es el de la muerte simbólica. Hoy, hoy he tenido un sueño muy distinto y me acercó a la que era mi realidad. ¿Sabes con qué soñé y me tiene tan contento? ¡Adivina! Vamos, vamos… no es tan difícil. ¿Quieres qué te de una pista? ¿Te acuerdas que Yasmín, al subirse en mi barco, abrió las nubes e hizo que se mirara la noche?

La noche que ella me permite ver en mi barco, aparte de las nubes grises de éste mar horrible, tiene dos estrellas y un cuarto de la luna. Al ver la luna, hubo en mí una regresión a aquella etapa donde vivía en una Luna hecha de Queso. ¡Así es! ¡Soñé otra vez con los ratoncitos! Más que un sueño, creo que fue un viaje astral… fue tan real.

Los ratones me esperaban, me dijeron que habían decidido perdonar el exilio ese día para platicar conmigo. Yo les sonreí y me invitaron a sentarme en la sala del queso Gouda, donde bebimos vino (decidieron conseguirme una botella) y comimos quesos hasta hartar el paladar y el estómago.

Si eso no es ser feliz, entonces no se que lo sea.

—¡Te extrañábamos Simón! A pesar de tus ideas revolucionarias acerca de la escazes de queso, que nunca habrá en nuestro planeta cabe enfatizar. Hemos decidido perdonarte el día de hoy para preguntarte, ¿cómo has estado? —preguntó el rey ratón.

Los ratones presentes me miraron ansiosos y me sentí avergonzado, no siempre está uno ante tan agradable concurrencia para ser el centro de atención.

—He estado mejor —les dije, no podía mentirles—. La escasez de amor en mi planeta me ha llevado a hacer un viaje.

—¡Si! Nos hemos enterado. Te hemos visto desde acá arriba… a medida que las nubes nos lo permitían. ¡Ahora te veremos más seguido, ya que se ha abierto un agujero en el cielo! Nos gustaba platicar contigo Simón y quisieramos preguntarte… ya que has traído a flote el tema de la escazes de amor en la Tierra, ¿no gustarías pasar unos días con nosotros? Hasta podríamos arreglarte una vivienda, eso si quieres —dijo el rey contento.

—No lo sé…

—¡Vamos! Eres el primer y único humano al que le ofrecemos escapar, ¿piensas rechazarnos?

Los ratoncitos miraron con sus ojos negros, negros, y esperaron la respuesta con los bigotes moviéndose ansiosos.

—Mi querido rey ratón. El viaje es algo que debo terminar, es inexorable. Es cierto que el viaje ha sido la consecuencia de la escazes de amor y también, por el revivir el amor. ¡Es tan extraño, fugaz, fantasmal el amor de hoy en día… que prostituimos el término como si habláramos de democracia, solidaridad o chocolate!

—Es muy cierto eso, Simón. Por eso nos preocupas y te hacemos la invitación, queremos que estés con nosotros y nos des tu sabiduría a cambio de que no tengas que vivir eso, nunca más.

—La cuestión, mi querido rey ratón… es que no puedo hacerlo. El viaje se ha vuelto tan pesado, que lo arrastraría hasta aquí. Podría corromper su planeta y entonces habría de hacerles un mal, en vez de ustedes un bien.

El rey ratón y la asamblea de ratones guardaron silencio.

—No nos importa Simón —dijo el rey—. Queremos que tú seas feliz. Te queremos Simón.

—¿Qué?

—Te queremos.

No les diré que se me resbaló una lágrima y me temblaron los labios.

—Ese viaje —dijo el rey ratón—. Puede significar tu muerte y te extrañaríamos.

Se estaba convirtiendo en Disney combinado con una película trágica de Hallmark.

—Lo siento, de veras lo siento. No depende de mí, de veras… ¿Puedo seguir visitándolos?

—Pero muy poco Simón, o si no, olvidarás porque viajas y … has respondido bien, ninguno esperaba otra actitud de tí.

Con esas palabras desperté, me sentí rejuvenecido. Cuando abrí los ojos, el árbol de los mil nombres estaba en mi habitación, mirándome fijamente.

—¿Qué? —pregunté.

—Nada… sólo vine a decirte que si no despertabas, me iba a ver obligado a hacerlo.

Busqué mi botella de tequila, me bebí un trago. (Se han consumido doce botellas ya). Y me sonreí, ¡qué bueno era vivir en una luna hecha de queso! Me tomé otro trago más por los ratoncitos… se los debía, a estos veintinueve días, con sus veintinueve noches que restan.

Día 47.

Este post es parte de una serie, llamada “El diario de Simón Dor”. Anotación 40 de 47


Querido diario:

Estos días han sido de extremo estrés, no puedo decir que lo disfruto, a pesar de que me intento convencer de ello. Creo que es una de las grandes mentiras del ser humano. Convencerse de que el estrés es “Delicioso”, que lo hace sentirse a uno V-I-V-O. Una vez un hombre al que respeto sobremanera, me dijo que eso era el significado de la felicidad: no ser feliz durante mucho tiempo, para que los sentimientos fueran más intensos. Como una montaña rusa de emociones.

Yo me siento viejo y cansado, no quisiera sentirlo ya. Tal vez me convendría meterme a un asilo, ¿pero qué demonios haría yo en un ásilo te has de preguntar? Discutiría con los ancianos del lugar, sin duda alguna. Sería una constante batalla por el control de la televisión, por el radio de alguno o por quién es más hábil en el poker.

¿Qué se yo de los asilos?

Que me cuide una enfermera jovencita, para yo mirar su carne fresca y deleitarme, lamerme los labios al mirar como mueve las curvas, los contornos. Como se ensombrecen los lugares indicados y sus ojos atentos a los míos, profiriendo groserías en silencio por mi absurda intromisión a su piel desnuda-vestida. Me cambiarían la enfermera a menudo, de eso no hay duda.

Quisiera estar en un asilo en alguna zona millonaria de esta ciudad, para que así me visitaran las jovencitas de escuelas católicas y aunque me hicieran gestos por mi amargura y rabo-verdería; me sonreiría y les acariciaría la mejilla fingiendo mi paternalismo. Como quisiera estar en uno de esos asilos.

¿A quién quiero engañar si moriré como un anciano solo? Con el corazón fortalecido por la soledad y la decepción humana. Ahí está la fuente de mi delicia, mi montaña rusa de emociones. El stress se puede ir al diablo cuando lo que quiero es estar hundido en lo más bajo.

En lo más bajo… si ya llevo mucho tiempo hundido en mi infierno. En un ásilo no estaría tan mal, conviviría con “gente”, sobreviviría todos los días, me alimentarían, me visitarían las personas “compasivas y caritativas”, las enfermeras me hablarían bonito y habrá una entre ellas que seguro será comprensiva de mi estado y querrá, a pesar de que la mire con toda esa lujuria, estar al pendiente de mí y cuidarme.

A mi edad y preguntándome todavía lo que es correcto. Con tantas dudas, creyendo que son ciertas. En eso tiene razón aquel hombre respetable, nos ponemos esas dudas esperando que por medio de ellas, se descomponga la rutina en la que nos metemos y llamamos con placer inconsciente: Infierno.