Diario de Simón Dor. Día 75.

Este post es parte de una serie, llamada “Segunda parte del diario de Simón Dor: El viaje”. Anotación 35 de 48


Querido Diario:

El día de antier fue maravilloso. Vi a Beatriz y me sentí joven de nuevo, platicamos lo que pareció una eternidad y me enseñó a bailar tango. Soy malo con el cuerpo, no te lo voy a negar, aunque sensei Gorostiza procuró que siempre tuviera un balance y un equilibrio a la hora de pelear, aún tengo dos pies izquierdos cuando se refiere al baile.

Me preocupa, solo resta una llave. La que está perdida en el Laberinto es mejor darla por perdida, no creo poder recuperarla. Es fácil intuirlo, mi querido Diario, y te diré por qué: Las semillas que recuperé, sólo fueron tres… y eso es porque los muros del Laberinto se mueven constantemente, las semillas restantes seguro fueron aplastadas por los muros de niebla cuando estos se reorganizaron. Lo mismo pudo suceder con la llave que perdí ahí, no debe ser más que metal aplanado.

Debo ser cuidadoso con la llave que todavía queda. Una vez más para ver a Beatriz. Una solamente.

Ver a Beatriz me ha hecho evaluar el viaje, en éste mar oscuro de Yunén. El viaje en éste barco Mojalnir. ¿Por qué lo hago? Ya, ya… mi querido Diario, sé que tienes dos respuestas muy sencillas: Quiero morir o quiero ser inmortal. Así lo vi los primeros días de mi viaje y así me lo hizo ver cuando se subió la anciana ciega como una carga. Quiero morir para alcanzar a Beatriz o quiero ser inmortal para nunca olvidarla. Nadie sabe qué pasa después de muerto y sólo siendo inmortal, podría conservar su memoria eternamente. Éste viaje, éste viaje ha funcionado en torno a Beatriz… ¿pero por qué me dio tres llaves? ¿Sólo tres?

Es de pensarse, mi querido Diario. Quiere decir que Beatriz es un recurso secundario, ¿no? Tres veces en éste viaje. Aunque mi vida ha girado en torno a ella, no necesariamente éste viaje tiene que hacerlo. ¿En torno a quién gira el viaje? ¿Quién fue el momento impulsor, qué me hizo abandonar mi tierra para someterme a esta dura prueba? ¿Es mi muerte o mi inmortalidad lo que de veras me importa? No, no lo es. Todo fué porque Fest conoció a su unicornio negro, el amor que nació y no fue satisfecho. Entonces él se encerró y a mi me dejó libre.

Eso lo explicaría todo.

Lo que Fest no sabe, es que yo tengo vida propia y yo puedo decidir en cualquier momento detener o seguir, avanzar o saltar. A grandes zancos saltaré hacia el pasillo de la muerte o bien, podría cumplir yo mi inmortalidad. Beatriz no quiere ser olvidada, y francamente, yo no quiero dejar de existir. Me extrañaría demasiado… aunque he dicho en días anteriores que si dejo de existir será por un evento de caos, finalmente yo tengo la decisión sobre mi propia existencia, al menos, en lo que resta del viaje. Yo decidiré cuando morir y así romperemos el viaje.

El problema es que se ha complicado. Ya no sólo se trata de mí. También está aquí el Árbol Tsef, La Anciana Ciega y el Niño Mago (mi pasado que quiere ser como yo, para evitar que Beatriz suceda). ¿Qué hacen aquí? Eso cambia dramáticamente la función del viaje, así ya no sería en función de Fest, ni en función de mí, ni en función de Beatriz y menos, en función del unicornio negro (que aunque fue el detonador, no es el desarrollo). ¿Por qué estoy viajando? ¿Qué es lo que tengo que descubrir? ¿Habrá algo más importante detrás de todo esto?

Tal vez no, Diario. Tú no tienes las respuestas y tampoco me ayudas mucho, solo me preparas más preguntas. Es muy probable que el único propósito de éste viaje es que me marchite algún día, pensando todavía en cuestiones inútiles y existenciales, cuando bien debería vivir lo poco que resta de mi vida en alguna banca, mirando las faldas de las colegialas y sonriendo mientras me tomo café del Jarocho.

Extraño sus piernas.

En fin, hablé con el niño mago el día de ayer, se veía menos animado que de costumbre. Estaba tirado en la proa, recargado en el Árbol Tsef y mirando el cielo. Le pregunté qué hacía.

—Estoy imitándote Simón.

—Déjalo ser, el pasado ya está hecho y aún convirtiéndote en mí, lo único que harías es deformar los bonitos recuerdos que poseo, no cambiar los eventos.

—Déjame amargarme en paz —dijo el niño.

—Cómo quieras… matemos la Magia, niño, vamos… ¡Tú puedes! Te echaré porras desde aquí.

Hice gestos de peleador entrenando y el niño me miró entrecerrando los ojos, se dio la vuelta para evitarme.

—¡Uno, dos! ¡Uno, dos! ¡Matemos a las mariposas y demos nacimiento a los cuervos! Vamos Niño, vamos. ¡Tú puedes! ¡Uno, dos! ¿Para qué quiero bonitos recuerdos de todas formas, ah? ¡No los necesitamos!

El niño me volteó a ver, se limpió unas lágrimas con el puño, se levantó y se fue corriendo a la popa. Le seguí con la vista. Iba a seguirle cuando el Árbol Tsef puso una rama en mis hombros y me detuvo.

—Ya fue suficiente, Simón. No seas cruel.

—Él es peor.

El Árbol Tsef sonrió.

—Él es un niño, los niños son crueles con su sabia inocencia. Los niños nos golpean con los detalles más insignificantes.

Saqué un cigarrillo y lo prendí, miré al Árbol Tsef.

—¿Cómo vas con tu nombre?

En la corteza, había cinco letras que cambiaban constantemente de lugar, no había notado el hecho hasta el día de ayer. Las letras eran: A H T D E. Aunque el Árbol no las cambiaba frecuentemente de lugar, lo hacía lentamente y por lo general, no formaban nada. Después miré sus hojas de nuevo, había algunas cafés y algunas de ellas, ya estaban secas.

—Voy bien, Simón.

—No lo estás buscando, eso es lo que pasa. Por eso te estás marchitando.

El Árbol se rió (¿Alguna vez has escuchado reír a un Árbol? Es lo más bello que he escuchado), cerró sus ojos y como aquella vez, volvió a explotar sus ramas con nuevas hojas. Se apretó la boca de dolor.

—Eres muy listo, pero no te sabes la historia completa y no es hora de contártela. ¿Quieres una manzana?

—No, gracias.

—Simón, enséñame a pelear.

Me le quedé mirando al Árbol, lo miré desde la raíz hasta la rama más alta, le eché el humo de mi cigarrillo en su corteza.

—No creo que pueda, de veras —le dije.

—¡Anda! Creo que me haría bien y me mantendría ocupado.

Suspiré y ante la insistencia, cedí. Le dije que mañana empezaríamos.

El niño regresó, muy entrada la noche a mi habitación. Entró en silencio y me abrazó.

—Quiero que recuerdes, que Beatriz te quiere mucho y también, quiero que sepas… que ella ya está muerta, Simón.

Luego se fue y me dejó una mariposa revoloteando en mi habitación.

Diecinueve días, con sus diecinueve noches.

Cuarto de Máquinas III.

Este post es parte de una serie, llamada “Segunda parte del diario de Simón Dor: El viaje”. Anotación 33 de 48


Simón salió del Cuarto de Fest y se dirigió al Cuarto de Trofeos, en él, depositó el reflejo en el espejo del súcubo Zalic Luia y también sacó de sus bolsillos las tres semillas que pudo recuperar del Cuarto del Laberinto. Se acercó al mueble donde estaban las llaves y la pistola de McGonnagal, y sin perderse en decisiones, sacó una de las llaves del llavero y la mantuvo firme en sus manos. Esta vez, no se perdería.

Salió del Cuarto de Trofeos y se dirigió a la puerta del Cuarto de Máquinas. Cerró los ojos y la mano que sostenía la llave se sabía el camino de memoria para entrar a la cerradura.

CLICK.

La puerta se abrió, Simón Dor empujó la puerta y entró. No había marcha atrás, en el amanecer número veintiuno.

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Diario de Simón Dor. Día 74.

Este post es parte de una serie, llamada “Segunda parte del diario de Simón Dor: El viaje”. Anotación 32 de 48


Querido Diario:

¿Has seguido el número? Restan veintidós días con sus veintidós noches. Es hora de hacer un rito, no volveré a cometer la misma estupidez de desperdiciar una llave, esta vez, he de esperar serenamente en el Cuarto de Fest el día número veintiuno. No pensaré en tequila, no pensaré en cigarros, no pensaré en el árbol, en el niño, en el delfín, en la vieja, en el cielo o el infierno.

Limpiaré mi cuerpo antes de verla. Sólo tengo tres oportunidades (en realidad, dos, si no consigo recuperar esa llave que he perdido en el maldito Laberinto). Es terrible cuando sientes la noción del desperdicio… cuando tienes contado el número de veces que puedes alcanzar la dicha extrema de ver a alguien que has perdido, de poder platicar con ella, de quererle. Es terrible, nunca debí hacer el viaje. Cuando estaba en casa, tan sólo pensarla me permitía imaginarme su figura y platicar con ella. Un auto-engaño dulce y venenoso, que me consumía como un cáncer.

El fantasma de Beatriz también ha guardado silencio o eso quiero yo creer: Que también se está preparando para verme. ¿Qué sucederá cuando me mire? ¿Estallarán fuegos artificiales en el cielo? ¿Se abrirán las puertas de Dante? ¿Irrumpirán mariposas amarillas y haremos el amor, como si los dos fueramos aire? Es la primera vez que la voy a ver, desde aquel incidente en el Cuarto de Máquinas.

Aunque he escuchado su voz, o me la he imaginado. Su voz que se lanza como una cuerda que se decide a perderme. Me pregunto, por qué cuando estaba en el Infierno el día de ayer, soñando, no vino a rescatarme. ¿Será porque sabe que no necesito de nadie, más que de mi mismo, para negarme los infiernos o los cielos? Para adentrarme en el eterno desarrollo. Mi magia corrupta.

Pobre Árbol, he ido a verle después del Juego del Infierno, estaba tranquilo y sonriente, aunque todavía un poco nervioso, se nota que no apuesta su alma todos los días. Me ofreció de las frutas sanas (manzanas, peras), no de las frutas azules que parecen berenjena y contienen tequila. Platicamos un poco y no dijimos nada. Noté que algunas de sus hojas estaban un poco cafés. Le pregunté que si se estaba marchitando. El Árbol enarcó la ceja, miró las hojas cafés y luego cerró sus ojos. En un santiamén estaba lleno de nuevas hojas verdes. Le dí una palmada en el tronco y le pregunté como iba con la búsqueda del restante de su nombre.

Bien, me dijo. Quitó la sonrisa y se puso serio. Sonrió de nuevo y me dijo que le daba gusto que iría a ver a Beatriz. Yo me despedí de él, no quería preguntarle más.

El niño mago me miró caminar, estaba muy serio también. No le quise preguntar porque entendía bien la mirada: “Irás a ver a Beatriz, y seguro lo arruinarás. Más te vale recordar la magia que te ofrezco, grandísimo hijo de puta”. El último hijo de puta, lo puse como una libertad literaria. No creo que el niño lo utilice tan elegantemente como yo.

Por último, me restaba la vieja Yasmín. Estaba murmurando y meciéndose en su silla. Le acompañé en silencio y le escuché contar las almas.

Yasmín: El alma de Gerardo Tierra, que tendría que comer tierra una vez al día para conservar su inmortalidad. Y la de aquella mujer, Jimena Montes, que debería correr por los montes durante toda su vida, con un niño sangrando en sus brazos por la Tifus. Así también, el bebé Gonzalito, conservaría su inmortalidad por siempre, sangrando en los brazos de su madre.

Cuando me proponía a dejar a Yasmín, ella guardó silencio y me dijo—: No seas pendejo.

El mejor consejo que escucharán de ella. El mejor consejo, jamás.

Finalmente, me metí al Cuarto de Fest y aquí he estado escribiéndote mi querido Diario. Así me despejo y dejo que suceda el tiempo, gota tras gota, antes de que llegue el día número veintiuno. Puedo sentir el tiempo corriendo a través de la sangre en mis venas.

El monolito donde se graban los mensajes en piedra que Fest me manda, ha estado balbuceando. Se vislumbran letras sin sentido y una que otra oración: “Puede que sea ella”. “No tengo motivos”. “T-aed”. “Hun”. “Alicia en el país de las maravillas”. “Síguelo”.

“Brincando la sanja, la sanja, la sanja”. “Montón”. “Eipor”.

Me he quedado mirando el monolito. En un trance, descubro que Fest y yo, a veces pensamos lo mismo. Aunque el sea un joven, y yo un viejo…

“Somos la misma persona”. “Esperamos lo mismo”. “¿Se habrá arreglado?”. “Yo puedo mirarla todavía”. “Estás encerrado en un viaje”.

En eso, él tiene razón. Fest puede pensar en su Cecilia cuando quiera, puede perderse en el rumbo, puede perderse todo lo que sucede. ¿Y yo? Yo me he quedado con tres llaves y no se que haré cuando sólo me quede la última. La noción del desperdicio.

“Deja de pensar”. “Mírala ya”. “La respuesta esta en el reloj”. “-haed”. “La sanja”. “¡Las tres! ¡Las tres! ¡Ya son más de las tres!”.

Tengo que vivirlo todo intensamente hasta que lleguen los momentos. Tengo que cargar con el pasado de seres a los cuáles no les he pedido que me acompañen, pero están aquí. Sin embargo están aquí. ¿Por qué? ¿Por qué van a dónde yo voy? ¿Y qué harán cuando también tengan que preguntarse, dónde estás Simón?

“Es hora”.

Lo siento en mi cuerpo y éste mar gris de Yunén cubre un amanecer, el amanecer del día número veintiuno.

Anciana Ciega II.

Este post es parte de una serie, llamada “Segunda parte del diario de Simón Dor: El viaje”. Anotación 30 de 48


Mi nombre es Yasmín, mejor conocida como la Tía Yemita, mucho gusto. ¿Usted quién es? ¿Josué dice? Ya veo, ya veo. ¿En qué le puede ayudar esta humilde adivina, señor Josué? Le escucho atenta y siempre gustosa de servirle. Su voz se me hace familiar y algunos ademanes también. No pregunte como lo sé, los ciegos vemos mucho más de lo que aparentamos. Sobre todo, aquellos que han vivido tanto como yo. Muchos de nosotros dependemos del olfato —y usted, apesta a nicotina—, otros tantos dependemos del habla —y su voz, guarda un rencor milenario—, el tacto y el gusto, sólo me ayudan a elegir los ingredientes para las pócimas que se dicen son de los antiguos. Pero yo poseo otro sentido, como ya habrá adivinado señor Josué, otro sentido que me es tan fino y me deja mirar todo, como un aura que extiende finos cabellos a través de la realidad. Es el sentido del Alma.

Y ese sentido me dice, que usted no vino a preguntarme acerca de su futuro. Tiene otra pregunta enterrada en su corazón… ¿será por aquel cuaderno que está apretando entre sus manos? ¿es legado de un familiar, señor Josué? No me tenga miedo, aunque es lo que menos tiene… usted también está acostumbrado a andar entre los infiernos, que aunque son diferentes a los de aquel hombre que conocí hace muchísimo tiempo, tienen el mismo propósito. Buscar la inmortalidad o la muerte, lo que venga primero. Y usted apesta igual que él, y usted se mueve igual que él, tal vez tenga distinta mirada, pero es como si los vestigios del alma hubieran atravesado la suya para insertar una semilla.

Es un placer conocerle, bisnieto de Simón Dor. Si quiere un consejo, debería quemar ese libro que el viejo escribió, está maldito. No es una maldición mágica, ni alguna maldición demoniaca. No. Es la maldición de la estirpe… usted ha sido elegido y condenado para seguir el mismo camino que siguió aquel señor Dor. La historia se repite por ciclos. ¡Y por supuesto que yo lo sé bien! ¡Si mi historia es eterna! ¿No le han dicho, señor Josué? ¿No lo ha leído en ese diario que escribió Simón? Por supuesto que no lo ha leído. Tiene miedo de saber, se le nota en el temblor que no es por la baja de presión. ¡Tiene tanto miedo de descubrir que su historia es la de su bisabuelo! Quisiera poder ayudarlo, señor Josué, pero me es imposible: Yo sólo sé una parte de la historia y esa es la mía. Yo sé lo que viví en ese barco durante las noches que me correspondieron. Los fragmentos que yo tengo, no son los suficientes para decirle cual fue el final de su bisabuelo, pero si sé que son similares. Se mueven igual y después de todo, apestan como uno sólo.

Regáleme uno de sus cigarros. No me preste encendedor, ni cerillos… mis dedos harán el trabajo.

¿Qué le decía? Es cierto, le decía que usted tiene miedo. Usted si le tiene miedo a muchas cosas… Simón le tenía miedo a una sola, un miedo verdadero y único. Supongo que usted también llegará a ese punto. Inevitablemente, podría recorrer el mismo camino que su bisabuelo. ¿Está aquí para que le diga cómo evitarlo? No podría, mi señor Josué, de veras que no podría… porque le he dicho que solo conozco la parte que me concierne.

Conocí a Simón mucho tiempo atrás, cuando éste era un adolescente. Quería ser un escritor y tenía un poder único: podía lograr que las historias fuesen reales. Lograba escribirlas de tal modo, que el universo tenía que hacer un espacio dentro de su línea temporal para dar cabida a lo que era escrito por él. El pobre de Simón… fue blanco de muchos demonios y también de ángeles, los cuervos de la muerte le perseguían constantemente. Aunque él era un joven muy distraido y de alguna manera, era protegido por la buena suerte. Jamás vivió la maldad del destino cerca.

Fue cuando escribió la historia de su primer amor y éste se hizo real. No se ría, señor Josué, porque ese evento fue el que lo trajo aquí conmigo, en éste espacio y en éste tiempo. Se hizo real porque existió en sí, no porque él lo haya escrito. El amor que lo ha traído hasta aquí, señor Josué, era el de una jovencita llamada Beatriz. Simón y Beatriz sostuvieron una relación un tanto breve, así de pequeñita como mi pulgar derecho. Ella murió, porque así estaba escrito en el libro de la Muerte. No piense lo que todos los pobres románticos e ilusos piensan: “Dios, Satán, los ángeles, los demonios y los cuervos se confabularon para quitarme lo único que me quedaba”. Eso es lo que piensan y se la pasan llorando noches amargas, mirando la luna durante eternas discusiones introspectivas. No señor, no fue así.

Al único al que le hicieron la apuesta fue a Job y es un juego que no se volverá a repetir. Aunque su bisabuelo en un principio se portó como un perfecto romántico, no le duró mucho el gusto. Simón Dor rechazó la magia.

Su bisabuelo perdió el don del Inventor. Porque perdió lo único que no había podido inventar, lo único que escribió basándose en la realidad. Era mediocre el muchachito, pero escribía bonito, me caía bien. ¿Cómo lo conocí? Muy sencillo, lo conocí cuando el era jóven. Simón Dor se enteró de mi existencia, de la Sanadora de Almas que sabía como morirían las personas, así como usted lo sabe mi señor Josué… lo que usted no sabe y él sabía desde jovencito es ésto: las Sanadoras de Almas podemos recuperar las almas que giran en torno al Pozo Infinito de la Muerte.

Vino a preguntarme, muy sereno, si le podría hacer el favor. ¿Qué favor? pregunté inocente, aunque ya lo sabía. Si podría recuperarle a beatriz, dijo él, sin dejar de fumar y cruzando la rodilla. Serenidad y odio. Yo naturalmente, le respondí que no. Él agarró su presencia y se fué.

Nunca perdía la compostura el hombre, ni aún llorando. Si lloraba, lo hacía en silencio, cargando la enorme presencia que le habían enseñado sus años duros. ¿Sabe cómo solucionó lo de Beatriz? Escribió a su fantasma, a la imagen y semejanza de ella. Corrompió la magia, usándola para su propio beneficio, hasta que el hombre perdió la cordura o recuperó la sanidad mental. Hizo un viaje en el mar maldito de Yunén, el mar que es el puente entre la tierra de Nod y al río del Aqueronte. El mar de los muertos y los vicios.

¿Qué pasó después? A mi no me mire, yo no puedo resolverle esas cuestiones, no tengo el tiempo. Está pronto el fin de éste ciclo mío y el inicio de mi ciclo nuevo. Su bisabuelo debió haber escrito de ello en su diario, si no lo entiende… atrévase a leerlo, aunque yo le recomiendo que lo queme y de final a la estirpe del cuenta-cuentos. Rompa el patrón, deshágase de todo vestigio de Simón Dor, hágame caso, mi querido Josué. ¿Le importa que le llame querido? ¡Siento que le quiero igual que a ese viejo anciano!

Simón Dor y yo, nos volvimos a ver pocas veces. Hasta que me arrastró al mar de Yunén con él o más bien, yo decidí seguirle. Un juego peligroso decidí jugar, mi querido señor Josué. Es de sabios aprender una cosa: Con los hombres que desean la muerte o la inmortalitad para después llegar a la eternidad y así prolongar el sufrimiento, no se juega. Pero era mi única oportunidad, querido Josué, de llegar al pasillo de la Muerte y pedir yo, mis propias respuestas. Fui un poco egoísta al decidir que le diría al viejo como alcanzar la inmortalidad.

Me dio remordimiento y le mentí a Simón: le dije que debería contar todas las almas que había robado antes de tomar una decisión. ¿Sabe por qué lo hice así, mi querido Josué? Había algo de verdad en ello. Evaluando mi vida podría yo decidir si hacerle daño a alguien tan querido como él, al decirle como ser inmortal para sufrir eternamente. ¿Qué me pregunta? ¿Qué si le dije? Mi querido Josué, la respuesta está en el diario al que tiene miedo de leer.

Al final, yo me salí con la mía y por supuesto, he pagado por ello. Pero esa es mi historia y difiere de la de Simón.

Y también sé que a usted, no lo quiero tanto, mi querido Josué. Le he escuchado como le cambió la respiración cuando le mencioné de inmortales y no será difícil decirle. Ya tomó una decisión: Quiere seguir la estirpe del cuenta-cuentos y si es inmortal, mejor. Ha hecho bien, ha hecho bien… ahora abra su mente y escuche estas palabras que voy a decirle, siga al pié de la letra todas mis instrucciones y recuerde, el dolor que sienta durante el primer día de su inmortalidad, se deberá a que su alma quiere abandonar el cuerpo. Usted tiene temple, Josué, podrá soportarlo.

Repito e insisto, escuche bien lo que le voy a decir: Mañana a primera hora…

Cuarto de Máquinas II.

Este post es parte de una serie, llamada “Segunda parte del diario de Simón Dor: El viaje”. Anotación 9 de 48


Before you slip into unconsciousness
I’d like to have another kiss
Another flashing chance at bliss
Another kiss, another kiss

The Doors, “Crystal Ship”.


…y la miró.

Translucida, con un vestido azul y veraniego, con los ojos de mujer y el cuerpo de niña de hace tantos años que una lágrima corrió su mejilla sin permiso. El dedo que estaba temblando en el gatillo dudaba si apretarlo o soltarlo. Simón Dor quería paz.

—Suelta esa pistola, este no es el momento —dijo el fantasma de ella. El fantasma de Beatriz, el fantasma de Cecilia. El Fantasma del pasado.

—Nunca ha sido el momento —susurró Simón.

Simón Dor medio despertó del trance y sintió la tibiedad de su rostro marcada por la lágrima. ¿Cuántas veces había inventado ese fantasma? De todas esas veces, ésta era la primera ocasión en que lo sentía tan intenso y tan marcado en su piel y su cuerpo que respiraba lentamente, a pesar del intenso temblor en la mano que sostenía la pístola contra su sién.

El fantasma se movió al centro tranquilamente y desafió la mirada media perdida en el trance de Simón Dor. Luego sonrió levemente y bajó un poco los ojos.

—Si te lo pido por favor… ¿bajarás esa pistola? Me asusta, me asusta un poco—repitió el fantasma de Beatriz.

—Es la primera vez que hablamos tú y yo —respondió Simón… bajó la pistola y se la ciñó al cinturón—. Porque está claro, que tú y yo nunca hemos hablado… lo has hecho con…

—Sé con quién lo he hecho —respondió Beatriz nuevamente con su sonrisa—, pero tú me inventaste e hiciste bien… intentaste ayudarlo, es todo. Ahora a quienes menos necesita, es a tí y es a mí.

—A ti siempre ha de necesitarte.

—¿Por qué le mientes?.

—Él hubiera podido abandonarte en cualquier momento.

—Pues no lo ha hecho y si seguimos así, no lo hará —respondió Beatriz y se acomodó el cabello largo… le había crecido bastante desde la última vez que la recordaba, con el cabello atado en una cola de caballo. Ahora lo traía suelto, ahora … era mujer. Un fantasma que había crecido como ellos dos lo hicieron.

—¿Es por eso qué te haz metido aquí? ¿Para abandonarle tú?

—Sabes que eso es una mentira, porque aún así, no nos ha abandonado… tú viaje y el de él, son paralelos. Dependen el uno del otro, porque son simbiotes. Si uno muere, el otro irremediablemente ha de morir.

—¿Entonces qué haces aquí?.

—¿Por qué navegamos en éste mar?.

Simón Dor.

—Por qué queremos morir Garrity, ¿por qué si no?, ¿por qué si no?.

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Diario de Simón Dor. Día 56.

Este post es parte de una serie, llamada “Segunda parte del diario de Simón Dor: El viaje”. Anotación 6 de 48


Querido Diario:

¡PAZ! ¡PAZ! Screeeech Screeeech ¡Zahum! ¡Zahum! ¿Dónde estás Simón? ¡PAZ! ¡PAZ! Screeeech Screeeech ¡Zahum! ¡Zahum! ¿Dónde estás Simón? ¡PAZ! ¡PAZ! Screeeech Screeeech ¡Zahum! ¡Zahum! ¿Dónde estás Simón?

Así suena el barco, en las noches… específicamenete el cuarto de máquinas.

¡PAZ! ¡PAZ! Screeeech Screeeech ¡Zahum! ¡Zahum! ¿Dónde estás Simón?

El fantasma de Beatriz insiste en que baje a mirarle, a visitarle, a dejarme perder en su falsa esperanza. Se ha metido de polizón en mi barco, Mojalnir, en mi viaje en éste mar oscuro de Yenén. Así suenan sus suplicas mezcladas con el ruido de las máquinas que hacen andar este pobre barco.

¡PAZ! ¡PAZ! Screeeech Screeeech ¡Zahum! ¡Zahum! ¿Dónde estás Simón?

¿Me pregunto quién más estará aquí adentro de polizón? Nada, ni nadie, puede ser peor que el recuerdo de Beatriz… que es tan intenso, que en las noches me despierta sudando frío o con la tristeza nostálgica de no poder mirar la luna prisonera de las nubes malditas allá, allá en el cielo.

¡PAZ! ¡PAZ! Screeeech Screeeech ¡Zahum! ¡Zahum! ¿Dónde estás Simón? ¡PAZ! ¡PAZ! Screeeech Screeeech ¡Zahum! ¡Zahum! ¿Dónde estás Simón?

¿Qué donde estoy? Por supuesto que aquí, en mi habitación, con la luz de una vela que nunca ha de extinguirse. Estoy escribiendo mi diario, en la mesita se encuentran mi cenicero, mis cigarros y mi botella de tequila a medio consumir. ¿Así se habrá sentido Poe? ¿A esa magnitud habrá llegado su enfermedad, cómo para inventar un fantasma que le perseguía mientras escribía? No lo sé.

El problema entre Poe y yo…

¡PAZ! ¡PAZ! Screeeech Screeeech ¡Zahum! ¡Zahum! ¿Dónde estás Simón?

…es que mi fantasma no es inventado.

Tal vez deba platicar con ella ésta noche, ¿será hora de usar la pistola de McGonnagal? Tal vez no, todavía no. ¿En quién podría usarla que no fuera yo? ¿Será la pistola de McGonnagal capaz de matar a un fantasma?

No es el momento de usar la pistola y tengo el presentimiento de que la única bala que tiene, está reservada para mi cerebro.

Todavía quedan treintaiocho días, con sus treintaiocho noches.