Cuervo y Dios.

Cuervo entró a la casa de Dios. Al pasar las enormes puertas doradas, una luz lo envolvió completo y sin querer, se sanaron sus heridas. Su pico se desacható. Sus músculos renovaron su flexibilidad. Sus pulmones procesaron el aire como si fueran nuevos. Incluso, se sintió feliz y olvidó agradecer su vida maltrecha. Cuervo alzó el vuelo, cerró los ojos y sintió un aire bendito moverle las plumas, hermosas plumas negras, que crecieron y forraron su cuerpo. Aquella cola, cuyos niños malditos habían maltratado durante su viaje, creció como la de un pavorreal. Un pensamiento minúsculo, de esos que se instalan en la parte trasera del cerebro, le molestaba—. Debías presentarte humilde ante Dios, pero él te ha quitado la humildad para que no puedas fingir.

Cuando abrió los ojos, estaba en el taller del Creador. Un cuarto café, forrado de libreros y anaqueles que guardaban sus creaciones incompletas. Olía a metal oxidado y aceite. Planos en papel viejo se apilaban sobre los burós y los restiradores, que se multiplicaban en un infinito. Un hombre, sentado en un banquito, de chalequeo de rombos y camisa rayada, le daba la espalda mientras observaba algo atentamente frente a la luz. Hacía tanto que Cuervo no pensaba en Dios. Había olvidado que este era un ingeniero. Cuervo voló lleno de ánimo, hacia a aquel hombre y aterrizó en su hombro para mirar lo que hacía. Había olvidado el propósito.

—¿Qué haces, gran Arquitecto? —preguntó Cuervo.

—Miro la madera —respondió Dios. Unos lentes hacían crecer el tamaño de sus ojos y ridiculizaban su nariz fina. Entre sus manos grandes y regordetas, jugaba un cubo de madera oscura—. ¿La ves? Mira como aún cuando logré el cubo perfecto, estas imperfecciones, pequeños deslices permanecen. Mira estas líneas onduladas que parecen darle textura aún cuando es lisa. ¿Te das cuenta?

—Me doy cuenta, gran Juguetero —respondió Cuervo—, ¿te molesta que sea así?

—No. Sólo que… me sorprende que el detalle es lo que haga este cubo perfecto. Si fuera un cubo de madera completamente liso, creerías sin duda alguna en todos mis poderes… pero si lo mantengo así, entonces dudas de mi perfección. ¿No crees?

—Si tú lo dices, gran Orador. Aunque… para creer por completo en tus poderes, tendría que mirarte hacer el cubo.

—Ahh, pero la fe mi querido Cuervo.

—No soy humano. No me puedes comprar con el discurso de la fe, gran Espantapájaros.

Dios sonrió. Miró a Cuervo, y escondió el cubo entre las manos. Cuervo le miró sonriente y astuto. Dios abrió sus manos y dentro del cubo, había otro cubo de madera que giraba, y dentro de ese cubo, apareció otro cubo más y así, el cubo contenía todos los cubos, hasta que se multiplicaban infinitamente. La madera, todas las maderas del mundo, conservaban esas imperfecciones de colores y líneas onduladas que tanto fascinaban al propio Creador.

—Sin duda, eres el primer Mago.

—¿Verdad? Ahora, mi pequeño Cuervo… debes tener una buena razón para molestarme, si no quieres que te transforme en gaviota o pollo.

—Siempre y cuando no sea paloma, Inventor Astuto.

—La paloma sería un final digno para toda tu especie.

—No quiero finales dignos, venerado Amenazador.

—¿Quieres ir al cielo?

—Hoy no, prepotente Genocida.

Dios y Cuervo permanecieron en silencio. Dios ignoró un rato a Cuervo y abandonó el cubo, en su restirador continuó analizando los planos de una máquina compleja y de aspecto terrible. Cuervo leyó en la esquina superior derecha: “El Último Cañón de la Raza Humana. Tiempo de creación: Tres Siglos”. Explicaciones venían en letras más pequeña: “Este cañón lo construirán a lo largo de tres siglos, haciendo pequeños descubrimientos cada generación. Perfección del uso de la energía hidráulica será descubierto por Greg Polopponos en Julio, 2010. La Fisión metanuclear, será descubierta por José Esquivel en 2022. Aleación de metal indestructible, descubierto por Urien Rankanov entre diciembre del 2032 y marzo 2033. La unión de todas estas piezas, la logrará un gringo por supuesto, en 2042. Su nombre no importa”. El plano contenía los datos necesarios para construir y descubrirlo todo, pero la terminología era incomprensible, a no ser que vivieras en cada uno de esos tiempos. Había más descubrimientos, pequeños inventos que ayudarían a conjugar el todo, a lo largo de todo el plano, pero Cuervo sabía que moriría antes de poder leerlos todos.

—Uno no viene a ti para soluciones mágicas, Aleccionador.

—Así es. Bien que me conoces. Entonces, ¿a qué has venido?

—Necesito una hembra para continuar mi especie, Polvo.

—¿Esa no es una solución mágica?

—No lo es, si prometo con la salud que me has dado, matar a mis hijos. Dártelos en ofrenda, Muñón de Sangre.

—¿Para qué quiero yo a tus hijos?

—Porque ellos no forman parte de tu plan. Aún cuando conoces el tiempo y el espacio, sabes que ellos se están entrometiendo y están retrasando la construcción de tu cañón. Sería más sencillo si me deshago de ellos, Incansable Viajero.

Dios asintió lentamente, miró a Cuervo de reojo y luego miró sus planos. No estaba enojado. Después de todo, Dios no se enoja, simplemente ayuda a construir máquinas destructoras para divertirse un poco cuando los humanos olvidan sus temores o una solución más rápida es inventar alguna nueva enfermedad que altere las estructuras de ADN para infertilizarlos un rato. Era cierto que los monstruos que nacieron de aquel día de orgía propiciada por los cuervos no era algo que había planeado, y esas aberraciones monstruosas estaban quitándole una diversión de centurias. Había uno o dos humanos que habían llegado hasta Él para reclamarle, pero simplemente había respondido (y algo que era irrefutable)—. ¡Ah! ¡Pero si tú sigues con vida! ¡Vete a trabajar la reconstrucción de tu pueblo, chamaco huevón! —Eso envidiaba de los cuervos, que de alguna manera, aún cuando tenían sus ciclos de autodestrucción, iban con él y pedían cosas realistas, como una hembra o una espada mágica, para arreglar sus errores. Lo que le hizo recordar.

—¿Quieres una espada mágica?

—No. No. Sólo un pico dorado, Humilde Herrero.

—Te daré a la hembra si los matas.

—Me parece justo, Juez de Jueces.

—Escúchame bien Cuervo —dijo Dios, sonriendo—. Empezaré a trabajar de nuevo en el cañón. Cambiaré fechas, inventos, descubridores, etcétera. Sabes que si no lo logras, me estarás atrasando más de lo que estoy. No es divertido hacer que las cosas aparezcan mágicamente, pero tampoco es extático cambiar un plan que lleva unos miles de años. Acepto tu oferta y tu oportunidad de redención. Tienes cinco días para hacerlo. Vete de aquí antes que pasen los cinco días sin que te des cuenta.

Cuervo voló del hombro de Dios.

—Amén… gracias, gracias de verdad.

El camino del inicio perpetuo.

Cuando le dijeron que esperarían al anochecer, él pensó que sería muy buena idea. Sin embargo, el truco del diablo en la mente de Fest era tan poderoso, que cuando se metió al departamento, olvidó las memorias difusas y que la negación significaba su alma y su sangre. Es por esto que me permito llamar al primer camino de Fest, el camino del inicio perpetuo.

Cuando Fest se encerró de nuevo a su departamento, sin energía eléctrica, se sentó en una de las sillas que encontró a base de rutina. Respiró lento y pausado, creyéndose así mismo un oriental. Escuchó los sonidos que no se escuchan regularmente: el sonido del agua en las tuberías, los chistes de los borrachos de medio día, el movimiento de los árboles con el viento, las pisadas minúsculas de hormigas diabéticas buscando los desperdicios en el refrigerador, el reggaeton de los vecinos tres edificios más adelante y cuando terminó todo aquello, pudo escuchar la sangre poblar con su río los latidos de su corazón. Entonces Fest se sintió en comunión consigo mismo y con el universo, se auto congratuló y cayó dormido.

Fue el sonido de su propia erección rozando con sus pantalones lo que le despertó. Tronó los labios molesto y pensó que ser un zen, definitivamente, debía ser la peor putada del mundo. Que lo único que le permitiría empezar la búsqueda por su supuesto amigo, Bob, el cacto, sería empezar de nuevo. Dar el primer paso. Salir y arrollar con el mundo. Estar dispuesto a destruirlo todo y matar, kilos de sangre.

Fue así que Fest descubrió que su putada zen le permitió recordar un poco y burlar el truco del diablo. En el momento que se hizo consciente de su triunfo, el diablo volvió a borrarlo todo y se encontró sentado en una silla, en su departamento sin energía eléctrica, y preguntándose que hacer.

Fest esta loco no porque quiere, sino porque toda la vida ha jugado a Dios y el diablo. Es así, por ejemplo, que se recuerda en la secundaria, en la dirección. A su lado, estaba uno de sus compañeros: Daniel. Él le había robado dos estilógrafos, cuadernos, le había amenazado diversas veces, casi se habían agarrado a golpes una vez. Daniel, igual que el segundo nombre de Fest. ¿Y por qué ambos se encontraban en la dirección, frente a los ojos de la monja Sor Juana? ¿Era por qué él se había hartado de los abusos?

No. A Daniel iban a expulsarle de la escuela. Se había excedido tantas veces ya, que la piedad de las concubinas de Cristo se había agotado. Fest se encontraba ahí porque su abuela le había hecho prometer que nunca abandonara su nobleza. Daniel no es malo, dijo Fest en voz alta, sabiendo que si decía lo contrario también aplicaría así mismo, prometo cuidarlo madre, prometo responsabilizarme de sus actos… Prometo cuidarlo.

Igual que prometió cuidarlo y guiarlo, sabía que si no lograba nada con él, entonces no había de otra que declararlo un hombre perdido, alguien manchado a los ojos de Dios y del hombre. Es por eso que la monja se le quedó mirando con los ojos entrecerrados, graves… Este cabrón se sabe tan listo que esta abogando por el diablo, y cumpliendo o no, habrá ganado.

Pero hubiera sido bonito, pensó Fest, que me hubieran dado la oportunidad de salvarlo… De salvarnos juntos, Daniel.

Prometo cuidarlo madre, dijo Fest en voz alta y empezó a quedarse dormido. En sueños y sin ninguna voluntariedad oriental, escuchó los balones de basket en la cancha, el aceite saltando en un sartén para huevos en el departamento de arriba, los gemidos de una mocosa tocándose después de haber hecho la tarea de mate en su cuarto, el choque de las nubes contra el viento y despertó.

Se sintió terriblemente asustado, no estaba tan acostumbrado a escucharlo todo, así que buscó su reproductor portátil de mp3 y se sonrió estúpidamente cuando escuchó las canciones de José José.

Entonces recordó a la pobre de Perla que le quería tanto, que le admiraba tanto, que le veneraba tanto. Ella compraba los mismos libros que leía Fest, sin falta, y le regalaba libros, sin él pedirlo. Hasta una camisa y calzones le regaló. Yo no puedo amarte, le decía Fest, pero si quieres puedes ser mi puta, y la pobre haciendo como que mamaba y haciendo como que juntaba las piernas y se tocaba. A Fest sólo le bastaba recordarle lo puta que había sido, en público, para que ella bajara la mirada e hiciera como que lo odiaba. No fue la única, pero si todas esas pobres que tocaron su camino tuvieran que llamarse de algún modo, tendrían que llamarse Perla, todas esas que le dijeron “No me maltrates… Quiéreme”, “¿Por qué puta y no amor?”, “Después de todo ¿sólo eso piensas de mí?”.

¿Será por eso, que esta pagando tanto? ¿Karma? Nah, no lo cree, ellas también tuvieron su culpa, cuando lo veían tan listo, tan inteligente y culto, tan alto y blanco, tan banco de genes, tan necesario para mi cuarto de trofeos y de ser posible, para presumirlo como esposo. Pobre de Fest, que se vio en necesidad de enseñarles algo a las pobres putas.

Fest se hartó de las mujeres, cuando era igual con todas, todas eran igual con él. Tal vez ese pensamiento tan simple fue lo que le obligó a buscar querer de verdad. Fue la búsqueda del amor y ese amor como redención. Será que conscientes de esto, otras mujeres trataron de maltratarle y él, gustoso, actuó como un perro mal herido, si en eso consistía la redención, procuraría tener días tan malos que sólo el budismo o el asexualismo podrían curar.

Se volvió una rutina tan desagradable, que hasta pensó en acostarse con un hombre y a chingar a su madre. Venga tu banquete Platón.

Es en esta parte donde Fest quitó a José José del reproductor y miró una de las paredes sombrías e indefinidas, en completo silencio. Creyéndose un Quijote de Broadway, se arrodilló frente a una luna imaginaria y pidió con religioso fervor el perdón de todos sus pecados, hazme caballero, luna misteriosa, para que me perdonen todas las mujeres presta pronto y saba daba…

…y se quedó dormido.

Creo que sin lugar a dudas, el peor error de un escritor es poner demasiado de sí mismo en el inicio de una historia que nunca fue suya para empezar. Pero lo siguen intentando, así como Fest ahora escuchaba como las raíces de los árboles se enterraban en la tierra, el trazo de la pluma de un poeta mediocre, el pedo de un cura mientras ofrece la comunión y la serie de hechos inconexos que continúan entrelazándose para que un escritor pueda echar a andar por fin y rescatar a un asesino, un amigo que no recuerda.

Fest despertó por tercera vez. Decidió salir para respirar aire, despabilarse, hacer otra cosa que recordar y dormir. Cuando salió, el niño Torres trataba de liberar al lobo de fuego limando su cadena. Fest seguía recordando un millar de historias en su pasado, pero ninguna de Bob, el cacto.

-Es inútil, nada funcionará, a no ser que encuentres los jugos de una celta virgen.

-…

-Exacto. Pero la cadena esta puesta en mi cuello por una razón y supongo que es porque mis dientes, de poder alcanzarla, serían capaces de quebrarla. Uno de mis colmillos debe ser suficiente.

Torres y Fest se miraron.

-Ve por unas pinzas Fest -dijo el lobo sonriendo.

Si Fest tuviera que contar esta historia de nuevo, diría que buscó las pinzas con una calma poco común y cuando las encontró y salió con ellas, no estaba seguro de lo que sucedería con ellas pero que esperaba no tuviera que ser él quien las sostuviera en sus manos cuando llegara el momento crítico. Se equivocaba, por la honesta y burda razón de que él siempre se equivoca y termina resignándose por hacer las cosas que no quiere hacer.

Se arrodilló frente al lobo cuando él se lo pidió, y el niño Torres se tapó las orejas para no escuchar los aullidos y las carcajadas guturales del lobo, durante las dos horas y media que tardó Fest para extirparle su colmillo superior izquierdo.

En el catorceavo sueño, la duda que pudo haber salvado los sueños…

Este post es parte de una serie, llamada “La Torre de los Sueños”. Anotación 14 de 16


En la Torre de los Sueños, el pulpo de los tentáculos interminables sostenían a un guerrero con fuerza y lo apretaban tan duro que pronto lo harían explotar. Pero el guerrero no estaba solo, con él se encontraba un gigante quien sonreía recordando viejos tiempos. Pulpos como esos los atrapaba su mamá con las dos manos, les quitaba los tentáculos uno por uno y después los echaba a una enorme cacerola donde tenían suficiente para comer en una tarde y cenar un poco en la noche. Así lo recordaba Chocolate, el gigante, quien rara vez recordaba con exactitud las cosas. La memoria de los gigantes, igual que su capacidad de soñar, era tan confiable como lo es una pesadilla que dura cinco minutos más después del despertar.

Haciendo gala de su fuerza y la agilidad, la cual era mucho mayor que la del pulpo, Chocolate utilizó su gran martillo de bronze para golpear los tentáculos que sostenían a Vort Wunden. Cuando observó que el guerrero caía libremente y que el pulpo movió todos sus tentáculos contra él, soltó su martillo de bronze y con ambas manos detuvo las extremidades que se disponían a atacarlo. Con los pies repelía los tentáculos que intentaban liberar a sus compañeros y Chocolate, como recordó su mamá que hacía, dominó al pulpo de tal manera que pudo alzarlo con toda su fuerza, quebrando así varias de sus articulaciones. Sin dudarlo, lo azotó varias veces contra una de las paredes.

Recogió su martillo, sin tiempo que perder, y se fue directamente contra los ojos del pulpo quien estaba aturdido. Primero los quebró, como cristales, y después agarró su martillo por la cabeza para meterlo como una vara contra una burbuja de agua. Empujó rápidamente, para llegar a su cerebro.

—¡Ya tenemos la comida lista, señor Vort! —exclamó Chocolate contento.

Vort se encontraba tirado en el piso, sosteniéndose la cabeza con su única mano y jadeaba constantemente. Nunca escuchó la exclamación del gigante y tampoco pudo distinguir el rostro de Miriod, quien se encontraba arrodillado ante él.

El gigante observó como el pulpo se retorcía y lentamente se esfumaba, en una nube morada… varias esferas de cristal cayeron, como canicas y se distribuyeron a lo largo del pasillo. Chocolate se sintió frustrado… ¿había peleado todo este tiempo con un sueño? Si eran tan fáciles de dominar los sueños, pensó Chocolate, se prometió soñar más a menudo aunque no supiera como hacerlo. Suspiró y se encogió de hombros, se giró para encontrarse de nueva cuenta con el guerrero pero en su lugar, descubrió a Miriod quien sonreía con los ojos entrecerrados. Chocolate hizo una mueca al mirar que tenía un ojo de millares de ojos en los hombros, sus manos tenían uñas largas y torcidas, sus pies estaban deformes como los de un monstruo y seguía sonriendo, sonriendo…

—Señor Miriod… ¿dónde había estado? ¿Y dónde está el Señor Vort? —preguntó el gigante cautelosamente.

—El Señor Vort no tiene más que hacer aquí y lo he mandado a descansar. Sin embargo tú, todavía tienes un sueño que soñar. ¿Querías encontrar a Dom? Te llevaré a ella que necesita de tu ayuda. ¿Lo harás? ¿Soñarás por ella?

Chocolate olvidó su desconfianza y sonrió enormemente.

—¡Si! ¡Lléveme a Dom-bi-Dom! ¡La extraño muchísimo! Escuché que gritaba mi nombre… por favor, lléveme a ella.

Miriod, el mago oscuro, sonrió siniestramente. Caminó hacia Chocolate y le tomó la mano. El gigante cerró los ojos contento, sonrió con la boca cerrada y se acarició la cabeza. Por fin, sentía que habían sido años desde la última vez que Dom le había acariciado el cabello.


Cuando Vort Wunden despertó, se encontraba ante el portal de madera de la Torre de los Sueños, era de día y el sol le calentaba el rostro. Se sentó un momento y contempló la torre, metió la mano en el bolsillo de su pantalón para buscar la esfera que encerraba su sueño y en su lugar, encontró varias. ¿En qué momento habían llegado a la bolsa de su pantalón? Trató de recordar… y sólo podía ver la figura difusa de un mago oscuro quien le alzaba la cara y le daba de beber. Sacó todas las esferas y contó que eran siete en total, incluyendo la de su sueño.

En el otro bolsillo de su pantalón, se encontraban algunos fragmentos que había robado al quetzalcoatli muerto. Esos los podría vender por buen dinero al herrero, un solo pedazo podía fortalecer una armadura con magia.

Siguió mirando la Torre de los Sueños, todavía no quería ponerse en pie y regresar a casa. Quería regresar a la Torre, sentía que se lo debía al gigante. Después de todo lo apreciaba —y también, hablaba su sangre guerrera—, quería llevárselo a casa aunque no encontrarán a la niña, quería darle la taza de chocolate caliente que le debía, quería seguir viviendo aventuras con él en la Torre. Si, mientras los ojos de Vort miraban con intensidad el portón de madera de la torre, su mano restante jugaba con las esferas de los sueños. Quería regresar y dudaba… dudaba que debiera hacerlo… entonces recordó la voz del mago que le dijo—: No regreses hoy, Vort Wunden, o tus sueños te matarán…

Mientras Vort pensaba, el cielo encima de la torre se oscurecía y luces, de todos colores, traspasaron sus ventanas. Ese fue el día en que todos los sueños dejaron de existir gracias a la duda de Vort Wunden.

El actor principal de una película de madrazos

Estar en los zapatos de Simón Dor, le hizo descubrir una nueva vida. Así que caminando, como parte de su entrenamiento de peleador, llegó a Hollywood. Tardó un poco en llegar, pero tenía el tiempo del mundo… tenía toda una vida. En el camino, su físico se compuso de nueva cuenta: se hizo más alto, perdió la barba y el cabello le decreció, hasta casi estar rapado. Se almendraron un poco los ojos y cambió el color de su piel. El rostro se le hizo más duro.

A unos pasos, le seguía una sombra. Una sombra que deseaba saber si era aquel que cambiaba de vida en vida y finalmente cobrar su venganza.

Llegó casi al amanecer y pudo apreciar las letras gigantescas, en aquel montecito, que decían H O L L Y W O O D. Wow, se dijo, ¡estaba a punto de convertirse en la estrella de una película de madrazos! Se inscribió a cuanto dojo hubiera por ahí y se consiguió un agente, una pelirroja llamada Molly, quien le cambió la vestimenta. Como no estaban bien seguros qué tipo de madrazos daba; si de karate, judo, kenpo, tae kwan do, kick boxing, a la mexicana o uñas y mordidas; le consiguió unos pantalones negros, zapatos de vestir, una playera negra pegadita y unos anteojos oscuros. Se veía bien cool en los castings.

En los dojos demostraba que era el mejor de todos y en los castings también. Aunque ganaba mil trofeos y reconocimientos de: “Bueno si, peleas bien chido y nos madreaste a todos los alumnos”, en los casting era distinto: los directores bien mamones —pues claro, es que el señor director, ES EL SEÑOR DIRECTOR—, ni oportunidad de hacer el casting le dejaban. Se estaba deprimiendo y Molly ya no sabía que hacer con él. El poco dinero que ganaba, lo hacía en exhibiciones y en concursos locales de artes marciales. No era suficiente, no descansaría hasta verse así mismo en la pantalla grande.

Creció un resentimiento en esta vida.

Es la suerte la que permite a uno quedarse en esas cosas, tan intrigosas y misteriosas, llamadas casting. A menos que seas una modelo aspirante a actriz, cocainómana, dispuesta a hacerlo todo, bien divertida y chichona, no hay de otra. Y la suerte le tocó al actor, cuando le dieron el guión unos tales hermanos Wamasky. Lo leyó y se emocionó cada vez que decía: —PELEA—, ¿qué importaba qué no existiera la pinche cuchara? ¿qué diablos querían decir con Mión? Ah, no… Zion. Lo importante, era la cantidad de veces que decía —PELEA—. Hizo el casting y pues, PELEÓ (es que así decía el guión), destrozando sin querer a cuanto stunt estuviera a su alcance. Los directores se quedaron con la boca abierta y Molly estaba orgulloso de su muchachito que pronto sería artista.

Se presentó tempranito al set, con el vestuario elegante que consiguió los primeros días. (Los directores dijeron que estaba per-fec-to). Le dieron el mejor camerino, con baño personal y un espejo muy grande para él. La maquillista lo seguía a todas partes, para ponerle polvo en la carita y no le brillara su nariz tan feo. Cuando salió del camerino, las fans ya estaban gritando cuánto le amaban y cuántos hijos querían para su familia. Y él nada más sonrió, esa sonrisa que había practicado tantos días de haber estado en Hollywood. Su sonrisa, quien siempre esperó este momento.

Salió en periódicos y revistas. Era la sensación de las calles, pero la vergüenza de los dojos que se tomaban el arte un poquito en serio. Eso no le importaba a él, naturalmente: pronto estaría en el cine. Hizo todas las tomas que le pidieron y unas cuántas extra, sin cobrarles nada porque era nuevo en esto de la artisteada. Se hizo adicto a la cocaína, porque es que casi todos se la metían. Al extasis, las pastas y el alcohol. Así salía en las noches, con tres o cuatro mujeres a su lado. Molly lo miraba decepcionada, es que él ya no era el mismo y se negó a seguir siendo su agente.

No importaba, ya había otros veinte en su puerta.

Cuando borracho y drogado, destrozaba cuánto bar, cuánto club y cuánto antro. Dejaba a un par en el piso y sangrando. Lo metían a la carcel. A los Wamasky no les importaba, pagaban fianza y lo sacaban —Necesitaban hacer otra toma, esta será publicidad… negativa, pero publicidad al fin y al cabo—. Su camerino estaba lleno de botellas de vodka vacías y se miraba al espejo, sonreía. Finalmente, se estaba haciendo una estrella y estos, eran pequeños sacrificios.

El día de la última toma, festejaron todos y al siguiente mes, estreno en cartelera. Un hitazo, la película recaudó casi treinta millones de dólares y el actor, ya estaba firmando para otras dos secuelas, mientras la nariz le sangraba y los ojos se le dilataban.

A empezar la rutina, al día siguiente, en el set a las siete de la mañana. Cinco líneas blancas, dos tragos absolutos. Vamos, estoy listo para la siguiente pelea. Y es que el actor no estaba consciente de sus poderes como artista marcial, ni del resentimiento adquirido, ni de la furia contenida. Ese mismo día, el desbalance del ying y del yang, acumuló toda la energía contenida en sus puños y fue peor que un Kamehame Ha de Neo y un Exploding Star a la Vegeta de Mr. Smith.

Acabó con medio Hollywood.

A huevo.

Medio Hollywood, derruído como si le hubieran tirado una bomba atómica. El actor despertó y miró el desastre, suspiró triste y miró el cielo. Al menos había una película de él en el cine. Se miró las manos, se dio cuenta del error de su camino y lentamente, en el alma, se le fue forjando el propósito de su siguiente existencia—: sería monje budista.

Regresó caminando a México, con una sombra siguiéndole los pasos y escuchando en los noticieros que la caída de Hollywood había sido culpa de Allí-Queda, un grupo terrorista musulmán.

[Heber Dor - Cuento] La realidad dentro del mito

La Muerte, el dios-Hombre supo que no fue el primero cuando lo miró. Ahí estaba él, hundido en la oscuridad, un viejo de toga blanca con un libro en el regazo y una pluma celestial, escribiendo todo lo que sucedía. Y parecía que cada vez que hacía algo, podía escuchar las letras escritas en el libro dictando lo hecho. Fue cuando a la Muerte, el dios-Hombre, le asaltó una duda existencial de esas que no tiene muy a menudo: ¿Hacía las cosas y el libro las portaba? ¿O se escribía en el libro y entonces lo hacía?

Todas las respuestas, entonces, penetraron su cuerpo y su mente. Ahora recordaba quien era, quien fue y quien sería. Aceptó gustoso el destino y asintió, hacia el primer Cuenta-Cuentos. Hacía mil vidas había dejado la rebeldía de lado, hacía mil vidas que descubrió de la mala manera que era un títere de otro, hacía mil vidas se había resignado. Él tenía todas las respuestas y era simplificada en una sola: No puedo hacer más, porque ya está escrito.

La vieja ciega no descubrió al Cuenta-Cuentos, para ella estaba prohibido. Para la vieja ciega La Muerte seguía siendo el primero, el único e indiscutible señor de todo. La Muerte le observó y recordó todo el pasado de la vieja y qué hacía ahí. Sin embargo, no podía decirle nada y no debía darle las respuestas que ella tanto esperaba. Mil vidas que ha repetido para cuidarle y protegerle, para enseñarle el camino. Y no podía salvarla. Era ella la esperanza de todo humano y de él en sí. Porque era la anciana ciega la única loca y estúpida, la única con la fuerza suficiente, para desafiar lo que ya estaba escrito. En ella depositaba sus esperanzas.

Y lamentablemente, para hacerlo así, no debía darle ninguna respuesta para tranquilizar su alma.

Jamás.

Los dioses observaban desde Jenué al dios-Hombre alzar sus brazos y con sus puños tomar la oscuridad y la luz. La vieja ciega lo aprobó silenciosamente. Fue en una esfera de eter, magia y la realidad de las letras, que la Tierra fue creada. Fue así, con el soplo divinal del dios-Hombre, que creó los otros mundos cuales fueron esparcidos por todo el universo como burbujas de jabón. Explotaron uno tras otro y El Señor de Todas las Respuestas, ordenó a cada cuervo a observar cada mundo.

Sus cuervos, sus ojos.

Con los dedos moviéndose como un músico, decidió por lo que ya estaba escrito, a cuales debía darles vida y cuales no. Finos hilos de gravedad atravesaron el universo (y así, con los vestigios de los hilos, fueron creadas las estrellas) y a la Muerte a cada uno le dio un nombre, una vida y un propósito.

—Creado está el Universo, mi venerable señor —dijo la ciega, quien prendió un nuevo cigarrillo y sonrió dulcemente.

Sonaba como un eco insoportable, el Hombre que Escribe, hundido en la oscuridad y escribiendo en el libro. Mil vidas de soportarlo y aún no se acostumbraba, se dijo La Muerte. Miró a la ciega y le abrazó, en ella depositaba todas sus esperanzas.

—Es hora de crear al primer hombre y a la primera mujer.

—Todavía no, Yasmín.

—Siempre respondes eso —dijo Yasmín asombrada— En este exacto momento, en todas las vidas excepto la uno. Siempre me dices que no… y puedo adivinar lo que dirás después.

—Primero hay que divertirnos —dijo el dios-Hombre y Yasmín sonrió confundida.

—A estas alturas, siempre sabes mi nombre. ¿Por qué?

—No lo sé… los recuerdos vienen poco a poco.

Yasmín suspiró. La misma mentira de mil vidas. Bajaron juntos a la Tierra. Se quedaron en silencio durante siglos y miraron a los dinosaurios, enseñar al mundo el don de la supervivencia.


Heber Dor. Décimo Segundo del Cuenta Cuentos de los Muertos.

Perros y Humanos

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ATT: Los Dopplegangers.

Nos han hablado de hadas, de duendes y de brujas. La televisión, los dibujos animados, los bellos cuadros de los artistas nos han otorgado imágenes explicativas de como son y las historias populares, adaptadas a nuestro tiempo, nos han descubierto quienes son estos seres mágicos que se esconden a la vista del hombre. A un hada la imaginamos pequeña y con alas, a un duende le ponemos gorrito y grandes orejas, a las brujas un sombrero negro y harapos.

¿Pero qué viene a la mente al escuchar al doppleganger?

Los dopplegangers son seres mágicos que son un duplicado de nosotros, en espíritu y cuerpo. Traviesos por naturaleza y preparados para hacer maldades y estragos, a la gente incauta. Todo ser humano lleva consigo a su doppleganger y cuando uno duerme o está demasiado distraido como para saber quien está hablando, aconseja y ordena al ser humano. Nunca se debe mirar a un doppleganger a los ojos, o se augura mala suerte. Es más… hasta podría llegar a ser que el que ocupe el cuerpo, sea el doppleganger y la esencia original del ser humano se pierda.

Los dopplegangers, al ser creaturas mágicas y al estar pervertido el Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal, tenían órdenes de actuar contra el pequeño Árbol a quien le había sido encargada la difícil misión de curar la magia.

Y el doppleganger del borracho de Francois, miró al Árbol Tsef Thaed platicar con los otros árboles del parque, antes de decidirse a ir por Francois y decirle unas cuantas palabras al oido. Siguey leyendo →