Septiembre 6, 2004 — Asceta.
Escrito por Agustin Fest.
Ayer no podía dormir, tan no podía dormir que me encontraba a las cinco de la mañana, aún pensando, bostezando, dando vueltas en la cama, creando telarañas invisibles con mis dedos, pensando, parpadeando a ver si así mi cuerpo se cansaba, pensando pendejadas. Si, eso hacía. Nada nuevo. El proceso para conciliar el sueño, hoy se valió de leer dos capítulos del Quijote, después bajar y ver una película, releer un poco algunos pendientes y subir de nuevo, a ver si eso me relajaba. Ni madres, o bien, en terminos menos coloquiales: Sirvió para un carajo.
Pensaba en eso de “Vivir el momento”, en aquellas personas que lo dicen y lo repiten y tal vez, hasta lo viven. Es el consejo de los tiempos modernos, ese “Vivir el momento”, quédate con el presente hasta que te mueras y disfrútalo. ¿Se puede? ¿Hay gente contenta, viviendo continuamente el día a día, disfrutándolo, contemplándolo y aprovechándolo? Y en mis pensamientos, busco a las personas que lo han aconsejado o dicho y rara vez, hay una congruencia entre ambas cosas. Muchas veces, se vive el presente porque no hay de otra, porque hay que seguirle en la luchita. ¿Y mañana qué? Pues no importa mucho, no sabemos si mañana moriremos o si hoy en la noche se arruinan los planes de cinco años… así que bienvenido presente, eres nuestro consuelo.
¿Habrá gente que aprecie cada minuto de su existencia? ¿Qué se sonría —tiernamente— si alguna vez llega a leer mi ingenuidad? ¿Habrá gente que haya llegado a tal estado espiritual/mental que pueda enterrar un pasado y dejar al futuro, hacer y pasar? ¿Habrá gente que no se conforme con un: pues nomás vivir y ya, no hay de otra, luchita luchita? Ah, no lo sé. No sé si yo quiero ser uno de esos o si, de alguna manera curiosa, me he transformado ya en uno de esos. Tal vez de eso se trata vivir el día a día, de lo mucho que estoy pensando y el tiempo se me va, mientras estoy sentado, bebiéndome un café, mirando al frente, cumpliendo mis trámites karmáticos y legales.
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Julio 5, 2003 — El Viaje de Simón Dor, Un tal Simon Dor.
Escrito por Agustin Fest.
Simón Dor tomó un trago de tequila y observó al niño, que continuaba sentado y cabizbajo. Guardaron silencio para no molestarse mutuamente, el viaje en ese instante no importaba. El niño y el viejo. Pasado y futuro. Medio observándose, sin querer mirarse a los ojos, porque bien sabían que el uno era la consecuencia del otro y viceversa. La habitación de Simón Dor, se había convertido en el lugar donde el presente estaba prohibido y maldito.
Voy a tomar por vos, otro trago para olvidar
Que el miedo te comió los pies
Y que ahora sos un tipo más, y que poco a poco te fuiste yendo
Y que poco a poco te fuiste yendo de nuestro lugar
—El satánico Dr. Cadillac, Los Fabulosos Cadillacs.
El niño levantó la mirada y enfrentó a Simón Dor. Se acercó a la mesa y tomó asiento, arrebató el tequila y también probó un trago. Cerró los ojos con fuerza, estremeció su cabeza y dejó el tequila en la mesa con un golpe. Simón Dor sonrió. Continuaron mirándose a los ojos. Simón lo hacía con un odio profundo y el niño mago, le respondía con furia incendiando su mirada.
Te sienta bien el sol, te sienta bien ser cool,
Te sienta bien el mal, te sienta bien ser Dios,
Te sienta bien mentir y decir
Que te fuiste yendo de nuestro lugar
—El satánico Dr. Cadillac, Los Fabulosos Cadillacs.
Simón Dor levantó un dedo y dibujó en el aire la silueta de un cuervo, esta voló por la habitación durante unos segundos, antes de perderse. El niño entonces, dibujó en el aire la silueta de una mariposa del tamaño del cuervo… la mariposa logró sobrevivir al olvido y se hizo real. Simón Dor alzó su diario y la aplastó entre las páginas. No le gustaban los bichos.
Que es lo que ha pasado con tu corazón,
Ya no marca el paso que marcaba ayer
Nunca fuiste libre y esa es la razón,
—El satánico Dr. Cadillac, Los Fabulosos Cadillacs.
El niño le robó uno de los cigarrillos a Simón, el viejo le dio cerillos para que lo prendiera. Le observó divertido cuando dio la primera bocanada de humo y se rió cuando toció y toció. Después, como sincroonizados, se recargaron en el respaldo del asiento al mismo tiempo, cruzaron la rodilla derecha y mantuvieron el cigarrillo en la misma mano, fumaron al mismo tiempo y se miraban con la misma mirada.
Misma mirada de tristeza.
Siempre hay un idiota para convencer
Hablas toda la noche como un boy scout,
Hablas sobre mi vida como tu papá
—El satánico Dr. Cadillac, Los Fabulosos Cadillacs.
Fue cuando Simón volteó a la derecha, que el niño volteó de lado opuesto. Alzaron el cigarro al mismo tiempo y con la mano que estaba libre, dibujaron en el aire más siluetas de cuervos y mariposas tan lento, que estas se acumulaban y brotaban rápidamente. Los cuervos y las mariposas se unían y salían creaciones extrañas, como cuando un pintor junta dos o tres colores, modificaban la realidad y el pequeño espacio de la habitación. Al final, fue cuando Simón y el niño alzaron las manos, que todos los bicharajos fueron destruidos y disueltos.
—Vete de aquí —dijo Simón—. Prometo pensar en lo que me has dicho.
El niño mago se levantó, tiró el cigarrillo y lo apagó con sus pies. Simón se sintió más tranquilo cuando escuchó los gritos de la vieja y el niño, que andaban de un lado a otro como pelotas de ping-pong.
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