Allá va!

¡Mira Ezequiel! ¡Allá va! escuché que le gritaron, si señor, ¿se acuerda usted? La historia popular dice que le salieron lágrimas de contento, un hombre chillón señor, así lo pinta la historia popular. También la historia popular nos dice de un hombre corriendo para alcanzarlo, si señor, usted la habrá escuchado igual que yo. Pero la verdad es que usted y yo estábamos ahí señor, ¿se acuerda? ¡Por supuesto que se debe acordar usted señor!

Podemos desmentir la historia popular señor, porque Ezequiel nunca lloró, al menos no de contento señor, y sabemos perfectamente que no corrió tras él. No, señor. ¿Se acuerda qué nos ofreció un cigarrillo y nada más le dio la espalda? Porque bien él dijo señor, ¿se acuerda? él dijo al darnos la espalda: “Los malditos siempre caminan sólos”. Y le creímos señor, porque en ese momento no había nadie más maldito, que aquel hombre.

Si señor.

Ezequiel y su escritor.

Cuando pensaba en Mayela, Ezequiel no evitaba derramar una lágrima y pensaba en aquél libro que tuvo la oportunidad de ver aquella vez.

Pudo leer brevemente lo que estaba sucediendo en ese momento y pudo leer la muerte de Mayela, a manos de aquella bala que le atravesó el corazón y le perforó el pecho. Así había sido, como lo había escrito aquel hombre.

¿Pero quién lo había escrito? ¿El hombre de los jeans y la chamarra negra? ¿El hombre sin rostro? ¿Dios? No, había sido alguien más, alguien cruel que disfrutaba de matar el amor de otros. “Vive tú vida”, le habían dicho. “Olvidala ya”, dijeron otros.

Cómo olvidar con signos interrogativos, como olvidar.

Y ahora que estaba lejos del libro y aún recordaba a Mayela con profundo dolor, se pregunta si El Libro sigue siendo escrito por aquél desconocido o si el es dueño de su propia historia.