Agosto 23, 2003 — Cuentos, favoritos.
Escrito por Agustin Fest.
Antes de irme debía despedirme de mi gorda, o eso me reprochaba la conciencia: “¿Hace cuánto que no ves a tu madre?”, unos diez u once años. Ella había decidido vivir sola en la casa de aquel pueblo tranquilo donde hasta Dios se aburría de que le rezaran todos los días. Me serviría estar ahí un tiempo para esconderme y pensar que le diría a mi madre: las razones de por qué hice lo que hice y luego despedirme definitivamente. O quien sabe, tal vez vivir en ese pueblo indefinidamente —si era cierto que era tranquilo—, entonces no habría forma de que ellos pudieran encontrarme.
Mi madre ya era una señora grande: sesenta y tres años. Aunque si tomamos en cuenta que yo tengo cuarenta y dos, me tuvo muy joven. Tuvo a tres de mis hermanos antes que a mí. Si, mi madre era de esas señoras que pensaban completar el equipo de fútbol.
Mis cinco hermanos le visitaban más seguido, ellos si se tomaban su tiempo (tres veces al año) para hacerlo. ¿Por qué no lo hacía yo? Desde joven fui considerado la oveja negra de la familia, me miraban leyendo a los cinco años “Papillón”, “Drácula” y “El exorcista”. Sabían que algo raro pasaba conmigo. No los culpo, yo les abandoné y los orillé a abandonarme.
La gorda era una persona dominante con todos, excepto conmigo. A pesar que la familia sabía que tenía la etiqueta de raro-excéntrico-criminal-y-oveja-negra, ella me sobreprotegía a mí, no a ellos. Tal vez por eso mis hermanos la visiten más seguido, deben satisfacer algún vestigio de su complejo de Electra, o tal vez siguen hablando de mí a mis espaldas, tratando de manchar su buena imagen.
He tomado el primer camión, deberé de tomar otros dos más. Uno bonito y dos guajoloteros. Mi gorda vive en un pueblito muy tranquilo y muy escondido, donde espero que ellos no puedan encontrarme.
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Febrero 6, 2003 — Un tal Simon Dor.
Escrito por Agustin Fest.
Querido diario:
Tengo una preocupación bastante válida. La gente que me lee por este medio electrónico cree que no existo y que soy un alter-ego de mi estimado amigo, el Arbol Tsef o bien dícese, Agustín Fest, o bien dícese, Carlos Bohrs, o bien dícese, Boris Santiel. Yo recuerdo bien que el primer día de este diario, escribí y cito lo siguiente:
He tenido días difíciles, ¿quién no los tiene? Mi amigo debe estar loco por haber accedido a publicar esto.
De hecho, está loco… ¿censurará estas palabras? no lo se, ¿y si piensa la gente que soy un alter-ego de él? no lo se tampoco. No me importa, ya que ustedes me leen, pero yo jamás sabré de ustedes. Sabrán tal vez de mi amigo, que decidió publicar esto en algún acceso de compasión y/o amabilidad por mi persona, al cual deben referirse en caso de que tengan un comentario que hacer. A mi, su inseguro servidor, me vale un pimiento. (Casi puedo escuchar a la primera mojigata decir, “¡Ohh! ¡dijo pimiento! ¡le valgo un pimiento!” y así será la primera molestia ocasionada a mi buen colega, que decidió escribir estas palabras en su moderno website).
Y aún así, después de tan avasalladora introducción, tienen la injusticia de confundirme con él. Es imposible decir que me vale un pimiento (de hecho la palabra correcta es pito, me vale un pito, pero mi amigo que es un mojigato como las mojigatas, me comentó que debería cambiar la palabra y yo le dije está bien, adelante, nada más publicalo. Nunca debí acceder a esa no-libertad literaria, porque ahora se toma toda clase de libertades con mi nombre. ¡Cómo si fuera un personaje inventado! Eso, mis amores, no debe ser posible)
¡No señor!, tal vez debería registrar mi nombre como lo ha hecho German Dehesa, de esa forma, la próxima vez que me confundan con él señor Fest, les mandaré un abogado vestido de gris y fumando un puro.
Odio los abogados. Mejor debería visitar a Fest y tener una charla con él. Una larga plática donde expongamos nuestros argumentos y bebamos tequila para relajar la lengua.
Y ya que lo tenga tranquilito, sacaré la daga y entonces daremos sangre a los cuervos del Aqueronte.
Nada más, no le digan a nadie. Éste será un secreto entre ustedes y yo.
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