Hoy he decidido llorar por medio de ternuras, así que me di a la tarea de buscar mis películas de Disney y ver todas escenas que me provocan querer sacar la lagrimita.
Así que he puesto Blanca Nieves y los Siete Enanos. Ver al malote de Gruñón llorar a moco tendido por la buena de Blanca Nives, me ha retorcido el corazón. Miren, miren, nada más no es posible. Imagínense, un hombre tan gruñón, tan duro, tan elegante con el piano y conservando la mala carota y ponerse a llorar porque la malvada de la bruja se deshizo de Blanca Nieves. Y luego, mirarlo con tal determinación salir con las antorchas y ser el primero en buscar a la pinche bruja… oh Dios… ese Gruñón, es lo máximo.
Está bien, no lloré. El estúpido de Tontón o como se llame… me hizo reír.
Bien, bien… puse a La Cenicienta y me dediqué a ver en slow-motion como la encierran y todo mundo confabula para que el príncipe no descubra que ella existe.
En slow-motion causa demasiada risa. Así que intenté con el Disney un poquito más contemporaneo.
Bien, “La Sirenita”… diablos, en la sirenita no encontré nada. Claro, me quedé encantado cuando el Sebastian decide ayudar a la pobre Ariel, que es una adolescente tonta y el príncipe es un acartonado de mierda. Va por una varita mágica y todo el pantano se pone a cantar. ¡Es sencillamente adorable! Y cuando los faisanes le tapan el pico a la gaviota con pinta de borrachote irlandés, cuando las tortugas y los pequeños peces dan de vueltas, cuando Flaunder se asoma para verlos.
En “La Bella y la Bestia”, es fascinante como el pobre desgarbado y patán intenta conquistar a la dama. Casi te hace llorar el sentirte bestia y después, hermoso a los ojos de la dama que muere por los libros. Te hace pensar: “¡Mi Dios, podría ser un borracho, drogadicto, neurasténico… y si soy lindo, la chica se enamorará de mi!”. Bue, entonces me acordé… como dijeron en Drew Carey: “La bestia tenía un castillo”.
“El Rey León” es más cruel. A Simba le matan el padre y cuando persigue a las oscuras nubes con su figura, allá en el cielo donde descansan los reyes del pasado. Los tambores africanos y el viento silbando, y sólo puedes escuchar: “¡Padre! ¡No te vayas padre!”. Y después, tuvieron que terminar la película en diez minutos porque en ese entonces era mal visto que una película animada durara más de una hora y media.
Ni tiempo de disfrutar la perdición, chingao. Eso me recuerda… tengo que ir a buscar a cierto papaíto (la mitad de mis genes, nomás) que tengo por ahí en Veracruz.
Espero que sea un antiguo rey o algo así, necesito mucho dinero. Bleh, no te creas padre Fest. Si alguna vez llegas a leer esto, hasta eso soy buen muchacho, no te pediré taaanto…
En fin, me quedé con las de Pixar. Miré la primera de Toy Story.
Buzz Lightyear, al infinito y más allá, cuando se entera que es un juguete y pierde la razón. Como se le ve su gran mentón, dibujando un rostro de: “Oh no, en realidad no soy un capitán especial, tan solo soy una mentada figurita de acción”. Y pierde la razón. Se vuelve loco el tipo, a dos pasos de convertirse el nuevo Chucky.
No funcionó. Le tengo cierto cariño a los locos.
Puse Monster’s INC y me reí toda la película. Desde la primera vez que la ví me gustaba demasiado. Nunca le encontré ningún motivo tierno-chillante… hasta que, al final… cuando le guardan a Sullivan el pedacito de la puerta y él lo pone cuidadosamente, con las manos temblando por ver de nuevo a la niña que le hizo ser el nuevo empresario e impulsor capitalista del mundo de los mostros…
Empujando la puerta con el temor de romperla de nuevo y después, vemos de frente al mostrito asomándose desde la oscuridad del closet, sus ojos mirando de un lado a otro, sin saber que se puede encontrar.
Hoy en día, nada más escucho: “Gatito” y me sale una lagrimita.