Octubre 16, 2007 — Casting, La Ciudad, Vida diaria.
Escrito por Agustin Fest.
Los mocos, cerebro en líquido, escapan en amarillo a la servilleta. La garganta medio cerrada. El dolor general del cuerpo, un entumecimiento molesto. La cabeza. No poder fumar apropiadamente. Muchos líquidos para evitar la deshidratación. El pensamiento errático. El malestar del cuerpo que se copia, como papel carbón, al humor y al espíritu. El pecho duele si toso. He tomado vitaminas y medicinas, parecen la misma cosa en estos tiempos. He estado gallito todo el día, hablando de gargajos y humores. Ayer lo ocupé para recuperarme, ni siquiera me acerqué a un monitor, si acaso prendí una televisión y dejé que sonara mientras yo dormía.
Tuve una mañana linda. Por un momento, creí que mi humor no recaería. Entonces recordé que me siento enfermo. La percepción cambia. Amarillo del sol, verde moco. Sonidos del motor, el papel a la nariz. Smog afectó mis pulmones. No puedo fumar decentemente. Iría a comprar cigarros, sólo porque no quiero caminar a comprarlos. Hace calor, pero es preferible no desabrigarme porque el frío afecta al cuerpo. Necesitaré muchas servilletas. “Quiero verte una vez más”, sigo con ese tango en mi cabeza.
Débil, desganado, en el momento menos indicado. Mucho trabajo. Montañas de trabajo. Estará bien para sentirme ocupado… me siento en muchos lugares a la vez. Me siento en ningún lugar. Una pendeja por el messenger. Muy pendeja. La gripa me hace paciente. No es cierto. Ya van dos veces que insulto a las personas porque no tengo ánimos. Ayer me tomé dos theraflús. Quien sabe que me hicieron. Hoy me tomé TYLENOL EXTRA FUERTE. Supongo que son los culpables del sueño. Jamás dejaré de escribir. No importa que pase.
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Mayo 26, 2006 — Asceta, Consumidor de Entretenimiento, Fractal Chaos, Notas aleatorias, Sensitivo.
Escrito por Agustin Fest.
He estado tan entretenido con esto de los FotoCuentos que no he escrito de mí. Me han dado ganas, pero me gana más el entretenimiento que me provoca escribir por una fotografía que ustedes me envían. Se me ha hecho raro que mi novia no haya mandado alguna, pero así como la negrean en el trabajo también lo comprendo. Si eres lector habitual o caiste por casualidad a este blog, te invito a que me envies una foto. Si ya enviaste una, puedes enviar otra, al fin que hay bastante cola (hasta el momento, son treinta fotos pendientes). El ejercicio me ha parecido entretenido y muy estimulante. Claro, no tan estimulante como una mamada, pero casi.
Me gustaría que mis cuentos fuesen más cortos, pero no puedo, tengo la mala costumbre de adornarlos un poco.
La otra parte de mi tiempo la ha consumido Final Fantasy X, puedo decirles, no sé si orgullosamente, que mi juego salvado registra 140+ horas. Me sorprende porque un juego RPG, si no es un Final Fantasy, lo acabo en 30 ó 40 horas. Si es un Final Fantasy, me quedo en las 70-80. La verdad, la historia no me ha fascinado, sin embargo el sistema de juego se me hizo muy cómodo. También, tal vez, es que he adquirido más paciencia para jugar. Esta vez me dediqué a buscar todo lo extra que podía ofrecer el juego y poco a poco, he conseguido todas las armaduras, las armas celestiales, las esferas especiales para llenar atributos vacíos. Calculo que me faltan otras veinte horas de juego, para sacar a un monstruito llamado “Nemesis” y para terminar de subirle todos los atributos a mis personajes. Mierda… soy un friki, o friqui, o freaky, o cómo gusten escribirlo.
Espero que cuando llegue el momento de la verdad, no intercambie el sexo por el juego o por escribir fotocuentos, sería energía física muy desperdiciada.
Ya tengo trabajo como corrector de estilo para una revista, muchísimas gracias a Caro por el contacto y por avisarme cuando se dio la oportunidad. La paga es poca, casi que para los camiones y la coca, pero no creo que consuma mucho tiempo y con ello estoy trabajando en el rubro. También con ello reactivaría cierta independencia económica. Por otra parte, esta por salir mi tercera colaboración en la revista Penthouse y eso de alguna manera, me tiene muy contento. Verme publicado en medios masivos es muy satisfactorio.
Mientras escribo esto, estoy matando a un Kottos para obtener cuarenta esferas de fuerza. ¿A poco no soy un chingón?
Últimamente me ha asaltado la idea de “escribir para sanar” como dice Jodorowsky. No como algo metafísico, sino como algo oriental. Estuve enfermo mucho tiempo y escribí esa enfermedad. Tal vez, ahora que tengo un poco de paz y estabilidad en mi vida, debería escribir de eso, sin embargo, me da un poco de terror hablar acerca de los trinos de los pájaros y de como alumbra el sol el rostro de los niños. No sólo es mamón, es horriblemente cursi. Tal vez si me sentara a contemplar, conseguiría una de dos cosas: No me daría miedo mi cursilería o bien, aprendería a apreciar las cosas bellas sin caricaturizarlas o ridiculizarlas. Me gustaría escribir para tranquilizar y relajar a otras personas, este mundo jodido lo necesita un poco.
Sin embargo, “escribir para sanar” en mi caso, no creo que sea lo óptimo. Después de todo, me gusta disfrutar mi parte hedonista, mi parte oscura, la que desea y quiere más. No tengo ningún problema con ella, al contrario, la estimulo cuando sale a flote. Más estos días donde vivo tan relajado. Tal vez eso de “sanar” es solamente un ideal, y realmente continuo enfermo, moviéndome en ambos lados de la balanza. Jugar 140 horas Final Fantasy, ¿es la virtud de la paciencia o es el reemplazo de la enfermedad? Ahora, no hay que ser tan exagerado, esas 140 horas hay que dividirlas entre treinta días que lo he estado jugando (tal vez un poco más). Un promedio de 3-4 diarias. En eso se me van mis horas de insomnio. La verdad lo prefiero a pedirle fotos a mi gringa proveedora de fotos de celular en pelotas. Tiene un culo demasiado grande, como de caballo, enorme…
A mi novia le gusto por grotesco en ocasiones, a veces me desprecia un poco por ello.
Tidus ya tiene 255 de Fuerza / Defensa / Defensa Mágica / Evasión. No necesita más. Nos vemos al ratón vaquero.
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Noviembre 24, 2003 — Cuenta-Cuentos.
Escrito por Agustin Fest.
Ilusiones. Se hizo de ilusiones, pensó triste. Se acercó más a la gran carpa y los colores estaban opacos y llenos de tierra. El olor a animales, pareció nunca haber existido y sólo fue una invención de su mente. Se quitó los zapatos, ya rotos de tanto caminar y prefirió andar con los pies desnudos. Extrañamente, era cómodo y fresco, a pesar del calor que le estaba obligando a sudar. Es que no estaba en ningún lugar, se dijo, y todo podía suceder.
Como el circo muerto en el que estaba ahora. Alzó la vista y encontró un letrero que decía: “Circo de los hermanos Arlequín”, letras rojas y grabadas en madera. Brillando intensamente, con vida propia, a diferencia del circo. Caminó alrededor de la carpa, había puestos de madera viejos y consumidos, papeles tirados avisando de las nuevas funciones, jaulas deshechas que habían pertenecido a los animales, telas de colores opacadas por el tiempo y en el aire, música vieja penetraba sus oídos.
—Es que no tienes ojos para vernos —dijo una voz. Heber se despertó de un sopor ocasionado por el calor y el circo fantasma, giró el cuello para ver quien le hablaba y descubrió a nadie.
—Y tampoco perteneces aquí —escuchó Heber, volteó de nuevo, seguía sin haber nadie—. Tú eres el hijo de Dor de los muertos, ¿qué haces aquí?
—Vine porque quería divertirme.
—Eres Heber y vives por los muertos. Sin embargo, tendrás dos bisnietos, uno será Zohet y el otro Obed. Ellos podrán venir aquí cuando quieran. Ahora márchate hijo de Dor, toma mi mano…
Dicho esto, vio a una niña que se le hacía familiar. Una imagen translucida, sin emoción alguna, le ofreció la mano. Heber la aceptó dudoso y al tocarla, sintió un calor intenso. Cerró los ojos y apretó los dientes, la piel se le estaba quemando. No pudo contenerse más y gritó.
Con el grito, desapareció el circo y al abrir los ojos, Heber Dor se encontraba en un gran campo de trigo cuyas puntas poseían luces. Muy próximo a él, descubrió a un caballo enorme jalando una carreta. En la carreta se encontraba sentado con los pies al aire, un hombre de jeans y chamarra negra. Miró a su hombro y se encontró con la sonrisa de un cuervo.
—Has venido en el momento indicado —dijo el Hombre de Jeans—. ¿Quieres saber por qué escribes de los muertos, hijo de Dor? Acércate y trabaja conmigo el día de hoy, y el de mañana, y el que sigue después. Son los que aún no nacen quienes te dirán el por qué.
El hombre le extendió una guadaña y Heber aceptó confundido. ¿Qué significaba todo esto? Cuando tuvo la guadaña en sus manos, supo lo que debía hacer. Segaba el trigo que estaba lo suficientemente crecido y lo ponía en la carreta. Miraba con atención las puntas de luz, donde un alma platicaba su historia. El inicio y el final, unidos en una esfera. El hombre de jeans lo observaba mientras le acaricia las plumas a su cuervo. Así pasaron años, los cuales Heber sintió como si fueran minutos.
Y en segundos, supo que los muertos eran su vida.
—Este es Jenué —dijo La Muerte—. Es el primer mundo que hice, y es aquí donde nacen las almas. Mira el cielo corrupto, la tierra que no es fértil. He tenido que trabajarla mucho para crear la vida, sin recurrir a la soberbia de mis puños creadores. Eso explica la existencia de este lugar, pero no explica porque estás aquí, ni porque escribes de los muertos. Sigue segando y lo sabrás.
Así hizo Heber, durante minutos que se sintieron como años. El cielo estaba café y la tierra se sentía caliente bajo sus pies. Se sentía fuerte al respirar la luz del trigo, sonreía de alegría al mirar las historias que nacían dentro de cada una de ellas. Las almas de los que aún no nacen, se metieron en su piel y salieron hechos sudor.
—Este es el balance de la vida y la muerte. Hice un lugar donde pudieran coexistir ambos. Aquí está lo más bello y lo más horrible. Pero no pude hacerlo todo yo solo, necesitaba alguien que pudiese escribir mis pensamientos y vigilar a los dioses. Necesitaba alguien que pudiera inventarles una vida. Un secretario, por así decirlo.
Heber continuó segando y mientras así lo hacía, descubría el lenguaje de la vida y la muerte. Aprendió las palabras que habría de transmitir a otro bisnieto lejano, Ezequías. Aprendió como abrir las puertas del cielo y del infierno, quien Jefte aprendería al desenredar uno de los enigmas en su sangre.
—Presta atención, Heber, que te contaré de la realidad del mito y sabrás porque estás tú aquí.
Heber segó durante siglos enteros, en una historia que se contó en unos minutos.
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Octubre 9, 2003 — Cuenta-Cuentos.
Escrito por Agustin Fest.
Estan los tres sentados a la mesa, acompañándole y le miran.
Jonás está contento de tener a un viejo amigo.
Padre Burgos no sabe que hacer.
y Alicia, le odia… no le quiere ni mirar a los ojos y cuando lo hace, sostiene la mirada hasta que él la baja.
—¿A qué has regresado, Matías? —pregunta ella. Matías saca un paquete de cigarrillos, escoge uno y golpea un par de veces el filtro contra la mesa de Burgos.
—¿Dónde está Ezequiel?
—Nadie lo sabe, responde mi pregunta.
—A decirles la verdad para que estén preparados y mi nombre es Simón Dor… bueno, o solía ser mi nombre. Ahora ya no importa. Los nombres cambian con el tiempo y después, dejan de importar. En mi caso, así es.
—¿Qué verdad falta por descubrir? —preguntó Burgos—. En Jaramillo ya estamos en paz Matías… no necesitamos después del Día Negro.
—No habrá otro Día Negro —dijo Matías, fumó su cigarrillo y se recargó en su asiento. Fumó pensativo y se acomodó al silencio de los otros tres—. Porque así se ha decidido, al menos por el momento.
—¿Quién lo ha decidido? —preguntó Alicia.
—Me gustaría decir que yo —dijo Matías.
Jonás le observaba, en sus ojos había un brillo de comprensión.
—¿Les he contado de mi hijo? —preguntó Matías—. Viene para acá en este mismo instante, aquí a Puerto Octay. Nos conocerá a cada uno de nosotros y después, les utilizará. A mi no, porque yo llevo más tiempo con la enfermedad… si pudiera decirles todo…
No se ha resuelto ninguna pregunta.
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Septiembre 15, 2003 — Cuenta-Cuentos, Cuentos, favoritos.
Escrito por Agustin Fest.
Levanta-muertos camina y recoge en su carreta a los fantasmas necios. Se despierta bien temprano, a las cuatro de la mañana y sale de su chozita en Puerto Octay para llevar su carreta, hasta diez o quince veces al día, para que los fantasmas se suban y los lleve de regreso a la entrada del reino de los Muertos. Los fantasmas necios se quedan un ratito y esperan ahí de noche, para regresar al siguiente día. Y entonces Levanta-muertos despierta, pasea con su carreta pintada con símbolos rúnicos y su machete pega contra su costado, ya morado y acostumbrado. Se va de un lado a otro, recogiendo a fantasmas necios.
Se detenía a mirar el atardecer cuando quería descansar un rato y recordaba como su hija se perdió en el mar. El atardecer en Puerto Octay siempre es bello, y con los ojos buscaba en el mar interminable vestigios de su hija, en el azul que se la vivía regalando brillos y colores diversos, a los ojos grises del Levanta-Muertos.
Y cuando caía la noche, contaba a los fantasmas en su carreta, cada semana había dos o tres fantasmas nuevos. Cada semana, un fantasma dejaba de necear y se iba a descansar o a veces, eran demasiado necios para irse y tardaban meses. Cada semana, miraba el fantasma de su hija, callado e indiferente de su padre, en la esquina extrema de la carreta. En los inicios, había intentado comunicarse con ella y nunca recibía respuesta. Intentó que otros fantasmas lo hicieran, pero estos fantasmas no daban ningún mensaje.
De por si, a Levanta-muertos le era difícil que un fantasma se comunicara con él. En muy contadas ocasiones, podía escucharlos. La primera vez que les escuchó, fue en una discusión de dos fantasmas más necios que de costumbre, y esa noche esperó que fuera la última en que escuchara algo así. No era divertido cargar una carreta llena de reproches.
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Septiembre 10, 2003 — Cuenta-Cuentos.
Escrito por Agustin Fest.
Para explicar la enfermedad del Cuenta-Cuentos, tendría que adueñarme de su alma, ¿están seguros que desean la explicación? A muchos de ustedes ni les interesa, y aún así… aún así están hambrientos, aún así desean y aún así viven en su mente historias imaginarias para escaparse del mundo rutinario en el que nos hemos sumergido voluntaria e/o involuntariamente. ¿Me equivoco? No les dejo mucha opción, o me entregan su alma a mi, quien les ofrece una posible escapatoria, o le entregan su alma a la rutina en la que viven. Es su decisión, no digan que yo les advertí.
Muy bien, siguen leyendo… con esto, ustedes han firmado un contrato donde me donan los derechos de su imaginación y su mente (también su alma, pero eso no es tan importante por ahora… no la necesitarán ya, nunca más). Lo que yo haré, será deformarla un poco, romperle algo de esto, comerme algo de aquello… y esto, esto definitivamente ya no lo necesitan en su cerebro (AHORA ME PERTENECE).
Los cuenta-cuentos, solían ser hombres y mujeres quienes podían deformar la realidad a través de medios visuales y auditivos. Utilizando su sensibilidad realista y artística, abrían la puerta a otros mundos que ellos crean en la mente de otros a partir de cero. Tengan cuidado con lo que están pensando: aunque hay poetas, músicos, ensayistas, cuentistas, escultores y pintores, en extremo imaginativos, no todos llegan a ser cuenta-cuentos. Los cuenta-cuentos, son los que logran de una manera eficaz hilar un cuento a partir de lo que tengan a la mano, los recursos que posean en el momento que un cuento se les viene a la cabeza. ¡Inclusive hay hombres que proponen un cuento a través de silbidos! Un mismo cuento que se extiende, como una marejada, alcanzando a un público tan diverso que era imposible pensar que todos pensaran lo mismo al escuchar, leer, observar al cuenta-cuentos… pero era así, ¡lograban una misma historia sin falsas interpretaciones en la mente del público!.
Ese, en sí, es el arte del cuenta-cuentos. ¿Cómo se relaciona con la familia de los Dor, te preguntarás? Oh… no lo sé, ¿debería contarles? Está bien, un pequeño cachito de su cerebro freído en aceite, mas un poquito de su corazón condimentado con pimienta, su alma entera es el postre. ¡Debo admitir que hice trampa y me comí un poquito al inicio! Y ustedes, han firmado un contrato, así que… dejen de lloriquear y no paren de leer, ¡qué esto se pone buenísimo!
Los Dor, se convirtieron en cuenta-cuentos (¡y de los malditos, que es peor!), sin ellos pedirlo, se enfermaron. Como el primero, toda la descendencia podía ver los tres mundos (el de la magia, el de los sueños y el de la realidad) en uno solo y dificilmente podían separarlos, porque no sabían dominar el arte, lo repudiaban. Deben entender una cosa, es el arte del cuenta-cuentos el que lo elige a uno y pocos hombres, pueden desarrollarlo por si mismos. Con los Dor fue particularmente cruel, se convirtió en una enfermedad y una maldición. ¡Y la culpa fue de Simón Dor!
¿Les he dicho qué hay libros mágicos? ¡Claro! ¡En alguna parte lo han de haber leído! Y los hay: libros que se escriben cerrados, libros cuyas hojas tienen diez caras, libros que sólo pueden ser escuchados y libros que muerden al primero que les abra. La culpa de Simón Dor radica en que, escribió en uno de esos libros su Diario. Un libro de tapa de cuero que le costó caro (y le encantaba admitirlo)… aunque éste libro en particular, puede ser escrito en todas partes. Ya entenderán lo que les digo.
Este libro le perteneció a un cuenta-cuentista muy antiguo, se dice que el primero y encerró todo su poder en él. El libro se perdió hasta llegar a las manos de Simón Dor, cuando lo abrió, naturalmente el libro se adaptó con páginas en blanco, listo para que él escribiera. El problemita de Simón es que escribió muchas historias sin final y es lamentable, pero a cada cuenta-cuentista se le exige que termine por lo menos una de cada siete historias.
Simón Dor no terminó ninguna, y entendió que el diario lo exigía. Esa tarea, egoistamente, se la encargó a sus hijos… esperando que ellos pudieran escribirlas todas. ¡Ajá! Pero no contaba, el pobre no contaba, con que habría hijos que escribieran historias sin terminarlas.
Y la enfermedad es cruel, porque Simón Dor todavía vive, en alguna parte de esta ciudad de mierda llamada Jaramillo, escondido… siempre escondido. Pendiente de los avances del diario. Esperando que algún día, todo termine.
¡Pobre, pobre Simón! ¡Y pobres de nosotros, sus hijos, que habremos de escribir tantos cuentos sin final y terminando los que nuestros padres dejaron pendientes! (Y nos vengaremos de nuestros hijos, porque… ¡ay! ¡No podemos vivir esto sólos!) ¿Están listos? ¿Están seguros que desean leer lo que sigue? Si es así, bienvenidos.
Que sean los Dor quienes guien sus almas a través de sus vidas, de su continua confusión de la realidad-sueños-magia, de su continua obsesión con la búsqueda de Simón Dor, de su maldición de no dejar de escribir en el diario: ya sean cuentos, su vida misma o sueños retorcidos.
Y que Dios nos ampare a todos, porque yo todavía no veo el final.
Con amor, a mis paredes de almohadas blancas…
…Caifás Dor.
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Agosto 13, 2003 — Enigma, Intento ser Escritor, Vida diaria, favoritos.
Escrito por Agustin Fest.
Antes de dormir, acostumbraba prender una veladora aromática que era un sano rito al que se había acostumbrado sin querer. Primero fue porque paseando encontró una tienda que las vendía y le gustó el aroma de una azul oscuro en forma de luna. Se la llevó y la prendió todas las noches, hasta que la luna se derritió y el aroma se fué. No hubo problema, se acostumbró a comprar una vela cada que fuera necesario. Asimiló con gusto el rito y lo practicó cada noche.
Prender con fuego a la luna y cuando esta menguara, comprar una luna nueva.
Se sonrió, le gustaba acostumbrarse y le encantaba asimilar.
El segundo rito, fue cuando se cortó por error con un papel uno de sus dedos, un miércoles por la noche. El impulso fue llevárselo a los labios y chuparlo. Le dolía mucho. Sus ojos, jugándole una travesura, lo arrastraron al papel blanco que sangraba carmesí y fascinado, observó como la pequeña gota de sangre se extendía hasta que no pudo más. La herida del papel estaba cicatrizando, le pareció y se sonrió. El tiempo no había cicatrizado, porque seguía observando la mancha roja del papel. Hasta que se decidió tirarla a la basura.
El siguiente miércoles, volvió a cortarse y miró al papel sangrar. Ya lo había asimilado. Incluso interpretó el mismo rostro de dolor, cumpliendo el rito al pie de la letra.
Paulatinamente, otros sanos ritos fueron asimilándole y él fue asimilándolos. Hasta llegar al punto que los que le conocían, pensaban que su vida no era una rutina, sino algo espontaneo. Ya que había ritos que debían ser cumplidos en tiempo, o en espacio o después de una serie de situaciones. Con maestría se había entrenado para cumplir todos los ritos al pie de la letra y darles un orden prioritario. Era difícil cuando tres o cuatro rituales se le juntaban.
Entonces, conoció a la mujer que a la fecha, todavía no puede describir.
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