El último cuervo.

El cuervo, en su soledad, olvidó los tres puntos y como quebrar las líneas. Cuando estaba con sus hermanos era más fácil. Entre todos observaban el mundo, se reían de él y procedían a mancharlo con sus alas, sus graznidos, sus ojos traviesos. ¿Pero por qué ya no tenía hermanos? —Oh —dijo en voz baja—, yo maté a los últimos. Les enterró en la misma cueva donde se escondían, y esperaban la muerte mientras recitaban poesía, bebían y fumaban. Jugaban antes de morir.

Ya habían pasado tres años, viviendo de su humor pestilente y algunas lágrimas de medio día. Se comió primero los gusanos que nacieron del cuerpo de sus hermanos y dependía de un pequeño manzano que sentía lástima por él y le ofrecía sus manzanas gustoso para que comiera. El cuervo estaba solo, aún cuando era el más joven parecía el más viejo. El cuervo no tenía con quien jugar. Se asomaba por la boca de la cueva, para que le golpeara un poco el sol y admiraba sus alaz de ceniza y polvo. Daba al manzano los buenos días por educación y luego se volvía a esconder. No quería nada que ver con el mundo.

El manzano le contaba a veces de sus hijos mientras él guardaba silencio. El cuervo tenía cinco hijos: el jabalí de fuego, el ruiseñor de agua, el delfín de la tierra, el árbol de aire y la madre vacía. Fenómenos monstruosos que hacían destrozos y que ya eran adorados por la humanidad como dioses. Tres años con el mismo problema, que simplemente crecía y adquiría fuerza con cada día. El problema ya había echado raíces y se había adueñado del mundo. El cuervo, cuando su consciencia estaba de rebelde, pensaba que el genocidio de sus hermanos había sido en vano e inmediatamente después se lamía las heridas, pensando que nunca tendría la fortaleza que tuvo aquella noche donde mató a los sobrevivientes. El cuervo, es y será, siempre su peor enemigo. Es esa consciencia la que los ha permitido vivir a lo largo de los años.

Otro día se asomó y miró, indiferente, como el jabalí de fuego quemó su manzano.

—Gracias —gritó el cuervo malhumorado mientras el jabalí de fuego corría hacia el horizonte—, gracias.

Escuchó al manzano gritarle: “Pensé que éramos amigos, ¡Haz algo!”, mientras se reflejaba su madera en llamas en los negros ojos del cuervo, de alas de ceniza y corazón muerto. El cuervo simplemente respondió: “Los cuervos sólo somos amigos de los cuervos” y se metió a su cueva. El manzano le dijo alguna vez que a sus hijos no les interesaba matarle ya porque era uno solo y sabían lo patético y destruído que estaba. Así que el cuervo, tres años después de sus ansias y su temor a la muerte, mejor decidió suicidarse. Como era poco práctico y sofisticado, lo que hizo fue romperse las alas y tirarse por la boca de la cueva, caer como unos tres metros al vacío y a ver que pasaba.

Después de golpear el piso y achatarse el pico, alzó la mirada y miró que aún estaba vivo. Le dolía todo, un ardor que estremecía cada una de sus extremidades, pero estaba vivo. El hombre de jeans y chamarra negra, con la capucha puesta, estaba frente a él.

—Estoy vivo —dijo el cuervo, evidentemente frustrado.

—Sí, sí que lo estas —respondió el hombre de chamarra negra.

—Pero si me acabo de suicidar.

—Eso hiciste.

—Es aquí dónde se supone que tú me llevas a una vida mejor.

—Se supone.

—¿Y luego?

—Pues no quiero.

—Oh, muy bien. Gracias ¿eh? Muchas gracias.

El hombre de chamarra se encogió de hombros.

—La verdad no puedo llevarte porque gracias a tus hijos mal educados tengo mucho trabajo.

—Ah… Así que decidiste hacer enseñarme una lección. Ya veo.

—Eso, y qué la verdad la distancia de la que te tiraste no provoca la muerte.

El cuervo escupió sangre. Parecía que se había quebrado algo.

—¿De verdad?

—Sí, pero como quebraste tus alas, no creo que puedas intentarlo de nuevo.

—Puedes arreglarlas.

—Sí, pero no se me antoja.

El cuervo asintió indiferente, con su pico chato y sus alas quebradas. Después de un gran esfuerzo que el hombre de chamarra negro miró divertido, logró ponerse en pie. El hombre lo siguió con la cabeza, como el cuervo agarró camino y se fue a algún lugar, cuando el cuervo desapareció de su vista, tronó los dedos (siempre había querido tronarlos) e hizo lo mismo. El cuervo caminó un largo trecho, donde un par de niños traviesos le arrancaron las plumas de la cola y un perro intentó orinarle encima. Sin embargo, el sol de otoño y las hojas secas que se escapaban con los árboles, le hizo pensar que otros estarían teniendo un excelente día. Si caminaba lo suficiente, llegaría a una carretera donde un trailer podría atropellarle y entonces tendría un día tan hermoso como ellos.

Pero pasó algo. Lo que usualmente pasa con las caminatas.

Se puso a pensar.

Se le ocurrió la más loca de las teorías: Los cuervos nunca pensamos individualmente porque siempre estuvimos volando juntos, ¿será por eso que los hombres son tan promiscuos con la idea de la individualidad? ¿porque se dedican a caminar? Los cuervos nunca pensamos en banalidades, siempre estuvimos cerca de la banalidad, del aire y del cielo. Siempre estuvimos arriba de todos los demás. Pero la individualidad de los hombres, ¿es realmente individualidad? ¿Quiere decir, qué soy un hombre porque ya puedo caminar? ¿Querré comprarme ropa de marca y coches iguales a los otros para ser como los demás?

El cuervo no pensaba bien. Estaba caminando. Cuando se dio cuenta de eso, se detuvo y murmuró—. Gracias, gracias —la idea de suicidarse, con cada paso, le parecía aburrida. Debía hacer otra cosa. Al menos vengar a sus hermanos, matar a sus hijos y procrear otra vez. Seguro que con eso, no vendría la muerte a mofarse otra vez de él y se lo llevaría a un lugar mejor. Algo que no había olvidado el cuervo, después de todo, es que las cosas se hacían siempre para su beneficio personal, incluso salvar al mundo. Sólo que había un pequeño problemita: No había más cuervas para procrear agusto.

—Es hora de tener una audiencia —dijo el cuervo convencido—. Es hora de hablar con Dios. Gracias, ¿eh? Sí, muchas gracias. Lo que me faltaba.

Cuento de hadas para un oso de felpa

oso.jpg

a luz anna andreani ruiz… quien le gustó este pequeño texto.

Erase una vez que se era, allá en el jardín donde vive el Árbol del Bien y el Mal, un oso de felpa escuchaba a la Niña de Todas las Preguntas hablar con el Señor de Todas las Respuestas. No comprendía nada y se desesperaba, tan sólo miraba los signos de interrogación volar de la boca de aquella que todo pregunta y el que todo lo responde, negaba respuestas con el humo de su cigarrillo y pensaba continuamente tres puntos. El oso pensaba que él no tenía ganas de responder y muy probablemente, tenía razón.

Después apareció un cuervo, quien graznó infinito y en el cielo, se vieron las estrellas como se ven en Marte.

El oso se sentó y trató de mirar las estrellas, pero era imposible hacerlo, porque el infinito seguía graznando, los tres puntos seguían humeando y las interrogaciones ocupaban todo el sonido. El oso tiró sus manos en sus rodillas, negó tristemente y suspiró, ¿qué podía hacer para mirar las estrellas?

—Tan sólo soy un oso de felpa —dijo casi en silencio, como un susurro.

Hay susurros más fuertes que un grito de muerte.

Sus palabras, con todas las letras implicadas, volaron e hicieron un espacio entre el sonido de las interrogaciones (La niña preguntona se calló la boca), se apagó el cigarrillo del silencio eterno (El señor sabiondo no pudo pensar más) y el infinito calló el pequeño graznido (el cuervo echó a volar, a la oscuridad inmensa).

Y el cielo después brilló intensamente, solamente para aquel oso de felpa.

oso.jpg

[Heber Dor - Cuento] La realidad dentro del mito

La Muerte, el dios-Hombre supo que no fue el primero cuando lo miró. Ahí estaba él, hundido en la oscuridad, un viejo de toga blanca con un libro en el regazo y una pluma celestial, escribiendo todo lo que sucedía. Y parecía que cada vez que hacía algo, podía escuchar las letras escritas en el libro dictando lo hecho. Fue cuando a la Muerte, el dios-Hombre, le asaltó una duda existencial de esas que no tiene muy a menudo: ¿Hacía las cosas y el libro las portaba? ¿O se escribía en el libro y entonces lo hacía?

Todas las respuestas, entonces, penetraron su cuerpo y su mente. Ahora recordaba quien era, quien fue y quien sería. Aceptó gustoso el destino y asintió, hacia el primer Cuenta-Cuentos. Hacía mil vidas había dejado la rebeldía de lado, hacía mil vidas que descubrió de la mala manera que era un títere de otro, hacía mil vidas se había resignado. Él tenía todas las respuestas y era simplificada en una sola: No puedo hacer más, porque ya está escrito.

La vieja ciega no descubrió al Cuenta-Cuentos, para ella estaba prohibido. Para la vieja ciega La Muerte seguía siendo el primero, el único e indiscutible señor de todo. La Muerte le observó y recordó todo el pasado de la vieja y qué hacía ahí. Sin embargo, no podía decirle nada y no debía darle las respuestas que ella tanto esperaba. Mil vidas que ha repetido para cuidarle y protegerle, para enseñarle el camino. Y no podía salvarla. Era ella la esperanza de todo humano y de él en sí. Porque era la anciana ciega la única loca y estúpida, la única con la fuerza suficiente, para desafiar lo que ya estaba escrito. En ella depositaba sus esperanzas.

Y lamentablemente, para hacerlo así, no debía darle ninguna respuesta para tranquilizar su alma.

Jamás.

Los dioses observaban desde Jenué al dios-Hombre alzar sus brazos y con sus puños tomar la oscuridad y la luz. La vieja ciega lo aprobó silenciosamente. Fue en una esfera de eter, magia y la realidad de las letras, que la Tierra fue creada. Fue así, con el soplo divinal del dios-Hombre, que creó los otros mundos cuales fueron esparcidos por todo el universo como burbujas de jabón. Explotaron uno tras otro y El Señor de Todas las Respuestas, ordenó a cada cuervo a observar cada mundo.

Sus cuervos, sus ojos.

Con los dedos moviéndose como un músico, decidió por lo que ya estaba escrito, a cuales debía darles vida y cuales no. Finos hilos de gravedad atravesaron el universo (y así, con los vestigios de los hilos, fueron creadas las estrellas) y a la Muerte a cada uno le dio un nombre, una vida y un propósito.

—Creado está el Universo, mi venerable señor —dijo la ciega, quien prendió un nuevo cigarrillo y sonrió dulcemente.

Sonaba como un eco insoportable, el Hombre que Escribe, hundido en la oscuridad y escribiendo en el libro. Mil vidas de soportarlo y aún no se acostumbraba, se dijo La Muerte. Miró a la ciega y le abrazó, en ella depositaba todas sus esperanzas.

—Es hora de crear al primer hombre y a la primera mujer.

—Todavía no, Yasmín.

—Siempre respondes eso —dijo Yasmín asombrada— En este exacto momento, en todas las vidas excepto la uno. Siempre me dices que no… y puedo adivinar lo que dirás después.

—Primero hay que divertirnos —dijo el dios-Hombre y Yasmín sonrió confundida.

—A estas alturas, siempre sabes mi nombre. ¿Por qué?

—No lo sé… los recuerdos vienen poco a poco.

Yasmín suspiró. La misma mentira de mil vidas. Bajaron juntos a la Tierra. Se quedaron en silencio durante siglos y miraron a los dinosaurios, enseñar al mundo el don de la supervivencia.


Heber Dor. Décimo Segundo del Cuenta Cuentos de los Muertos.

[Heber Dor - Ficción] El campo de los que aún no nacen.

Ilusiones. Se hizo de ilusiones, pensó triste. Se acercó más a la gran carpa y los colores estaban opacos y llenos de tierra. El olor a animales, pareció nunca haber existido y sólo fue una invención de su mente. Se quitó los zapatos, ya rotos de tanto caminar y prefirió andar con los pies desnudos. Extrañamente, era cómodo y fresco, a pesar del calor que le estaba obligando a sudar. Es que no estaba en ningún lugar, se dijo, y todo podía suceder.

Como el circo muerto en el que estaba ahora. Alzó la vista y encontró un letrero que decía: “Circo de los hermanos Arlequín”, letras rojas y grabadas en madera. Brillando intensamente, con vida propia, a diferencia del circo. Caminó alrededor de la carpa, había puestos de madera viejos y consumidos, papeles tirados avisando de las nuevas funciones, jaulas deshechas que habían pertenecido a los animales, telas de colores opacadas por el tiempo y en el aire, música vieja penetraba sus oídos.

—Es que no tienes ojos para vernos —dijo una voz. Heber se despertó de un sopor ocasionado por el calor y el circo fantasma, giró el cuello para ver quien le hablaba y descubrió a nadie.

—Y tampoco perteneces aquí —escuchó Heber, volteó de nuevo, seguía sin haber nadie—. Tú eres el hijo de Dor de los muertos, ¿qué haces aquí?

—Vine porque quería divertirme.

—Eres Heber y vives por los muertos. Sin embargo, tendrás dos bisnietos, uno será Zohet y el otro Obed. Ellos podrán venir aquí cuando quieran. Ahora márchate hijo de Dor, toma mi mano…

Dicho esto, vio a una niña que se le hacía familiar. Una imagen translucida, sin emoción alguna, le ofreció la mano. Heber la aceptó dudoso y al tocarla, sintió un calor intenso. Cerró los ojos y apretó los dientes, la piel se le estaba quemando. No pudo contenerse más y gritó.

Con el grito, desapareció el circo y al abrir los ojos, Heber Dor se encontraba en un gran campo de trigo cuyas puntas poseían luces. Muy próximo a él, descubrió a un caballo enorme jalando una carreta. En la carreta se encontraba sentado con los pies al aire, un hombre de jeans y chamarra negra. Miró a su hombro y se encontró con la sonrisa de un cuervo.

—Has venido en el momento indicado —dijo el Hombre de Jeans—. ¿Quieres saber por qué escribes de los muertos, hijo de Dor? Acércate y trabaja conmigo el día de hoy, y el de mañana, y el que sigue después. Son los que aún no nacen quienes te dirán el por qué.

El hombre le extendió una guadaña y Heber aceptó confundido. ¿Qué significaba todo esto? Cuando tuvo la guadaña en sus manos, supo lo que debía hacer. Segaba el trigo que estaba lo suficientemente crecido y lo ponía en la carreta. Miraba con atención las puntas de luz, donde un alma platicaba su historia. El inicio y el final, unidos en una esfera. El hombre de jeans lo observaba mientras le acaricia las plumas a su cuervo. Así pasaron años, los cuales Heber sintió como si fueran minutos.

Y en segundos, supo que los muertos eran su vida.

—Este es Jenué —dijo La Muerte—. Es el primer mundo que hice, y es aquí donde nacen las almas. Mira el cielo corrupto, la tierra que no es fértil. He tenido que trabajarla mucho para crear la vida, sin recurrir a la soberbia de mis puños creadores. Eso explica la existencia de este lugar, pero no explica porque estás aquí, ni porque escribes de los muertos. Sigue segando y lo sabrás.

Así hizo Heber, durante minutos que se sintieron como años. El cielo estaba café y la tierra se sentía caliente bajo sus pies. Se sentía fuerte al respirar la luz del trigo, sonreía de alegría al mirar las historias que nacían dentro de cada una de ellas. Las almas de los que aún no nacen, se metieron en su piel y salieron hechos sudor.

—Este es el balance de la vida y la muerte. Hice un lugar donde pudieran coexistir ambos. Aquí está lo más bello y lo más horrible. Pero no pude hacerlo todo yo solo, necesitaba alguien que pudiese escribir mis pensamientos y vigilar a los dioses. Necesitaba alguien que pudiera inventarles una vida. Un secretario, por así decirlo.

Heber continuó segando y mientras así lo hacía, descubría el lenguaje de la vida y la muerte. Aprendió las palabras que habría de transmitir a otro bisnieto lejano, Ezequías. Aprendió como abrir las puertas del cielo y del infierno, quien Jefte aprendería al desenredar uno de los enigmas en su sangre.

—Presta atención, Heber, que te contaré de la realidad del mito y sabrás porque estás tú aquí.

Heber segó durante siglos enteros, en una historia que se contó en unos minutos.

[Heber Dor - Realidad] ¿Estás dispuesto a seguir caminando?

Caminó, con los pies arrastrándose y el sol pegándole en la frente. Se quitó la camisa por el sudor y se la amarró en la cintura. Su piel estaba bronceada, igual que la de su padre. También era delgado y de músculos fuertes. Había trabajado cargando cajas y el esfuerzo se vio recompensado en un cuerpo estético, agradable. Heber no era feo, tenía facciones finas y un rostro ligeramente redondo, espalda ancha y piernas fuertes, quienes podían todavía con los pantalones de lana que estaban pegados contra su piel por un sudor frío.

Llevaba el diario, apenas sosteníendolo con la punta de los dedos. Decidió ponérselo en la cabeza, para hacer una débil sombra que apenas refrescaba. Podía sentir el calor del asfalto, atravesándole la suela de los zapatos. Y aún así, caminaba. Esperaba que de un momento a otro, apareciera un coche que lo llevara a cualquier parte. Extrañó, con una sonrisa sarcástica, a Jaramillo. Deseaba regresar ahí.

No había ningún señalamiento, ningún poste. Nada que le dijera donde caminar. Y en el transcurso de los minutos, de las horas, de los días… el sol seguía arriba. Era como si un cruel dios hubiera dejado el escenario así, para castigarle. ¿Habría redención?, se preguntó Heber e inmediatamente después vino otra pregunta: ¿Por qué estaba siendo castigado?

Por su padre. Por ser el hijo de Dor. No había otra respuesta y en un espasmo de sinceridad se dijo que no la quería. Había prometido buscar una cura para la enfermedad, pero ya no quería compartirla. Quería regresarle a su padre todo el sufrimiento. Todos los jadeos por el calor y toda la pesadez de su cuerpo, que parecía verse atraído por su propia sombra. Tan fácil sería dejarse tirar y descansar.

Y morir… y que el sol consumiera toda la humedad de su cuerpo… y desaparecer, solo desaparecer…

Por los siglos de los siglos, amén.

En los lados de los asfaltos, había árboles muertos y secos, varios ya se habían convertido en arena. Tal vez eso sucedió en una batalla, hacía mucho tiempo. ¿Qué tipo de pelea, habría sucedido en una carretera que no lleva a ningún lugar? Anotó en su mente aquella pregunta, habría de algún día responderla. ¿Contra qué pelean los árboles? ¿Contra qué luchó aquel pequeño arbolito en su carrito? Se puso a filosofar al respecto, le ayudaba a distraerse del calor y a olvidar que estaba poniendo un pie después del otro. Los árboles seguramente pelean contra la muerte, por eso crecen hacia el cielo. Por eso duermen mucho en invierno y se desvisten, dejan que el clima les azote para obtener fortaleza.

Sucedió algo extraño, algo que no había visto antes. Había una bifurcación en el camino y también había un letrero. Se acercó a él y leyó.

  • El Circo de las Vidas Pasadas.
  • El Sembradío de Almas.

Miró hacia el camino que llevaba el Circo y, muy a lo lejos, se levantaba una gran carpa a lo lejos. El viento le respondió a Heber, llevándole la música y el olor de los animales. Sus pies le llevaron hacia allá, respondiendo a una necesidad infantil. Descubriría después el sembradío… el circo le ofrecía más curiosidad que debía ser satisfecha. Y le ayudaría a pensar menos. Se palpó las bolsas del pantalón, no tenía dinero para pagar una entrada. Sin embargo, tan sólo de ver la carpa multicolor, le daban ganas de intentarlo. Sonrió suavemente, como un hombre que acepta el destino.

Tenía que hacerlo.

[Heber Dor - Cuento] ¡Alza los puños y defiéndete!

¿O quieres acabar como ellos? ¡Claro que no, Esteban! Desde el día que naciste has estado luchando, ¿no es así? Pobrecito Esteban, pobrecito. ¡Asco! ¡Asco es lo que me das! Si bien naciste para pelear y es lo único que quieres hacer en esta vida. No importa cuantas veces quieras detenerte, no importa cuantas veces hayas escapado. ¡Siempre regresarás al círculo de tiza a escuchar los vitores! ¡Sentirás el sudor caliente, derritiendo tu cuerpo! ¡Gustarás de la sangre seca en tu cuerpo, de aquel que has vencido! ¿A quién quieres engañar, Esteban? ¡Levántate y alza los puños, qué esta será la siguiente pelea! ¿Qué esperas encontrar? ¿Esperas encontrarlo a él? ¡Pero si sabes que es inútil! ¡Sabes que ninguno de los dos podrá ganar, jamás!


Esteban se recargó en el poste que brindaba la única luz posible en medio de la noche. Se ciñó el abrigo y prendió un cigarrillo, se acomodó el sombrero de fieltro y se acarició su rostro bien afeitado. ¿Hacía cuánto había llegado a Jaramillo? Tan sólo unos días y ya había encontrado un círcuito de peleas. Esperaba encontrarlo a él.

Se había prometido ya no pelear, se había prometido un nuevo comienzo. Sin embargo era imposible, después de todo lo sucedido.

Debía seguir peleando.

La vieja le había dicho que al vencer diez mil contrincantes, podría finalmente morir. Y por cada batalla perdida, debería vencer a otros diez más. Era inútil decir que ya había perdido la cuenta. Él no había pedido ser inmortal, a diferencia de muchos otros.

—Quiero morir vieja, eso es lo que pasa —dijo Esteban aquella vez.

La vieja ciega abrió la boca en señal de sorpresa, no estaba acostumbrada a recibir gente que quisiera morir. Fue así que le dijo las condiciones para rechazar la inmortalidad y tuvo que aceptarlas. Debía seguir peleando, aunque se había prometido ya no hacerlo.

Simplemente, tenía miedo.

Siguey leyendo →

[Heber Dor - Cuento] El Inicio del Mito

Cuando abrió los ojos, todo era eterna oscuridad. Se tocó el cuerpo para descubrirse. Con la mano izquierda se tocó los pies, las rodillas, los muslos, el vientre y el sexo. Con la mano derecha se tocó el cabello, el rostro, el pecho, el estómago y después el sexo. Se puso de pie y miró la eterna oscuridad. Trató de recordar quien había sido en un pasado e imágenes de un inmenso campo de trigo, donde dos personas segaban y sembraban, le vinieron a la mente. Empujando más allá, recordó un inmenso árbol, cuyos frutos eran dulces y amargos.

Y después el pasillo. Un pasillo multidimensional, donde imágenes de historias que ya estaban escritas le hizo tener un escalofrío. Sin saber por qué, extrañó al pasillo.

Siguey leyendo →

Tía Yemita: La Amante de Estrellas. (Escrito por Mario Romero)

La Amante de Estrellas

Era la segunda vez que se toparía con ella. ¿Como sería el encuentro? ¿Sabría, o por lo menos intuiría acaso que ella era la responsable de su condición? ¿Sabía acaso siquiera que estaba condenada a terminar sus días siendo presa de algún demonio preternatural, que estaba como los demás al asecho de las almas que ella le robaba a la muerte? ¿Sabría acaso que tendría la alternativa de matar a esos mismos demonios, robándoles sus facultades mágicas? ¿Sus habilidades que los hacían demonios?

Siguey leyendo →

Divagaciones durante Cultura Europea I

Usualmente en este estado zombiesco tengo diversas ocurrencias que no se como definirlas. “Escritos Introspectivos” suelo llamarles, sin embargo hay otros de tono oscuro y humor negro que atribuyo a Simón Dor. Cuando estoy en ese estado soy propenso a pensar en los muertos… mi Cecilia, la muerte casi mítica; mi abuela, la muerte contundente.

Así recurro a mi mitología muy personal, donde se incluye al “Señor de Todas las Respuestas”, los cuervos, los ángeles y los inmortales. Durante cinco o seis años se ha desarrollado esta mitología de una manera inmadura, obligándose a encontrar respuestas vagas en paradojas y antítesis.

Pero me gusta, me gusta mucho creer en esta magia irónica de la vida, la creencia firme en las Coincidencias Macabras, cuando mi camino se topa con un cuervo, cuando vi aquél fantasma en Moctezuma, cuando soñé a mi abuela tratando de decirme algo.

Escribo sólo por la necesidad de que alguien lea mis palabras, he encontrado mi tema redundante con la creación y devoración de mundos… bla bla bla.

¿Quién soy yo para permitirse ese lujo? Un pseudo asceta, con manos, una pluma y pensamientos que estallan en mi cabeza en el momento indicado o más vulnerable. ¿Qué se yo? ¿Lo mío es un don o una maldición? Y más importante todavía… ¿Es A L G O? ¿Tengo ALGO a qué llamar don o maldición?

Nueva palabra -> ostracismo ->mandar a alguien a la chingada con unas cuantas firmas. Ya la sé para poder ser más elegante.