La crueldad infantil.

Ayer me dieron un proyecto para mí solito, lo cual me saca de onda porque hace tiempo que no lo hago. Eso de tomar cámara, presentar juntas, buscar más gente, tomar notas… simplemente me pone neurótico, y llego a sentirme ineficaz y estúpido. Me molesta sentirme ineficaz y estúpido. Sé que no lo soy, sé que puedo, sin embargo… entre la interacción social y el mínimo cuidado a los detalles, presionan la comodidad de mi forma de ser. Además, tendré que hablar en inglés con el director (un canadiense), para vender al talento que sirve y no defender al que no. So do you understand me bato?, I want to sell you the casting.

Estoy inseguro con las actuaciones, porque una de ellas no lleva reacciones e involucra simplemente caminar de un lado a otro. Los niños (un rayo divino, por haberme reído del casting de medicina supongo)… tienen que comerse su dulcito mientras caminan en línea recta y admiran, sin reaccionar exageradamente, el paisaje. O sea, le estas pidiendo a un pinche mocoso que no mueva la jeta y que admire el paisaje. Releí, una, dos, hasta tres veces el e-mail del canadiense, dónde recalcaba la importancia de que los niños tuvieran en sus capacidades importantes: caminar y comer al mismo tiempo.

Mientras hacía el casting ayer, a los querubines, y les explicaba que no reaccionaran a la cámara y sólo caminaran de un lado a otro, sentimientos encontrados me crujieron el corazón y la confianza. He vuelto a leer el e-mail dónde pide el director que coman y caminen al mismo tiempo. Mientras tanto, el editor me pidió que hablara con Jorge y le preguntara qué onda con la actuación, mientras sugería que podía pedirles que, efectivamente, hicieran caritas de sorpresa y felicidad. Si mal no recuerdo, antes de dejar la chamba, habíamos trabajado con el canadiense y en uno de los castings, al verlo, se había puesto neurótico esquizoide porque había actuaciones exageradas. Chill ese… the kiddies are solamente doing caritas for you, y’know?

Sin embargo, esta la cosa de que mi producto, los niños tan hermosos con alma, son una especie de robotitos en el casting. Voy a vender perritos japoneses con baterías recargables de litio. Voy a vender productos sin alma.

Me siento ineficaz y estúpido, por cositas como esa. Porque así lo pidió el canadiense, pero seguramente, un second, o el second del second, o el vigilante de la productora, van a descubrir un hilo negro, van a mirar el casting en una junta y pensarán lo mismo que yo. —No mames güey, tan siquiera los hubieras puesto de cabeza —Voltearé para mirarles feo, les sonreiré amablemente y murmuraré entre dientes—. Lo sé, pendejo. Gracias.

Otro punto aparte es la agencia de publicidad: Piden que los contratos estén firmados por ambos padres. Si estan divorciados, piden copia del acta de divorcio y que ambos estén presentes en la filmación. Si es viudo, piden copia del acta de defunción. Entre un sinfín de cositas… Lo hacen para protegerse… demasiado, creo. Nomás espero que no se pongan muy difíciles.

Aunque este pequeño casting tiene sus recompensas. Me encontré con una niña que no le gustaba el dulce en cuestión pero hizo todo el casting sin problemas (aunque no puedo presentarla, simplemente para no arriesgarme a que vomite el producto enfrente del cliente). Me sorprendí de la cantidad de niños que lo tienen como su dulce preferido. Un chamaco abusado me robó uno extra para comérselo saliendo. Cuando tenía que abrirles el producto, me tenía que chupar los dedos por su consistencia y acabé con una dósis exagerada de azúcar en el cuerpo. Lo mejor del día, es que la última chavita, quien llegó tarde al casting pero que dejé pasar (aunque no debí, de verdad)… me regaló una hojita dónde había rayado un sol, unas nubecitas, y de colores la frase: “Hola, ¿cómo estás?”.

Medio mal chamaquita, pensé, más vale que le haya entendido bien al vato ese loco de Toronto o de verdad, seré oficialmente ineficaz y estúpido… por mis propios méritos.

Chocolates

chocolates.jpg

A mi me gusta el chocolate, no saben cuanto. De niño, demasiado chocolate me ponía como aquella vez que tomé mi primera copita de vino rojo (a los cuatro años), corría alrededor, gritaba, bailaba y reía como zarahuato imberbe, hasta que me tiraba a dormir en un sillón. Oh si, los rulos voladores caían como changuito después de su dósis de bananas.

Hoy en día, todavía sigo pensando que un día me voy a atascar de chocolate para ver si es cierto que me puede dar un orgasmo (no nada más a las mujeres, ¿qué creían?). Ya lo tengo todo preparado, será un fin de semana, en vacaciones, porque los estragos al estómago y a la mente serán increíbles. Chocolate, tras chocolate, hasta que se me atrofie el sentido del gusto y tenga una estúpida sonrisa de satisfacción.

Para mi el chocolate es como escribir, nunca es suficiente. Sea chocolate amargo, chocolate blanco, chocolate con arroz inflado, chocolate en pastelito. Dame de beber y comer chocolate, y me harás el niño más feliz sobre la tierra, y también diabético y con sobre-peso exagerado, y me verás correr y caer dormido en el sillón, con la cara llena de chocolatosa baba.

(Ya casi me acabo los chocolates que me regalaste ¬¬, tendré que ir por más… ahhh… y si, si me costó trabajo regalarle uno a cada uno de los monos de la oficina…)

¿Y qué pasa si no hay chocolate?

Pues… entonces me compraré mi bolita de queso oaxaca en la merced. 64 pesos por dos kilos del mejor queso que hay.

¿En dónde está?

La nostalgia se está transmitiendo como un virus… y yo, que me conozco bastante bien, me pongo en la dirección del aire para enfermarme en vez de irme a vacunar.

Mi nostalgia es un dulce elíxir, la disfruto y repudio tanto, que me la bebo a tragos, como la Coca Cola y no ofrezco a nadie. Y es que pienso, son la nostalgia y la tristeza sentimientos tan fuertes, que nos hacen sentir que estamos vivos. A falta de amor, pan y tortillas. A falta de amor, lágrimas y nudos en el corazón.

Es bonito, ¿no? Es tierno… recuerdo mi primera reunión con los UNAMeros en el Cenote Azul… yo veía a ningún lugar en particular y de repente, Ariadna voltea a decirme
—¿En dónde está?
—¿En dónde está quién?
—En la que piensas.

Yo sonreí, en vez de responder un acostumbrado y practicadamente seco: “Está Muerta”. Sólo sonreí, ¿me entienden?