Julio 16, 2003 — El Viaje de Simón Dor, Un tal Simon Dor.
Escrito por Agustin Fest.
El último súcubo llegó durante la media noche de Yasmín a las dieciseis noches y evitó a toda costa el medio día del Árbol Tsef, a los dieciseis días. Éste súcubo, había aprendido de sus hermanas: Galloria lo había intentado por medio del cuerpo ofrecido, Mama Esirasaft lo había intentado con el cuerpo negado, la más estúpida había sido Zalic Luia que intentó ganárselo desde el mismo infierno, con la promesa de las vírgenes y escondiendo el reflejo en el espejo. No, ninguna de ellas supo como, pero Ludiah Sartdac era muy lista y la única forma de verdaderamente ganar a Simón, era utilizándolo a él mismo. Sólo pervirtiendo completamente el barco donde viajaba.
Yasmín alzó su cara y olió el viento, supo de la presencia del súcubo.
—Vete de aquí —dijo la Anciana Ciega—. Eres la más maldita de todas. Si no quieres que te arroje yo misma del barco, lárgate ya.
—Madre Lilith…
—Madre Lilith mis ovarios. Soy Yasmín Molina de Jesús, háblame con respeto jovencita. Lárgate ahora.
El súcubo sonrió y acercó su mano a la frente de Yasmín. La ciega lo sintió de inmediato y le detuvo la mano, sin tentarse el corazón, la dobló enteramente, quebrando los huesos de Ludiah Sartdac.
Ludiah Sartdac sonrió y se mordió los labios hasta que le sangraron. Aprovechando la agresividad de Yasmín, puso la palma de la mano restante en la frente de Yasmín, quien abrió los ojos intensamente… el azul que los cubría salió en forma de aura. El aura dibujaba la silueta de una mujer desnuda quien se sentó en las piernas de Yasmín y se acurrucó en ella, haciéndola dormir profundamente.
—Gracias por atender a mis súplicas, Madre Lilith.
Se escuchó un ruido seco… era Ludiah, reacomodando sus huesos.
—Has aprendido bien, Árbol Tsef —dijo Simón—. Creo que no tengo nada más que enseñarte.
—Lo dices porque no quieres enseñarme nada más. ¿Cuánto tardaste con sensei Gorostiza?
Simón se acomodó la boina y el chaleco, se acostó para recargar su cabeza en las raíces del Árbol y no respondió. Miró hacia arriba, donde las luces del sol jugaban a entrar entre las hojas verdes y secas que había en el Árbol.
—¿Sientes eso? —preguntó el Árbol Tsef.
—No.
—¿El niño? ¿dónde está el niño?
Simón se acomodó la boina encima de la cara, no le importaba saber nada más.
—Debe estar jugando a las mariposas en el Cuarto del Jardín —se animó a responder Simón.
—Creo que tienes razón —dijo el Árbol. Los dos callaron y miraron el horizonte.
El niño mago corrió rápidamente en el pasillo, huyendo de la presencia oscura que le perseguía. Se metió rápidamente al Cuarto del Jardín, donde había un sol falso y nubes que más bien parecían pintadas. No había sonido del viento, puesto el Árbol había abandonado esa habitación hacía tiempo, desde que se escondió ahí de polizonte. Se alejó de la puerta y suspiró, no le quedaba más que esperar y tratar de enfrentarle el solo. Se quedó mirando la puerta, que parecía instalada en medio de un jardín sin ningún propósito.
La puerta se abrió y una mujer de piel gris azulada, de cabello plateado y que llegaba a media espalda y un vestido negro que le cubría del cuello a los tobillos, entró sonriendo.
—No vengo a lastimarte. A menos que eso quieras… también los niños tienen esos pensamientos, ¿no es cierto?
El niño mago pasó una mano por su cabello.
—Te sería imposible, súcubo. Cuando nací me pusieron una moneda de plata en la frente.
—Increíble, entonces tendré que hacer lo que tú quieras, ya que no puedo tocarte hasta que me des permiso.
—Lárgate. Conmigo no tienes oportunidad.
El súcubo sonrió y se acercó caminando, su rostro se veía tranquilo y amoroso. El niño dio pasos atrás por cada paso que avanzó Ludiah Sartdac.
Bobby Mindar ladró. Nadie le hizo caso. Buscó con la mirada la pistola de McGonnagal. Se apresuró, alzó su cabeza y la tomó en el hocico junto con las tres semillas del Árbol, aunque éste le ardía por el poder mágico del arma. Buscó el Libro de Mamá Esirasaft, dejó la pistola a un lado y abrió la cubierta de cuero. Con los dientes hizo un agujero donde podría guardar la pistola y la metió ahí. Una de las semillas se deshizo en su hocio, una quedó entera y pudo salvar un pequeño pedazo de la número tres. Acomodó la media semilla y la semilla en el mismo agujero de la pistola y después cerró el libro.
Siguió ladrando, pero nadie le hizo caso.
Y después sonrió, en la única forma que sonríen los rottweilers.
—Simón, el niño. Algo está pasando. Él y Yasmín están silenciosos. ¿Podrías revisar?
Simón prendió un cigarrillo y gritó—. ¡Yasmín! ¿Has robado el alma de un hombre llamado Rafael Arlequín? ¡Era un payaso que lloraba por dentro y le gustaba hacer reír a la gente para no morir de tristeza!
La voz de Yasmín respondió—. ¡Calla cabrón! ¡No blasfemes! ¡Bien sabes que a él nunca pude robarle el alma!
Simón sonrió.
—¿Lo ves? Yasmín está descansando del niño y seguramente lo mandó al Cuarto del Jardín.
El Árbol Tsef asintió lentamente y trató de no preocuparse.
El niño dibujó mariposas en el aire, mariposas violentas que volaron furiosas contra el súcubo gris. Ella se sorprendió en un principio, sin decidirse qué hacer en contra de un remolino amarillo con el número tremendo de mariposas. Se sintió débil y se arrodilló, sintiéndose confundida por el aroma que las mariposas llevaban consigo y el cielo irreal y falso de aquel Cuarto del Jardín.
—No sigue siendo mas que Magia —se dijo Ludiah Sartdac, metió una mano en el muro de mariposas amarillas que se había formado a su alrededor y sacó tres entre los dedos. Las frotó cariñosamente y éstas oscurecieron, se las puso en el cabello, como adornos. Después, alzó su cara al cielo y gritó, destruyendo y dispersando a todas las mariposas restantes.
Ludiah Sartdac dirigió su mirada al frente, donde estaba el niño mirando sin esperanzas a las mariposas amarillas caer, como pétalos de cerezo.
—Me has dado lo que necesito. Ya no tengo necesidad de tí —dijo Ludiah Sartdac.
El niño la perdió de vista y no supo del súcubo hasta que sintió unas uñas oscuras rasgarle el corazón y dejarlo sin sentido. La vista se le nubló, se miró el pecho que estaba sangrando.
—Aquí te quedarás… mi querido. Me costarás un día, pero valdrá la pena.
Al niño mago le temblaron las rodillas y después cayó, con los ojos abiertos y vacíos. El súcubo se arrodilló y puso su cabeza en sus piernas, le acarició el cabello y le cantó una canción de cuna.
Día 77.
Querido Diario:
He ido con Yasmín y la he encontrado dormida. Un aura azul le protege mientras tanto. Nunca te recomiendo lidiar con adivinas, siempre tienen magia rara bajo la manga.
Ante la insistencia del Árbol Tsef, busqué al niño. Al entrar al pasillo, los ladridos del rottweiler se escuchaban fuertemente. Me apresuré a entrar al Cuarto de Trofeos y lo encontré con los ojos abiertos y jadeando espantado. Aún así, su boca parecía como en una sonrisa. Noté preocupado que la pistola de McGonnagal no se encontraba en su lugar. Hay alguien aquí en el barco que todavía no desea mostrarse.
Después me dirigí a los otros cuartos.
Cuando me acerqué al de Beatriz, las máquinas rugieron de una manera potente y escandalosa, con la voz de ella resquebrajando la madera de Mojalnir. No hay duda, es un súcubo escondido. Le grité a Beatriz que se calmara, que me encargaría de ello. Ella no me tuvo fé, siguió gritando la misma pregunta una tras otra vez. Traté de ignorarle, no estoy dispuesto a gastar mi última llave en un regaño.
Me metí al Cuarto de Juegos y éste se encontraba solitario, igual que el Cuarto de Fest.
El Cuarto de los Espejos sigue cerrado con llave.
Fui al Cuarto del Jardín y al abrir la puerta, encontré pétalos amarillos cubriendo el suelo. Un jardín muy a la manera del Árbol Tsef, pintado como un cuadro de Monet. Al acercar mi mirada a los petalos, descubrí que eran las alas arrancadas de mariposas, ¿pero qué demonios pasó? ¿el niño habrá decidido irse? No, no lo creo. El niño trató de enfrentársele al súcubo, eso fue lo que sucedió… el niño no podía estar muerto, pero sí en poder del súcubo. Deberé tener cuidado con lo que vea de ahora en adelante, podría ser la Magia del niño utilizada en mi contra.
Evité el Cuarto del Laberinto, y cuando pasé por la puerta de los Trofeos, escuché al rottweiler que seguía ladrando. Salí a mi habitación y después a la proa, donde me encontré con el Árbol.
—El súcubo tiene al niño —dije yo.
—¿Súcubo? Entonces si fue lo que sentí.
—No duermas sólo esta noche, ven a la habitación. Tendremos que tener cuidado.
El Árbol accedió. Hemos decidido no dormir esta noche.
Y pronto salió el día…
Faltan quince días, con sus quince noches.
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Julio 8, 2003 — El Viaje de Simón Dor, Un tal Simon Dor.
Escrito por Agustin Fest.
En la noche número veinticuatro, Simón Dor durmió profundamente con la esperanza de despertar en el infierno. No fue necesario que despertara porque el infierno le llamó a él en sueños. Era cálido y rojo, con casas de todos los tamaños y todos los materiales, hechas para los que visitaban (y que pronto vivirían en él). Casas para todos los pecados y sus variaciones existentes. Simón Dor caminó en el infierno de manera familiar y rápida, le conocía como la palma de su mano. Sus ojos abiertos y ansiosos, el cigarrillo quemándose más rápido por el calor que emanaba. Las calles fueron recorridas sin lujo de observación y si le preguntaran a Simón, no podría describir las esculturas vivas, ni los demonios de sombras, ni las almas perdonadas para hacer pecar a más almas. A Simón no le importaba eso.
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Julio 5, 2003 — El Viaje de Simón Dor, Un tal Simon Dor.
Escrito por Agustin Fest.
Simón Dor tomó un trago de tequila y observó al niño, que continuaba sentado y cabizbajo. Guardaron silencio para no molestarse mutuamente, el viaje en ese instante no importaba. El niño y el viejo. Pasado y futuro. Medio observándose, sin querer mirarse a los ojos, porque bien sabían que el uno era la consecuencia del otro y viceversa. La habitación de Simón Dor, se había convertido en el lugar donde el presente estaba prohibido y maldito.
Voy a tomar por vos, otro trago para olvidar
Que el miedo te comió los pies
Y que ahora sos un tipo más, y que poco a poco te fuiste yendo
Y que poco a poco te fuiste yendo de nuestro lugar
—El satánico Dr. Cadillac, Los Fabulosos Cadillacs.
El niño levantó la mirada y enfrentó a Simón Dor. Se acercó a la mesa y tomó asiento, arrebató el tequila y también probó un trago. Cerró los ojos con fuerza, estremeció su cabeza y dejó el tequila en la mesa con un golpe. Simón Dor sonrió. Continuaron mirándose a los ojos. Simón lo hacía con un odio profundo y el niño mago, le respondía con furia incendiando su mirada.
Te sienta bien el sol, te sienta bien ser cool,
Te sienta bien el mal, te sienta bien ser Dios,
Te sienta bien mentir y decir
Que te fuiste yendo de nuestro lugar
—El satánico Dr. Cadillac, Los Fabulosos Cadillacs.
Simón Dor levantó un dedo y dibujó en el aire la silueta de un cuervo, esta voló por la habitación durante unos segundos, antes de perderse. El niño entonces, dibujó en el aire la silueta de una mariposa del tamaño del cuervo… la mariposa logró sobrevivir al olvido y se hizo real. Simón Dor alzó su diario y la aplastó entre las páginas. No le gustaban los bichos.
Que es lo que ha pasado con tu corazón,
Ya no marca el paso que marcaba ayer
Nunca fuiste libre y esa es la razón,
—El satánico Dr. Cadillac, Los Fabulosos Cadillacs.
El niño le robó uno de los cigarrillos a Simón, el viejo le dio cerillos para que lo prendiera. Le observó divertido cuando dio la primera bocanada de humo y se rió cuando toció y toció. Después, como sincroonizados, se recargaron en el respaldo del asiento al mismo tiempo, cruzaron la rodilla derecha y mantuvieron el cigarrillo en la misma mano, fumaron al mismo tiempo y se miraban con la misma mirada.
Misma mirada de tristeza.
Siempre hay un idiota para convencer
Hablas toda la noche como un boy scout,
Hablas sobre mi vida como tu papá
—El satánico Dr. Cadillac, Los Fabulosos Cadillacs.
Fue cuando Simón volteó a la derecha, que el niño volteó de lado opuesto. Alzaron el cigarro al mismo tiempo y con la mano que estaba libre, dibujaron en el aire más siluetas de cuervos y mariposas tan lento, que estas se acumulaban y brotaban rápidamente. Los cuervos y las mariposas se unían y salían creaciones extrañas, como cuando un pintor junta dos o tres colores, modificaban la realidad y el pequeño espacio de la habitación. Al final, fue cuando Simón y el niño alzaron las manos, que todos los bicharajos fueron destruidos y disueltos.
—Vete de aquí —dijo Simón—. Prometo pensar en lo que me has dicho.
El niño mago se levantó, tiró el cigarrillo y lo apagó con sus pies. Simón se sintió más tranquilo cuando escuchó los gritos de la vieja y el niño, que andaban de un lado a otro como pelotas de ping-pong.
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Julio 4, 2003 — El Viaje de Simón Dor, Un tal Simon Dor.
Escrito por Agustin Fest.
Árbol Tsef: Es bueno tener un nombre más corto, escribirás menos cuando hables de mí en alguna otra historia. Hacía mucho que no me visitabas… ¿qué ha pasado con la vieja? ¿Te ha aburrido?
Niño mago: Tiempos de descanso. Los buenos contrincantes de una guerra saben cuando hacer una tregua para reorganizar y después empezar de nuevo.
Árbol Tsef: Hablas como Simón. Y conociéndote a ti y a Yasmín, nunca han de terminar. Será una guerra eterna que durará poco.
Niño mago: Así sea. ¿Y tú? ¿Puedo robarte una fruta?
Árbol Tsef: Las cosas, para usarse.
Niño mago: Y dices que soy yo el que habla como Simón. Esto es peor que una quijotización.
Árbol Tsef: Pero nadie como el Maestro Cervantes.
El niño se rió, estiró su mano para alcanzar una manzana del Árbol Tsef.
Niño mago: Nadie como él. ¿No fuiste tú el que me dijo que no habíamos de intervenir en el viaje y sólo debíamos observar?
Árbol Tsef: Simón me ayudó a redescubrir mi nombre, se lo debo. ¿Y tú? Tu no has hecho nada por mí, más que crearme para maldecirme.
El niño mago abrazó el tronco del Árbol Tsef y le besó.
Niño mago: Perdóname… perdóname. Tu maldición todavía no termina. Todavía falta que encuentres esa otra parte de tu nombre.
El Árbol sonrió.
Árbol Tsef: Hay una parte de mi historia que todavía no he dicho.
Niño mago: Eventualmente haz de decirla y así, conocerás el destino. El destino final del Árbol que ha caminado durante centurias para encontrar su nombre. ¿Estás seguro que de veras quieres buscar el faltante? Puedo recoger mi cuaderno y buscarlo por tí.
Árbol Tsef: No lo hagas. He de hacerlo yo, a mi debido tiempo. ¿Por qué no acompañas a Simón? Está triste porque ha perdido una llave.
Niño mago: ¿Crees que deba intervenir? Todavía tengo mucho que escribir, mucho que inventar, mucho que crear.
El Árbol Tsef miró al niño durante largo rato y el niño correspondió con una sonrisa.
Niño mago: Lo tendré que hacer eventualmente, también. Encontrar mi destino. ¿Entre tú y yo, mi querido Árbol, quién lo encontrará primero?
El Árbol no respondió, observó al niño morder la manzana y alejarse a la habitación de Simón Dor.
Querido Diario:
No he querido salir desde que perdí la llave de Beatriz en el Laberinto. Regresé una última vez, durante la madrugada (o lo que mi cuerpo siente que es madrugada, ya que es difícil decir cuando las nubes son grises y la única referencia del tiempo es la noche en la popa y el día en la proa) y recogí las semillas que encontré. El temor me embargó cuando me di cuenta que el Laberinto había cambiado de forma y sólo pude recuperar tres de las semillas, ya que los pasillos por los que había pasado el día anterior habían cambiado de lugar. Los muros de niebla dentro del Laberinto se comportan caprichosamente cuando no estoy adentro y todavía no sé, que criterio es el que siguen para hacerlo.
Hacerme sufrir, tal vez.
Ya solo restan veintiseis días con sus veintiseis noches y he perdido una llave por un temor estúpido. Ni siquiera valió haber visto a Beatriz. Sólo perdí la llave. Un temor idiota que bien pudo surgir por la borrachera de aquel día. ¿Sabes el dolor que me causa? ¿Lo inepto qué me hace sentir perder una llave que ni siquiera he utilizado? ¡Imbécil, imbécil, imbécil!
El niño mago ha entrado a la habitación y me está mirando llorar. ¿Llevará ahí mucho tiempo? No hemos cruzado palabra y creo que a diferencia del Árbol Tsef, a éste no le interesa hablar conmigo. ¿De qué podría servirle yo, al niño creador de historias? ¿Al inventor qué no ha encontrado el punto donde se conjuntan todos los universos, si no que más bien se dedica a hacer otros nuevos? Mal, mal, mal. El niño mago sigue mirando el curso de mis lágrimas.
Alcé mi mirada y confronté la suya. Sonreí lentamente, esperando ahuyentarlo como lo he hecho con otros niños. Olvidé que este niño no es normal, me correspondió la sonrisa y mordió su manzana.
—¿Quieres que te regale una mariposa, Simón?
Congelé mi sonrisa. Esperé. El niño dibujó una mariposa en el aire y ésta voló hacia a mí, para después disolverse en la realidad.
—Muy bonito. Desde que te conozco, me has dañado. Vivía feliz en mi oscuridad y mi amargura. Tenías que aplastarlo todo con tu sabiduría inocente. ¿Sabes cuál fue el peor crimen qué cometiste? Iniciar tu trabajo conmigo y luego abandonarme. Así como hiciste con el Árbol. Empiezas las historias o intervienes en unas ya hechas para nunca darles final, cabrón malnacido. Eres el constante inicio, el constante infinito. Haz de empezar una para dar nacimiento a varias y nunca terminarlas. Esperas que los que has dañado lo hagan por tí, pero nunca es así.
—Así es la magia, Simón. La magia no está en el final, ni en el inicio. La magia está en como correspondes a la ilusión. La magia estará en el eterno centro. El desarrollo eterno.
—Que metafísico estás.
El niño mordió la manzana.
—Es el hambre —respondió—. ¿Recuerdas cuándo nos conocimos?
—¿Importa hablar de eso? La consecuencia fue una temporada en el manicomio, con todo y mi cordura.
—¡Pero mira todo lo que lograste! —exclamó el niño y extendió sus manos para caminar alrededor de la habitación.
—Una prisión que me llevará a mi muerte.
—No seas tan duro. Lo que importa es que aceptaste la magia.
—La he corrompido.
—Nadie dijo que fuera fácil.
Callé, fue cuando pude ver a través de los ojos del niño mago.
Le sonreí de lado.
—¿Cuál es tú destino? —pregunté.
El niño me miró extrañado. No esperaba la pregunta y como un espadanchín que tiene la ventaja, le presioné.
—Tú también estás aquí por algo. Todos vamos al mismo lugar, en cierta forma. O el camino ha de dirigirnos a otros destinos, pero es el mismo camino. ¿Cuál es el tuyo? Vamos, no te pretendas el tímido. Lo de niño sólo te queda por la estatura. ¡Y yo qué creí que estabas aquí satisfaciendo un mero capricho infantil! Soy un imbécil triple al no observarte con atención antes.
El niño mordió su manzana y sus ojos, sus ojos se volvieron oscuros, tenebrosos. Metió una mano en el bolsillo de su pantalón, se paró recto y cabizbajo, siguió mirándome. Parpadeó siete veces antes de responderme. La sonrisa de él se perdió en algún momento.
—¿No sabes, quién soy yo, Simón?
—Por supuesto que sí, Simón Dor.
Pasado y futuro.
Prendí un cigarrillo.
—Más claro no podía ser. ¿En qué momento de la vida…?
—Cuando murió Beatriz.
—Pero a tí todavía no se te ha muerto. ¿Por qué insistes? ¿Por qué me lastimas con la magia y el idealismo que existía antes de que me golpeara la realidad? No, no seas así. Lárgate y sé feliz. Vete y sálvala antes de que ocurra. Insístele que no se vaya en ese coche con su hermana y con su padre. Enférmala de gripa para que no se levante ese día.
El niño sonrió y perdió la oscuridad. Volvía a ser el mismo niño mago. Miró la manzana y notó que ya no le quedaba más que morder.
—Es que… es inevitable Simón. Yo me convertiré en tú. Beatriz fue nuestro momento cumbre, el que nos ha separado en personas que caminan en el mismo camino y no sabemos si con el mismo destino o no. A mi me hizo Fé, a ti te convirtió en Razón. Espiritu y Materia. Magia y Ciencia. ¿No era Beatriz todo ello? ¿No era Beatriz el balance?
—Vete ya, sálvala. Eres el pasado, todavía estás a punto. Eres el niño que puede dibujar historias y narrarlas. Eres el niño que lee por contar, no para escapar. Vamos ya, pinche chamaco, lárguese a vivir.
—Si me puedo convertir en tú antes de perderla, será mejor. No habrá ruptura. Seremos un sólo ser.
—¿Estás dispuesto a sacrificar la Magia por ello? —pregunté, me senté y reí. Reí tanto.
—Lo estoy. Si eso ha de salvar nuestro futuro.
Reí más.
—¡Tienes tantas historias que completar!
—Es mejor si todo lo cortamos de raíz.
—Inevitablemente te haz de convertir en mí porque nunca estuviste ahí para detenerla. ¡Pudiste detenerla! ¡Pasado miserable! —reí más—. ¡Pudiste decirle, rogarle, llorarle, amarle, reírle, sonreírle, quererle, que no fuera! Que no se suba… que no se suba a aquel coche.
—¿Sabes qué eres tú, hoy, Simón?
—Un muerto que camina —mi risa se transformó en llanto, y luego regresaba a risa.
—Si puedo convertirme en tú, en mi pasado… entonces lo lograré. No habrá Beatriz. Mi magia no basta, necesito tu razón. Necesito que me apoyes Simón. Haz decidido negarme, entonces yo te acepto como eres. Seamos lo que tú quieras. Estoy cansado de jugar y de alegrarte la vida, estoy cansado de enseñarte lo hermoso que es sentir y me dolió más cuando el sentimiento renació para no ser satisfecho. ¿Qué hiciste tú? Saliste a gritarlo a los cuatro vientos y a caminar con bandera oscura. Me volviste a relegar, en vez de ayudarme.
—¿Hablas de…?
—Aquella mujer.
—La de Fest.
—Esa misma.
—Las circunstancias no podían ser bellas, mi querido niño mago. La vida no es un cuento de hadas.
—Tal vez no. Pero no necesito que me dificultes la vida. Beatriz ha muerto y aquella otra, dijo que no. Este pasado ha decidido convertirse en tú, con todo lo que significa. He de morir, Simón, y sólo quedarás tú. ¿No es lo que siempre has querido? ¿No me has negado siempre? Si no quieres abrazar el Eros que te ofrezco, si no me permites que te ayude a mirar más allá… entonces a tu manera Simón. De veras que estoy muy cansado…
El niño se sentó y bajó la mirada.
—Regrésate por favor, todavía estás a tiempo. Todavía estás a tiempo de salvarla, de decirle que no se suba a aquel coche. De pegarle la gripa. Todavía estás a tiempo de quererla, amarla, sentirla, vibrarla, adorarle viva.
Todavía faltan veintiseis días, con sus veintiseis noches.
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Junio 27, 2003 — El Viaje de Simón Dor, Un tal Simon Dor.
Escrito por Agustin Fest.
Querido Diario:
El Cuarto de Trofeos se ha hecho más siniestro. Con los ojos del súcubo Galloria flotando en el formol y la piel del súcubo Mama Esirasaft colgando de un perchero. La cabeza del rottweiler Mindar sigue sonriendo, jadea lentamente y me mira con ojos grandes. Le sonrío de vuelta y él crece más su sonrisa… eso me hace preguntarme, ¿por qué no mejor le llamo Bob? Suena más tierno que Mindar y al menos, me daría menos miedo cuando le mire.
El esqueleto estático de metal, con los pulmones de plomo flotando dentro del tórax, parece una armadura medieval protegiendo las llaves del cuarto de Beatriz. Me he decidido a mover las llaves un poco más cerca de la entrada para no hacer el recorrido entero del museo de excentricidades que he estado construyendo. También he puesto la pistola de McGonnagal junto con las llaves. No sé si Mindar/Bob pueda enloquecer tarde o temprano y quiera atacarme.
El libro de Mama Esirasaft puede corromperse en el polvo.
He sorprendido a Yasmín gritarle al niño mago y viceversa para comunicarse. No sé porque no apelan al sentido común… al menos entiendo que la vieja no quiera pararse de su asiento, pero el niño tiene mucha energía para caminar hasta la popa. ¿Por qué no lo hace? Así no estaría soportando los gritos que se avientan el uno al otro como pedradas.
La Tía Yemita:¡A qué no puedes escribir una historia de cuándo le robé el alma a un hombre llamado Gerardo Quesada! ¡Le he dicho que podría ser inmortal siempre y cuando existiera un retrato suyo!
Niño mago:¡Pero si la he escrito abuelita Yasmín! ¡Y también escribí la historia de dos hombres, Dumas y Domingo, que eran tan amigos que se confundieron de tal forma que no sabían cuál había cometido el primer asesinato y cuál era el inocente!
Árbol de los mil nombres: Matías, Saítam, Síatma, Tsaíma
Esto se ha convertido en un circo. El único que parece comprenderme es el delfín, que recibe mi mirada con una sonrisa constante y navega luchando contra el mar contaminado para mantener el paso de mi barco. El árbol sigue vigilante de mis pasos y entre-abre sus labios para decirme algo… se contiene y después vuelve a la ley del hielo. Yo le sonrío y le saludo con mi gorra. No seré yo el que dé el primer paso.
He pensado en la teoría del omniverso que ha propuesto Fest en el monolito. Él habla de escribir todas las historias del mundo, lo cual no me parece mal. Aunque ha olvidado algo terriblemente importante, si llegara a encontrar el punto donde se conjuntan todas las historias del mundo, podría también modificarlas. No sería el Dios de un sólo universo, sino el de todos los universos.
Claro, él es joven. No ha contemplado la posibilidad de convertirse en Dios, solo un mero espectador. Un escriba que dependió de la inspiración divina.
¿Y saben dónde se encuentra eso que está buscando? ¿No lo adivinas, mi querido Diario? Yo tengo una vaga idea. En el Cuarto de los Espejos. Pero no tengo la llave y francamente no me gustan los espejos, así que me ahorraré la molestia de convertirme en Dios yo también. Es más, seré feliz si el cuarto de los espejos desaparece así como vino.
Treinta días con sus treinta noches.
He ido al cuarto de trofeos y he tomado las llaves del Cuarto de Máquinas cuando dormía. Y también dormido, caminé por el pasillo de los cuartos y estuve frente a la puerta, queriendo acomodar la llave con la torpeza del sonámbulo. Fue cuando sentí una mano áspera en mi hombro que me despertó y abrí los ojos como lunas. Estaba a punto de desperdiciar una llave.
¿Simón, dónde estás simón? —pude escuchar repetidamente, tan rápido como los latidos de mi corazón. Quería entrar, deseaba entrar, pero la mano áspera en mi hombro me detenía fuertemente. No voltée, me quede varado frente a la puerta, asombrado de la fuerte tentación que representaba mirarla de nuevo, abrazarla, quererla y sentirla. Mirarle los ojos, mirarle el cuerpo, olerla hasta embriagarme y después llorar su maldita imagen fantasmal. Llorar que no existiese y no pudiera abrazarme.
—No es hora todavía —dijo el dueño de lo que creía era una mano, de reojo pude mirar una manzana roja que colgaba de una rama seca— Simón, dime, ¿por qué Matías?
—Jaramillo —respondí—, la anciana ciega. ¿No recuerdas nada de eso?
—No.
—Antes me llamaba Matías. Sólo que lo había olvidado.
—¿Entonces tu nombre guarda relación con el mío? Te he salvado de la tentación, ahora tú sálvame del nombre falso que no me puedo quitar de la mente.
Sonreí.
—¿Estamos jugando a los favores?
El árbol me contestó con una voz áspera y sucia—: No, te estoy salvando de tí mismo. Como tú lo hubieras hecho por mí.
Me quedé pensando y voltée para encarar al árbol de los mil nombres. Le debía la verdad.
—Matías era un escritor, que creyó que podría escribir las historias del mundo y asombrar a todos con ellas. Así como Fest. ¿A Fest lo recuerdas?
—Vagamente.
—Curioso que el nombre de Fest no haya tenido ningún efecto sobre tí.
El árbol respiró lentamente. Sus labios presentaron una tristeza, como en una caricatura.
—Es el nombre que me ha marchitado y también, es el nombre más falso de todos.
Me reí.
—¿Y Simón? ¿Simón Dor? —le pregunté.
—Es el nombre más real. El nombre que más me confunde.
—Sigue jugando con los dados, árbol. No puedo ayudarte porque no me sé tu nombre.
—¿Me puedes ayudar?
Me reí de nuevo, el árbol no pareció apreciar mi gesto. Lo confundió con sarcasmo en vez de ironía. Nos miramos largamente y él comprendió.
—Gracias —dijo el árbol de los mil nombres y se fue.
Si, treinta días, con sus treinta noches.
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Junio 25, 2003 — El Viaje de Simón Dor, Un tal Simon Dor, favoritos.
Escrito por Agustin Fest.
Credo in Deum Patrem omnipotentem; Creatorem coeli et terrae.
Capítulo 17.
El viaje de Simón.
Simón 17:1 Hubo en tierra de hombres un hombre llamado Simón Dor, y él era injusto y cruel, discutía con Dios la existencia de Dios y a pesar de ello, por Él era querido, ya que era su hijo que sólo necesitaba enmedar su camino.
Simón 17:2 Decidió hacer un viaje de cuarenta días y cuarenta noches.
Simón 17:3 Con inspiración enteramente humana, construyó un barco al que habría de llamar “Mojalnir” mientras dormía y al amanecer entendió que debía partir en él, para buscarse así mismo…
Simón 17:4 …o tal vez la inmortalidad…
Simón 17:5 …o tal vez la muerte…
Simón 17:6 Ofreció un sacrificio para sí mismo, matando a un perro y llevándose su cabeza. La sangre la ofreció a la noche y bautizó su sagrada cruzada con el nombre de “El viaje”. Besó tierra antes de partir y blasfemando contra Dios y contra Satán, decidió navegar en el mar oscuro que es el puente entre la Tierra de Nod y el Río del Aqueronte.
Simón 17:7 Simón blasfemó, llamando al mar Yunén
(Nota de Mama Esirasaft, rayada en el canto de la hoja—: en algunos textos, Yenén).
Simón 17:8 Los piratas le asaltaron durante el viaje. Arrancó los ojos de una súcubo hermana al robarle su alma. Dios jugó ajedrez contra él.
Simón 17:9 También ha descubierto la capacidad de ver a los muertos.
Simón 17:10 Un delfín, un árbol de mil nombres, un niño mago que nació antes de los tiempos de Cristo y madre Lilith habrían de acompañarle en su viaje.
Simón 17:11 Simón hizo que se partieran las nubes grises del cielo para que iluminara el sol al árbol de los mil nombres, el cual conservaba una manzana de propiedades paganas colgando de una rama seca.
Simón 17:12 Y para Madre Lilith, partió las nubes grises del cielo para que le iluminara la luna, una débil estrella y así, ella representase la noche.
Simón 17:13 Entonces llegué yo, Mama Esirasaft, un súcubo hija de éL y de Madre Lilith, a treintaitrés días para que Simón terminara su viaje.
Simón 17:14 Se me ha enviado para detener a Simón y Simón me ha llamado a mí.
Simón 17:15 Así está escrito en el capítulo número diesiciete del Libro de Mama Esirasaft. Que estas palabras queden sembradas en las espigas negras que crecen en el campo de Uz, por los siglos… de los siglos.
Et in Jesum Christum, Filium ejus unicum, Dominum nostrum; qui conceptus est de Spiritu Sancto, natus ex Maria virgine;
Simón había olvidado al súcubo, después de lo sucedido con Yasmín que se había instalado en su barco. Notaba divertido que el peso de la vieja era tal, que el barco se hundía un poco del lado de la popa. Cuando acabó de asombrarse y se aburrió de escuchar los murmullos de Yasmín (los cuales enumeraban todas las almas que había robado), caminó a la proa e ignoró al árbol de la manzana y al niño mago, ya que ellos continuaban ignorándole —aún después del episodio tan importante con la vieja—.
Miró los restos de los piratas metálicos, no se decidía a tirarlos por no contaminar más el agua del delfín. Los restos eran pocos y ligeros, así que decidió ponerlos en el cuarto de trofeos. Al entrar, los restos tuvieron un efecto extraño: se hicieron metal líquido y después se juntaron para solidificarse y construir la forma de un esqueleto humano y sus pulmones.
Simón Dor se carcajeó, probablemente la muerte le estuviera advirtiendo acerca de su adicción a la nicotina. Luego acercó su mirada a las llaves de Beatriz que estaban colgadas en uno de los tantos ganchos que había en el vasto cuarto de trofeos. Tres llaves y la tentación de utilizar la primera era tan fuerte, que Simón se descubrió metiéndolas en los bolsillos de sus pantalones de lana.
—No —se dijo. Puso las llaves en el ganchito, se despidió de la pistola de McGonnagal y miró con miedo supersticioso la cabeza de Mindar.
Mindar le regresó la mirada y su horrible rostro de rottweiler muerto, parecía sonreírle.
¿Qué razón de ser tendrían los trofeos?, se preguntó en silencio mientras cerraba el cuarto. De reojo miró una mujer de vestido negro que caminaba por los pasillos y cuando volteó para mirarle completa, ya no estaba ahí.
Entonces recordó al súcubo y escuchó al silencio susurrarle su nombre: Mama Esirasaft.
passus sub Pontio Pilato, crucifixus, mortuus, et sepultus; descendit ad inferna; tertia die resurrexit a mortuis; ascendit ad coelos;
El silencio dirigió a Simón por un pasillo que no sabía que existía dentro de su barco. Estaba preguntándose como lograba el barco ser más grande, de lo que realmente era y la respuesta sencilla le provocó una sonrisa mientras prendía un cigarrillo.
—Nada de mamadas del omniverso, ni la conjunción del principio y el fin que hacen estragos en la realidad. No… es tan sencillo como que yo hice mi prisión tan grande como quise.
Escuchó la risa del súcubo, una risa adolescentil a contrario de lo que esperaba por el nombre del súcubo. Decidió seguirle el juego y continuó caminando por el pasillo hasta topar con dos puertas laterales, una de ellas le llevaba al Cuarto de Fest y la otra le llevaba al Cuarto del Laberinto.
—Era de esperarse —dijo Simón y se encogió de hombros—. ¿Por cuál te has ido Esira? ¿Te importa qué te llame Esira? Ya que Mama Esirasaft se me hace demasiado grande y tal vez, hasta un anagrama ridículo.
—Puedes llamarme como quieras —respondió el silencio del súcubo.
—Oh, lo olvidaba… —susurró Simón—. Los súcubos no respetan su nombre con tal de que uno se las coja.
sedet ad dexteram Dei Patris omnipotentis; inde venturus (est) judicare vivos et mortuos.
Abrió la puerta del Cuarto de Fest y se asomó. Un cuarto donde un monolito descansaba. El viejo no resistió la curiosidad y entró al cuarto… en el monolito había un mensaje que decía—Ya estoy tranquilo, le he dicho.
Simón Dor se sonrió, después de todo, el viaje de Fest estaba avanzando rápidamente y también entendió otra cosa… ya no recibiría de él más cartas. Sólo mensajes en forma de enigmas.
—¿Ahora es tu turno de tenerme a mí en ascuas, tratando de descifrarte? Zarahuato imberbe… está bien, jugaré contigo.
El monolito borró la frase y se quedó hecho piedra. Simón salió de la habitación y el súcubo volvió a tentarle por la comisura del ojo.
Cuando el viejo volteó, otra vez, ella ya no estaba ahí y escuchó su risa, que provenía del Cuarto del Laberinto… se lamentó por no traer el hilo que había usado Ariadna para Teseo. Tal vez no sería necesario, a menos que algún minotauro llamado Hör le estuviera esperando del otro lado.
—No me tengas miedo —dijo la voz adolescentil.
—Me has encantado con tan sólo medio observarte —confesó Simón—… acabemos con esto de una buena vez, acerca esas hermosas caderas que tienes y esas nalgas divinales, que este viejito quiere acción.
—Yo soy diferente.
—Como todas las mujeres del mundo.
El súcubo se rió.
Credo in Spiritum Sanctum; sanctam ecclesiam catholicam; sanctorum communionem; remissionem peccatorum; carnis resurrectionem; vitam oeternam.
—Dios te ha mandado su credo para protegerte.
—Dios y tu padrE harían bien en no intervenir —dijo Simón—. Yo acabaré decidiendo lo que yo quiera… demonios, tu maldita imagen, tan sólo me ha dado una erección por querer poseerte y tan sólo he visto, tan poco de tí. Tu voz adolescente, tu andar de mujer… maldita eres.
—Te dije que yo era diferente.
Simón se llevo una mano a la entrepierna sin voluntad y aunque la hubiera tenido, no lo hubiera evitado. Abrió el zipper de su pantalón y buscó adentro lo que tenía unas ganas inmensas de acariciar, su piel estaba tan caliente y las arrugas formaban ríos de sudor. Descubrió que entrecerrando los ojos y mirando a la lateral, podía ver la imagen de Mamá Esirasaft de una forma mas nítida.
Se recargó en la puerta cerrada del Cuarto del Laberinto y se deslizó suavemente donde se sintió más cómodo para masturbarse. El súcubo eficazmente se instaló a su lado, pero cuando Simón le quería mirar a los ojos o volteaba bruscamente para verla mejor, ella desaparecía.
—¿Qué tipo de súcubo eres? —dijo Simón, con la voz entrecortada y aumentando el ritmo de su mano.
—No lo sé, pero si quisiera te tendría ladrando como un perro ahora.
El perro le recordó a Mindar y Mindar le recordó las llaves del cuarto de Beatriz. Había un silencio espantoso que sólo era interrumpido por los jadeos de Simón, el sonido de la piel y la risa del súcubo. Algo no cuadraba y realmente, no le importaba. Tan no le importaba que descubrió que le importaba mucho.
Mama Esirasaft no le dejaría detener la mano, con la risa, la sonrisa, su piel blanca, sus caderas, sus nalgas. Se le estaba metiendo en la mente y sentía como se le estaba metiendo en el alma. Pronto ya no habría viaje y sólo quedaría esta imagen de Simón, masturbándose en la entrada del laberinto. Cuando sus nietos preguntaran ¿dónde está mi abuelo Simón? les darían una fotografía del anciano en la posición que se encontraba ahorita. Se reirían de él y preguntarían a sus padres que era esa cosa que estaba en su mano, esa cosa marchita pero que todavía peleaba como gallo.
El viejo lo comprendió, apretando los dientes y con el dolor artítrico atacándole los dedos por detener su ánimo onanista, jadeo más fuerte y quiso detenerse recordándose la pregunta que le había salvado del primer súcubo: ¿Dónde estás Simón?
—Estoy aquí. Sigo aquí. ¿Creías poder detener a Beatriz, Esirasaft? ¿Creías poder borrar la pregunta que está marcada en mi corazón? Eres igual de pendeja que tu hermana antes de ti.
—¿Cómo pudiste vencer la ilusión?
—Igual de pendeja —Simón jadeó exhausto y pudo soltarse así mismo. Se levantó cansado y con la piel hecha pergamino por el sudor—. Dame lo que me corresponde, que te he vencido… lárgate, lárgate ya. Súcubo maldito, te expulso de éste mar manchado de sangre y conocimientos, no sin antes dejarme tu alma para asegurarme de que no has de regresar, que tu estirpe y las almas que te robes sean benditas por los siglos de los siglos y que tus hijos recuerden con amor tu nombre, puta infeliz, lárgate ya…
Amen.
El súcubo le dio a Simón la piel de su cuerpo y también, el Libro de Mama Esirasaft que copiaría en su diario, a los treintaidos días y treintaidos noches de terminar su viaje.
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Junio 17, 2003 — El Viaje de Simón Dor, Un tal Simon Dor.
Escrito por Agustin Fest.
Querido Diario.
En el treintaicincoavo día, entré al cuarto de juegos y cuál fue mi sorpresa cuando encontré a un anciano bastante fuerte. Tanto que si le quitáramos la larga barba blanca y el cabello, parecería un adolescente. Vestía una toga blanca que le llegaba hasta el suelo, emitía una poderosa aura de tranquilidad y amor. (No tan poderosa, porque no me afectó a mi… naturalmente).
Dios estaba en mi cuarto de juegos, yo le sonreí y le guiñé un ojo. Él me respondió con una sonrisa digamos que agradable, ya saben que Dios es amor. Tomamos asiento, uno contra el otro, en el tablero de ajedrez y dejamos que Mojalnir navegara sólo en éste mar oscuro de Yunén.
—Creí que no existías, viejo —dijo Dios.
—Yo tampoco creo en tu existencia y tengo una Biblia para comprobarlo —respondí. Él, naturalmente, se rió.
—¿Blancas o negras? —preguntó Él.
—Negras, por supuesto —respondí yo y prendí un cigarrillo. Dios tosió para indicar que le molestaba pero le ignoré.
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—¿Hace cuánto que no jugamos, Simón? —preguntó Dios mientras miraba el tablero y yo miraba absorto los cuadros negros que indicarían mi siguiente jugada, alcé una ceja y le miré. Esa sonrisa de nuevo, esa sonrisa de amor. Respondí con la mía de sarcasmo.
—Desde el 2001 —le respondí seco—. Es tu turno.
—Eres muy impaciente, mi querido Simón —dijo Dios … paciente—. Pero está claro que no es por Mi que hemos dejado de jugar. Pocos tienen el honor de jugar Conmigo como tú.
—Es que te gusta que te digan que no existes y te lo comprueben como yo lo suelo hacer. Eres, en cierto modo, masoquista.
Dios se rió con picardía.
—Estás viendo y no ves —dijo Dios entre risas—. Diría que el masoquista más bien eres tú, que me has visto y niegas que existo.
—Puede que seas un invento de mi mente, como todo el viaje.
Dios se quedó serio y pensativo.
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—No Simón, nada es un invento —dijo Dios—. Las prisiones que se inventa el hombre por medio de la mente, son muy reales. Aún siendo yo un Dios inventado poseo las mismas características de el Dios real. Por lo tanto, si soy un invento… parto de la realidad y eso, mi querido Simón, me convierte en una autoridad omnipotente.
—Olvidé que no hay forma de limitar a Dios, porque entonces limitarías su omnipotencia… eso te hace capaz de existir, ¿lo ves? —le dije—. Pero al mismo tiempo, tampoco existes… porque debes cubrirlo todo, el existir y el no existir. Yo sólo elijo lo que me plazca—.
—Nunca se te quitará esa pinta de fariseo —dijo Dios—, pero me agradas muchacho, de veras me agradas.
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—En fin, ¿qué haces aquí Dios? —pregunté, —No creo que solo hayas venido por el simple hecho de extrañar mi dulce compañía y compartir este juego.
Dios me miró gravemente.
—Pero si así es, extrañaba jugar contigo.
—No das paso sin huarache —le dije y le sonreí.
—Simón… —dijo Dios y sonrió—. La verdad es que vengo a divertirme y jugar. No hay razones más allá o tal vez fuiste tú quien me llamó. ¿No has pensado en ello?
—¿Yo? ¿Cómo puedo llamar a alguien que no existe?
Ambos nos miramos y después, nos echamos a reír.
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—Vino un súcubo ayer a verte —dijo Dios. Yo comprendí.
—¿Crees que lo ha enviado éL? —pregunté despreocupado.
—Pero si son sus criaturas, es obvio —dijo Dios.
—¿Por qué mi alma se ha convertido en algo tan importante ahora? —pregunté—. Si es bien sabido que tienen otras ocupaciones. ¿Qué hay de importante en ello?
—Es ahí donde te equivocas, precisamente —dijo Dios y debo decir… que me confundió.
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—Nos eres importante, como todos… cada uno de mis hijos es importante y para éL es importante arrebatarme cada uno de ellos. Eso está claro —dijo Dios pensativo—. Pero hay algo más importante aún Simón y es el resultado. Tú no lo ves como nosotros… tú lo ves en blanco y negro, cómo este tablero que está aquí… y la verdad es que eso está… —Dios meditó la frase y se sonrió—. Pasado de moda.
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—Seguiré con interés tu viaje Simón —dijo Dios—. No hablaremos de Biblias el día de hoy, ni discutiremos lo que está escrito con las manos del hombre que bien fueron inspiradas por mí.
—Está bien —dije yo.
—No dejes que tu viaje se enfrasque en métodos de maldad y bien.
—No ha sido así, ni será.
—Sólo quería escucharlo de tus labios.
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Dios tiró su rey.
—Hoy ganaré de nuevo —sonrió Dios—. Pero te concederé el observar como tiro mi rey… teniendo fé en que eso te anime un poco.
—Ja. Gracias… Solo tengo una pregunta Dios…
—Adelante.
—¿Por qué, no salvar al hombre? Lo hiciste una vez… ¿Por qué no salvarme a mi? ¿Por qué lo que has hecho conmigo hasta ahora? Eso, hipotéticamente, si admitiera que existes.
—Bueno Simón —dijo Dios sonriendo—, es cierto que tuve que mandar a mi Hijo para hacer un milagro del tamaño de la humanidad. Y me veré irremediablemente cursi a pesar de que odies eso.
—Venga…
—Es un milagro que sólo puede hacerse una vez. La salvación del hombre depende de cada uno, tú propia salvación, depende ahora de ti mismo. Yo sólo me animo a mover un poco el ambiente para recordarles que tienen que salvarse. ¿Acaso no les he dado libre albedrío?
—Ya lárgate, viejo meloso… lárgate con tus diálogos de película. Si embadurnas con más azúcar este barco, capaz que seré víctima de abejas y tan sólo me habrás traido desgracias.
Dios se rió, de esa forma… dulce, que tanto aborrezco. Prendí otro cigarrillo y miré intensamente Sus ojos, hasta que desapareció.
La salvación del hombre, la salvación de mí mismo… depende de mí mismo. Dios no hará otro milagro como el que hizo hace siglos, sencillamente porque no se le antoja.
Si… la salvación depende de mí mismo. ¿Quiero ser salvado? ¿Quiero que se abran las nubes negras y en un estado místico, alce mis brazos al ritmo del Gospel de los ‘20 o ‘30? No, la verdad es que no.
¿Por qué le pregunté a Dios porque no me ha salvado, si yo ni siquiera tengo la consideración de querer salvarme a mi mismo?

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