Noviembre 5, 2003 — Cuenta-Cuentos.
Escrito por Agustin Fest.
En una carretera, era jalado por una mujer vestida con una toga negra. Una mujer muy flaca, cuya piel era blanca enfermiza. El pequeño Árbol llevaba los ojos muy abiertos y hacía mucho dejó de sonreír. Sin embargo, no estaba triste, ni se sentía desgraciado. Era como él había dicho, con resignación había aceptado estar maldito y la mujer, lo estaba jalando al final de todo.
¿Quién era la mujer? Se preguntó Heber y como se suele hacer en sueños, los persiguió como una figura incorporea. Caminaron kilómetros enteros en esa carretera que no llevaba a ningún lugar. Fue que el pequeño árbol abrió los labios y comenzó a hablar incoherencias.
—A todo quien estuvo conmigo, le dije que tenía que llegar a un destino. A todo quien me acompañó, le dije que había un lugar a donde llegar. Y les mentí. Les mentí descaradamente. Pero es que yo no sabía… de veras no sabía… que no había tal. De veras no sabía… y ahora no hay ninguna manera en que puedan perdonarme. Hijo de Dor, ¿me escuchas? Perdóname por hacerte jalar mi carrito. Fuiste casi el último. El primero fue tito. Pero es que nunca pude caminar solito. Si lo hacía solito olvidaría mi nombre y no hubiera podido….
Heber despertó y miró la carretera que llevaba a ningún lugar. Buscó con su mirada al pequeño Árbol Tsef Thaed. Ya no estaba ahí, se puso de pie y miró atrás. Tampoco había ninguna cueva de demonios rastreros. Sólo eran la carretera y él. Suspiró y se decidió a caminar. No sabía donde estaba y no sabía a donde podía llegar
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Noviembre 4, 2003 — Cuenta-Cuentos.
Escrito por Agustin Fest.
Oscuridad y vacío.
Un olor a viejo y podrido.
Heber buscó la puerta para salir y ya no la encontró. Estaba destinado, tan definitivamente-condenado.
Apretó el Diario contra su pecho y suspiró. Había escrito un cuento, el de Levanta-Muertos. Si, ese cuento él lo escribió. Pero nunca había detallado el armario. Nunca se lo imaginó.
Y le dolió que fuese tan oscuro. ¿A esto se tuvo que enfrentar todos los días Levanta-Muertos, al bajar con su carreta y las almas en pena? El rostro de su padre salió de las sombras, materializado por un recuerdo inventado. ¿Qué diría el viejo Simón?
—Lo que tenga que pasar, pasará.
Eso diría. Casi pudo escucharlo. El problema aquí… pensó Heber, es que no quería morir. No le gustaba ser tan definitivamente-condenado. Tan enfermo y tan perdido. Tan estúpido.
La oscuridad le hacía pensar demasiado. El vacío le drenaba la vida. Decidió caminar a ningún lugar y escuchó el eco de sus pasos. El tip-tap se convirtió en una melodía regular y ya no se sintió tan desolado. Siguió caminando. Un paso después de otro. ¿Cómo sabía Levanta-Muertos el camino de ida? ¿Cómo había logrado aprender el regreso? ¿Por qué con el fantasma de su hija, carcomiéndole el alma, había decidido sobrevivir a la oscuridad?
Oscuridad y vacío. Preguntas demasiado.
Un olor a viejo y podrido. Y nunca encontrarás las respuestas.
Heber ya no buscó la salida. Aferrándose al Diario, continuó caminando. No las que quieres. Sólo las que yo te dé.
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Noviembre 1, 2003 — Cuenta-Cuentos.
Escrito por Agustin Fest.
La entrada de Guadalupe Espártaco al orfanato de Burgos, fue usualmente, inusual. Gritando a todo volumen “Stairway to Heaven”, más como Zappa que como Zepellin. Caminó estrafalariamente, casi bailando y saltando. Los niños salieron a recibirlo y como siempre, Espártaco fingió espantarse… poniendo el cuerpo rígido y como una estatua, se quedó estático pretendiendo escapar.
Se escucharon las risas y los gritos de los niños, cuando Espártaco fingió ser un tiburón y les persiguió por todo el patio. Burgos le observaba desde la ventana con una sonrisa y Heber, no sabía que esperar de un viejo así. Tan lleno de vida. Le brillaban y se le apagaban los ojos como estrellas y sus dientes, blanquísimos y pequeños, contrastaban con su piel morena y arrugada. Espártaco tenía el cabello totalmente canoso, recogido en una cola de caballo que le caía hasta la mitad de la espalda. Era un hombre muy pequeño, no más de un metro con cuarenta, y de espalda muy ancha, aún siendo delgado. Tenía una nariz ancha y abultada. Sus ojos eran pequeños y alargados, dándole un cierto rasgo oriental.
Heber se tuvo que tragar impaciente los juegos de Espártaco con los niños. Miró a Burgos ancioso un par de veces, pero éste seguía sonriendo y a veces riendo de las ocurrencias de aquel hombre. Heber bufó sarcástico un par de veces al ver como Espártaco, de un tiburón se transformaba en un tigre y después, en un luchador enmascarado al cual vencían los niños entre todos. Pensó que era un viejo muy ruidoso.
Observó más allá del viejo y de los niños. Creyó ver la silueta de un hombre, vestido de abrigo y con un sombrero de bruja. Entreabrió los labios y miró hacia Burgos, le jaló el saco de religioso para que le hiciera caso cuando le señaló. Cuando los dos hombres miraron hacia allá… ese hombre ya no estaba ahí.
Espártaco se quedó muy serio y volvió la vista hacia donde miraban Heber y Burso. Asintió y se perdió el ruido de los niños gritones en la distancia. Les sonrío, con las estrellas apagadas, y les dijo que debía ver a Burgos. Luego jugarían.
A Heber casi le dio lástima mirar a Espártaco caminar serio y se arrepintió de su ansiedad. Sintió un repentino deseo de regresarle la alegría a Espártaco, quien en cuestión de segundos la había perdido. ¿Él también había mirado la silueta? ¿Era la razón del cambio? Heber Dor se acarició el rostro avergonzado y suspiró, deseó ya no pensar más en ello. Burgos carraspeó y se arregló el saco, miró a Heber con una sonrisa disculpatoria, le dio una palmada en la espalda, caminó a la puerta e invitó al viejo a pasar.
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Octubre 31, 2003 — Cuenta-Cuentos.
Escrito por Agustin Fest.
Cuando se disfrazó de indigente para escapar a la Muerte, Espártaco se divirtió mucho. Aunque tuvo que pretender estar triste todo el tiempo y tuvo que alzar la mano para que le tiraran una moneda o dos. Era necesario no alzar la sospecha y así los jinetes cadavéricos —que le perseguían constantemente— no se daban cuenta quien era él.
Espártaco, en ese tiempo, llevaba contados dos mil seiscientos treinta y tres años. Y eso, un cáculo aproximado, ya que había unos cuantos miles de años atrás. Su pasado ya se había borrado en su memoria, ya que había tardado en encontrar la combinación de hierbas que le permitieran la conservación de las neuronas.
Y se hizo viejo, antes de encontrar la combinación de hierbas que le permitiera la conservación de su cuerpo.
Hay una combinación de hierbas que le permite rejuvenecer de vez en cuando, pero no abusa de ella… le gusta su cuerpo viejo.
Espártaco tiene hierbas para todo. O bueno, casi todo…
…porque no sabía como había adquirido su nombre, cuando decidió escapar de la muerte y por qué… no había hierba que ayudara a viajar al pasado para recuperar esas respuestas. Sólo sabía que escapaba de la Muerte.
Por el ocio, Espártaco se dedicaba a cazar demonios, pero no se lo digan a nadie. Buscaba en especial, a la más hermosa de todos ellos. A la madre que los parió. A Lilith. Habían peleado hacía muchos años atrás y cuando digo muchos, son tantos que es imposible contarlos… y en esa pelea, Lilith decidió esconderse. Desde entonces, solo puede sentirla durante breves lapsos de tiempo y nunca está cerca para alcanzarla.
Espártaco era muy paciente y se divertía escapando de la Muerte. Al fin y al cabo, no tenía prisa por encontrarla. Ni a Lilith, ni a su eterno perseguidor.
Es obvio que durante todo ese tiempo, Espártaco ha adquirido conocimiento que sólo poseen los cuervos de la Muerte, los Magos, los Inmortales, los Ángeles y los Demonios. Lo más importante, es que sólo lo conserva en su cabeza. Sabe lo que podría suceder, y lo sabe muy bien, si alguien más tuviera ese conocimiento. Por eso le buscan constantemente, no sólo la Muerte y sus jinetes cadavéricos, no, le buscan todos.
Al menos, todos los que saben de él.
Cuando era indigente, nadie sabía de él. Era muy sencillo y muy divertido pedir dinero. Pedir comida. Aprender a tragar fuego. Contar chistes en el transporte público. Tocar la guitarra. Declamar poesía.
Su juego favorito, siempre fue arrastrar una caja de cartón. La arrastraba a todas partes con una sonrisa de dientes amarillos y ojos cansados. Una sonrisa sincera, recordarían los niños que alguna vez le conocieron, aún los que se hicieron adultos.
Recordaban, como se metía él a esa caja de cartón o como la sostenía entre sus brazos (ya que la caja, cambiaba de tamaño acorde él la quisiera) y jugaba a soñar. Jugaba a que era nadie y que era todos. Un juego muy sencillo.
—¡Sairón Dukard es mi nombre! —gritaba Espártaco ante algún espectador curioso, de menos de siete años de edad—. ¡Y soy un pirata de los siete mares!
Se ponía la caja en la cabeza y hacía los gestos de un hábil espadanchín. Brincando de adelante para atrás. Así los niños sabían que ese hombre jamás había envejecido y se animaban a jugar con él. Los niños de donde fuera: un parque de algún mercado olvidado, un jardín de un condominio, niños de la calle en el centro. Si, los niños jamás olvidaron a Espártaco aún cuando él les olvidó con facilidad.
Pero la caja, como todo alrededor de Guadalupe Espártaco… se rompió un día.
Se aburrió de ser indigente y así se fué caminando, con una sonrisa sincera y ojos cansados. Mañana podría ser un barrendero.
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Octubre 24, 2003 — Cuenta-Cuentos, Cuentos, favoritos.
Escrito por Agustin Fest.
Cuando le conocí, ya lo traía puesto. Lo cargaba a todas partes y no dudaría que inclusive a la hora de la ducha lo usaba. El anillo de plata, siempre estaba brillante y muy limpio. Lejos de ser como su dueño, un hombre bastante práctico y muy rígido, este era un anillo caótico cuya figura era irreconocible. Cada que le acompañaba, había alguien que le pedía la mano y le quitaba suavemente el anillo del dedo. Él consentía y dejaba que la otra persona lo admirara minuciosamente. La pregunta era la misma: ¿Qué es?
A aquel hombre le brillaban los ojos e inventaba las historias del universo. Todas, girando en torno a aquel anillo. A veces le preguntaba de dónde procedía en realidad y con ese brillo demencial —sin ninguna influencia y/o pretención Tolkiana— en los ojos, me respondía tranquilamente con una historia diferente. Era inevitable que me envolviera y me volví fanático de preguntárselo cada vez que veía oportunidad.
Y tal vez, en una de esas tantas historias, se esconde la verdad sobre el anillo.
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Octubre 21, 2003 — Cuenta-Cuentos, Cuentos.
Escrito por Agustin Fest.
¿O quieres acabar como ellos? ¡Claro que no, Esteban! Desde el día que naciste has estado luchando, ¿no es así? Pobrecito Esteban, pobrecito. ¡Asco! ¡Asco es lo que me das! Si bien naciste para pelear y es lo único que quieres hacer en esta vida. No importa cuantas veces quieras detenerte, no importa cuantas veces hayas escapado. ¡Siempre regresarás al círculo de tiza a escuchar los vitores! ¡Sentirás el sudor caliente, derritiendo tu cuerpo! ¡Gustarás de la sangre seca en tu cuerpo, de aquel que has vencido! ¿A quién quieres engañar, Esteban? ¡Levántate y alza los puños, qué esta será la siguiente pelea! ¿Qué esperas encontrar? ¿Esperas encontrarlo a él? ¡Pero si sabes que es inútil! ¡Sabes que ninguno de los dos podrá ganar, jamás!
Esteban se recargó en el poste que brindaba la única luz posible en medio de la noche. Se ciñó el abrigo y prendió un cigarrillo, se acomodó el sombrero de fieltro y se acarició su rostro bien afeitado. ¿Hacía cuánto había llegado a Jaramillo? Tan sólo unos días y ya había encontrado un círcuito de peleas. Esperaba encontrarlo a él.
Se había prometido ya no pelear, se había prometido un nuevo comienzo. Sin embargo era imposible, después de todo lo sucedido.
Debía seguir peleando.
La vieja le había dicho que al vencer diez mil contrincantes, podría finalmente morir. Y por cada batalla perdida, debería vencer a otros diez más. Era inútil decir que ya había perdido la cuenta. Él no había pedido ser inmortal, a diferencia de muchos otros.
—Quiero morir vieja, eso es lo que pasa —dijo Esteban aquella vez.
La vieja ciega abrió la boca en señal de sorpresa, no estaba acostumbrada a recibir gente que quisiera morir. Fue así que le dijo las condiciones para rechazar la inmortalidad y tuvo que aceptarlas. Debía seguir peleando, aunque se había prometido ya no hacerlo.
Simplemente, tenía miedo.
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Octubre 17, 2003 — Cuenta-Cuentos, Cuentos, favoritos.
Escrito por Agustin Fest.
El Ángel de Alas Negras, cuando cansado estuvo de volar en el espacio de luz que recién había creado, se detuvo en el aire y extendió sus alas de manera majestuosa. Los recuerdos todavía no llegaban completos a su memoria y sólo podía recordar aquellos lugares que en otra vida, habían representado algo para él. Sus cuervos, fieles, detuvieron su vuelo a la espectativa del siguiente movimiento de su señor.
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