Cuarto de Máquinas I.

Este post es parte de una serie, llamada “Segunda parte del diario de Simón Dor: El viaje”. Anotación 8 de 48


Simón Dor dejó a su Diario descansar, todavía faltaban treintaiocho días con sus treintaiocho noches y ya se sentía cansado. Aunque eso rayaba en la obviedad: Simón Dor siempre estaba cansado. Cansado de arrastrarse por la vida y cansado de deslizarse inevitablemente a su muerte. Se asomó por la pequeña ventana de su cuarto y se perdió en el mar oscuro al que curiosamente había llamado Yenén.

Fue despertado de su trance por el ruido del cuarto de máquinas, sobre todo aquella pregunta insistente que decía: “¿Dónde estás Simón? ¿Dónde estás Simón? ¿Dónde estás Simón? ¿Dónde estás Simón? ¿Dónde estás Simón?”, martillándole lo que restaba de su cabeza, de su corazón y de su alma.

El Señor Dor se levantó de su asiento y entró al cuarto de trofeos, agarró la pistola que el pirata McGonnagal le había dado en un arranque suicida y se la ciñó al lazo que sostenía su pantalón. La cabeza de Mindar, la cual también descansaba en el cuarto de trofeos, lo miró atento con ojos grandes de Rottweiler (siempre tranquilos y al mismo tiempo, furiosos). Naturalmente, Simón Dor evitó su mirada, porque a él le daban muchísimo miedo los perros… inclusive éste que le había protegido de los piratas.

Salió del Cuarto de Trofeos y bajó al Cuarto de Máquinas de su barco Mojalnir. El ruido mecánico se hacía estridente, pero no importaba, el ruido era opacado con la voz preguntándole constantemente: ¿Dónde estás Simón? ¿Simón? ¿Simón?

-Mi cabeza está flotando -respondió Simón distraido a la pregunta del fantasma que moraba el Cuarto de Máquinas. Había escuchado durante la noche más ruidos y más gente escondida en su barco, pero el fantasma era el que más insistía ésta noche y era al primero al que tenía que conocer (y que irremediablemente, le había perseguido desde el momento en que nació).

¿Dónde estás Simón?

Los otros estaban en El Cuarto de Juegos y El Cuarto del Jardín. Nunca les había visitado y la verdad, es que no deseaba visitarlos todavía… ya sabía de quienes se trataban. Uno se reía durante el día y el otro emulaba el ruido del viento… había pasado por los cuartos ya antes, sin querer abrirlos. Primero debía hacerse cargo del fantasma.

¿Dónde estás Simón?

El pasillo le llevó a la puerta del Cuarto de Máquinas, Simón Dor en movimientos involuntarios, sacó la pistola del cinturón y se la puso en la sién, como en un trance inevitable y hasta cierto punto, congruente con su existencia. La mano derecha se acercó temblorosa al picaporte de la puerta y los ojos se le abrieron más, haciéndose notar entre todas las arrugas de su vejez.

¿Dónde estás Simón?

La mano se cerró alrededor del picaporte y lo giró. Se hizo un silencio terrible donde Simón podía escuchar los propios latidos de su corazón que no tardaría en quebrarse o explotar. Se lo imaginó como una pulpa sanguiñolenta, arrastrándose como una babosa en el interior de su cuerpo hasta llegarle a la vejiga.

Había leído por ahí que lo peor que podía hacer era orinarse o cagar, que debía controlar su esfinter antes de morir tan sólo por conservar la elegancia, y eso es lo que iba a hacer.

Simón Dor abrió la puerta… …y la miró.