
Tira 4.
Enero 8, 2007 — Webcomic.
Escrito por Agustin Fest.
Tira 2
Enero 5, 2007 — Webcomic.
Escrito por Agustin Fest.

Azul
Septiembre 3, 2004 — Dialogo.
Escrito por Agustin Fest.
—¿Puedes?
—Puedo.
El honesto
Marzo 5, 2004 — El 100 Vidas.
Escrito por Agustin Fest.
—¿Mi hijo es lindo?
—Está feo.
—Puta madre, ¿siempre tienes que ser tan honesto?
—…a… h…u…e…v…o…
—¿Crees qué me cure, realmente?
—¿Qué dijeron los médicos?
—Que me auguraban buenos meses de vida…
—Pues cuando pasen te mueres y ya, tienes cáncer… ¿en qué cabeza cabe?
—…
—Buenos meses, si. Sin terribles dolores o espasmos que te hagan doblarte en el asiento. Sin contar las veces que estés tociendo sangre frente a tus ojos. ¿Te imaginas? Debe ser horrible.
—…
—Además, tús organos quedarán inservibles. ¿Cómo se le ocurre a tu papá donarlos? ¿Qué no tiene corazón? Si tienes el cáncer en todo el cuerpo, no puedes donarlos para que otro se enferme de lo mismo que tú.
—(sniff, sniff)
—Anda pequeña, no llores. Soy tú amigo y creeme, que de mi nunca escucharás una mentira. ¿Acabas de cumplir 12, dices? ¡12 años félices y qué transcurrieron con salud!
—Eres un amargado.
—No, tan sólo soy honesto.
—¿De qué te sirve la honestidad? ¡Hay mentirillas blancas que podrían salvar una vida!
—¿Mentirillas blancas? ¿Cómo esa donde no le dices a tu mamá que eres homosexual? ¿Tú crees que le estás salvando así una vida? Anda, piénsalo bien. Más bien, la estás dejando vivir una continua mentira y cuando se entere, el golpe no será suave amigo mío. ¿Quieres saber otra cosa? Tú mentira. No puedes hablar libremente con tu madre, porque crees que escondiéndole algo tan básico y elemental como eso, haces bien. Mientes. ¿Desde hace cuándo tienes una plática tranquila con ella, sin estar fingiendo?
—Eres un amargado.
—No… bueno, si… tal vez un poquito. Pero muy honesto.
—Hoy mi horoscopo me dijo que me auguraba fortuna, mucha fortuna.
—¡Ay Memelas! Si nunca has tenido fortuna en tu vida, no la tendrás ahora.
—Me encontré una cartera con 600 pesos, ¿tú crees que deba regresarlos?
—¿Trae identificación?
—Si.
—¿La dirección de la persona, teléfonos?
—Si.
—Muy bien. Entonces vamos a regresarlos, nada como la honestidad.
—Muy bien.
—Pero… seamos honestos con nosotros. ¿Queremos regresarlos?
—Ejem… yo si, ¿y tú?
—Si, claro, yo también. Muy bien…
—Ummm…
—Fiu fiu fiu…
—Son 600 pesos…
—Si, 600 pesos…
—¿Quieres regresarlos?
—Claro, persona más honesta que yo, no existe.
—Bien…
—Bien…
—Antes de regresarlos, podemos ir por una cerveza.
—¿Traes dinero? Yo no tengo ni un quinto.
—Yo tampoco…
—Bien…
—Bien…
—Ay Miguelito, ¿por qué te haces pendejo? Si nunca quisiste regresarlos.
—¿Pus si verdad?, vamos a echarnos unas chelas.
—¿A tú cuenta?
—¡Pues claro! ¡Con estos 600 varos!
—Jaja, cabrón… si fuera yo, si los regresaría.
—Callate pinche amargado o no te invito.
—Lo que usted diga. La honestidad puede esperar… además, los borrachos y los niños, siempre dicen la verdad.
—Dime la verdad, ¿me quieres?
—Ni un poquito.
—La verdad…
—No, no te quiero y las cenas que tenemos, las hago porque quiero tener sexo contigo, es más, desde que te conozco te he dicho textualmente: “Solo quiero sexo”.
—Pero me debes tener un poquito de cariño…
—Nada. Bueno, le tengo cariño a tus pechos. Se duerme riquísimo ahí, nada más me recargo y puff… duermo como un bebé. ¿Han crecido ultimamente? Cómo que los veo más grandes.
—Entonces, creo que nuestra relación no tiene ningún futuro…
—A excepción que sea un futuro de cogidas… no, no lo tiene.
—Yo si te quería, ¿sabes?
—Lo sé nena, lo sé. ¿Cojemos para despedirnos?
—…
—…
—Bueno.
—¡Santa Claus ya viene este diciembre!
—Si, si viene este diciembre…
—… ¿Hoy no me vas a decir que son mis papás?
—… Jaimito, hay algo que tengo que decirte…
—¿Qué?
—Yo soy Santa Claus, yo entro en las noches a tu casa y así, vestido de Santa, le hago el amor a tu mamá cada 25 de diciembre. ¿Y usted creía que sólo iba por la leche y las galletitas? Además, que tiene unos senos a los que le tengo mucho cariño y en ellos siempre caigo dormido…
—…son maravillosos, ¿verdad?
—…¿¡!?
—¿Hay algo que quisiste ser en tú vida?
—Yo fui diferente a todos los niños.
—¿A qué te refieres?
—Nunca quise ser presidente. ¿A joder a todo un país por la lana? ¿Pá qué? Nunca quise ser astronauta. ¿Qué carajos tiene el espacio, qué es tan maravilloso que no tengamos aquí? Nunca quise ser doctor, porque no me gusta salvar vidas. Y nunca quise ser dentista, porque no me gustaría tener pacientes retorciéndose de dolor mientras me enseñan su espantosa higiene bucal. Pero hay algo que siempre quise ser…
—¿Qué?
—Siempre quise ser chofer de taxi.
—…que extraño eres…
—a huevo.
De los mil nombres
Octubre 26, 2003 — Del deber ser, Dialogo, Fractal Chaos, Howl, favoritos.
Escrito por Agustin Fest.
La fragmentación de la identidad, es muy importante, ya que gracias a esta el individuo puede conocerse así mismo desde distintas perspectivas. Sin embargo, el problema es que olvidará quién es, quien fué y no pensará en el quien será. Será el mismo individuo, con mil nombres, mirándose desde uno para comprender a otro y será otro envidiando las capacidades de un tercero y aquel tercero, contemplará la belleza de un cuarto y tratará de pintar la belleza del cuarto en el quinto, quien se niega rotundamente.
Este es el individuo más confuso, pero me agrada.
Cada nombre reclamará su propio espacio y entre más fuerte sea, podrá adueñarse mejor de la conciencia del individuo. Hasta que sea el único y los otros novescientos noventainueve restantes ya no importen.
La única solución del invididuo, para protegerse así mismo… es que estando en plena consciencia de quién es, decida olvidar totalmente lo básico —Quien fué—. De esa manera, los mil nombres o las mil perspectivas que ha creado, se volverán difusas. Se harán ciegas y no se verán, porque estarán desesperadas por conocer quienes son en sí. Las mantendrás ocupadas.
Siempre hay un pero… ¿no es así?
Sin embargo, quedan consciencias o nombres, que en el fondo conservan su fortaleza (sus recuerdos, los más profundos, los que marcaron una diferencia en cada uno de los nombres) y el individuo, sin querer, se verá inundado por ellas. Los nombres se reducirán a quinientos —los que sobrevivieron la ceguera—, y obligarán al individuo a caminar. La fragmentación, que fue el primer error desde siempre, seguirá estando presente.
No entiendo, ¿qué me quieres decir?
Para unir las quinientas perspectivas restantes, el individuo debe observarlas muy bien. Las tiene que perseguir en silencio y cuando note similitudes entre una y otra, nada más necesitará unirlas. Es así, como quinientas, se transforman en doscientas y doscientas en cien. Para ello, el individuo debe tener plena consciencia de sí mismo, ya que si alguna de sus identidades se adueña de él, bien puede estar engañándose así mismo y en vez de unir, sigue separando.
Ajá…
Aunque existe un evento de caos, que es el concepto que los humanos cuyo nombre es “el tiempo”. El tiempo es, un factor externo que obliga al individuo en sí, a cambiar constantemente. Las inquietudes, las metas y los vacíos, se vuelven distintos y manchan la pureza de la consciencia. Tan importante como “El tiempo”, existe “el espacio”. El espacio también definirá la fragmentación del invidiuo y su consecuente unión. No es lo mismo tratar de unir las fragmentaciones restantes en una playa que en una penitenciaría.
Me duele la cabeza…
El método de la fragmentación…
ya cállate, ya cállate por favor.
La bitácora y los recuerdos del Avatar
Octubre 11, 2003 — Sensitivo, Y Cecilia.
Escrito por Agustin Fest.
Hacía mucho que no abría ese cuadernito, después de Cecilia, le miraba con respeto. Ese cuaderno representa otro yo que se murió en algún momento. Era un buen yo.
En él están plasmadas las palabras de los compañeros de la secundaria, ya saben: “¡Cuídate mil! ¡Amigos forever! ¡Viva el chupe!”, entre otras. Los teléfonos, los “no me olvides”, los “me eres especial”. No cuesta trabajo regalar esas palabras cuando ya no volverás a ver a alguien, independientemente de si fue tu amigo o conocido.
Las palabras que más aprecio, tal vez son las de mi profesora del taller de dibujo técnico. Romina Teysi. La vi, hará ya hace un año. Estaba casada e iba a tener un hijo. Esa profesora siempre me cayó bien.
Sin esa mujer, probablemente no dibujaría como hago hoy en día.
Su padre (Héctor) fue el que nos daba clases de Historia, Civismo, Geografía. Él también era un buen hombre, él fomentó mucho de mi espíritu crítico y mis aventuras por conocer los detalles de la historia.
Sin ese hombre, probablemente no escribiría como hago hoy en día.
A Teysi la recuerdo con mucho cariño, ella sufrió de la ola fría de mi abuela en una ocasión. Se le ocurrió citarla un mal día, en que ella tenía mucho que hacer. Me platicó la profesora que le dio todo un discurso y ella nada más le miraba en silencio, sin ningún tipo de emoción posible. Eso la ponía nerviosa y tenía que hablar más y más. Hasta que se puso tan nerviosa, que se le salió un—: ¿Y usted qué piensa?
Abuela preciosa de Agustín—: ¿Usted está a cargo de educar a los niños en su taller, no?
Teysi—: Si.
Abuela preciosa de Agustín—: Entonces, usted siga haciendo su trabajo y yo seguiré haciendo el mío. ¿Para qué me citaba?
Teysi—: Oh, nada más para…
Abuela preciosa de Agustín—: ¡Oh! Pero quedamos en que usted está educando a los niños en su taller y así hace su trabajo, ¿verdad?
Teysi, timidamente—: Si…
Abuela preciosa de Agustín—: Muy bien.
Creo que mi abuela se fue sin decirle los buenos días. Estaba muy enojada esa vez, no sé por qué, pero enojada estaba. Cuando le pregunté que había sucedido, ella me lo puso de esta forma: “Este, si… si platiqué con tu maestra, creo que quedamos bien entendidas y no nos volveremos a ver en un rato”.
En los recuerdos de la secundaria, también está Sor Juana. Debo admitir que desde siempre he estado peleado con la religión y aunque ella es la mujer más dogmática que conozco, me cae muy bien. De vez en cuando voy a visitarla y platico con ella: “¡Oh! ¿Te estás dejando crecer el cabello Fes (por alguna razón extraña, no pronuncia la T al final, a menos que se ponga seria conmigo)? ¡Pareces niño Dios!”.
En esas pláticas, siempre me dice que espera que sea un buen político o algo así. Que a la gente le hace falta y bla bla bla. Ella siempre me vio como señorito Diplomacia. Cuando los compañeros de la secundaria se metían en problemas, yo iba de conciliador (y de metiche también, ¿por qué carajos no?). Y un día me metí yo en problemas, oh si, me metí en un problemón y T-T Conciliador no se podía conciliar así mismo, ya saben…
Pero esa es una historia que no les concierne a ustedes, lo que si les puedo decir es que desde ese entonces la monja dejó de confiar en T-T Diplomacias y hasta tuvo que dar la cara por mí en la junta de padres de familia para que no me expulsaran de la secundaria.
Me tuvo agarrado de los cojones. Ajem. Creo que fue su venganza por andar yo rescatando a todo mundo.
A Sor Juana, probablemente, tengo que agradecerle mis inicios en los textos religiosos y un vago interés por la teología. Y digo mis inicios, porque el desarrollo lo tuve en el CUM.
Hace como un año que la vi también, tal vez deba prestarle una visita.
Eso es parte de lo que está plasmado en ese cuaderno azul, al que miro con cierto respeto. En sus hojas, hay recuerdos, inicios de historias incompletas (los cuentos del Avatar), viejos super héroes (Pynus Lyco y The Mago). Viejas pláticas con mis amigos. Tareas, textos, incoherencias, todo en ese viejo cuaderno azul, ya casi muerto.
Son los inicios de la persona que soy hoy.
Sin embargo, ese pasado ya está quebrado y únicamente existo yo, el que camina en el presente.
Es hora de quemar ese cuaderno.
ATT: Tito corre para alcanzar al Árbol caminante..
Agosto 19, 2003 — Arbol.
Escrito por Agustin Fest.
Mi padre, mi abuelo, o tal vez mi bisabuelo escribió en éste diario: “Los drogados, los borrachos y los pobres de mente y/o espíritu, jamás han de recuperar la magia. Aún cuándo estos se engañen, diciendose que viven: Momentos mágicos. No es culpa de ellos. No saben separar la felicidad de la magia, no saben que la felicidad está en ambas cosas (realidad y magia), un sentimiento tan banal se lo atribuyen a algo misterioso, al destino o al resultado de una cadena de eventos invisible. Igual pasa con la gente común, pero sucede más con los rehabilitados. Con los escapantes del infierno. Con los que han decidido vi-vir la vida. Con los Dor.” Me ha dejado pensando mucho tiempo, querido diario. Pensé en los niños que tanto quiero, a los que enseño. Y también los desprecio, los odio. Pero eso es culpa de mi sangre maldita. No se puede ser “hijo” de Simón Dor y esperar no ser “Simón Dor”. ¿Me entiendes?
Regresando a la magia… debo profundizar más. Algunos de mi familia la han estudiado, en sus diversas formas. La he visto comprobada en mis niños, cuando sus ojos le brillan. Es esencial fomentar la magia a su alrededor: Así sabrán querer y respetar a la magia buena. Sabrán protegerse de la magia mala. Y sobre todas las cosas, aprenderán a reconocerla. Los niños son muy importantes.
Enseñándoles la magia, evitarán ser borrachos o drogadictos. Porque la magia es caprichosa y muy cruel, igual que la realidad, sobre todo con aquellos que deciden buscarle con medios negativos. En el momento que utilizan algo para mirar colores o elefantes emborrachándose, la magia cierra sus puertas y decide no volverlas a abrir para aquellos aventureros, vividores, estúpidos. Los seres mágicos les rechazan para siempre y por siempre, presentándose traviesamente ante ellos solo para hacerles mal, sean hadas, brujas, elfos o sátiros. Respecto a los pobres de mente y/o espíritu… estos deambularán, pobres de decisión, sin vivir realidad o magia, yendo hacia donde uno los quiera llevar.
—“El Diario de Simón Dor”, Judit Dor, escribiendo como Simón Dor, por la maldición del Cuenta-Cuentos.
En algún momento, el Árbol Tsef Thaed Segundo encontró a un niño que se drogaba con cemento. Una historia muy triste, me platicó mi abuelo. Una historia muy triste.
—“El Diario de Simón Dor”, Lázaro Dor, escribiendo como Simón Dor, por la maldición del Cuenta-Cuentos. Tito corrió más calles para alcanzar al pequeño Árbol que camina y lo alcanzó porque estaba plantado. Con ojos sorprendidos se acercó a él y lo tocó, pero el pequeño árbol no respondió la caricia. Sonrió al descubrir que el Árbol tenía ojos, tenía boca, y los movía rápidamente, balbuceando sílabas que se transformaban en tropezadas incoherencias.
—¿Cómo me llamaba? —se preguntó el Árbol. Miró brevemente al niño y lo ahuyentó con las ramas—. Tenía un nombre, pero lo he olvidado. Decía Simón que me había dado el mismo nombre que mi padre, ¿Cómo se llamaba él? ¿y por qué estoy caminando? Tenía algo muy importante que hacer.
—¡Tito tito capotito! ¡Sube al cielo y pega un grito! ¿Qué es? —preguntó el niño, ignorando al Árbol. El pequeño Árbol, se rascó hojas con hojas.
—¡Un elefante! —exclamó el pequeño Árbol.
Tito se llevó a la cara su bolsa de cemento y aspiró muy fuerte.
—No tontito —dijo Tito y se rió—. Mi nombre es Tito, ¿y tú?
—Yo me llamo…
—¡Te llamarás Capotito! ¡Casi igual que yo!
El pequeño árbol se rascó hojas con hojas y pensó un segundo, sabía que el nombre no era el indicado, pero decidió quedárselo, hasta poder recordar el suyo. ¿Cómo lo había olvidado? ¿A qué hora se le deslizó de la mente la razón para caminar?
—Soy capoTiTo —dijo el pequeño árbol sonriendo—. ¿Por qué usas esa bolsa? ¿por qué está gris como tu cara?
Tito parpadeó un par de veces.
—Porque así me enseñaron mis amigos.
—¿Yo puedo hacerlo?
Tito extendió la bolsa para el Árbol, y el Árbol intentó hacerlo con las ramas. Cuando le cayó cemento en las hojas, en la corteza, en las raíces y se miró gris, no le gustó.
—Hace daño —dijo el pequeño Árbol—. No lo hagas.
El niño hizo una mueca y le arrebató la bolsa de cemento al árbol.
—No puedo dejar de hacerlo. Así no me duele.
—¿Qué te duele?
—Despertar.
—Que raro, a mi no me duele.
—Y así tampoco me duele mirar.
—¿Te duelen los ojos?
El niño se puso una mano en el pecho.
—No, más bien me duele aquí. Dicen que aquí está el corazón.
—¿Por qué no les dices a tu padre qué te lleven a un doctor? Simón iba al doctor cuando se sentía mal, excepto cuando se enfermó de cuenta-cuentos… el decía que esa enfermedad era más bien un hechizo —el Árbol hizo una mueca, creía que la palabra: “hechizo” se relacionaba a su misión.
—No tengo papás.
—¿Acaso hay dos?
Tito se rió.
—¡Claro tontito! ¡La gen-te tie-ne ma-má y pa-pá! Yo no tengo, yo nací solito. A la calle le llamo mamá o papá. Como se me ocurra. ¿Qué los árboles tampoco tienen papá o mamá como yo?
—Oh… no sé de los demás. Yo sólo tuve un padre, muy importante. Simón me puso el nombre de él. ¿Será TonTiTo? tú me llamas mucho así, aunque no me suena. Mi papá me dijo que tenía una misión muy importante.
—¿Qué es una misión?
—Un destino.
—¿Destino?
El Árbol Tsef Thaed se rascó hojas con hojas, y no tenía cierto como explicarlo. Sólo había escuchado a Simón decir esas palabras muchas veces y formó un significado de manera inconsciente, de tanto escucharles y prestarles un contexto. Se le ocurrió una idea.
—¡Un lugar a dónde caminar! —exclamó triunfante el Árbol Tsef Thaed.
—¡Bah! Si yo camino a muchos lugares todos los días, para que me den monedas, y a veces, me den comida.
—¿Cómo le haces?
—Pongo la carita así.
El niño hizo una carita de tristeza.
—Eres muy convincente.
—Claro, porque me duele aquí. Siempre.
—Pero yo tengo que ir a un lugar importante. No necesito comidas, ni alimentos, ni monedas. Solo necesito agua, sol y plantarme en la tierra de vez en cuando.
—¿A dónde tienes que ir?
—No lo sé.
—¿Cuándo llegarás?
—Tal vez mañana o en diez años, o en cien años, o en mil años.
—¡Eres el primer árbol que veo que camina! ¿No tiene la culpa la bolsa?
Tito miró su bolsa de cemento, que luego le hacía mirar cosas.
—No sé. La bolsa te hace daño.
—Pero no puedo dejarla. Se ha metido muy adentro de mí.
El niño hizo una cara de tristeza.
—No tengo monedas.
—No lo hago por las monedas.
—¿Cómo puedo pagarte?
—¡Llevándome contigo!
—¿Y tus monedas? ¿tús alimentos?
—Hay muchos grandes en las calles. ¡Dime qué sí!
—Entonces si.
—¡Gracias Capotito!
El pequeño árbol y el niño de la calle caminaron juntos, en la noche y luego en la madrugada. Hasta que salió el sol y la gente salió a las calles.
Relatos
Julio 30, 2003 — Intento ser Escritor, favoritos.
Escrito por Agustin Fest.
Saludos…
Recopilé los pequeños escritos (4) que hicé en la iniciativa de Relatos que organizó el weblog de DCpcion.
Espero les agraden.
Zalic Luia I y del juego del Infierno.
Julio 8, 2003 — El Viaje de Simón Dor, Un tal Simon Dor.
Escrito por Agustin Fest.
En la noche número veinticuatro, Simón Dor durmió profundamente con la esperanza de despertar en el infierno. No fue necesario que despertara porque el infierno le llamó a él en sueños. Era cálido y rojo, con casas de todos los tamaños y todos los materiales, hechas para los que visitaban (y que pronto vivirían en él). Casas para todos los pecados y sus variaciones existentes. Simón Dor caminó en el infierno de manera familiar y rápida, le conocía como la palma de su mano. Sus ojos abiertos y ansiosos, el cigarrillo quemándose más rápido por el calor que emanaba. Las calles fueron recorridas sin lujo de observación y si le preguntaran a Simón, no podría describir las esculturas vivas, ni los demonios de sombras, ni las almas perdonadas para hacer pecar a más almas. A Simón no le importaba eso.
Diario de Simón Dor. Día 72.
Julio 4, 2003 — El Viaje de Simón Dor, Un tal Simon Dor.
Escrito por Agustin Fest.
Árbol Tsef: Es bueno tener un nombre más corto, escribirás menos cuando hables de mí en alguna otra historia. Hacía mucho que no me visitabas… ¿qué ha pasado con la vieja? ¿Te ha aburrido?
Niño mago: Tiempos de descanso. Los buenos contrincantes de una guerra saben cuando hacer una tregua para reorganizar y después empezar de nuevo.
Árbol Tsef: Hablas como Simón. Y conociéndote a ti y a Yasmín, nunca han de terminar. Será una guerra eterna que durará poco.
Niño mago: Así sea. ¿Y tú? ¿Puedo robarte una fruta?
Árbol Tsef: Las cosas, para usarse.
Niño mago: Y dices que soy yo el que habla como Simón. Esto es peor que una quijotización.
Árbol Tsef: Pero nadie como el Maestro Cervantes.
El niño se rió, estiró su mano para alcanzar una manzana del Árbol Tsef.
Niño mago: Nadie como él. ¿No fuiste tú el que me dijo que no habíamos de intervenir en el viaje y sólo debíamos observar?
Árbol Tsef: Simón me ayudó a redescubrir mi nombre, se lo debo. ¿Y tú? Tu no has hecho nada por mí, más que crearme para maldecirme.
El niño mago abrazó el tronco del Árbol Tsef y le besó.
Niño mago: Perdóname… perdóname. Tu maldición todavía no termina. Todavía falta que encuentres esa otra parte de tu nombre.
El Árbol sonrió.
Árbol Tsef: Hay una parte de mi historia que todavía no he dicho.
Niño mago: Eventualmente haz de decirla y así, conocerás el destino. El destino final del Árbol que ha caminado durante centurias para encontrar su nombre. ¿Estás seguro que de veras quieres buscar el faltante? Puedo recoger mi cuaderno y buscarlo por tí.
Árbol Tsef: No lo hagas. He de hacerlo yo, a mi debido tiempo. ¿Por qué no acompañas a Simón? Está triste porque ha perdido una llave.
Niño mago: ¿Crees que deba intervenir? Todavía tengo mucho que escribir, mucho que inventar, mucho que crear.
El Árbol Tsef miró al niño durante largo rato y el niño correspondió con una sonrisa.
Niño mago: Lo tendré que hacer eventualmente, también. Encontrar mi destino. ¿Entre tú y yo, mi querido Árbol, quién lo encontrará primero?
El Árbol no respondió, observó al niño morder la manzana y alejarse a la habitación de Simón Dor.
Querido Diario:
No he querido salir desde que perdí la llave de Beatriz en el Laberinto. Regresé una última vez, durante la madrugada (o lo que mi cuerpo siente que es madrugada, ya que es difícil decir cuando las nubes son grises y la única referencia del tiempo es la noche en la popa y el día en la proa) y recogí las semillas que encontré. El temor me embargó cuando me di cuenta que el Laberinto había cambiado de forma y sólo pude recuperar tres de las semillas, ya que los pasillos por los que había pasado el día anterior habían cambiado de lugar. Los muros de niebla dentro del Laberinto se comportan caprichosamente cuando no estoy adentro y todavía no sé, que criterio es el que siguen para hacerlo.
Hacerme sufrir, tal vez.
Ya solo restan veintiseis días con sus veintiseis noches y he perdido una llave por un temor estúpido. Ni siquiera valió haber visto a Beatriz. Sólo perdí la llave. Un temor idiota que bien pudo surgir por la borrachera de aquel día. ¿Sabes el dolor que me causa? ¿Lo inepto qué me hace sentir perder una llave que ni siquiera he utilizado? ¡Imbécil, imbécil, imbécil!
El niño mago ha entrado a la habitación y me está mirando llorar. ¿Llevará ahí mucho tiempo? No hemos cruzado palabra y creo que a diferencia del Árbol Tsef, a éste no le interesa hablar conmigo. ¿De qué podría servirle yo, al niño creador de historias? ¿Al inventor qué no ha encontrado el punto donde se conjuntan todos los universos, si no que más bien se dedica a hacer otros nuevos? Mal, mal, mal. El niño mago sigue mirando el curso de mis lágrimas.
Alcé mi mirada y confronté la suya. Sonreí lentamente, esperando ahuyentarlo como lo he hecho con otros niños. Olvidé que este niño no es normal, me correspondió la sonrisa y mordió su manzana.
—¿Quieres que te regale una mariposa, Simón?
Congelé mi sonrisa. Esperé. El niño dibujó una mariposa en el aire y ésta voló hacia a mí, para después disolverse en la realidad.
—Muy bonito. Desde que te conozco, me has dañado. Vivía feliz en mi oscuridad y mi amargura. Tenías que aplastarlo todo con tu sabiduría inocente. ¿Sabes cuál fue el peor crimen qué cometiste? Iniciar tu trabajo conmigo y luego abandonarme. Así como hiciste con el Árbol. Empiezas las historias o intervienes en unas ya hechas para nunca darles final, cabrón malnacido. Eres el constante inicio, el constante infinito. Haz de empezar una para dar nacimiento a varias y nunca terminarlas. Esperas que los que has dañado lo hagan por tí, pero nunca es así.
—Así es la magia, Simón. La magia no está en el final, ni en el inicio. La magia está en como correspondes a la ilusión. La magia estará en el eterno centro. El desarrollo eterno.
—Que metafísico estás.
El niño mordió la manzana.
—Es el hambre —respondió—. ¿Recuerdas cuándo nos conocimos?
—¿Importa hablar de eso? La consecuencia fue una temporada en el manicomio, con todo y mi cordura.
—¡Pero mira todo lo que lograste! —exclamó el niño y extendió sus manos para caminar alrededor de la habitación.
—Una prisión que me llevará a mi muerte.
—No seas tan duro. Lo que importa es que aceptaste la magia.
—La he corrompido.
—Nadie dijo que fuera fácil.
Callé, fue cuando pude ver a través de los ojos del niño mago.
Le sonreí de lado.
—¿Cuál es tú destino? —pregunté.
El niño me miró extrañado. No esperaba la pregunta y como un espadanchín que tiene la ventaja, le presioné.
—Tú también estás aquí por algo. Todos vamos al mismo lugar, en cierta forma. O el camino ha de dirigirnos a otros destinos, pero es el mismo camino. ¿Cuál es el tuyo? Vamos, no te pretendas el tímido. Lo de niño sólo te queda por la estatura. ¡Y yo qué creí que estabas aquí satisfaciendo un mero capricho infantil! Soy un imbécil triple al no observarte con atención antes.
El niño mordió su manzana y sus ojos, sus ojos se volvieron oscuros, tenebrosos. Metió una mano en el bolsillo de su pantalón, se paró recto y cabizbajo, siguió mirándome. Parpadeó siete veces antes de responderme. La sonrisa de él se perdió en algún momento.
—¿No sabes, quién soy yo, Simón?
—Por supuesto que sí, Simón Dor.
Pasado y futuro.
Prendí un cigarrillo.
—Más claro no podía ser. ¿En qué momento de la vida…?
—Cuando murió Beatriz.
—Pero a tí todavía no se te ha muerto. ¿Por qué insistes? ¿Por qué me lastimas con la magia y el idealismo que existía antes de que me golpeara la realidad? No, no seas así. Lárgate y sé feliz. Vete y sálvala antes de que ocurra. Insístele que no se vaya en ese coche con su hermana y con su padre. Enférmala de gripa para que no se levante ese día.
El niño sonrió y perdió la oscuridad. Volvía a ser el mismo niño mago. Miró la manzana y notó que ya no le quedaba más que morder.
—Es que… es inevitable Simón. Yo me convertiré en tú. Beatriz fue nuestro momento cumbre, el que nos ha separado en personas que caminan en el mismo camino y no sabemos si con el mismo destino o no. A mi me hizo Fé, a ti te convirtió en Razón. Espiritu y Materia. Magia y Ciencia. ¿No era Beatriz todo ello? ¿No era Beatriz el balance?
—Vete ya, sálvala. Eres el pasado, todavía estás a punto. Eres el niño que puede dibujar historias y narrarlas. Eres el niño que lee por contar, no para escapar. Vamos ya, pinche chamaco, lárguese a vivir.
—Si me puedo convertir en tú antes de perderla, será mejor. No habrá ruptura. Seremos un sólo ser.
—¿Estás dispuesto a sacrificar la Magia por ello? —pregunté, me senté y reí. Reí tanto.
—Lo estoy. Si eso ha de salvar nuestro futuro.
Reí más.
—¡Tienes tantas historias que completar!
—Es mejor si todo lo cortamos de raíz.
—Inevitablemente te haz de convertir en mí porque nunca estuviste ahí para detenerla. ¡Pudiste detenerla! ¡Pasado miserable! —reí más—. ¡Pudiste decirle, rogarle, llorarle, amarle, reírle, sonreírle, quererle, que no fuera! Que no se suba… que no se suba a aquel coche.
—¿Sabes qué eres tú, hoy, Simón?
—Un muerto que camina —mi risa se transformó en llanto, y luego regresaba a risa.
—Si puedo convertirme en tú, en mi pasado… entonces lo lograré. No habrá Beatriz. Mi magia no basta, necesito tu razón. Necesito que me apoyes Simón. Haz decidido negarme, entonces yo te acepto como eres. Seamos lo que tú quieras. Estoy cansado de jugar y de alegrarte la vida, estoy cansado de enseñarte lo hermoso que es sentir y me dolió más cuando el sentimiento renació para no ser satisfecho. ¿Qué hiciste tú? Saliste a gritarlo a los cuatro vientos y a caminar con bandera oscura. Me volviste a relegar, en vez de ayudarme.
—¿Hablas de…?
—Aquella mujer.
—La de Fest.
—Esa misma.
—Las circunstancias no podían ser bellas, mi querido niño mago. La vida no es un cuento de hadas.
—Tal vez no. Pero no necesito que me dificultes la vida. Beatriz ha muerto y aquella otra, dijo que no. Este pasado ha decidido convertirse en tú, con todo lo que significa. He de morir, Simón, y sólo quedarás tú. ¿No es lo que siempre has querido? ¿No me has negado siempre? Si no quieres abrazar el Eros que te ofrezco, si no me permites que te ayude a mirar más allá… entonces a tu manera Simón. De veras que estoy muy cansado…
El niño se sentó y bajó la mirada.
—Regrésate por favor, todavía estás a tiempo. Todavía estás a tiempo de salvarla, de decirle que no se suba a aquel coche. De pegarle la gripa. Todavía estás a tiempo de quererla, amarla, sentirla, vibrarla, adorarle viva.
Todavía faltan veintiseis días, con sus veintiseis noches.
Arbol II.
Julio 1, 2003 — El Viaje de Simón Dor, Un tal Simon Dor, favoritos.
Escrito por Agustin Fest.
—¿Qué es el tequila, Simón? ¿Por qué siempre lo bebes y terminas con ese aliento?
—A diferencia del aliento, mi querido Árbol Tsef, queda siempre un calor en el corazón incomparable. Deberías probarlo sin temores, sin reservas. ¿Gustas qué eche un poco en tus ramas?
—Muy bien, sólo un poco y por favor, para intercambiar, tendré que regalarte una fruta. La que más quieras.
—No, no, no, mi querido Árbol. Eso no será necesario. Al tequila hay que tenerle respeto… si se le combina con fructuosa, el resultado podría ser desastrozo, ahora venga esa rama, que unas gotas bastarán.
Árbol Tsef extendió la rama y recibió gotas de tequila directamente de la botella de Simón Dor. Ambos esperaron.
—No sucede nada.
—Eso si que es extraño. Bah, no volveré a desperdiciar una sola gota de tequila contigo. No me quedan muchas botellas para que un árbol impotente a la ebriedad lo desperdicie en mera curiosidad.
—Espera…
—¿Qué?
—Mi cuerpo es un poco pesado y grande, Simón. Intenta en mis raíces.
—Se me hace que eres un árbol demasiado listo y buscas emborracharte abusando de la compasión y camaradería de un viejo anciano como yo.
Simón Dor, obviamente, hizo una mueca de burla. El árbol alzó una ceja extrañado.
—Bah, será interesante ver si sucede algo —dijo Simón, echó el resto de la botella (más de tres cuartos de litro), en las raíces del árbol y volvieron a mirarse a los ojos— ¿Y bien?
—Nada.
—Mal, mal, mal —dijo Simón—. Iré por otra botella, espérame aquí.
—No tengo ningún lado a dónde ir, Simón.
—Otra cosa que debes aprender, jamás contradigas a un borracho. Y menos a un borracho de mi edad. Y nunca, a un borracho con mi nivel de lecturas.
—Está bien, Simón.
Simón le sonrió al árbol agresivamente y le asintió, se retiró a su cuarto donde buscó otra botella de tequila. La abrió y tomó un trago directo de la botella, después regresó a la proa donde el Árbol esperaba plantado, pacientemente.
El niño estaba ahí, sentado a un lado de Árbol Tsef con el cuaderno descansando en sus rodillas. Se encontraba escribiendo, Simón se acercó lo suficiente para descubrir que sonreía, luego le miró hacer un gesto de triunfo y le escuchó gritar—. ¡Yasmín! ¡A qué no has robado el alma de un hombre llamado Ferdinando Perez-Zamora!
Simón no tardó en escuchar la respuesta—: ¡Claro que sí! —gritó la ciega—¡Le dije que debía engendrar diescisiete hijos con tres mujeres distintas y eso fue lo que hizo!
El niño se rió y después, corrió hacia la popa donde se perdió con la anciana.
—Se han hecho amigos —dijo el Árbol.
—La vieja no es amiga de nadie, más que de sí misma. ¿Me pregunto, cuántas almas lleva y cuántas faltarán, para qué me pueda descubrir el secreto de la inmortalidad?
Árbol Tsef estornudó y una nueva rama, con frutos y plantas enredaderas creció en su tronco. Simón le observó interesado, esperaba un grito y al contrario, recibió una risa de parte del árbol.
—¿Calorcito en el corazón, dices?
—Eso mismo dije.
Árbol Tsef estornudó de nuevo y sus ojos, que se perdían en oscuridad, se trazaron de una manera un tanto alegre igual que la raja que recibía el nombre de boca. En la corteza en vez de haber letras, había símbolos que no representaban nada.
—Simóoon. No siento calor en el corazón, pero te agradará probar este nuevo fruto… adelante, te he prometido una frutita y eso es lo que recibirás.
El Árbol extendió la rama recién crecida, un fruto de color azul de forma alargada fue ofrecido a Simón. Este lo aceptó dudoso y le dio una mordida.
—¡Mi madre! ¡Esto es como veinte veces más potente de lo que hay en una botella!
Simón inmediatamente sintió el efecto, la vista se le nubló y el cuerpo se tambaleó, escuchó la risa y los estornudos del Árbol que cada vez eran más potentes. Después, se devoró toda la fruta, se el entumeció la quijada y la lengua, los ojos se le enrojecieron y el estómago, no sintió más hambre que de seguir comiendo las frutas azules.
—Árbol… ¿sabes cómo se le llama a esto?
—¿Cómo, Simoncito?
—A esto, en mi tierra, se le llama ponerse pedos.
—¡Estoy poniéndome pedo! ¡Estoy poniéndome pedo!
—Cabrón… esa fruta, nos hará millonarios si alguna vez salimos del viaje.
—¿Cuál viaje?
—Pues el viaje.
—¿Cuál de todos?
Simón miró de reojo al Árbol con sus ojos borrosos y se dio cuenta que los efectos de la fruta cambiaban los colores, unos por otros y sonrió maravillado. En las manchas de colores, observó la silueta del delfín separándose constantemente para mutar otras figuras, como girasoles o rosas azules. Las flores partían su contorno para separarse en lunas y soles con sonrisas medievales y coloridos renacentistas.
—Pues no se cual viaje, pero es magnánimo. Excelso. Es “EL VIAJE”.
El Árbol soltó carcajadas y más estornudos, con ello, más frutos azules surgieron. Simón trató de enfocar para recoger los frutos que pudiera y llevárselos a su alcoba, aunque le era imposible a su mente y a su cuerpo llegar a un acuerdo.
—¡Simón! ¿Tienes más tequila?
—No p’edo ni levant’rme.
El Árbol se expresó triste.
—No es justo. Anda, ve por él… yo te ayudo con mis ramas.
—Vale p’es.
El Árbol, que todavía poseía un buen dominio de sí mismo, bajó sus ramas y levantó a Simón lo mejor que pudo. El Señor Dor trató de controlar lo que miraban sus ojos para identificar la puerta de su alcoba y a tropiezos, llegó a su cuarto donde encontró otra botella de tequila. No tardó ni dos minutos en salir, cuando las ramas del Árbol lo estaban guiando de nuevo y le ayudaron a recostarse en la proa, en el proceso le arrebató la botella y el mismo la abrió como sus ramas le dieron a entender, para bañarse en agave puro.
Simón Dor sacó torpemente un cigarrillo de su chaleco e intentó prenderlo con los cerillos, no fue hasta el séptimo intento que pudo hacerlo. Después, con la visión perforada por la fruta, buscó más fruta para alimentarse.
—¡Me llamo Lobra Tsef Death! —gritó el Árbol.
—Tr’nquilo, tranquiloooo… que los niñ’s y los borrach’ssssolo dicen la verdad.
El Árbol hizo otra expresión triste.
—El niño que yo conozco, no habla con verdades. Habla con pura magia y enigmas.
—¡A qué mi querido Árbol!, mi stupendoo amigo. ¿’Sted no sabe el procedimiento st’ndar de ‘na bu’na borrasheera?
—No.
Simón Dor se agarró la cabeza.
—’Spera, esssspera… qu’ ya casi me ac’erdo. ¡Ya! Prim’ro se filosoooofa. Ya no filosofeeeemos, bast’nte tenemos con el vi’je.
—¿Con el vi’je?
—Shi… con el viaj’.
—¿Con el viaj’?
—Shhhhhhhhh, ya no me interrumpa.
—¿No crees qué nos falta otra botella de tequila?
—¡C’llese! ¡Sha está borrashísisisimo! No más filosofa.
—Entiendo.
—D’spue’s, es opcional… algunoss bialan.
—¿Bialan?
—Si, m’vase, m’va sus raamass. De un lado para otro.. d’jeme pongo de pie y le snsenseño.
Simón Dor se apoyó en el tronco del árbol y se levantó como mejor pudo. Movió las caderas y alzó los brazos emulando las raíces del árbol. Éste le imitó y ambos se movieron durante unos minutos, sin pensar en nada, sin decir nada, sólo reían de vez en cuando. El niño mago se apareció a la proa y también les imitó, los tres bailaron y rieron, sin prestarse atención más que al ritmo que lograban con las risas.
—¡Niño! ¡A qué no has escrito la historia de cuando le robé el alma a Sonia Montreal! ¡Le dije que tendría que pintar su mano derecha de azul durante el resto de su inmortalidad! —gritó la anciana desde el otro lado del barco, Mojalnir.
El niño dejó de bailar y abrió los ojos emocionado.
—¡Pero si la he escrito, abuelita Yasmín, y en mi cuaderno la tengo lista para comprobártelo!
El niño dejó a los dos danzantes ebrios, a los cuales no les importó.
—T’ngo que orinar.
—Pero hazlo del otro lado Simón, o enojarás al delfín —dijo el Árbol y luego se echó a reír. Estornudó una vez más y más ramas de frutos azules le cubrieron completamente, opacando a las manzanas, peras, limones y naranjas que tenía en un principio.
—¡P’rdón Camelitoooo! —dijo Simón al delfín, el cuál le sonrió probablemente sin sospechar las primeras intenciones del anciano, y se dirigió al otro lado de la borda. El color azul del líquido frutal se combinó con la evacuación del anciano y éste, sin sentirse ridículo, imaginó que orinaba un arcoiris combinado con diamantes, un río que se vería a muchos kilómetros a lo lejos y algún navegante insospechado, pensaría que estaba viendo los más hermosos prismas de colores que jamás hubiese imaginado.
—Hay otra etapa en una buena borrachera… —dijo Simón, con la cabeza doliéndole y recargado en el tronco del Árbol Tsef. El efecto de la fruta aún le latía en la sangre, las visiones habían disminuido pero el efecto filosófico, el efecto resorte, todavía no— es redescubrir el origen.
—¿Por eso bebes tanto, Simón? —dijo el Árbol, puso una rama alrededor de Simón y suspiró contento—. Siento que eres mi hermano.
El Árbol echó a llorar.
Simón escuchó al Árbol, juntó los labios de forma tensa y abrió los ojos, con las cejas alzadas levemente. La expresión que hacía antes de decirle a alguien una grosería que recordaría toda su vida.
Nadie lo hubiera creído, pero Simón también se echó a llorar.
—¡Hermano!
—Y después, se habla de mujeres —dijo Simón.
—Yo no necesito de mujeres —dijo el Árbol Tsef, triste.
—Haces bien —respondió Simón, las alucinaciones habían regresado pero conservaba una parte consciente y dominaba mejor los músculos faciales. Ya estaba aprendiendo a dominar los efectos de la fruta—. A una mujer sólo se le mira durante cinco minutos, no más. Un buen amigo me dijo eso.
—¡Saaaaluuuud!
—¿Sabes cómo dejas de idealizar a una mujer, y sabes qué estás enamorado de ella?
—¿Cómo, Simón?
—Muy sencillo, imagínatela… hermosa, con los suaves contornos que figuran en su curvatura. Un vestido divinal, el cabello más brillante que hayas visto.
—En verdad, esa sería una mujer muy hermosa.
—Ahora imagínatela con diarrea y que no alcanza a llegar al water. Si estás enamorado de ella después de eso… no hay dudas. Simón y el Árbol se miraron seriamente.
—Eso… es muy profundo, señor Dor —dijo el Árbol y después se echaron a reír.
—Ahora, si me disculpas, es hora de irme a dormir. Me la he pasado bien contigo, señor Árbol Tsef.
—Igualmente, señor Dor.
El Árbol Tsef miró a Simón Dor alejarse a su habitación.
—Espera.
—¿Si?
—No lo harás, ¿verdad Simón?
—¿Qué?
—Tú sabes a qué me refiero. Pídemelo y te detendré.
—Las cosas, son para usarse. La vida, para morirse.
—No le gustará mirarte así. Espera a mañana.
—Gracias Árbol, no lo haré. Pero gracias.
El Árbol Tsef asintió y miró a Simón, adentrarse… a la oscuridad.
Simón sacó una de las llaves del Cuarto de Máquinas, evitando la mirada del rottweiler en todo momento. Le escuchaba jadear más que de costumbre y le temblaron las manos. Ya no sentía el efecto de la fruta, aunque seguía ahí, de alguna manera constante y poderosa. Se alzó en un instante el intenso rugido de las máquinas y así, la pregunta que habría de seguir consecuentemente: ¿Dónde estás Simón?
Dónde estás.
Diario de Simón Dor. Día 68.
Junio 27, 2003 — El Viaje de Simón Dor, Un tal Simon Dor.
Escrito por Agustin Fest.
Querido Diario:
El Cuarto de Trofeos se ha hecho más siniestro. Con los ojos del súcubo Galloria flotando en el formol y la piel del súcubo Mama Esirasaft colgando de un perchero. La cabeza del rottweiler Mindar sigue sonriendo, jadea lentamente y me mira con ojos grandes. Le sonrío de vuelta y él crece más su sonrisa… eso me hace preguntarme, ¿por qué no mejor le llamo Bob? Suena más tierno que Mindar y al menos, me daría menos miedo cuando le mire.
El esqueleto estático de metal, con los pulmones de plomo flotando dentro del tórax, parece una armadura medieval protegiendo las llaves del cuarto de Beatriz. Me he decidido a mover las llaves un poco más cerca de la entrada para no hacer el recorrido entero del museo de excentricidades que he estado construyendo. También he puesto la pistola de McGonnagal junto con las llaves. No sé si Mindar/Bob pueda enloquecer tarde o temprano y quiera atacarme.
El libro de Mama Esirasaft puede corromperse en el polvo.
He sorprendido a Yasmín gritarle al niño mago y viceversa para comunicarse. No sé porque no apelan al sentido común… al menos entiendo que la vieja no quiera pararse de su asiento, pero el niño tiene mucha energía para caminar hasta la popa. ¿Por qué no lo hace? Así no estaría soportando los gritos que se avientan el uno al otro como pedradas.
La Tía Yemita:¡A qué no puedes escribir una historia de cuándo le robé el alma a un hombre llamado Gerardo Quesada! ¡Le he dicho que podría ser inmortal siempre y cuando existiera un retrato suyo!
Niño mago:¡Pero si la he escrito abuelita Yasmín! ¡Y también escribí la historia de dos hombres, Dumas y Domingo, que eran tan amigos que se confundieron de tal forma que no sabían cuál había cometido el primer asesinato y cuál era el inocente!
Árbol de los mil nombres: Matías, Saítam, Síatma, Tsaíma
Esto se ha convertido en un circo. El único que parece comprenderme es el delfín, que recibe mi mirada con una sonrisa constante y navega luchando contra el mar contaminado para mantener el paso de mi barco. El árbol sigue vigilante de mis pasos y entre-abre sus labios para decirme algo… se contiene y después vuelve a la ley del hielo. Yo le sonrío y le saludo con mi gorra. No seré yo el que dé el primer paso.
He pensado en la teoría del omniverso que ha propuesto Fest en el monolito. Él habla de escribir todas las historias del mundo, lo cual no me parece mal. Aunque ha olvidado algo terriblemente importante, si llegara a encontrar el punto donde se conjuntan todas las historias del mundo, podría también modificarlas. No sería el Dios de un sólo universo, sino el de todos los universos.
Claro, él es joven. No ha contemplado la posibilidad de convertirse en Dios, solo un mero espectador. Un escriba que dependió de la inspiración divina.
¿Y saben dónde se encuentra eso que está buscando? ¿No lo adivinas, mi querido Diario? Yo tengo una vaga idea. En el Cuarto de los Espejos. Pero no tengo la llave y francamente no me gustan los espejos, así que me ahorraré la molestia de convertirme en Dios yo también. Es más, seré feliz si el cuarto de los espejos desaparece así como vino.
Treinta días con sus treinta noches.
He ido al cuarto de trofeos y he tomado las llaves del Cuarto de Máquinas cuando dormía. Y también dormido, caminé por el pasillo de los cuartos y estuve frente a la puerta, queriendo acomodar la llave con la torpeza del sonámbulo. Fue cuando sentí una mano áspera en mi hombro que me despertó y abrí los ojos como lunas. Estaba a punto de desperdiciar una llave.
¿Simón, dónde estás simón? —pude escuchar repetidamente, tan rápido como los latidos de mi corazón. Quería entrar, deseaba entrar, pero la mano áspera en mi hombro me detenía fuertemente. No voltée, me quede varado frente a la puerta, asombrado de la fuerte tentación que representaba mirarla de nuevo, abrazarla, quererla y sentirla. Mirarle los ojos, mirarle el cuerpo, olerla hasta embriagarme y después llorar su maldita imagen fantasmal. Llorar que no existiese y no pudiera abrazarme.
—No es hora todavía —dijo el dueño de lo que creía era una mano, de reojo pude mirar una manzana roja que colgaba de una rama seca— Simón, dime, ¿por qué Matías?
—Jaramillo —respondí—, la anciana ciega. ¿No recuerdas nada de eso?
—No.
—Antes me llamaba Matías. Sólo que lo había olvidado.
—¿Entonces tu nombre guarda relación con el mío? Te he salvado de la tentación, ahora tú sálvame del nombre falso que no me puedo quitar de la mente.
Sonreí.
—¿Estamos jugando a los favores?
El árbol me contestó con una voz áspera y sucia—: No, te estoy salvando de tí mismo. Como tú lo hubieras hecho por mí.
Me quedé pensando y voltée para encarar al árbol de los mil nombres. Le debía la verdad.
—Matías era un escritor, que creyó que podría escribir las historias del mundo y asombrar a todos con ellas. Así como Fest. ¿A Fest lo recuerdas?
—Vagamente.
—Curioso que el nombre de Fest no haya tenido ningún efecto sobre tí.
El árbol respiró lentamente. Sus labios presentaron una tristeza, como en una caricatura.
—Es el nombre que me ha marchitado y también, es el nombre más falso de todos.
Me reí.
—¿Y Simón? ¿Simón Dor? —le pregunté.
—Es el nombre más real. El nombre que más me confunde.
—Sigue jugando con los dados, árbol. No puedo ayudarte porque no me sé tu nombre.
—¿Me puedes ayudar?
Me reí de nuevo, el árbol no pareció apreciar mi gesto. Lo confundió con sarcasmo en vez de ironía. Nos miramos largamente y él comprendió.
—Gracias —dijo el árbol de los mil nombres y se fue.
Si, treinta días, con sus treinta noches.
Diario de Simón Dor. Día 67.
Junio 26, 2003 — El Viaje de Simón Dor, Un tal Simon Dor.
Escrito por Agustin Fest.
Querido Diario:
Han pasado muchas cosas. La vieja Yasmín se ha instalado en mi barco… ¿La recuerdas? He escrito poco de ella, pasajes muy breves donde me imagino que consejo me daría, porque a pesar de amargada y maligna, es una señora muy sabia que ha sabido cargar los años. A diferencia de mí, que juego con ellos, los arrastro, los mal-interpreto.
Hay días que no se si son años y hay minutos que se me resbalan como segundos. Yasmín, que es inmortal, ha sabido sentir el tiempo… cada grano de arena, lo ha sentido y su piel está lo suficientemente curtida como para comprobarlo.
Yasmín: Robé el alma de Heriberto Jiménez, al decirle que jamás podría sentarse de nuevo. Robé el alma de Ana Mendoza, al empujar las circunstancias para que amara las estrellas tan intensamente…
El peso de Mojalnir ha crecido considerablemente, porque ya no arrastro solo mi pasado… sino también el de la vieja. No estoy acostumbrado a cargar desgracias ajenas pero ésta vez, es necesario. Necesito saber si la muerte me ha preparado alguna fórmula para la inmortalidad, antes de morir.
Si Yasmín no funciona, la empujaré al mar.
El árbol de los mil nombres y el niño mago, son distintos ahora, más callados. El niño ha sacado un cuaderno y ha empezado a escribir algo que me es incomprensible… lo importante es que está escribiendo y tiene que hacerlo. Ha dejado de dibujar cosas. No sé si es algo pasajero o tal vez dure eternidades, después de escuchar lo que dijo Yasmín de él… no dudaría en que fuese así.
El árbol, al menos ya me mira. Desde que escuchó el nombre de Matías me conserva cierto respeto, como si yo tuviera la clave de su nombre verdadero… y la verdad es que no tengo idea de cual pueda ser, no me interesa que ande mil años o mil centurias buscándole.
Me agrada el árbol, aunque esa manzana le haga parecer el Árbol de los tiempos del Génesis. Me gustaba más cuando estaba completamente marchito, ahora se ve ridículo con el tronco pelado y esa rama seca colgando la manzana del bien y el mal.
No se animan todavía a platicar conmigo.
Árbol de los mil nombres: Josué, Lucas, Mateo, Job…
Niño mago: He olvidado como hacer los Newton-Rhapsons… lo he olvidado, ¡Así podría conseguirte el nombre!
Árbol de los mil nombres: ¿Por qué el nombre de Matías? ¿Por qué lo has olvidado? Vamos, no me dejes sólo. No te pierdas en la magia, ¡ayúdame!
Niño mago: Tengo muchas historias que escribir… espérame un segundo, ¡se me ha ocurrido una maravillosa!
Árbol de los mil nombres: ¡NO! ¡No lo hagas! Podrías inventarme más nombres falsos. ¿Por qué él de Matías? ¡Tan siquiera dime eso antes!
Niño mago: Erase una vez…
El árbol de los mil nombres calló y miró al niño mago suplicante, pero sabía que no tenía otra opción más que plantar sus raíces y buscarlo por su cuenta.
He pensado en el Cuarto de Fest, en el monolito que decía: “Le he dicho. Estoy tranquilo”. Odié la frase tan corta y extraño sus cartas donde detallaba todo. ¿Esa carta para su muerte habrá sido su despedida? ¿La despedida definitiva para Simón de su parte? No, si somos amigos. No me puede dejar así.
O tal vez lo mejor sea que nos olvide a todos nosotros de una buena vez.
Bajé al Cuarto de Fest una vez más y encontré un escrito más largo que me agradó y me dio consciencia de que todavía no me ha olvidado. Me ha hecho recordar mi juventud, cuando pelaba todas esas cuestiones literarias tal vez inútiles:
Fest: En un punto, inexorablemente, se han de conjuntar todas las historias del mundo. De forma simultánea han de ocurrir todas al mismo tiempo, quebrando los límites que presentan el inicio y el final.
Me acordé de lo que decía Yasmín y cuando lo leí de Fest, sentí que estaba más claro. Yasmín suele tropezar con el lenguaje y confundirlo todo para hacer enigmas. Mientras leía, el Cuarto de Máquinas donde se esconde el espíritu de Beatriz, empezó a emitir el sonido de suaves vibraciones.
Fest: Si así fuese, quedarían claras las relaciones existentes entre una y otra historia. La gente que encuentre ese punto, inevitablemente se preguntará: “¿dónde inicia y dónde termina?”. Sólo encontrando el punto y más allá de la fragilidad del tiempo de vida de un ser humano, la gente notará o intuirá la existencia del omniverso, el cuál es la suma de todos los universos paralelos posibles.
Escuché la risa de Beatriz y su voz preguntaba animada—: ¿Otra vez con los universos paralelos?
Fest: Posibilidades infinitas de sucesos, que dependen de cuestiones climatológicas, divinales o tal vez el más (o menos) importante de todos, el ser humano actuando sobre su entorno. La relación de los eventos y su desarrollo son como un fractal (el caos ordenado o el orden del caos). Ésto debe descubrirnos que cada suceso que pasa —sin importar su magnitud— forma parte de un universo y habrá un universo paralelo donde éste evento no suceda del todo. O tal vez la posibilidad de que éste evento ocurra en dos o más universos y presente consecuencias diferentes.
…
Fest: En el punto donde sucedan todos estos eventos de manera simultanea, comprenderemos el alcance que poseen los hechos y sus consecuencias. Existe la remota posibilidad, de que dentro de todos los universos paralelos, el hecho que sucede dentro de uno, traspase las fronteras para afectar a otro o varios más. Más allá del clásico verbo pretérito pendejo: “Hubiera”, siempre habrá un universo donde no existe este (aunque se desarrollen otros a partir de evitar el verbo). La solución que propongo es escribir todas las historias del mundo, con todas sus variantes posibles.
Estás loco, pero me agrada.
Fest: Sólo tendré una noción de la cantidad de historias, si me propongo a buscar mi “Aleph”, —como lo llamaría Borges— y resistir la tentación de “Beatriz”.
Diablos… ¿sabes de lo que estás hablando cabrón? ¡Si yo que tengo doscientos veintiún años, no he podido dejar mi fantasma atrás! ¿Comprendes? ¿Tan siquiera comprendes lo que te has propuesto?
Fest: Se que es una tarea que a nadie pudiera interesarle. ¿Pero no se han imaginado su vida si hubiese sido de tal o cual manera? Muy aparte del verbo ya descrito (el hubiera), todos tenemos el morbo de conocer las ramas que se forman en el árbol organizacional de nuestras vidas. Siempre habrá algún suceso que nos marque de manera definitiva y nos haga preguntarnos en el menos adecuado de los momentos: “¿Qué hubiera pasado?”. Yo tengo claro mi momento y para poder escribir las historias del mundo, debo vencer entonces la tentación de “Beatriz”, de otra manera sólo escribiría los eventos-consecuencias que me han sucedido a mí… aunque si tenemos en cuenta que todo sucede simultáneamente dentro del “Aleph”, no sería trillado que mi evento haya desencadenado una serie de reacciones (dentro de mi universo) que hasta el más mínimo detalle en una historia que no tiene nada que ver con la mía, haya girado en torno de mi evento principal. Y es obvio decir que otras reacciones, hicieron que existiera mi evento… de tal forma, sólo mirando todo al mismo tiempo, entrenando los sentidos y venciendo mi tentación para poder apreciar los detalles de todo lo que acontezca en el omniverso, podré apreciar en toda su extensión todas las historias del mundo en todas sus variantes y así podré escribirlas.
No mames. No mames… No… no… no mames.
Fest: Se que la vida no me alcanzará para esta colosal tarea y es inevitable. Todavía no he resuelto como extender mi vida lo suficiente para escribirlo todo. Sólo tengo la esperanza que estas palabras puedan tocar a alguien más, éste es un suceso que se extenderá a alguien que tenga el valor para buscar su “Aleph”, y pueda también intentarlo. También otra cuestión que es imposible de resolver, es el estallido constante de nuevos universos. Aún habiendo un omniverso, éste crece constantemente a medida que el tiempo pasa y aunque haya un universo en los paralelos que irremediablemente muera, nacerá otro donde las circunstancias puedan ser totalmente distintas. Sin más que decir… Agustín D. Fest.
Um. Mi madre… y yo, preocupándome por éste viaje al que todavía le restan treintaiún días, con sus treintaiún noches.
Diario de Simón Dor. Día 66.
Junio 21, 2003 — El Viaje de Simón Dor, Un tal Simon Dor.
Escrito por Agustin Fest.
Arbol de los mil nombres: Tamal, taco, tortilla…
Niño mago: ¿Acaso tienes hambre?
Arbol de los mil nombres: ¿Se nota?
El niño rió.
Arbol de los mil nombres: Mira, allá… es otro barco.
Niño mago: Si, son más piratas.
Arbol de los mil nombres: ¿Crees qué debamos avisarle a Simón?
Niño mago: No lo sé.
Los he visto por la ventana, son piratas…
¡Declaramos éste barco nuestra propiedad! No tomaremos prisioneros, ahora mismo el viejo debe estar bailando con la muerte y serán estas las últimas palabras de su diario que ha de perderse en el mar!
Querido Diario:
Disculpa la interrupción, Mindar no salió como de costumbre a defenderme y al niño y al árbol les importó un comino que los piratas crearan un caos en mi barco Mojalnir. Bien por ellos, no me sirven para nada… debería tirarlos por la borda. Pero no, eso sería hacerle una injusticia al delfín.
Le estaría contaminando su agua, de por sí, ya contaminada.
Estos piratas venían a vengar a sus hermanos que Mindar mató en los primeros días de mi viaje, eso me hace pensar porque el cobarde no salió y se la pasó chillando en el cuarto de trofeo, aunque no le culpo… éstos parecían más rudos y sanguinarios que de costumbre. Eran diecisiete piratas y cada uno de ellos poseía una parte metálica en su cuerpo, el menos creativo era el capitán que tenía un garfio en vez de una mano.
Los dieciséis restantes habían salidos de alguna mala película de ciencia ficción… algunos llevaban tentáculos metálicos en vez de piernas, otros más poseían armas enteras (exageraría en escribir de destrucción nuclear, aunque no estaría tan alejado de la realidad) en los brazos, y había uno enorme cuyo cuerpo estaba, casi en su totalidad, compuesto de circuitos y el detalle que le hacía verse como un pirata, era la pañoleta oscura cubriéndole el metálico cráneo. Lo único conservado de su humanidad eran sus grotescos genitales, que por elegancia me abstendré de describir con detalle.
La palabra grotesco es más que suficiente.
Arbol de los mil nombres: ¿Cuántos días faltan?
Niño mago: Treintaitrés días, con sus treintaitrés noches.
Arbol de los mil nombres: ¿Cuándo encontraré mi verdadero nombre?
Niño mago: No lo sé, esa una buena pregunta.
Arbol de los mil nombres: Si te lo sabes, dímelo.
Niño mago: Lo sabré cuando lo escuche.
Arbol de los mil nombres: Tummmm, Tleeeeemp, Tiaaayyyy
Niño mago: Estás afectado por los efectos de sonido de la pelea de Simón Dor contra los piratas.
No estaba de ánimos para pelear así que intenté lo que todo estúpido optimista haría en una situación así, —suponiendo que no se muriese de un infarto—. Traté de diálogar con ellos y ¿saben cómo respondieron? Se rieron en mi cara. Con justa razón, entre el enojo y el pesimismo que acostumbra a acompañarme, me sonreí y entrecerré mis ojos. Acomodé mis puños como sensei Gorostiza me había enseñado (¡Recuerda tu centro de gravedad!, ¡Recuérdalo!) y esperé al primero.
Los hombres pobres de mente no saben a lo que es capaz de hacer un ser humano que lo ha perdido todo, tampoco respetan la sabiduría de los ancianos. Sobre todo los ancianos amargados, que combina lo mejor de ambos mundos: experiencia y desesperanza.
Esos piratas tecnocráticos fueron afortunados por el hecho de que no uso bastón todavía… les hubiera podido empalar.
Arbol de los mil nombres: Truhán, Trompeta, Trabajo.
Niño mago: Esas son palabras de las más comunes… ¿dónde habrá aprendido a pelear?
Arbol de los mil nombres: No tengo la menor idea. No le hagamos enojar.
El niño y el árbol asintieron
Pero claro está que yo soy un pobre viejo y cómo esta no es una realidad donde la cuchara se dobla con el dominio del código binario, con tres que se me aventaron encima pudieron someterme… gracias al azar, el de los genitales colgando se abstuvo de participar en la primera reyerta.
El capitán fue a explorar —Ende ahí, la ridícula exposición de marcar mi diario con sus orinadas palabras, como si fuese un perro— en lo que los otros me maniataban y me aventaban, jugando conmigo como si fuese una pelota.
Como me hicieron enojar. Debieron atarme las piernas.
Centro de gravedad, arrugas de enojo, eso les espantó un poco como para expresar todos una risa nerviosa. Recordé la agilidad de mis viejos días y mis piernas se movieron tan rápido que parecían duplicadas, triplicadas, tetraplicadas en cuestión de segundos. Lo sé, no es una realidad donde se modifique el código binario, pero escuchen una cosa: Nada me detendrá en éste viaje.
El pirata de los ocho tentaculos en vez de piernas, trató de someterme, pero no contaba que yo fuera más rápido, destruyendo cada una de sus extensiones metálicas sin compasión. Lo tiré por la borda. Hubo disparos, si que los hubo… pero no cuentan con la fórmula básica: enojo + experiencia de la vejez + amargura = algo parecido a Satanás cuando le echan agua bendita.
El de los genitales fue el más sencillo, creo que sobra decir donde le di sesenta y tres patadas bien acertadas.
Al último, el capitán salió de mi cuarto y vio los restos metálicos de muchos de sus hombres con ojos muy abiertos. Le señalé el mar y me comprendió perfectamente, prefirió tirarse solito por la borda… le seguí con la mirada y sonreí como el delfín cuando lo miramos hundirse.
Después… espera diario un súcubo y una isla donde una vieja sentada en una silla de madera se mece suavemente escribiré más tarde.
Diario de Simón Dor. Día 62.
Junio 17, 2003 — El Viaje de Simón Dor, Un tal Simon Dor.
Escrito por Agustin Fest.
Querido Diario.
En el treintaicincoavo día, entré al cuarto de juegos y cuál fue mi sorpresa cuando encontré a un anciano bastante fuerte. Tanto que si le quitáramos la larga barba blanca y el cabello, parecería un adolescente. Vestía una toga blanca que le llegaba hasta el suelo, emitía una poderosa aura de tranquilidad y amor. (No tan poderosa, porque no me afectó a mi… naturalmente).
Dios estaba en mi cuarto de juegos, yo le sonreí y le guiñé un ojo. Él me respondió con una sonrisa digamos que agradable, ya saben que Dios es amor. Tomamos asiento, uno contra el otro, en el tablero de ajedrez y dejamos que Mojalnir navegara sólo en éste mar oscuro de Yunén.
—Creí que no existías, viejo —dijo Dios.
—Yo tampoco creo en tu existencia y tengo una Biblia para comprobarlo —respondí. Él, naturalmente, se rió.
—¿Blancas o negras? —preguntó Él.
—Negras, por supuesto —respondí yo y prendí un cigarrillo. Dios tosió para indicar que le molestaba pero le ignoré.
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—¿Hace cuánto que no jugamos, Simón? —preguntó Dios mientras miraba el tablero y yo miraba absorto los cuadros negros que indicarían mi siguiente jugada, alcé una ceja y le miré. Esa sonrisa de nuevo, esa sonrisa de amor. Respondí con la mía de sarcasmo.
—Desde el 2001 —le respondí seco—. Es tu turno.
—Eres muy impaciente, mi querido Simón —dijo Dios … paciente—. Pero está claro que no es por Mi que hemos dejado de jugar. Pocos tienen el honor de jugar Conmigo como tú.
—Es que te gusta que te digan que no existes y te lo comprueben como yo lo suelo hacer. Eres, en cierto modo, masoquista. Dios se rió con picardía.
—Estás viendo y no ves —dijo Dios entre risas—. Diría que el masoquista más bien eres tú, que me has visto y niegas que existo. —Puede que seas un invento de mi mente, como todo el viaje.
Dios se quedó serio y pensativo.
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—No Simón, nada es un invento —dijo Dios—. Las prisiones que se inventa el hombre por medio de la mente, son muy reales. Aún siendo yo un Dios inventado poseo las mismas características de el Dios real. Por lo tanto, si soy un invento… parto de la realidad y eso, mi querido Simón, me convierte en una autoridad omnipotente.
—Olvidé que no hay forma de limitar a Dios, porque entonces limitarías su omnipotencia… eso te hace capaz de existir, ¿lo ves? —le dije—. Pero al mismo tiempo, tampoco existes… porque debes cubrirlo todo, el existir y el no existir. Yo sólo elijo lo que me plazca—.
—Nunca se te quitará esa pinta de fariseo —dijo Dios—, pero me agradas muchacho, de veras me agradas.
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—En fin, ¿qué haces aquí Dios? —pregunté, —No creo que solo hayas venido por el simple hecho de extrañar mi dulce compañía y compartir este juego.
Dios me miró gravemente.
—Pero si así es, extrañaba jugar contigo.
—No das paso sin huarache —le dije y le sonreí.
—Simón… —dijo Dios y sonrió—. La verdad es que vengo a divertirme y jugar. No hay razones más allá o tal vez fuiste tú quien me llamó. ¿No has pensado en ello?
—¿Yo? ¿Cómo puedo llamar a alguien que no existe?
Ambos nos miramos y después, nos echamos a reír.
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—Vino un súcubo ayer a verte —dijo Dios. Yo comprendí.
—¿Crees que lo ha enviado éL? —pregunté despreocupado.
—Pero si son sus criaturas, es obvio —dijo Dios.
—¿Por qué mi alma se ha convertido en algo tan importante ahora? —pregunté—. Si es bien sabido que tienen otras ocupaciones. ¿Qué hay de importante en ello?
—Es ahí donde te equivocas, precisamente —dijo Dios y debo decir… que me confundió.
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—Nos eres importante, como todos… cada uno de mis hijos es importante y para éL es importante arrebatarme cada uno de ellos. Eso está claro —dijo Dios pensativo—. Pero hay algo más importante aún Simón y es el resultado. Tú no lo ves como nosotros… tú lo ves en blanco y negro, cómo este tablero que está aquí… y la verdad es que eso está… —Dios meditó la frase y se sonrió—. Pasado de moda.
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—Seguiré con interés tu viaje Simón —dijo Dios—. No hablaremos de Biblias el día de hoy, ni discutiremos lo que está escrito con las manos del hombre que bien fueron inspiradas por mí.
—Está bien —dije yo.
—No dejes que tu viaje se enfrasque en métodos de maldad y bien.
—No ha sido así, ni será.
—Sólo quería escucharlo de tus labios.
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Dios tiró su rey.
—Hoy ganaré de nuevo —sonrió Dios—. Pero te concederé el observar como tiro mi rey… teniendo fé en que eso te anime un poco.
—Ja. Gracias… Solo tengo una pregunta Dios…
—Adelante.
—¿Por qué, no salvar al hombre? Lo hiciste una vez… ¿Por qué no salvarme a mi? ¿Por qué lo que has hecho conmigo hasta ahora? Eso, hipotéticamente, si admitiera que existes.
—Bueno Simón —dijo Dios sonriendo—, es cierto que tuve que mandar a mi Hijo para hacer un milagro del tamaño de la humanidad. Y me veré irremediablemente cursi a pesar de que odies eso.
—Venga…
—Es un milagro que sólo puede hacerse una vez. La salvación del hombre depende de cada uno, tú propia salvación, depende ahora de ti mismo. Yo sólo me animo a mover un poco el ambiente para recordarles que tienen que salvarse. ¿Acaso no les he dado libre albedrío?
—Ya lárgate, viejo meloso… lárgate con tus diálogos de película. Si embadurnas con más azúcar este barco, capaz que seré víctima de abejas y tan sólo me habrás traido desgracias.
Dios se rió, de esa forma… dulce, que tanto aborrezco. Prendí otro cigarrillo y miré intensamente Sus ojos, hasta que desapareció.
La salvación del hombre, la salvación de mí mismo… depende de mí mismo. Dios no hará otro milagro como el que hizo hace siglos, sencillamente porque no se le antoja.
Si… la salvación depende de mí mismo. ¿Quiero ser salvado? ¿Quiero que se abran las nubes negras y en un estado místico, alce mis brazos al ritmo del Gospel de los ‘20 o ‘30? No, la verdad es que no.
¿Por qué le pregunté a Dios porque no me ha salvado, si yo ni siquiera tengo la consideración de querer salvarme a mi mismo?

Galloria I.
Junio 16, 2003 — El Viaje de Simón Dor, Un tal Simon Dor, favoritos.
Escrito por Agustin Fest.
Árbol de los mil nombres: Reinal, Gunthrab, Werty
Niño mago: ninguno de esos es… ¿Observas como Simón no está escuchando a Beatriz? No le importa y aún así está con esa otra mujer.
Árbol de los mil nombres: No es una mujer, es un súcubo.
Niño mago: Eso no importa, no hace ninguna diferencia.
Árbol de los mil nombres: Todos necesitamos sanar.
Niño mago: Escogió a la equivocada, ¿crees que deberíamos interrumpirlos?
Árbol de los mil nombres: Serbmon lim sol ed lobra.
Niño mago: Cerca… pero no arbolito, ese no es tu nombre.
El Árbol meció sus ramas marchitas y puso una cara triste, el niño acarició su tronco y se recargó en él.
¿Te gusta así? Oh… me quieres más abajo, aquí. ¿Aquí te gusta mi lengua? Ya lo creo, mira como te ha crecido Calla y hazlo ¿Simón? ¿Dónde estás Simón? Puedes maltratarme lo que quieras, eso te doy a cambio de tu alma… permíteme chupártela toda hasta que solo queden huesos, aunque bueno… viejito Simón, no falta mucho para que la naturaleza haga eso ¿Te gusta mofarte de la gente antes de darle tu sexo? Mmmmmmmmmmm, grande y firme. ¿Simón? ¿Dónde estás Simón? Así me gusta… puedes decirme de cosas, maltrátame el cuerpo, maltrátame la mente. ¿Qué te gusta que te digan? Lo que soy, nada más. ¿Te gusta qué te digan ramera? Pero si se me ha humedecido con tan sólo decírmelo Zorra ¡Más! ¡Más! ¿Perra? Muy bien, ya estás aprendiendo y yo a cambio estoy recibiendo tu esencia… que bonito, ahora si me disculpas mi boquita estará muy ocupada. ¿Simón? ¿Dónde estás Simón? Así, así… que bonita perra, dale lento, no te lo quieras acabar todo en una ¿Simón? ¿Dónde estás Simón? mordida, que tienes buenos dientes… eso no se te puede negar, UMMmmmmm, diablos… deja de mirarme con esos ojos Ungh… slllll…… ¿Simón? ¿Dónde estás Simón?
Niño mago: No me gusta… debería hacer algo.
Arbol de los mil nombres: Gahajun, Erianda, Beriondola.
Niño mago: Deja de decir nombres.
Arbol de los mil nombres: Mira niño, estamos aquí como meros espectadores, que eso te quede claro. El dibujo que hiciste fue demasiado… no debemos ayudar a Simón o…
Niño mago: ¿O qué?
Arbol de los mil nombres: Sería peor que matarlo con nuestras propias raíces.
Niño mago: Intenta con T.
Arbol de los mil nombres: ¿Qué?
Niño mago: Tú nombre empieza con T.
Hasta adentro… eh bien, ¿te gusta? A mi me gusta todo lo que me pidas y me hagas Simón… ¿Simón? ¿Dónde estás Simón? pégame, cacheteame, haz que me duela tu existencia, haz que me duela el alma que me estoy robando, ARGH! ¡Así! ¡Así! ¡AGH! ¡Más fuerte! ¡MÁS! OHhhhhh… como me dueles Simón… como me dueles. ¡Cómo me duele tenerte adentro! ¿Simón? ¿Dónde estás Simón? ¡No te distraigas! Sigue, sigue, sigue… rápido, adentro, rápido, rápido… si… bien, bien… que bonito viejito eres, lindo viejito… ¡NO DEJES DE LASTIMARME! Pronto estaremos juntos eternamente mi querido, pronto y no volverás jamás a este viaje tan cansado y tan aburrido… ¿Simón? ¿Dónde estás Simón? ¿Para qué lo haces si puedes tenerme a mí? Hasta el límite del cansancio, como perros aquí la perra eres tú y yo soy tu dueño Ya estás aprendiendo mi bonito Simón, así… no necesitarás el viaje ya, Simón, nunca más… ¿Me estás escuchando? ¡Dame en la espalda ahora! ¡ASÍ! ¿Simón? ¿Dónde estás Simón? ¿Qué estoy haciendo? ¿Cómo que qué haces animal? ¡Me estás cogiendo! ¿Dime más palabras? Zorra, perra, ramera, puta ¡Más! ¡Más! ¿Dime lo cerda que soy? Eres una cerda ¡Con emoción! CERDA Eso es… eso es… vente en mí Simón. Simón? ¿Dónde estás Simón?
Niño mago: ¿En qué día vamos?
Arbol de los mil nombres: Treintaiseis tías ton tus treintaiseís toches.
Niño mago: Ese no es tu verdadero nombre, pero fue un buen intento.
Arbol de los mil nombres: Tracias.
¿Cómo me piensas llamar? Ojitos divinos… tienes unos ojos muy grandes y muy oscuros Es un bonito nombre, pero aquí… llámame por mi nombre aquí. No, ya no quiero ¡Vamos Simón! ¿Ahora me dirás que no te gusta? Tienes los ojos… de ¿Simón? ¿Dónde estás Simón? ¿Simón? ¿Dónde estás Simón? ¿Simón? ¿Dónde estás Simón? No la escuchas? ¿Por qué te detienes viejito bonito? ¡Todos han de saberlo ahora! ¡Todos han de saber la naturaleza dañada de tú ser! Ahora me perteneces mi querido… no te detengas que ya es demasiado tarde ¿Simón? ¿Dónde estás Simón? Nunca es tarde… nunca sabemos que vendrá. Y tú, tú no eres ella. No puedo sentirte ¡Pégame! ¡Destázame! ¿Qué estoy haciendo? ¿Simón? ¿Dónde estás Simón? Vete, vete ya, ¡Largate! ¿Simón? He dicho… ¡Qué te vayas he dicho! ¡Vete de aquí! Me recordarás por siempre Simón. no lo creo, te he cogido para olvidarte… y el que se ha quedado con tu alma, soy yo… vete de aquí, si no quieres que te eche… ten un poco de dignidad y yo trataré de recuperar lo que me queda. VETE YA TE DIGO
VETE
¿Simón? ¿Dónde estás Simón?
VETE
¿Simón? ¿Dónde estás Simón?
Vete ya… y déjame sólo.
Niño mago: Se ha ido Galloria.
Arbol de los mil nombres: tal tez tegrese.
Niño mago: No lo creo… de cualquier manera, si lo hace… llamarás a los cuervos.
Arbol de los mil nombres: Tos tuervos, tos tuertos.
Diario de Simón Dor. Día 61.
Junio 15, 2003 — El Viaje de Simón Dor, Enamorado, Un tal Simon Dor.
Escrito por Agustin Fest.
Querido Diario:
Hoy el cuarto de máquinas hizo un escándalo inusual, la cabeza de Mindar comenzó a ladrar asustada, el árbol de los mil nombres se meció de una manera violenta y el niño mago mantuvo la cabeza gacha. Se hizo una tormenta de relámpagos en los mares y yo, borracho y crudo de cigarro, sólo estuve mirando las nubes grises esperando lo que habría de seguir.
Las tres llaves en el cuarto de trofeos estaban repiqueteando como el campanario de una iglesia. Indudablemente, ésto era una señal.
Allá en el cielo, se veía un punto oscuro (mas negro, que la naturaleza gris de las mismas nubes) que se acercaba lentamente. Yo me sonreí, finalmente Dios había decidido mandar un meteorito para destruir mi existencia sacrílega. Así tenía que ser, no podía ser de otra manera… aunque, no, hay algo que deben saber tanto ustedes, como yo: Dios no juega sucio.
Ni siquiera habíamos discutido desde que salí en este viaje, no era Dios el origen del punto negro. A medida que se fue acercando… descubrí a una mujer con alas de murciélago. Una mujer de ojos grandes y oscuros, morena, un poco pasada de peso, poseía unos dientes muy blancos que se notaban con su sonrisa.
Mojalnir, mi barco, se detuvo para recibirla y la mujer descendió a la proa con gracia.
Árbol de los mil nombres: Sairun, mondeley, somariono.
Niño mago: No es ninguno de esos tu verdadero nombre. Mírala… ha venido la primera. Es la reina sumisa, esperando siempre las órdenes del amo… a la que no le importa que dañen su cuerpo, pero como se cobra después con la mente.
Árbol de los mil nombres: ¿Cuántas faltan?
Niño mago: Tal vez tres o cuatro, escucha como Beatriz llora, ¿crees que debería regalarle una mariposa?
Árbol de los mil nombres: Joriondos, turath, merasnik.
Niño mago: No, no es ninguno de esos tu verdadero nombre.
Estaba vestida de shorts y una playera suelta, un poco más grande de su tamaño. Las alas sobresalían por una abertura en la espalda de su playera, pero ella, con una mirada… hizo que las alas desaparecieran sin ningún dolor, como si nunca hubiesen existido.
Un súcubo.
Súcubo de ojos tan profundos como la noche que con su sonrisa me invitaba a jugar. La recibí con los brazos abiertos y ella me abrazó: era increible, casi me sentía nuevamente enamorado.
—Me llamo Galliora —dijo la mujer y la invité a pasar unos días en mi barco. Inevitablemente, tendríamos que conocernos y jugar.
Recuerden ese casi (que puede confundir al hombre y arrastrarlo hasta el extremo) y también recuerden, como el ruido del cuarto de máquinas se hizo más potente.
Carta de Agustín Fest para Simón Dor. Siguey leyendo →
Duelo
Febrero 9, 2003 — Un tal Simon Dor.
Escrito por Agustin Fest.
Mi estimado Simón Dor, te he leído ultimamente, y creo que nuestra relación debe detenerse por nuestro bien. Eres una creación de mi imaginación preliteraria, es absurdo que abuses de mis dedos para crear tus letras absurdas y llenas de negativismo. Así que, vaya, tenemos que cortar relaciones por la paz. Decir adios mi buen amigo, tú sigues tu camino y yo el mío.
Pero mi querido Fest, ¿cómo osas a decirme tal cosa? Si yo soy el que te ofrezco los pasajes oscuros y de humor negro maravillosos que has escrito en toda tu vida.
Toda mi vida no, mi buen Simón Dor.
No lo niegues, la otra vez te pusiste a pensar y yo estaba ahí en las sombras observando tus pensamientos, si, estaba ahí. Yo existo desde aquella muerte innegable, ¿recuerdas? Primero me quisiste ver como un viejo sabio, como un consejero, como el mentor de toga y barba blanca que se parecía al Merlín del cuadro que solías tener. Tú me transformaste, me cambiaste y me pervertiste a lo que ahora soy, no puedes negar tu crea