Tira 4.

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Tira 2

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Azul

—¿Puedes?
—Puedo.

El honesto

—¿Mi hijo es lindo?
—Está feo.
—Puta madre, ¿siempre tienes que ser tan honesto?
—…a… h…u…e…v…o…


—¿Crees qué me cure, realmente?
—¿Qué dijeron los médicos?
—Que me auguraban buenos meses de vida…
—Pues cuando pasen te mueres y ya, tienes cáncer… ¿en qué cabeza cabe?
—…
—Buenos meses, si. Sin terribles dolores o espasmos que te hagan doblarte en el asiento. Sin contar las veces que estés tociendo sangre frente a tus ojos. ¿Te imaginas? Debe ser horrible.
—…
—Además, tús organos quedarán inservibles. ¿Cómo se le ocurre a tu papá donarlos? ¿Qué no tiene corazón? Si tienes el cáncer en todo el cuerpo, no puedes donarlos para que otro se enferme de lo mismo que tú.
—(sniff, sniff)
—Anda pequeña, no llores. Soy tú amigo y creeme, que de mi nunca escucharás una mentira. ¿Acabas de cumplir 12, dices? ¡12 años félices y qué transcurrieron con salud!


—Eres un amargado.
—No, tan sólo soy honesto.
—¿De qué te sirve la honestidad? ¡Hay mentirillas blancas que podrían salvar una vida!
—¿Mentirillas blancas? ¿Cómo esa donde no le dices a tu mamá que eres homosexual? ¿Tú crees que le estás salvando así una vida? Anda, piénsalo bien. Más bien, la estás dejando vivir una continua mentira y cuando se entere, el golpe no será suave amigo mío. ¿Quieres saber otra cosa? Tú mentira. No puedes hablar libremente con tu madre, porque crees que escondiéndole algo tan básico y elemental como eso, haces bien. Mientes. ¿Desde hace cuándo tienes una plática tranquila con ella, sin estar fingiendo?
—Eres un amargado.
—No… bueno, si… tal vez un poquito. Pero muy honesto.


—Hoy mi horoscopo me dijo que me auguraba fortuna, mucha fortuna.
—¡Ay Memelas! Si nunca has tenido fortuna en tu vida, no la tendrás ahora.


—Me encontré una cartera con 600 pesos, ¿tú crees que deba regresarlos?
—¿Trae identificación?
—Si.
—¿La dirección de la persona, teléfonos?
—Si.
—Muy bien. Entonces vamos a regresarlos, nada como la honestidad.
—Muy bien.
—Pero… seamos honestos con nosotros. ¿Queremos regresarlos?
—Ejem… yo si, ¿y tú?
—Si, claro, yo también. Muy bien…
—Ummm…
—Fiu fiu fiu…
—Son 600 pesos…
—Si, 600 pesos…
—¿Quieres regresarlos?
—Claro, persona más honesta que yo, no existe.
—Bien…
—Bien…
—Antes de regresarlos, podemos ir por una cerveza.
—¿Traes dinero? Yo no tengo ni un quinto.
—Yo tampoco…
—Bien…
—Bien…
—Ay Miguelito, ¿por qué te haces pendejo? Si nunca quisiste regresarlos.
—¿Pus si verdad?, vamos a echarnos unas chelas.
—¿A tú cuenta?
—¡Pues claro! ¡Con estos 600 varos!
—Jaja, cabrón… si fuera yo, si los regresaría.
—Callate pinche amargado o no te invito.
—Lo que usted diga. La honestidad puede esperar… además, los borrachos y los niños, siempre dicen la verdad.


—Dime la verdad, ¿me quieres?
—Ni un poquito.
—La verdad…
—No, no te quiero y las cenas que tenemos, las hago porque quiero tener sexo contigo, es más, desde que te conozco te he dicho textualmente: “Solo quiero sexo”.
—Pero me debes tener un poquito de cariño…
—Nada. Bueno, le tengo cariño a tus pechos. Se duerme riquísimo ahí, nada más me recargo y puff… duermo como un bebé. ¿Han crecido ultimamente? Cómo que los veo más grandes.
—Entonces, creo que nuestra relación no tiene ningún futuro…
—A excepción que sea un futuro de cogidas… no, no lo tiene.
—Yo si te quería, ¿sabes?
—Lo sé nena, lo sé. ¿Cojemos para despedirnos?
—…
—…
—Bueno.


—¡Santa Claus ya viene este diciembre!
—Si, si viene este diciembre…
—… ¿Hoy no me vas a decir que son mis papás?
—… Jaimito, hay algo que tengo que decirte…
—¿Qué?
—Yo soy Santa Claus, yo entro en las noches a tu casa y así, vestido de Santa, le hago el amor a tu mamá cada 25 de diciembre. ¿Y usted creía que sólo iba por la leche y las galletitas? Además, que tiene unos senos a los que le tengo mucho cariño y en ellos siempre caigo dormido…
—…son maravillosos, ¿verdad?
—…¿¡!?


—¿Hay algo que quisiste ser en tú vida?
—Yo fui diferente a todos los niños.
—¿A qué te refieres?
—Nunca quise ser presidente. ¿A joder a todo un país por la lana? ¿Pá qué? Nunca quise ser astronauta. ¿Qué carajos tiene el espacio, qué es tan maravilloso que no tengamos aquí? Nunca quise ser doctor, porque no me gusta salvar vidas. Y nunca quise ser dentista, porque no me gustaría tener pacientes retorciéndose de dolor mientras me enseñan su espantosa higiene bucal. Pero hay algo que siempre quise ser…
—¿Qué?
—Siempre quise ser chofer de taxi.
—…que extraño eres…
—a huevo.

De los mil nombres

La fragmentación de la identidad, es muy importante, ya que gracias a esta el individuo puede conocerse así mismo desde distintas perspectivas. Sin embargo, el problema es que olvidará quién es, quien fué y no pensará en el quien será. Será el mismo individuo, con mil nombres, mirándose desde uno para comprender a otro y será otro envidiando las capacidades de un tercero y aquel tercero, contemplará la belleza de un cuarto y tratará de pintar la belleza del cuarto en el quinto, quien se niega rotundamente.

Este es el individuo más confuso, pero me agrada.

Cada nombre reclamará su propio espacio y entre más fuerte sea, podrá adueñarse mejor de la conciencia del individuo. Hasta que sea el único y los otros novescientos noventainueve restantes ya no importen.

La única solución del invididuo, para protegerse así mismo… es que estando en plena consciencia de quién es, decida olvidar totalmente lo básico —Quien fué—. De esa manera, los mil nombres o las mil perspectivas que ha creado, se volverán difusas. Se harán ciegas y no se verán, porque estarán desesperadas por conocer quienes son en sí. Las mantendrás ocupadas.

Siempre hay un pero… ¿no es así?

Sin embargo, quedan consciencias o nombres, que en el fondo conservan su fortaleza (sus recuerdos, los más profundos, los que marcaron una diferencia en cada uno de los nombres) y el individuo, sin querer, se verá inundado por ellas. Los nombres se reducirán a quinientos —los que sobrevivieron la ceguera—, y obligarán al individuo a caminar. La fragmentación, que fue el primer error desde siempre, seguirá estando presente.

No entiendo, ¿qué me quieres decir?

Para unir las quinientas perspectivas restantes, el individuo debe observarlas muy bien. Las tiene que perseguir en silencio y cuando note similitudes entre una y otra, nada más necesitará unirlas. Es así, como quinientas, se transforman en doscientas y doscientas en cien. Para ello, el individuo debe tener plena consciencia de sí mismo, ya que si alguna de sus identidades se adueña de él, bien puede estar engañándose así mismo y en vez de unir, sigue separando.

Ajá…

Aunque existe un evento de caos, que es el concepto que los humanos cuyo nombre es “el tiempo”. El tiempo es, un factor externo que obliga al individuo en sí, a cambiar constantemente. Las inquietudes, las metas y los vacíos, se vuelven distintos y manchan la pureza de la consciencia. Tan importante como “El tiempo”, existe “el espacio”. El espacio también definirá la fragmentación del invidiuo y su consecuente unión. No es lo mismo tratar de unir las fragmentaciones restantes en una playa que en una penitenciaría.

Me duele la cabeza…

El método de la fragmentación…

ya cállate, ya cállate por favor.

La bitácora y los recuerdos del Avatar

Hacía mucho que no abría ese cuadernito, después de Cecilia, le miraba con respeto. Ese cuaderno representa otro yo que se murió en algún momento. Era un buen yo.

En él están plasmadas las palabras de los compañeros de la secundaria, ya saben: “¡Cuídate mil! ¡Amigos forever! ¡Viva el chupe!”, entre otras. Los teléfonos, los “no me olvides”, los “me eres especial”. No cuesta trabajo regalar esas palabras cuando ya no volverás a ver a alguien, independientemente de si fue tu amigo o conocido.

Las palabras que más aprecio, tal vez son las de mi profesora del taller de dibujo técnico. Romina Teysi. La vi, hará ya hace un año. Estaba casada e iba a tener un hijo. Esa profesora siempre me cayó bien.

Sin esa mujer, probablemente no dibujaría como hago hoy en día.

Su padre (Héctor) fue el que nos daba clases de Historia, Civismo, Geografía. Él también era un buen hombre, él fomentó mucho de mi espíritu crítico y mis aventuras por conocer los detalles de la historia.

Sin ese hombre, probablemente no escribiría como hago hoy en día.

A Teysi la recuerdo con mucho cariño, ella sufrió de la ola fría de mi abuela en una ocasión. Se le ocurrió citarla un mal día, en que ella tenía mucho que hacer. Me platicó la profesora que le dio todo un discurso y ella nada más le miraba en silencio, sin ningún tipo de emoción posible. Eso la ponía nerviosa y tenía que hablar más y más. Hasta que se puso tan nerviosa, que se le salió un—: ¿Y usted qué piensa?

Abuela preciosa de Agustín—: ¿Usted está a cargo de educar a los niños en su taller, no?

Teysi—: Si.

Abuela preciosa de Agustín—: Entonces, usted siga haciendo su trabajo y yo seguiré haciendo el mío. ¿Para qué me citaba?

Teysi—: Oh, nada más para…

Abuela preciosa de Agustín—: ¡Oh! Pero quedamos en que usted está educando a los niños en su taller y así hace su trabajo, ¿verdad?

Teysi, timidamente—: Si…

Abuela preciosa de Agustín—: Muy bien.

Creo que mi abuela se fue sin decirle los buenos días. Estaba muy enojada esa vez, no sé por qué, pero enojada estaba. Cuando le pregunté que había sucedido, ella me lo puso de esta forma: “Este, si… si platiqué con tu maestra, creo que quedamos bien entendidas y no nos volveremos a ver en un rato”.

En los recuerdos de la secundaria, también está Sor Juana. Debo admitir que desde siempre he estado peleado con la religión y aunque ella es la mujer más dogmática que conozco, me cae muy bien. De vez en cuando voy a visitarla y platico con ella: “¡Oh! ¿Te estás dejando crecer el cabello Fes (por alguna razón extraña, no pronuncia la T al final, a menos que se ponga seria conmigo)? ¡Pareces niño Dios!”.

En esas pláticas, siempre me dice que espera que sea un buen político o algo así. Que a la gente le hace falta y bla bla bla. Ella siempre me vio como señorito Diplomacia. Cuando los compañeros de la secundaria se metían en problemas, yo iba de conciliador (y de metiche también, ¿por qué carajos no?). Y un día me metí yo en problemas, oh si, me metí en un problemón y T-T Conciliador no se podía conciliar así mismo, ya saben…

Pero esa es una historia que no les concierne a ustedes, lo que si les puedo decir es que desde ese entonces la monja dejó de confiar en T-T Diplomacias y hasta tuvo que dar la cara por mí en la junta de padres de familia para que no me expulsaran de la secundaria.

Me tuvo agarrado de los cojones. Ajem. Creo que fue su venganza por andar yo rescatando a todo mundo.

A Sor Juana, probablemente, tengo que agradecerle mis inicios en los textos religiosos y un vago interés por la teología. Y digo mis inicios, porque el desarrollo lo tuve en el CUM.

Hace como un año que la vi también, tal vez deba prestarle una visita.

Eso es parte de lo que está plasmado en ese cuaderno azul, al que miro con cierto respeto. En sus hojas, hay recuerdos, inicios de historias incompletas (los cuentos del Avatar), viejos super héroes (Pynus Lyco y The Mago). Viejas pláticas con mis amigos. Tareas, textos, incoherencias, todo en ese viejo cuaderno azul, ya casi muerto.

Son los inicios de la persona que soy hoy.

Sin embargo, ese pasado ya está quebrado y únicamente existo yo, el que camina en el presente.

Es hora de quemar ese cuaderno.

ATT: Tito corre para alcanzar al Árbol caminante..

Mi padre, mi abuelo, o tal vez mi bisabuelo escribió en éste diario: “Los drogados, los borrachos y los pobres de mente y/o espíritu, jamás han de recuperar la magia. Aún cuándo estos se engañen, diciendose que viven: Momentos mágicos. No es culpa de ellos. No saben separar la felicidad de la magia, no saben que la felicidad está en ambas cosas (realidad y magia), un sentimiento tan banal se lo atribuyen a algo misterioso, al destino o al resultado de una cadena de eventos invisible. Igual pasa con la gente común, pero sucede más con los rehabilitados. Con los escapantes del infierno. Con los que han decidido vi-vir la vida. Con los Dor.” Me ha dejado pensando mucho tiempo, querido diario. Pensé en los niños que tanto quiero, a los que enseño. Y también los desprecio, los odio. Pero eso es culpa de mi sangre maldita. No se puede ser “hijo” de Simón Dor y esperar no ser “Simón Dor”. ¿Me entiendes?

Regresando a la magia… debo profundizar más. Algunos de mi familia la han estudiado, en sus diversas formas. La he visto comprobada en mis niños, cuando sus ojos le brillan. Es esencial fomentar la magia a su alrededor: Así sabrán querer y respetar a la magia buena. Sabrán protegerse de la magia mala. Y sobre todas las cosas, aprenderán a reconocerla. Los niños son muy importantes.

Enseñándoles la magia, evitarán ser borrachos o drogadictos. Porque la magia es caprichosa y muy cruel, igual que la realidad, sobre todo con aquellos que deciden buscarle con medios negativos. En el momento que utilizan algo para mirar colores o elefantes emborrachándose, la magia cierra sus puertas y decide no volverlas a abrir para aquellos aventureros, vividores, estúpidos. Los seres mágicos les rechazan para siempre y por siempre, presentándose traviesamente ante ellos solo para hacerles mal, sean hadas, brujas, elfos o sátiros. Respecto a los pobres de mente y/o espíritu… estos deambularán, pobres de decisión, sin vivir realidad o magia, yendo hacia donde uno los quiera llevar.

—“El Diario de Simón Dor”, Judit Dor, escribiendo como Simón Dor, por la maldición del Cuenta-Cuentos.

En algún momento, el Árbol Tsef Thaed Segundo encontró a un niño que se drogaba con cemento. Una historia muy triste, me platicó mi abuelo. Una historia muy triste.

—“El Diario de Simón Dor”, Lázaro Dor, escribiendo como Simón Dor, por la maldición del Cuenta-Cuentos. Tito corrió más calles para alcanzar al pequeño Árbol que camina y lo alcanzó porque estaba plantado. Con ojos sorprendidos se acercó a él y lo tocó, pero el pequeño árbol no respondió la caricia. Sonrió al descubrir que el Árbol tenía ojos, tenía boca, y los movía rápidamente, balbuceando sílabas que se transformaban en tropezadas incoherencias.

—¿Cómo me llamaba? —se preguntó el Árbol. Miró brevemente al niño y lo ahuyentó con las ramas—. Tenía un nombre, pero lo he olvidado. Decía Simón que me había dado el mismo nombre que mi padre, ¿Cómo se llamaba él? ¿y por qué estoy caminando? Tenía algo muy importante que hacer.

—¡Tito tito capotito! ¡Sube al cielo y pega un grito! ¿Qué es? —preguntó el niño, ignorando al Árbol. El pequeño Árbol, se rascó hojas con hojas.

—¡Un elefante! —exclamó el pequeño Árbol.

Tito se llevó a la cara su bolsa de cemento y aspiró muy fuerte.

—No tontito —dijo Tito y se rió—. Mi nombre es Tito, ¿y tú?

—Yo me llamo…

—¡Te llamarás Capotito! ¡Casi igual que yo!

El pequeño árbol se rascó hojas con hojas y pensó un segundo, sabía que el nombre no era el indicado, pero decidió quedárselo, hasta poder recordar el suyo. ¿Cómo lo había olvidado? ¿A qué hora se le deslizó de la mente la razón para caminar?

—Soy capoTiTo —dijo el pequeño árbol sonriendo—. ¿Por qué usas esa bolsa? ¿por qué está gris como tu cara?

Tito parpadeó un par de veces.

—Porque así me enseñaron mis amigos.

—¿Yo puedo hacerlo?

Tito extendió la bolsa para el Árbol, y el Árbol intentó hacerlo con las ramas. Cuando le cayó cemento en las hojas, en la corteza, en las raíces y se miró gris, no le gustó.

—Hace daño —dijo el pequeño Árbol—. No lo hagas.

El niño hizo una mueca y le arrebató la bolsa de cemento al árbol.

—No puedo dejar de hacerlo. Así no me duele.

—¿Qué te duele?

—Despertar.

—Que raro, a mi no me duele.

—Y así tampoco me duele mirar.

—¿Te duelen los ojos?

El niño se puso una mano en el pecho.

—No, más bien me duele aquí. Dicen que aquí está el corazón.

—¿Por qué no les dices a tu padre qué te lleven a un doctor? Simón iba al doctor cuando se sentía mal, excepto cuando se enfermó de cuenta-cuentos… el decía que esa enfermedad era más bien un hechizo —el Árbol hizo una mueca, creía que la palabra: “hechizo” se relacionaba a su misión.

—No tengo papás.

—¿Acaso hay dos?

Tito se rió.

—¡Claro tontito! ¡La gen-te tie-ne ma-má y pa-pá! Yo no tengo, yo nací solito. A la calle le llamo mamá o papá. Como se me ocurra. ¿Qué los árboles tampoco tienen papá o mamá como yo?

—Oh… no sé de los demás. Yo sólo tuve un padre, muy importante. Simón me puso el nombre de él. ¿Será TonTiTo? tú me llamas mucho así, aunque no me suena. Mi papá me dijo que tenía una misión muy importante.

—¿Qué es una misión?

—Un destino.

—¿Destino?

El Árbol Tsef Thaed se rascó hojas con hojas, y no tenía cierto como explicarlo. Sólo había escuchado a Simón decir esas palabras muchas veces y formó un significado de manera inconsciente, de tanto escucharles y prestarles un contexto. Se le ocurrió una idea.

—¡Un lugar a dónde caminar! —exclamó triunfante el Árbol Tsef Thaed.

—¡Bah! Si yo camino a muchos lugares todos los días, para que me den monedas, y a veces, me den comida.

—¿Cómo le haces?

—Pongo la carita así.

El niño hizo una carita de tristeza.

—Eres muy convincente.

—Claro, porque me duele aquí. Siempre.

—Pero yo tengo que ir a un lugar importante. No necesito comidas, ni alimentos, ni monedas. Solo necesito agua, sol y plantarme en la tierra de vez en cuando.

—¿A dónde tienes que ir?

—No lo sé.

—¿Cuándo llegarás?

—Tal vez mañana o en diez años, o en cien años, o en mil años.

—¡Eres el primer árbol que veo que camina! ¿No tiene la culpa la bolsa?

Tito miró su bolsa de cemento, que luego le hacía mirar cosas.

—No sé. La bolsa te hace daño.

—Pero no puedo dejarla. Se ha metido muy adentro de mí.

El niño hizo una cara de tristeza.

—No tengo monedas.

—No lo hago por las monedas.

—¿Cómo puedo pagarte?

—¡Llevándome contigo!

—¿Y tus monedas? ¿tús alimentos?

—Hay muchos grandes en las calles. ¡Dime qué sí!

—Entonces si.

—¡Gracias Capotito!

El pequeño árbol y el niño de la calle caminaron juntos, en la noche y luego en la madrugada. Hasta que salió el sol y la gente salió a las calles.