Diario de Simón Dor. Día 59.

Este post es parte de una serie, llamada “Segunda parte del diario de Simón Dor: El viaje”. Anotación 10 de 48


Querido Diario:

El Árbol de los Mil Nombres y el Niño Mago mirán el horizonte con tristeza.

Del Árbol lo entiendo, puesto que él nunca ha sabido su verdadero nombre. Una vez escuché que decían de él que era una persona muy alegre con los demás, pero por dentro muy triste. Por dentro se está muriendo de tristeza, eso dicen… yo no lo sé. La verdad estoy muy ocupado otorgando tristeza como para sentirla.

El niño mago, sin embargo, no debería ser así. Sentado en las ramas de aquel árbol, casi inmóvil y con inocencia haciendo dibujos de crayolas en el aire. Con la lentitud y paciencia que se notan en el aura de sabiduría que se carga… es un niño al que le han robado la inocencia y desesperadamente intenta recuperársela.

Debo recordarles, que probablemente soy yo el que los ha inventado para acompañarme en ésta soledad que significa mi viaje y no se apegan a los recuerdos reales. Si, esa puede ser la razón…

De noche ahora me recargo en la base del árbol que se ha plantado en la proa de mi barco y así como ellos han decidido ignorarme, les ignoro y también veo el horizonte, allá a lo lejos. Con un cigarrillo sin filtro en mis labios y la botella de tequila descansando en mi regazo (A veces, hasta consumo Coca Cola).

En una trinidad, nos acompañamos los tres y nos complementamos de una manera increíble. Es casi como correcto estar juntos, aunque ellos me ignoren y yo a ellos… así hemos de pasar, tal vez, una eternidad en mi barco.

Una eternidad de treintaiseis días con sus treintaiseis noches.