Diario de Simón Dor. Día 54.

Este post es parte de una serie, llamada “Segunda parte del diario de Simón Dor: El viaje”. Anotación 4 de 48


Querido diario:

Ya agarré la costumbre de llamarte “Querido diario”, aunque en días anteriores no lo hacía. Ya era hora, ¿no lo crees? Tal vez debiera darte a ti también un nombre. Si he osado llamar al mar con el nombre de Yunén y al barco Mojalnir, tal vez tú debieras llamarte: Apocalipsis.

Nah, demasiado malo.

Malísimo.

¿Cómo se me pudo ocurrir llamarte así?

No suena bien cuando dices: “querido apocalipsis”, aunque hay un contraste maravilloso, ¿no lo crees? ¡Oh! ¡Ya lo tengo! ¡Haz de llamarte Ragnarok!

Empezaremos de nuevo.


Querido Ragnarok:

Hoy tuve mi primera confrontación con un barco pirata mientras se daba una tempestad. Un hombre contra treinta aguerridos marineros, con dientes amarillos y pañoletas cubriéndoles el cabello graso. Fue terrible y si fuera buen narrador tal vez te platicaría como hice para vencer.

Ragnarok suena peor que Apocalipsis.

Mucho peor. Peor que los treinta piratas que abordaron éste barco el día de hoy.

Peor que las manchas de sus dientes y su aliento draconiano.

Olvidémoslo… empecemos de nuevo.


Querido Diario:

Con D mayúscula para que se sepa, que ese es su nombre único y verdadero. Hoy me atacaron treinta piratas en éste furioso mar Yunén y maté a todos y a cada uno de ellos. Si fuera narrador, describiría con precisa exáctitud como fue el que gané esta dura batalla, pero no podría mentirte. La verdad es que yo no gané la batalla.

Fue la cabeza del perro del vecino, al cual, cariñosamente, he de llamar Mindar. Ésta salió como un demonio recién nacido de las profundidades de mi barco para acudir a mi auxilio y sus dientes poderosos quebraron los huesos y comieron las carnes de todos los marineros que amenazaban mi empresa.

Bueno, de todos, excepto uno.

—Mi nombre es McGonnagal —dijo el pirata y me entregó una pistola—. Haz de necesitarla cuando el momento sea justo.

Después de ello, el pirata saltó solo al mar y se hundió en sus profundidad oscura.

Mindar regresó a su agujero en mi barco. Y la tempestad seguía azotando los mares. No se preocupen, yo también me pregunto como las lluvias todavía no han destrozado a mi querido Mojalnir.

Debe ser que yo he inventado la tempestad y probablemente, también inventé a los piratas. Yunén es mi prisión inventada y he de navegar aquí, hasta que mi invento se termine.

¿Y cuándo terminará?

Cuándo decida dejar el mito para hacerme Real. Es por eso que debo aceptar que es mi hora, la hora de viajar en el pasillo de la muerte y hacer las preguntas que he querido desde hace tanto tiempo.

Buenas noches, Diario.