Marzo 12, 2007 — Cuentos, FotoCuento.
Escrito por Agustin Fest.

Los recuerdos estan rotos. No me preguntes como. Los recuerdos estan rotos. En mi cabeza parecen imágenes de una fotografía hecha jirones y me duele mirar como se deshacen con el agua. No ha pasado nada, estoy en mi asiento, mirando una pared y adentro pasa lo que te platico: una lucha por recuperar nuestras llamadas, por darle color a las últimas fotografías restantes. No quiero hablar de lo que otros llaman desamor. Desprecio el concepto: desamor. Des-amor, des-hacer amor, des-construido, roto. Lo mismo que pasa con esa palabra, pasó con mis recuerdos, de tanto repetirlos han perdido sentido, se han hecho mierda como la cinta de una película VHS.
El desamor es una violación. Se te sube al cuerpo, aún cuando pataleas y ruegas que no lo haga. Te detiene las manos, te besa con su boca sucia, asquerosa, los dientes podridos y baja las manos para abrirte las piernas. Los recuerdos se distorsionan. Los recuerdos se rompen.
Hablar de esto con mi psicólogo no me ha hecho bien, solamente me he logrado confundir las cosas e inventarle historias nuevas y aspiracionales acerca de nuestra relación. No hay nada verdadero en mi vida, te hubiera tomado fotografías. El psicólogo me mira con los lentes ligeramente chuecos y su mano como un león con el pelaje de su barba, escondiendo su boca, mientras concateno las mentiras y creo el contexto… me pregunto si su mirada, desnuda mi alma y descubre mis inventos. He querido preguntarle, en caso de conocer la verdad, si puede platicarmela para no extrañarte de falsas maneras. Debería poder hacerlo, si le pago ochoscientos pesos la hora es justo que encuentre conexiones entre la verdad y la mentira, y recomponga así mi vida… no por el amor perdido, sino por conservar la cordura y una noción de la realidad.
Cuando te amaba, me di cuenta que todo tenía sentido y veía relaciones íntimas, nexos invisibles, que nos ligan a todos. Sin embargo, me he convencido que el amor, como el desamor, guardan la duración de una canción. Fue muy breve, una alegría muy breve que parece eterna… pero termina, igual terminará mi dolor por ti. Nada es para siempre, me lo enseñaste, es lo que le digo mi psicólogo… una de nuestras necesidades, tal vez juveniles, es la duración perpetua del amor… ¿no así, buscamos extenderlo los años posibles? Es porque… le da explicación a lo desconocido. Probablemente, esas explicaciones que encontramos a través del reflejo de otro, son mentiras… pero cuán verdad parecen mientras estamos en los brazos de otros y miramos por encima de sus hombros, o sacamos fotografías de ojos enamorados, o dormirmos juntos y compartimos incluso, la peste de nuestras bocas al despertar.
¿Es la enseñanza? ¿Encontrar la verdad sin otros? No concibo la idea que sin amor (o desamor, esa chingadera), cualquier ser humano sea capaz de modificar su percepción para encontrar las respuestas a todo. ¿Qué clase de ingenuidad se necesita? No importa, los recuerdos estan rotos. Estan deslizándose como gotas de agua por el caño… es posible, si… que eso me permita iniciar de nueva cuenta, es posible… si… que aprenda a encontrar mis respuestas sin nadie que me tome de la mano… aquí, mientras pierdo ese último recuerdo en grises, te prometo que puedo hacerlo y nunca necesitaré, ni a ti, ni a otra como tú, ni un perro, para caminar sobre esta tierra y darle un nuevo nombre a los árboles, a las plantas, a los niños y las células de piel muertas que caen con la ducha matutina.
Foto: Mariana.
Este es uno de los fotocuentos que escribo en Árbol de los Mil Nombres. Si quieres enviar una foto, antes lee: Acerca de los FotoCuentos.
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Julio 3, 2003 — El Viaje de Simón Dor, Un tal Simon Dor.
Escrito por Agustin Fest.
Día 71.
Querido Diario:
27 días / 27 noches.
Después de pasar un rato ameno con el Árbol Tsef, (creo que estamos convirtiéndonos en amigos, o al menos, eso piensa él). He ido por una de las llaves del Cuarto de Beatriz. Una de las frutas azules me nubló los sentidos y me hizo hacerlo. Eso y recordar a las mujeres. Recordar a la mujer de mi vida. La mujer muerta de mi vida. Eso hice. Fui por una de las llaves del cuarto de Beatriz (oficialmente, El Cuarto de Máquinas, dentro de éste barco) y me quedé de pie ante la puerta. De pie ante la puerta me imaginé que esta era grande y yo muy pequeño. Yo muy pequeño ante Beatriz.
Acerqué la llave al picaporte y escuché sonidos en el cuarto de la derecha, el cuarto del monolito. El Cuarto de Fest. ¿Era una advertencia o una excusa? No lo sé, traté de ignorarle pero me fue imposible.
El Árbol Tsef cerró sus ojos y entró en un estado similar al sueño, se meció suavemente con la brisa marítima. Le sentaba bien, a pesar de ser un mar inmundo y un cielo gris. Despertó al sentir algo sólido dentro de su boca, la abrió y dejó salir lo que había. Eran semillas pequeñas. El Árbol parpadeó y cerró sus ojos, concentrando su atención en esas semillas que había expulsado, éstas se movieron como una extensión de su cuerpo, metiéndose a la habitación de Simón y luego adentrándose al pasillo. Llegaron al extremo, donde se juntaban tres de los cuartos: El de Máquinas, el del Monolito y el del Laberinto. Ahí aguardaron el uso que habría de darles el Árbol. De Simón, ya no había rastro.
Guardé la llave en mi bolsillo y entré al Cuarto de Fest. En el monolito estaban escrito los siguientes mensajes: “He querido verla”. “No debí decirle”. “¿Recuerdas a Beatriz?”. “No se qué hacer”. “Tengo ganas de caer”. “Estoy brincando la zanja, la zanja, la zanja”. “No me atrevo a llamar”. “Ya no se que sigue”. “La zanja, la zanja, la zanja”. “Solo puedo existir, hasta el final”.
Los repasé tranquilamente con la mirada, sabía lo que querían decir pero yo no podía hacer nada al respecto. Suspiré y me salí del Cuarto de Fest, una mera distracción. Cuando salí, la puerta del Laberinto estaba abierta.
Los laberintos me son irresistibles, mi querido Diario. Hice mal cuando entré a este y la razón la sabrás pronto.
Me despedí del Cuarto de Máquinas con una mirada, agradeciendo mi buen juicio de no desperdiciar una llave. Entré al laberinto como un juego. ¿Cómo te lo imaginas, mi querido Diario? ¿De pasillos blancos, con luces en lugares insospechados? ¿De ladrillo rojo, marmol en los pisos y puertas metálicas? No, mi querido Diario, éste era un laberinto de niebla, donde en cada muro había imágenes representando escenas.
Escenas de personas que yo no conocía y se me hacían familiares. El lugar era una copia de aquel otro lugar del que he escuchado hablar y tal vez, ese sea el propósito de su existencia. Este laberinto, si es resuelto, me llevará al pasillo de la muerte. Las imágenes estaban estáticas, a diferencia del Pasillo, donde me han dicho que se mueven y son como espejos a otros mundos. Las imágenes del laberinto parecen como talladas en piedra, sobre la niebla gris y profunda. Un lugar muy interesante y que me gustaría analizar más profundamente, tal vez, en un futuro.
Después de todo, así llegaré a La Muerte, mi querido Diario.
Me perdí en el laberinto. Pues claro está, para eso son construidos. En el camino me encontré un hacha y la miré durante largo tiempo. ¿Qué hacía un hacha ahí? La tomé y me di la media vuelta. Escuché ruidos de algo que rodaba sobre el piso… no estaba solo dentro del laberinto, tal vez me convenía llevar el hacha después de todo.
Y me convencí más, al escuchar jadeos. Jadeos familiares. Después fueron ladridos. Bobby Mindar también estaba adentro. Me paralicé del susto. ¿Estaba aquí adentro para ayudarme o matarme? No lo sabía, no podía asegurar si la cabeza del perro había enloquecido, aunque me hubiera ayudado contra los piratas. Corrí buscando salidas. El sonido del perro y el sonido rodante se hacían más distantes o cercanos, dependiendo a donde fuese. Tuve el hacha alzada, preparado para todo.
Me tropecé, encontré el origen del sonido de los rodantes. Eran semillas puestas cuidadosamente una después de otra. El jadeo del rottweiler parecía ya estar más cerca. Me levanté rápidamente y seguí a las semillas, como hubieran hecho el estúpido de Hansel y la estúpida de Gretel si no hubieran sido cuentos de hadas… tardé en llegar a la entrada/salida del laberinto, pero lo logré. Salí y cerré la puerta.
Imagina, mi querido Diario, mi cuerpo lleno de sudor y el dolor en todas mis articulaciones. Yo no tengo la culpa de ser viejo.
Descansé un rato y luego me dirigí al Cuarto de Trofeos, ya después me iría a la cama. El rottweiler estaba adentro, con los ojos cerrados, haciéndose el dormido… o probablemente lo estaba y todo me lo inventé como una alucinación. Busqué en mis bolsillos la llave de Beatriz y no la encontré.
La he perdido en el laberinto.
He perdido una llave en el Laberinto.
No sabes cómo grité y como lloré y como golpee todo lo que estaba a mi alcance.
Restan todavía veintisiete días con sus veintisiete noches. Me he llevado el hacha a mi habitación… no quiero sorpresas nocturnas.
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Junio 10, 2003 — El Viaje de Simón Dor, Un tal Simon Dor.
Escrito por Agustin Fest.
Querido Diario:
He puesto la pistola de McGonnagal en un “salón de trofeos”, ahí estará hasta que sepa cuál será el uso que tenga que darle.
Hoy desperté llorando y con lo que me resta de su fotografía. El viento hacía un escándalo tremendo dentro de esta pequeña habitación, azotando mi humilde ventana y no he hecho más que ver este paisaje oscuro, hasta el horizonte, de agua negra y nubes grises. Swoooooosh… Swooooooosh… el agua, el mar que se mueve de manera interminable y en su murmullo carga los recuerdos.
He despertado llorando y con lo que me resta de su fotografía. El fantasma de ella está escondida entre la maquinaria del barco, haciendo ruidos fantasmales y llamándome a cada minuto: “¿Simón? ¿Dónde estás Simón?”. Ese fantasma que me persigue, que me atormenta, que me ilumina en las noches que me gustan negras hasta el cansancio. Una iluminación falsa e irreal, la pequeña desesperanza del hombre que se hace llamar esperanza de volver a verla, conocerla y sentirla. Aunque sea un énte ectoplásmico con una mantita encima y unos agujeritos haciéndose pasar por ojos.
Es así, que el segundo recuerdo que se abre paso para poder salir del mar oscuro e iniciar el viaje al pasillo de la muerte, dice así (escrito por Agustín Fest, que ha escuchado mis recuerdos desde el inicio y me ha mandado esta carta): Siguey leyendo →
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Abril 17, 2003 — Un tal Simon Dor.
Escrito por Agustin Fest.
Alguna vez, vi un unicornio. Puede que no me crean, no lo hagan, ¿qué tendría que platicarles un sénil amargado que a duras penas recuerda su infancia lo que es un unicornio? Acostumbrados al concreto, al humo gris que les reemplaza el cielo, adoran la tecnología y adoran estar sentados en esa computadora leyéndome. Ya estarán criticándome en sus adentros por ser un viejo loco que miró un unicornio.
Lo vi, un unicornio negro con un largo cuerno de plata saliendo de su frente, ese cuerno señalándome el camino, cuando movía su cabeza, la larga crin brillaba en la noche reflejando la luz del cuerno que también hacía una estela de luz en la oscuridad. ¿Saben por qué los unicornios se hacen negros? No, ¿cómo han de saberlo? A ustedes no les ha visitado el niño que transforma su cuaderno en mariposas. Maldito concreto, maldita ciudad… como cuando vivía en Jaramillo… pero esa es otra historia.
Los unicornios se hacen negros cuando se enamoran de quien no deben… y creo que éste es el más negro que he visto en mi vida. Una señal de pureza, naturaleza, virginidad oscurecida por lo que llamamos amor. Y abracé al unicornio negro, porque sigo siendo humano. En éstos últimos instantes que me quedan de vida dentro de mi vejez, quiero demostrar que todavía siento simpatía y compasión.
(Sentimientos inútiles).
Y platiqué con el unicornio, éste parecía entenderme porque me miraba en silencio. En pocas ocasiones relinchó y golpeó el suelo con las pezuñas, alzando el polvo del pavimento. Sus ojos, se hacían rojos o amarillos, dependiendo de su humor… cualquier pensaría que era un caballo satánico, venido de las profundidades del infierno… a esas personas me gustaría pedirles que dejaran la bebida. Los unicornios pueden ser todo, excepto malos.
Contamos banalidades, de la poca magia que resta en el mundo, de la carencia de amor. Le platiqué de los ratones en la luna y el unicornio me platicó del bosque escondido repleto de sauces llorones. El bosque de Fafjel, donde viven los unicornios y los centauros. Yo le escuché fascinado y le pedí que un día me invitara a entrar. Me prometió que trataría, pero que estaba prohibido que los humanos entraran.
Es nuestra culpa, demasiado concreto, demasiada basura en las calles.
Entonces, me animé a pregúntarle quien le había hecho negro. El unicornio cerró sus ojos y volteó, me dijo “Hasta luego y gracias por la plática”, se marchó.. con una estela de luz marcó una línea recta que se alejaba cada vez más de mí. Yo no le seguí, yo sólo alcé la mano y le dije adios con mis dedos.
¿De quién se enamoró el unicornio?
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Febrero 24, 2003 — Literatura.
Escrito por Agustin Fest.
Mario Bennedetti escribió este libro acerca de un tríángulo amoroso. Lo que me gusta mucho de Bennedetti y de Cortázar en Rayuela, es su descripción del amor latinoamericano, los problemas que surgen, los motivos, las introspecciones.
En fín, me gustó ¿Quién de Nosotros? es un libro divertido para leerse en dos o tres horas. Te platica el triángulo amoroso desde la perspectiva de los tres involucrados: Miguel, Alicia y Lucas. Es eficaz cambiando estilos entre uno y otro (aunque no me gustó el tratamiento de Lucas, aunque debo admitir que la idea es original).
Me recordó un poco al triángulo que se forma en Rayuela entre Talita, Traveler y Oliveira. El estilo que se usa en Miguel es similar a los juegos introspectivos que hace Horacio en algunos capítulos de Rayuela. Aunque es más afín con el libro de La Tregua, donde ambos están escritos en forma de diario.
El final, hasta eso, es una sorpresa.
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Febrero 13, 2003 — Cuentos.
Escrito por Agustin Fest.
San Valentín.
Este cuento breve, a medida de lo que escuché de Faulkner, interpreta un mismo hecho por varias personas distintas utilizando como medio básico, la introspección y la percepción en vez de diálogos y acciones. Lo poco que sé de Faulkner es que gustaba de utilizar este medio y aunque no lo aplique correctamente como él lo hizo, me sirve para experimentar.
La idea original era otra, tal vez les presente esa otra Faulkeriana eventualmente. Quise hacer un cuento cursi, tal vez la fecha marcada por la publicidad me empuja, tal vez el sencillo ardor del escritor que no puede vivir de otra cosa, más que de expresarse por letras.
Tenemos tres personajes, en memoria de Anselmo y Susana, utilizaré sus nombres, aunque no sean los mismos personajes de aquel cuento escrito en el ’99. También, he de utilizar el nombre del voluble de Luis. Son nombres que para mi pasado como escritor, han sufrido una evolución y tal vez, un crecimiento.
Aquí viene una confesión personal. Para los que se pregunten del Poder Gris, es por eso que me cuesta tanto trabajo continuarlo: no soy el mismo que era cuando lo inicié. Es casi como continuar el trabajo de un escritor por otro escritor y aunque es difícil, trato de evocar un poco el pasado y ayudarme a terminar aquella promesa.
Anselmo se presenta sin formato.
Susana se presenta en cursivas.
Y Luis ha de platicarles en negritas.
Sin más palabrería, les mando un saludo y disfrútenlo.
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Diciembre 27, 2002 — Inexistente.
Escrito por Agustin Fest.
Mueve la cabeza y mira para todas partes, en silencio se repite: “Dijiste que siempre estaríamos juntos”, en todas las formas posibles, en todos los idiomas de sonidos existentes.
Hombre o mujer
Se mece, adelante y atrás, cierra los ojos de lágrimas secas y cuando los abre, surgen lágrimas nuevas. Surge el manantial. La recuerda con los billetes en la boca y se le enrojecen los ojos, pierde cordura.
Evidentemente consternado(a)
Camina entre la gente y se abre paso, no sabe a dónde va. Dijiste que siempre estaríamos juntos. Hay música que generan los murmullos de la gente que le ve pasar, se acomoda los jirones de tela que antes les llamaba ropa.
¿Una ciudad élfica o una estación espacial?
Mil escenarios suceden, con la misma escena, entre la noche y el día, y las benditas invenciones del ser humano y las maldiciones de la naturaleza, hay tanto que contar. Le tiemblan las manos, le dice a un viejo anticuado que apague su cigarrillo, pero por supuesto… él no hace caso.
Si
Sólo camina… se repite, se repite… siempre estaríamos juntos.
¿Quién es?
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