Septiembre 1, 2003 — 1-2-3.
Escrito por Agustin Fest.
Erase una vez, que se era que allá en el antiguo mar de Yunén, o Yenén en algunos textos, decían los marineros que un hombre luchó durante cuarenta días y cuarenta noches, con los demonios del pasado, del presente y del futuro, que arrastraba inexorablemente a donde fuera en su barco Mojalnir.
Los marineros lo observaron con respeto, siempre al margen y sin deseos de intervenir, ellos sabían mejor que nadie, que con el mar se lucha sólo. Observaron gozosos, como espectadores en una lucha grecorromana, como luchó contra piratas, súcubos y la constante lluvia. Con temor miraron como una Anciana Ciega, a la cual llamaban La Tía Yemita, se subió al barco invitada por el anciano con boina.
Por un momento lo confundieron con Caronte. Hasta que descubrieron que Caronte también le seguía con una sonrisa, remando en su vieja barca y llevaba consigo tres cuervos, los tres cuervos más negros que la Muerte hubiera jamás criado.
—Estoy esperando —susurró Caronte—. Estoy esperando a que el cabrón se muera.
Y los marineros, secretamente, querían que el viejo ganara. Aunque lo miraban perdiendo.
Entonces el anciano gritó por el Eros y nació un delfín.
El delfín lo siguió fielmente, ofreciéndose en sacrificio, durante muchos días y muchas noches. Hasta que el delfín lo salvó de si mismo (y en realidad, se salvaron mutuamente, pero el anciano sería demasiado necio para aceptarlo hasta el día de su muerte).
Fue entonces, que el viejo hizo otro viaje, llevando al delfín consigo en corazón, mente y cuerpo. Una ciudad de puentes y agua. El anciano se sintió como en casa.
Una mujer, caminando entre sueños.
Como en casa se sintió…
Le ofreció sus manos y su rostro.
El sol, allá arriba, le recordó el sol del Inventor. Le hizo sudar todo el cuerpo, el aire se le metió hasta por los poros, le retorció el cuerpo desde las entrañas y le cambió la mente de una manera violenta, revolviéndole el cerebro hasta hacerlo agua.
Le ofreció su respiración y se hundió en el pozo profundo del iris.
Se dio cuenta, con una sonrisa, que el delfín saltó de su cuerpo. La mitad que correspondía al Eros. “Un hombre muy extremista”, le dijeron y era verdad.
Hambre.
Comprendió, muy adentro (donde las pasiones del hombre residen y también, sus más anhelados deseos), que los papeles habían cambiado. Debería resistir el thanatos para perseguir el eros y encontrarlo, y perderlo de nuevo… y encontrarlo… y perderlo otra vez… y encontrarlo.
Siempre ha sabido a donde quiere caminar.
Porque el delfín ha saltado… y juguetonamente, aún habiendo mil sacrificios, habría de caminar hasta encontrarlo.
Colorín, Colorado…
este cuento no ha terminado.
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Julio 27, 2003 — El Viaje de Simón Dor, Un tal Simon Dor.
Escrito por Agustin Fest.
La magia del niño me inundó los poros y la mente, de nuevo pude ver mariposas amarillas en el aire, que buscaban y luego se besaban con cuervos azules y adquirió sentido como nunca antes lo había hecho, veía los escenarios en tonalidades más brillantes y me di cuenta, ya solo faltan seis días, con sus seis noches. Salí a la proa, donde el rostro del sol me sonrió y me señaló hacia el otro lado, donde las nubes todavía eran grises y el mar de Yunén seguía contaminado. Alcé mis manos creyéndome Dios y tomé las nubes grises entre mis manos y las apreté para dispersarlas, abrí la noche con todas sus estrellas y hasta creí escuchar grillos, soy el Inventor.
El delfín saltó y dibujó su silueta a la luz de una luna completa. Esto es la magia y la magia ha cambiado mi entorno. Sin embargo, no ha completado mi destino. Ahora que soy Magia y Ciencia, Espíritu y Materia, debo preguntar a la Anciana. Soy un ser completo.
Caminé a la popa, donde busqué a la anciana y me encontré su mecedora, moviéndose sola, iluminada en azul por la luna. Caminé a la proa donde los rayos del sol le daban vida a mi barco Mojalnir y después, me metí a mi habitación. Siluetas de cuervos y mariposas parecían seguirme, me sentí mareado. Todavía no me acostumbraba. Soy Dios.
Tambaleándome en el pasillo de los Cuartos descubrí que El Cuarto de Juegos había desaparecido, el niño ha cumplido su destino. Seguían escuchándose gritos en el Cuarto de Trofeos: Yasmín todavía no ha terminado de hacer lo que hace con el súcubo. Toqué la puerta y grité el nombre de la ciega, ella no me respondió pero los gritos cesaron.
—¡Ya fue suficiente, Yasmín! ¡Es hora de que me respondas! —grité. ¿Qué me respondiera qué? Estaba confundido, la magia no acababa de adentrarse en mi sistema.
Yasmín entreabrió la puerta un poco, se veía algo de su rostro que estaba manchado en sangre, su ojo blanco de ceguera se veía siniestro y las arrugas, marcaban el espacio donde piel que no era suya, estaba ahí enterrada.
—Todavía no termino, Simón —dijo la adivina seria y cerró la puerta. Los gritos regresaron en cuanto lo hizo, busqué en los bolsillos de mi pantalón y descubrí la tercera llave de Beatriz. ¿Debía usarla? ¿Debía aceptar que todo terminara? No, Beatriz no es el fin de éste viaje… de haber sido así, entonces el Árbol Tsef Thaed no hubiera evitado que me colgara.
Hubiera muerto hace mucho tiempo, si todo fuera por Beatriz.
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Julio 7, 2003 — El Viaje de Simón Dor, Un tal Simon Dor.
Escrito por Agustin Fest.
Querido Diario:
Estoy cansado y con sueño.
Desde que perdí la llave de Beatriz, no quiero salir ya.
El Árbol Tsef ha estado llamándome.
El Niño Mago a veces me envía una mariposa, sin importar que las mate.
A veces me asomo por la ventana y miro al delfín sonriéndome.
El Cuarto de Máquinas no ha hecho ningún sonido.
Bobby Mindar está inusualmente silencioso.
El Cuarto de Fest también ha estado insinuando que le visite.
Querido diario, sólo quiero descansar ya. Dormir y no saber nada más. Espero que al abrir los ojos, me descubra finalmente ardiendo en el infierno, donde debería estar.
Veinticinco días, con sus veinticinco noches.
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Junio 27, 2003 — El Viaje de Simón Dor, Un tal Simon Dor.
Escrito por Agustin Fest.
Querido Diario:
El Cuarto de Trofeos se ha hecho más siniestro. Con los ojos del súcubo Galloria flotando en el formol y la piel del súcubo Mama Esirasaft colgando de un perchero. La cabeza del rottweiler Mindar sigue sonriendo, jadea lentamente y me mira con ojos grandes. Le sonrío de vuelta y él crece más su sonrisa… eso me hace preguntarme, ¿por qué no mejor le llamo Bob? Suena más tierno que Mindar y al menos, me daría menos miedo cuando le mire.
El esqueleto estático de metal, con los pulmones de plomo flotando dentro del tórax, parece una armadura medieval protegiendo las llaves del cuarto de Beatriz. Me he decidido a mover las llaves un poco más cerca de la entrada para no hacer el recorrido entero del museo de excentricidades que he estado construyendo. También he puesto la pistola de McGonnagal junto con las llaves. No sé si Mindar/Bob pueda enloquecer tarde o temprano y quiera atacarme.
El libro de Mama Esirasaft puede corromperse en el polvo.
He sorprendido a Yasmín gritarle al niño mago y viceversa para comunicarse. No sé porque no apelan al sentido común… al menos entiendo que la vieja no quiera pararse de su asiento, pero el niño tiene mucha energía para caminar hasta la popa. ¿Por qué no lo hace? Así no estaría soportando los gritos que se avientan el uno al otro como pedradas.
La Tía Yemita:¡A qué no puedes escribir una historia de cuándo le robé el alma a un hombre llamado Gerardo Quesada! ¡Le he dicho que podría ser inmortal siempre y cuando existiera un retrato suyo!
Niño mago:¡Pero si la he escrito abuelita Yasmín! ¡Y también escribí la historia de dos hombres, Dumas y Domingo, que eran tan amigos que se confundieron de tal forma que no sabían cuál había cometido el primer asesinato y cuál era el inocente!
Árbol de los mil nombres: Matías, Saítam, Síatma, Tsaíma
Esto se ha convertido en un circo. El único que parece comprenderme es el delfín, que recibe mi mirada con una sonrisa constante y navega luchando contra el mar contaminado para mantener el paso de mi barco. El árbol sigue vigilante de mis pasos y entre-abre sus labios para decirme algo… se contiene y después vuelve a la ley del hielo. Yo le sonrío y le saludo con mi gorra. No seré yo el que dé el primer paso.
He pensado en la teoría del omniverso que ha propuesto Fest en el monolito. Él habla de escribir todas las historias del mundo, lo cual no me parece mal. Aunque ha olvidado algo terriblemente importante, si llegara a encontrar el punto donde se conjuntan todas las historias del mundo, podría también modificarlas. No sería el Dios de un sólo universo, sino el de todos los universos.
Claro, él es joven. No ha contemplado la posibilidad de convertirse en Dios, solo un mero espectador. Un escriba que dependió de la inspiración divina.
¿Y saben dónde se encuentra eso que está buscando? ¿No lo adivinas, mi querido Diario? Yo tengo una vaga idea. En el Cuarto de los Espejos. Pero no tengo la llave y francamente no me gustan los espejos, así que me ahorraré la molestia de convertirme en Dios yo también. Es más, seré feliz si el cuarto de los espejos desaparece así como vino.
Treinta días con sus treinta noches.
He ido al cuarto de trofeos y he tomado las llaves del Cuarto de Máquinas cuando dormía. Y también dormido, caminé por el pasillo de los cuartos y estuve frente a la puerta, queriendo acomodar la llave con la torpeza del sonámbulo. Fue cuando sentí una mano áspera en mi hombro que me despertó y abrí los ojos como lunas. Estaba a punto de desperdiciar una llave.
¿Simón, dónde estás simón? —pude escuchar repetidamente, tan rápido como los latidos de mi corazón. Quería entrar, deseaba entrar, pero la mano áspera en mi hombro me detenía fuertemente. No voltée, me quede varado frente a la puerta, asombrado de la fuerte tentación que representaba mirarla de nuevo, abrazarla, quererla y sentirla. Mirarle los ojos, mirarle el cuerpo, olerla hasta embriagarme y después llorar su maldita imagen fantasmal. Llorar que no existiese y no pudiera abrazarme.
—No es hora todavía —dijo el dueño de lo que creía era una mano, de reojo pude mirar una manzana roja que colgaba de una rama seca— Simón, dime, ¿por qué Matías?
—Jaramillo —respondí—, la anciana ciega. ¿No recuerdas nada de eso?
—No.
—Antes me llamaba Matías. Sólo que lo había olvidado.
—¿Entonces tu nombre guarda relación con el mío? Te he salvado de la tentación, ahora tú sálvame del nombre falso que no me puedo quitar de la mente.
Sonreí.
—¿Estamos jugando a los favores?
El árbol me contestó con una voz áspera y sucia—: No, te estoy salvando de tí mismo. Como tú lo hubieras hecho por mí.
Me quedé pensando y voltée para encarar al árbol de los mil nombres. Le debía la verdad.
—Matías era un escritor, que creyó que podría escribir las historias del mundo y asombrar a todos con ellas. Así como Fest. ¿A Fest lo recuerdas?
—Vagamente.
—Curioso que el nombre de Fest no haya tenido ningún efecto sobre tí.
El árbol respiró lentamente. Sus labios presentaron una tristeza, como en una caricatura.
—Es el nombre que me ha marchitado y también, es el nombre más falso de todos.
Me reí.
—¿Y Simón? ¿Simón Dor? —le pregunté.
—Es el nombre más real. El nombre que más me confunde.
—Sigue jugando con los dados, árbol. No puedo ayudarte porque no me sé tu nombre.
—¿Me puedes ayudar?
Me reí de nuevo, el árbol no pareció apreciar mi gesto. Lo confundió con sarcasmo en vez de ironía. Nos miramos largamente y él comprendió.
—Gracias —dijo el árbol de los mil nombres y se fue.
Si, treinta días, con sus treinta noches.
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Junio 19, 2003 — El Viaje de Simón Dor, Enamorado, Un tal Simon Dor.
Escrito por Agustin Fest.
Querido Diario:
El delfín sigue nadando a lado de Mojalnir. ¿Debería darle un nombre?
El árbol de los mil nombres sigue marchito.
El niño mago sigue dibujando cosas en el aire y de vez en cuando, en mi Diario.
El cuarto de trofeos guarda lo siguiente:
- La pistola de McGonnagal.
- Las tres llaves que me ha dado Beatriz.
- La cabeza de Mindar.
- El alma del súcubo Galloria, guardada en un frasquito con formol. Me he quedado con sus ojos.
Hay en mi barco, un cuarto más que no puedo abrir y necesito otra llave adicional… es “El Cuarto de los Espejos”. Se me ha hecho un dato curioso y no tengo prisa en abrirlo, porque me dan miedo los espejos… cada vez que me miro en uno, encuentro un reflejo deformado de mi mismo, como “El grito” de aquella famosa pintura.
De vez en cuando, aparece un angel y sigo cargando conmigo un plumón para pintarle bigotes y siga pareciendo un reflejo monstruoso.
Reflejo-contrarreflejo. ¿Han pensado en ello? Todos nosotros, en cuanto a nuestro arte se refiere, somos el reflejo torcido de alguien más a fín de crear nuestra propia originalidad. Hay un foco de inspiración que nos guía, de manera inconsciente y cuando abrimos los ojos, nos damos cuenta que esa inspiración o chispazo que creíamos original y único, proviene de un antecesor. Un antecesor que bien podríamos ser nosotros y no serlo.
Me pregunto… ¿De quién soy reflejo? ¿O soy yo el contrarreflejo? ¿Qué imagen saldrá en el espejo? ¿La de algún escritor famoso que me ha inspirado a escribir este diario?
Reflexiones, a los treintaicuatro días y treintaicuatro noches de terminar esto.
Carta de Agustín Fest:
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Junio 17, 2003 — El Viaje de Simón Dor, Un tal Simon Dor.
Escrito por Agustin Fest.
Querido Diario:
Hoy en el estado semi-inconsciente, salí de mi cuarto a la proa de mi barco y observé que el árbol de los mil nombres estaba lleno de flores y de hojas y de frutos. Un Árbol de la vida, sencillamente, hermoso. No pude evitar sonreír y luego contagiarme de una orgía de risa por culpa del niño que estaba corriendo de un lado a otro, persiguiendo miles de mariposas amarillas.
Arbol de los mil nombres: Thurionda, Traelomio, Theor
Niño mago: Ninguno de esos es, estás confundido por lo que ves en el mar y por otras palabras. Aunque me gustó el último, ¿sabías que Theor era un centauro?
Arbol de los mil nombres: ¿En serio?
Niño mago: No tan sabio como Quirón o Cairón… era un centauro que quería ser un héroe. A Fest le dio mucho gusto inventarlo, porque era un centauro muy humano
Arbol de los mil nombres: ¿Y no me puedo quedar con ese nombre?
Niño mago: No, porque tú ya tienes uno tontito, y si no lo sigues buscando andarás por toda la eternidad
Arbol de los mil nombres: Oh…
El arbol se meció lentamente y se estremeció al escuchar la risa de Simón
Arbol de los mil nombres: ¿Se está riendo?
Niño mago: Si, y es una bonita risa… es la risa del alma, no de la mente. Lástima.
Arbol de los mil nombres: ¿Qué?
El niño mago no respondió y dibujó un delfin en el aire.
Entonces me asomé al cielo, que estaba puro… sin nubes grises ni soles triste. No, no… ¡Increible! Era el cielo azul cielo. El sol era tan intenso y el calor lo sentía en mi vieja piel como un resurrector. El mar, casi dorado, como aquella agua de los dioses que sólo podía ser bebida en la cornucopia. No podía creerlo, me arrodillé y lo miré y la risa, la maldita risa no dejaba de sonar en mi garganta. ¡El mundo era hermoso! ¡Mi cárcel era lo mejor del universo!
Arbol de los mil nombres: Estás dibujando un delfín que pronto ha de morir.
Niño mago: No, este delfín sobrevivirá… porque Simón Dor ahorita es un Inventor.
Arbol de los mil nombres: No entiendo… Tirandios, Tsofira, Tsefyalangolondos
Niño mago: Casi… casi…, aunque el tercero que dijiste… es excesivamente largo
El niño mago dibujó un delfín con sus dedos y éste, sorprendentemente, saltó a la realidad y después al mar. Me levanté apresurado y corrí al límite del barco para saludarlo con mi mano. El delfín saltó muchas veces y podía jurar que estaba sonriendo con sus millares de dientes, ¡haciendo ruidos! ¡Y yo salté de felicidad! Tan precioso todo…
Arbol de los mil nombres: Sigue riendo, me asusta.
Niño mago: A mi también, pero ya pronto ha de parar.
Arbol de los mil nombres: ¿Se está riendo de nosotros?
Niño mago: No, de él mismo… el delfín se lo ha de enseñar.
Y luego, parpadee. En un abrir y cerrar de ojos, me encontraba de nuevo en éste mar maldito de Yunén, en mi barco Mojalnir. Con el Arbol de los mil nombres marchito y el niño mago en silencio, dibujando cosas que desaparecían inmediatamente. Volví a asomarme y vi que… el delfín seguía ahí, un delfín gris y sin brillo, un delfín triste que estaba peleando contra las colillas de cigarro y los cuerpos inertes para seguirle el paso a mi barco (Y sorprendentemente, lo sigue haciendo).
Miré al niño y al árbol y les grité, les grité tanto: “¿Qué es lo que han hecho, infelices? ¡Tan sólo es un delfin! ¿Por qué tiene que pagar? ¿El qué ha hecho, soberanos hijos de puta!”.
Pero el árbol y el niño, me ignoraron.
Cada vez que miro al delfín… a pesar de lo triste que se mira su lucha contra el mar para estar al paso, me sonríe. Me sonríe como aquella alucinación y sueño que tuve.
Es malo hablar con Dios.
Creo que ya no vendrá… en estos treintaicinco días con sus treintaicinco noches que restan.
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