Noviembre 13, 2007 — Los cuervos.
Escrito por Agustin Fest.
Cuervo entró a la casa de Dios. Al pasar las enormes puertas doradas, una luz lo envolvió completo y sin querer, se sanaron sus heridas. Su pico se desacható. Sus músculos renovaron su flexibilidad. Sus pulmones procesaron el aire como si fueran nuevos. Incluso, se sintió feliz y olvidó agradecer su vida maltrecha. Cuervo alzó el vuelo, cerró los ojos y sintió un aire bendito moverle las plumas, hermosas plumas negras, que crecieron y forraron su cuerpo. Aquella cola, cuyos niños malditos habían maltratado durante su viaje, creció como la de un pavorreal. Un pensamiento minúsculo, de esos que se instalan en la parte trasera del cerebro, le molestaba—. Debías presentarte humilde ante Dios, pero él te ha quitado la humildad para que no puedas fingir.
Cuando abrió los ojos, estaba en el taller del Creador. Un cuarto café, forrado de libreros y anaqueles que guardaban sus creaciones incompletas. Olía a metal oxidado y aceite. Planos en papel viejo se apilaban sobre los burós y los restiradores, que se multiplicaban en un infinito. Un hombre, sentado en un banquito, de chalequeo de rombos y camisa rayada, le daba la espalda mientras observaba algo atentamente frente a la luz. Hacía tanto que Cuervo no pensaba en Dios. Había olvidado que este era un ingeniero. Cuervo voló lleno de ánimo, hacia a aquel hombre y aterrizó en su hombro para mirar lo que hacía. Había olvidado el propósito.
—¿Qué haces, gran Arquitecto? —preguntó Cuervo.
—Miro la madera —respondió Dios. Unos lentes hacían crecer el tamaño de sus ojos y ridiculizaban su nariz fina. Entre sus manos grandes y regordetas, jugaba un cubo de madera oscura—. ¿La ves? Mira como aún cuando logré el cubo perfecto, estas imperfecciones, pequeños deslices permanecen. Mira estas líneas onduladas que parecen darle textura aún cuando es lisa. ¿Te das cuenta?
—Me doy cuenta, gran Juguetero —respondió Cuervo—, ¿te molesta que sea así?
—No. Sólo que… me sorprende que el detalle es lo que haga este cubo perfecto. Si fuera un cubo de madera completamente liso, creerías sin duda alguna en todos mis poderes… pero si lo mantengo así, entonces dudas de mi perfección. ¿No crees?
—Si tú lo dices, gran Orador. Aunque… para creer por completo en tus poderes, tendría que mirarte hacer el cubo.
—Ahh, pero la fe mi querido Cuervo.
—No soy humano. No me puedes comprar con el discurso de la fe, gran Espantapájaros.
Dios sonrió. Miró a Cuervo, y escondió el cubo entre las manos. Cuervo le miró sonriente y astuto. Dios abrió sus manos y dentro del cubo, había otro cubo de madera que giraba, y dentro de ese cubo, apareció otro cubo más y así, el cubo contenía todos los cubos, hasta que se multiplicaban infinitamente. La madera, todas las maderas del mundo, conservaban esas imperfecciones de colores y líneas onduladas que tanto fascinaban al propio Creador.
—Sin duda, eres el primer Mago.
—¿Verdad? Ahora, mi pequeño Cuervo… debes tener una buena razón para molestarme, si no quieres que te transforme en gaviota o pollo.
—Siempre y cuando no sea paloma, Inventor Astuto.
—La paloma sería un final digno para toda tu especie.
—No quiero finales dignos, venerado Amenazador.
—¿Quieres ir al cielo?
—Hoy no, prepotente Genocida.
Dios y Cuervo permanecieron en silencio. Dios ignoró un rato a Cuervo y abandonó el cubo, en su restirador continuó analizando los planos de una máquina compleja y de aspecto terrible. Cuervo leyó en la esquina superior derecha: “El Último Cañón de la Raza Humana. Tiempo de creación: Tres Siglos”. Explicaciones venían en letras más pequeña: “Este cañón lo construirán a lo largo de tres siglos, haciendo pequeños descubrimientos cada generación. Perfección del uso de la energía hidráulica será descubierto por Greg Polopponos en Julio, 2010. La Fisión metanuclear, será descubierta por José Esquivel en 2022. Aleación de metal indestructible, descubierto por Urien Rankanov entre diciembre del 2032 y marzo 2033. La unión de todas estas piezas, la logrará un gringo por supuesto, en 2042. Su nombre no importa”. El plano contenía los datos necesarios para construir y descubrirlo todo, pero la terminología era incomprensible, a no ser que vivieras en cada uno de esos tiempos. Había más descubrimientos, pequeños inventos que ayudarían a conjugar el todo, a lo largo de todo el plano, pero Cuervo sabía que moriría antes de poder leerlos todos.
—Uno no viene a ti para soluciones mágicas, Aleccionador.
—Así es. Bien que me conoces. Entonces, ¿a qué has venido?
—Necesito una hembra para continuar mi especie, Polvo.
—¿Esa no es una solución mágica?
—No lo es, si prometo con la salud que me has dado, matar a mis hijos. Dártelos en ofrenda, Muñón de Sangre.
—¿Para qué quiero yo a tus hijos?
—Porque ellos no forman parte de tu plan. Aún cuando conoces el tiempo y el espacio, sabes que ellos se están entrometiendo y están retrasando la construcción de tu cañón. Sería más sencillo si me deshago de ellos, Incansable Viajero.
Dios asintió lentamente, miró a Cuervo de reojo y luego miró sus planos. No estaba enojado. Después de todo, Dios no se enoja, simplemente ayuda a construir máquinas destructoras para divertirse un poco cuando los humanos olvidan sus temores o una solución más rápida es inventar alguna nueva enfermedad que altere las estructuras de ADN para infertilizarlos un rato. Era cierto que los monstruos que nacieron de aquel día de orgía propiciada por los cuervos no era algo que había planeado, y esas aberraciones monstruosas estaban quitándole una diversión de centurias. Había uno o dos humanos que habían llegado hasta Él para reclamarle, pero simplemente había respondido (y algo que era irrefutable)—. ¡Ah! ¡Pero si tú sigues con vida! ¡Vete a trabajar la reconstrucción de tu pueblo, chamaco huevón! —Eso envidiaba de los cuervos, que de alguna manera, aún cuando tenían sus ciclos de autodestrucción, iban con él y pedían cosas realistas, como una hembra o una espada mágica, para arreglar sus errores. Lo que le hizo recordar.
—¿Quieres una espada mágica?
—No. No. Sólo un pico dorado, Humilde Herrero.
—Te daré a la hembra si los matas.
—Me parece justo, Juez de Jueces.
—Escúchame bien Cuervo —dijo Dios, sonriendo—. Empezaré a trabajar de nuevo en el cañón. Cambiaré fechas, inventos, descubridores, etcétera. Sabes que si no lo logras, me estarás atrasando más de lo que estoy. No es divertido hacer que las cosas aparezcan mágicamente, pero tampoco es extático cambiar un plan que lleva unos miles de años. Acepto tu oferta y tu oportunidad de redención. Tienes cinco días para hacerlo. Vete de aquí antes que pasen los cinco días sin que te des cuenta.
Cuervo voló del hombro de Dios.
—Amén… gracias, gracias de verdad.
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Octubre 13, 2007 — Los cuervos.
Escrito por Agustin Fest.
El cuervo caminó durante mucho tiempo para llegar a la casa de Dios. No fue nada fácil en su estado, sus patas le dolían, su pico achatado le molestaba y le impedía ver el camino adelante, sus alas rotas tenían el impulso natural de alzar el vuelo y cada vez que se levantaban un dolor agudo le molestaba todo el cuerpo, los fantasmas de sus hermanos estaban atados a su cola desplumada y sentía gran remordimiento. Sus hijos, los monstruos naturales, de vez en cuando pasaban a mofarse de él. También se rieron de él los espantapájaros del mundo y las palomas. Años después de caminar así por el mundo, se dijo que ese era su calvario y debía continuar el camino del sacrificio. El cuervo, un poco enloquecido, murmuraba “Gracias, gracias”, si encontraba comida o alguien le perseguía. Incluso agradecía las risas crueles, las pedradas, que le picaran con el pico de un palo, que viejitas en el parque le aventaran maíz y luego se dieran cuenta de su color negro y lo asociaran con el diablo.
De vez en vez, recogía un periódico y lo leía—. El jabalí de fuego destruyó una cuarta parte de la Ciudad de Tokyo, las naciones del mundo están al pendientes del avance de los cinco monstruos. O leía—. La madre vacía ha matado a ciento veintisiete personas arrancándoles el corazón del pecho. Ayer le atacó un tanque y no dio resultado. Estamos perdidos.
Lo que le agradaba de los humanos es que no tenían idea de los culpables (los cuervos), y aún cuando tuvieran idea, la única venganza que podrían tener, sería matarlo a él. Cuervo último de su especie. Aún si lo intentaban matar, no podrían hacerlo porque la Muerte andaba de necia y quería divertirse un rato—. Ya te dije que no te llevo —dijo carcajeándose, mientras el pobre cuervo se levantaba después que un tren lo atropellara, lo arrastrara y después lo aventara muchos kilómetros por la vereda. El cuervo se levantó aquella vez resignado, las costillas algo quebradas y sangre goteando por el pico—. Gracias eh, muchas gracias… hijo de la malparida —y agarró camino. El mismo camino de muchos años.
Llegó a la casa de Dios, después de siete años de caminar. Uno de sus asistentes le abrió la puerta y solamente con un gesto, sin dirigirle palabra alguna, lo llevó a la sala de espera. No había nadie en ella, desierta y amarilla, como si estuviera en un hospital. Miró al asistente y le pareció un hombre amable, de cachetes rechonchos y ojos pequeños. El cuervo haciendo uso de sus pocas fuerzas, dio un salto y se acomodó en una de las sillas. El asistente le trajo una almohada, se la acomodó en la espalda, le sonrió brevemente y se dirigió a uno de los tantos pasillos y puertas.
—Hey, hey… —dijo el cuervo—. ¿A qué hora me recibe el Sacrosanto Padre de Este Lugar?
—No lo sé. Hay una persona hablando con él. Llevan siete años discutiendo.
El cuervo asintió lentamente y nomás por el lujo de abrir la boca preguntó—. ¿Y crees que tarden mucho más?
El asistente se encogió de hombros. Sonrió, su nariz roja y redonda enrojeció un poco—. ¿Deseas que cure tus heridas?
—No. Si me presento así es mejor.
—Como gustes. Tengo otras cosas que hacer. Si necesitas algo, grazna fuerte.
—Eso haré. Gracias, eres muy amable… muchas gracias.
El asistente desapareció por uno de los pasillos y cuervo silbó una melodia vieja. Justo después, unas bocinas en las esquinas empezaron a cantar—. “Está en ti… siéntelo”, el cuervo abrió el pico y después se calló. Debía portarse humilde si deseaba una solución a sus problemas. Una pequeña cámara de seguridad, en el centro del techo, parecía seguir sus movimientos. El cuervo movió su pico a la derecha y después a la izquierda, y al escuchar el pequeño motor y ver las luces del aparato, confirmó lo que sospechaba. El asistente estaba más atento a él de la amabilidad que presentaba. Miró los asientos a su lado y vio que tenían un poco de polvo. Hacía mucho que nadie visitaba a Dios. Al parecer, todos le rezaban pero nadie iba a verle. —Con la música que pone, puedo entenderlo perfectamente —murmuró el cuervo, luego miró a la cámara e hizo una burla de la sonrisa amable del asistente.
Alguien le subió el volumen a la música. “Está en ti… siéntelo”.
Cuervo suspiró y cerró sus ojos negros. Pensó en sus hermanos y como los mató aquella noche por sus ansias de vivir. Sus hermanos jugando a los dados, sus hermanos recitando poesía y fumando, sus hermanos que decían: lo mejor es morir esta noche haciendo lo que más nos gusta. Atravesó sus pechos con su pico, les arrancó los ojos con las patas, les golpeó con las alas y ellos solamente reían alrededor de la cueva, reían y cuando mataba a uno, otro se le ponía enfrente para que también le matara. Cuervo abrió sus ojos. Pasó un año con ese sueño en su memoria. La misma canción sonaba en el pasillo. Polvo descansaba sobre sus alas. Las costillas y las alas habían sanado un poco, pero mal… jamás volvería a volar, jamás respiraría como antes, jamás… jamás… miró a su lado y un viejo enjuto, bien afeitado, de ojos claros y traje de cuadros esperaba junto a él.
—¿Vienes a hablar con Dios? —preguntó cuervo, mientras se acomodaba las alas sobre la panza como una señora gorda. El viejo volteó a mirarle, asintió con una sonrisa amable como la del asistente.
—Me han dicho que esta hablando con alguien más desde hace ocho años —dijo el viejo—. Llegué aquí por error, pero me gustaría hablar con él también.
Cuervo asintió—. Son pocos los humanos que llegan a este lugar.
—¿De verdad? Cuando regrese a casa le platicaré a todos mis hermanos para que escuchen sus rezos.
—No creo que jamás regreses a casa. Una vez que llegas aquí, a no ser que Él lo quiera, no hay retorno.
—Oh… había aquí un muchacho muy amable, ¿tú crees que él me enseñe el camino de vuelta?
—No. El muchacho no regresará.
—Pareces conocer más de Dios que yo.
—Sí, porque los cuervos también somos Dios.
—Hablando de cuervos, hace mucho que no veo alguno volando por los cielos.
—Es porque yo los maté a todos. Sí. Gracias… gracias, me dieron las gracias, y los maté.
El viejo guardó silencio un tanto nervioso. Ya no estaba tan sonriente. Cuervo miró a la cámara y sonrió una vez más. Cerró los ojos e imaginó que la cámara era un agujero negro, y en él, las sillas, el pasillo, las bocinas, “esta en ti siéntelo”, el viejo y su traje de cuadros, el asistente y sus rechonchos cachetes, sus alas y su pico achatado, se estiraban y se los tragaba, incluso la muerte y la chamarra negra, se los llevaba a un vacío donde no existiría nada y cualquier cosa con importancia se vería reducida a polvo de estrellas, a polvo de mierda, simplemente a polvo. Cuervo se reía porque sentía como se le estiraban los huesos, como se le deformaba grotescamente la mueca, y le parecía tan gracioso. Le parecía la oportunidad de regresar a la juventud. El comienzo perfecto, uno donde todo empezar a oscuras de nuevo, y los inventarán otra vez como lo más bello, y renegarán de ellos como lo más horrible. Un año después abrió los ojos.
Volteó a su derecha y el viejo que esperaba junto a él, era un esqueleto.
—Nadie tiene la paciencia para esperarlo —dijo cuervo al esqueleto y luego señaló la bocina—. Te comprendo, mejor que escuchar eso.
—Señor Cuervo —dijo el asistente, asomándose por uno de los pasillos. Cuervo, gordo y con las alas chuecas, saltó de su asiento—. Dios le espera.
—Lo sé. Muchas gracias, ¿eh? —siguió al asistente por el pasillo donde se había asomado. Caminaba hacia él un hombre viejo pero mucho más desaliñado, con una boina en la cabeza apenas tapándole el cabello largo y graso, y un cigarrillo en los labios, pasó junto a él sin siquiera mirarlo. El cuervo lo reconoció. “Con razón tardó tanto”, pensó. Volteó para mirar como el hombre se perdía de vista y después, casi sin darse cuenta, chocó frente a la puerta que le esperaba. Una puerta dorada y enorme, que hacía ver la sonrisa del asistente como la burla que en realidad era.
—Por favor, señor Cuervo. Le están esperando.
—Sí, sí. Gracias de nuevo. Al rato te veo —dijo Cuervo, empujó la puerta y una sonrisa enorme, y ojos pequeños, lo miraron adentrarse a lo desconocido.
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Diciembre 16, 2003 — Garabatos, Intento ser Escritor.
Escrito por Agustin Fest.

a luz anna andreani ruiz… quien le gustó este pequeño texto.
Erase una vez que se era, allá en el jardín donde vive el Árbol del Bien y el Mal, un oso de felpa escuchaba a la Niña de Todas las Preguntas hablar con el Señor de Todas las Respuestas. No comprendía nada y se desesperaba, tan sólo miraba los signos de interrogación volar de la boca de aquella que todo pregunta y el que todo lo responde, negaba respuestas con el humo de su cigarrillo y pensaba continuamente tres puntos. El oso pensaba que él no tenía ganas de responder y muy probablemente, tenía razón.
Después apareció un cuervo, quien graznó infinito y en el cielo, se vieron las estrellas como se ven en Marte.
El oso se sentó y trató de mirar las estrellas, pero era imposible hacerlo, porque el infinito seguía graznando, los tres puntos seguían humeando y las interrogaciones ocupaban todo el sonido. El oso tiró sus manos en sus rodillas, negó tristemente y suspiró, ¿qué podía hacer para mirar las estrellas?
—Tan sólo soy un oso de felpa —dijo casi en silencio, como un susurro.
Hay susurros más fuertes que un grito de muerte.
Sus palabras, con todas las letras implicadas, volaron e hicieron un espacio entre el sonido de las interrogaciones (La niña preguntona se calló la boca), se apagó el cigarrillo del silencio eterno (El señor sabiondo no pudo pensar más) y el infinito calló el pequeño graznido (el cuervo echó a volar, a la oscuridad inmensa).
Y el cielo después brilló intensamente, solamente para aquel oso de felpa.

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Septiembre 4, 2003 — Cuentos.
Escrito por Agustin Fest.
Estaba allí en aquella casa sombría y oscura hasta que sintió su presencia. Podría olerse cada poro como si tuviera vida propia. Podría sentirse cada fibra de sus ropas. Podría tocarse cada centímetro de su piel. Esa capacidad de percepción era mejor que el sexo definitivamente. Era el poder de sentir la vida donde no existía y cuando ni siquiera poseías tus ojos para poder ver la creación.
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