Confianza regalada.

Este post es parte de una serie, llamada “Fotocuentos”. Anotación 60 de 60


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Este es el regalo que le ibas a dar a tu amante. No fuiste muy cuidadoso esta vez. Lo saqué del saco, después que llegaste ahogado de borracho, me senté en el sillón de la salita y leí la carta que venía con el empaque. ¿Dos años ya? Pero si nos casamos hace tres. Yo creí que era más reciente. Fue el tiempo que llevas con ella quien te hizo descuidado y flojo. Me contentaba asumir que era algo pasajero pero ahora descubro que no tardaste mucho en faltarme el respeto. Quería esperar a los cinco años de casados para darte una sorpresa y decirte, estúpida por la alegría, que mi madre no tenía razón. De tu traición es lo que más me enoja: Darle la razón a mi madre. ¿Te acuerdas como nos burlábamos de sus sospechas? ¿O es que era la única que se burlaba?

No te di lo mejor de mi. Haciendo un buen trabajo interno, conozco todas mis fallas y mis defectos. No he querido darte un hijo por temor a ponerme gorda. No compramos comida chatarra porque deseábamos vivir muchos años juntos. Sí. Tal vez me excedí un par de veces con la limpieza y restringir el uso de la televisión a dos, o tres horas diarias. Insistí con una sirvienta para cuidarme el cuerpo, no amargarme con la limpieza, la cocina, etcétera y así me tuvieras accesible la mayor parte del tiempo. Sé que no te caen bien mis amigas, pero por eso las veía el viernes, que siempre salías con tus amigos. Para darte tu espacio, supuse, y yo también tener una vida propia… nuestro espacio y nuestros secretos. Ahora me sales con que le compraste el regalito a otra vieja, cuando a mí no me has comprado ni unas medias para abusar de ellas en la intimidad desde hace un años. Muy bien.

Mira, que a pesar de parecer una inútil para ti y que mis labores sociales te sean como un granito en el zapato, quiero que sepas que sé lo básico de un ama de casa. Para eso me entrené y tal vez es tarde para que lo sepas, pero estoy perfectamente preparada para cualquier situación. No soy estúpida, estudié muy bien mis tijeritas y papelitos uno, dos y tres. Me voy a llevar en el colguije y en la caja te dejo dos anillos: el de matrimonio y el de compromiso. No me da curiosidad saber que cara vas a poner tú y que cara va a poner la vieja, no señor, te lo repito y te lo dije casi el mismo día que nos conocimos—. Lo que me purga, de verdad, es darle la razón a mi mamá.

Foto: Mono.

Este cuento forma parte de los fotocuentos que estaré escribiendo en este blog. Si quieres formar parte o enviar una foto, revisa este post: Acerca de los FotoCuentos. Si quieres leer los que llevo a la fecha, entra a la categoría de FotoCuento.

El último cuervo.

El cuervo, en su soledad, olvidó los tres puntos y como quebrar las líneas. Cuando estaba con sus hermanos era más fácil. Entre todos observaban el mundo, se reían de él y procedían a mancharlo con sus alas, sus graznidos, sus ojos traviesos. ¿Pero por qué ya no tenía hermanos? —Oh —dijo en voz baja—, yo maté a los últimos. Les enterró en la misma cueva donde se escondían, y esperaban la muerte mientras recitaban poesía, bebían y fumaban. Jugaban antes de morir.

Ya habían pasado tres años, viviendo de su humor pestilente y algunas lágrimas de medio día. Se comió primero los gusanos que nacieron del cuerpo de sus hermanos y dependía de un pequeño manzano que sentía lástima por él y le ofrecía sus manzanas gustoso para que comiera. El cuervo estaba solo, aún cuando era el más joven parecía el más viejo. El cuervo no tenía con quien jugar. Se asomaba por la boca de la cueva, para que le golpeara un poco el sol y admiraba sus alaz de ceniza y polvo. Daba al manzano los buenos días por educación y luego se volvía a esconder. No quería nada que ver con el mundo.

El manzano le contaba a veces de sus hijos mientras él guardaba silencio. El cuervo tenía cinco hijos: el jabalí de fuego, el ruiseñor de agua, el delfín de la tierra, el árbol de aire y la madre vacía. Fenómenos monstruosos que hacían destrozos y que ya eran adorados por la humanidad como dioses. Tres años con el mismo problema, que simplemente crecía y adquiría fuerza con cada día. El problema ya había echado raíces y se había adueñado del mundo. El cuervo, cuando su consciencia estaba de rebelde, pensaba que el genocidio de sus hermanos había sido en vano e inmediatamente después se lamía las heridas, pensando que nunca tendría la fortaleza que tuvo aquella noche donde mató a los sobrevivientes. El cuervo, es y será, siempre su peor enemigo. Es esa consciencia la que los ha permitido vivir a lo largo de los años.

Otro día se asomó y miró, indiferente, como el jabalí de fuego quemó su manzano.

—Gracias —gritó el cuervo malhumorado mientras el jabalí de fuego corría hacia el horizonte—, gracias.

Escuchó al manzano gritarle: “Pensé que éramos amigos, ¡Haz algo!”, mientras se reflejaba su madera en llamas en los negros ojos del cuervo, de alas de ceniza y corazón muerto. El cuervo simplemente respondió: “Los cuervos sólo somos amigos de los cuervos” y se metió a su cueva. El manzano le dijo alguna vez que a sus hijos no les interesaba matarle ya porque era uno solo y sabían lo patético y destruído que estaba. Así que el cuervo, tres años después de sus ansias y su temor a la muerte, mejor decidió suicidarse. Como era poco práctico y sofisticado, lo que hizo fue romperse las alas y tirarse por la boca de la cueva, caer como unos tres metros al vacío y a ver que pasaba.

Después de golpear el piso y achatarse el pico, alzó la mirada y miró que aún estaba vivo. Le dolía todo, un ardor que estremecía cada una de sus extremidades, pero estaba vivo. El hombre de jeans y chamarra negra, con la capucha puesta, estaba frente a él.

—Estoy vivo —dijo el cuervo, evidentemente frustrado.

—Sí, sí que lo estas —respondió el hombre de chamarra negra.

—Pero si me acabo de suicidar.

—Eso hiciste.

—Es aquí dónde se supone que tú me llevas a una vida mejor.

—Se supone.

—¿Y luego?

—Pues no quiero.

—Oh, muy bien. Gracias ¿eh? Muchas gracias.

El hombre de chamarra se encogió de hombros.

—La verdad no puedo llevarte porque gracias a tus hijos mal educados tengo mucho trabajo.

—Ah… Así que decidiste hacer enseñarme una lección. Ya veo.

—Eso, y qué la verdad la distancia de la que te tiraste no provoca la muerte.

El cuervo escupió sangre. Parecía que se había quebrado algo.

—¿De verdad?

—Sí, pero como quebraste tus alas, no creo que puedas intentarlo de nuevo.

—Puedes arreglarlas.

—Sí, pero no se me antoja.

El cuervo asintió indiferente, con su pico chato y sus alas quebradas. Después de un gran esfuerzo que el hombre de chamarra negro miró divertido, logró ponerse en pie. El hombre lo siguió con la cabeza, como el cuervo agarró camino y se fue a algún lugar, cuando el cuervo desapareció de su vista, tronó los dedos (siempre había querido tronarlos) e hizo lo mismo. El cuervo caminó un largo trecho, donde un par de niños traviesos le arrancaron las plumas de la cola y un perro intentó orinarle encima. Sin embargo, el sol de otoño y las hojas secas que se escapaban con los árboles, le hizo pensar que otros estarían teniendo un excelente día. Si caminaba lo suficiente, llegaría a una carretera donde un trailer podría atropellarle y entonces tendría un día tan hermoso como ellos.

Pero pasó algo. Lo que usualmente pasa con las caminatas.

Se puso a pensar.

Se le ocurrió la más loca de las teorías: Los cuervos nunca pensamos individualmente porque siempre estuvimos volando juntos, ¿será por eso que los hombres son tan promiscuos con la idea de la individualidad? ¿porque se dedican a caminar? Los cuervos nunca pensamos en banalidades, siempre estuvimos cerca de la banalidad, del aire y del cielo. Siempre estuvimos arriba de todos los demás. Pero la individualidad de los hombres, ¿es realmente individualidad? ¿Quiere decir, qué soy un hombre porque ya puedo caminar? ¿Querré comprarme ropa de marca y coches iguales a los otros para ser como los demás?

El cuervo no pensaba bien. Estaba caminando. Cuando se dio cuenta de eso, se detuvo y murmuró—. Gracias, gracias —la idea de suicidarse, con cada paso, le parecía aburrida. Debía hacer otra cosa. Al menos vengar a sus hermanos, matar a sus hijos y procrear otra vez. Seguro que con eso, no vendría la muerte a mofarse otra vez de él y se lo llevaría a un lugar mejor. Algo que no había olvidado el cuervo, después de todo, es que las cosas se hacían siempre para su beneficio personal, incluso salvar al mundo. Sólo que había un pequeño problemita: No había más cuervas para procrear agusto.

—Es hora de tener una audiencia —dijo el cuervo convencido—. Es hora de hablar con Dios. Gracias, ¿eh? Sí, muchas gracias. Lo que me faltaba.

Mil Historias.

La lectura de Octavio Paz es un refugio, y me extraña, porque no me encanta lo que he leído de sus ensayos. Siento que desprecia la prosa, siento que poetiza su prosa para no aprisionar las palabras y para regresarlas al orígen y darles su verdadero significado. ¿Cómo puede un hombre, que parece despreciar la prosa, escribirla? ¿O será que mi lectura es así? No lo sé, hasta no terminarlo descubriré toda la verdad, ja. Me confunde, y me agrada, tanta referencia al Tao para referirse a la poesía, a los símbolos, a la lengua, a la verdad. La verdad parece lo más importante estos días. La verdad, me parece sinónimo de encontrar el propósito, andar el camino que se supone es nuestro. Tú eres Tao, yo soy Tao, la mierda es Tao, la Coca Cola es Tao, el cielo es el Tao, y el Tao es el verdadero Tao. C’est la vie.

Continúo escribiendo una larga historia, una historia carente de final y de propósito. Malo. Porque una historia es un momento contenido dentro de sí mismo. En teoría, todo se tiene que resolver en el cuento y no dejar al lector la insatisfacción que viene con el final abierto. ¿Qué pasa si decido no darle final? Llegará un momento en que los caminos me confundan, pero también pienso divertido, que llegará un momento dónde simplemente continúe escribiendo los caminos como si fueran una historia completamente nueva. Me he sorprendido pensando—. ¿Qué tal si son universos paralelos y llega un punto dónde el personaje puede ver otros, pueda transformarse en otros? Lo dicho: Cien vidas de nuevo, Historias de Jaramillo de nuevo. Revisé mis estructuras y pensé: ¿Por qué quiero contener las mil historias y dejo que sigan su propio curso? Lo único que he respetado son los tres párrafos por cada segmento. No más, no menos. Tal vez una línea para introducir lo que sigue.

No he querido liberar la historia y decirles dónde esta escribiéndose porque no he terminado ningún camino. No siento que esté presentable. El propósito es terminar al menos de dos a cuatro y luego avisar donde esta. Me gustaría que nunca terminara, me gustaría escribirla hasta la muerte. Sueños ridículos que tiene un escritor. Igual tengo mucho trabajo esta semana y lo agradezco, me permitirá tener la mente ocupada. Entre más cosas tenga, más pienso, más escribo, más me siento vivo.

Construyendo verdaderos escritores…

…a través de un blog.

Esto es de verdad, y lo que se debe hacer, cuando se escribe un cuento en un blog: Tallar el cuento, trabajarlo si la idea vale la pena, buscar otros enfoques y reescribirlo todo de ser necesario. La pronta publicación que permite un sistema blog, muchas veces da la falsa ilusión de un proyecto final. Yo, por lo general, sólo escribo borradores aquí. Más tarde, cuando me permito un tiempo y me exijo disciplina, trabajo algún texto que tengo en la cabeza. Muchas de las novelas inconclusas, las tengo aparte para revisar palabras, capítulos, eventos y situaciones. Con los cuentos, suelo arreglar redacción y eliminar los cabos sueltos. Sin embargo, ese es mi proceso de trabajar (literariamente).

Algo muy interesante y que se debe reconocer en Caza de Letras, además de sus excelentes propuestas para los ejercicios creativos, es como han invitado a los cuatro últimos participantes a escribir el último cuento y trabajarlo en distintas etapas. La verdad, guardo mis comentarios, porque todos ellos tienen bastantes ya de por sí, y supongo que tienen mucha presión encima. Sin embargo, como lector, uno puede ser testigo de este proceso y aprender de él.

Los cuatro cuentos finales, los pueden encontrar aquí.

  • Ajo Kano. Dos versiones del mismo cuento. Yo, y ella. Trabaja las dos por separado. El cuento adquiere dinamismo cuando se separan las estructuras, pero puede dar la ilusión de estar escribiendo dos cuentos en vez de uno. Juega con una propuesta oriental. Tomar nota de como maneja las dos voces para cada una de las estructuras de su cuento. Sería bueno, como lector, investigar la terminología oriental y saber si el escritor nos inventa, o realmente sabe de lo que habla. ¿Nos engaña lo suficientemente bien?

  • Barrita de Mandarina. Párrafos largos. Los diálogos contenidos dentro de la narración. Notar las voces que se utilizan, por qué. Utiliza puntos, más que comas. ¿Se acuerdan que hablaba de la progresión? ¿Funciona en este caso? ¿Ayuda la posición de los puntos y los párrafos sin separación de diálogo, a que el cuento sea más comprensible, o al contrario? En caso de qué no, ¿sirve al propósito de la historia el aglutinamiento?

  • Kusco. El cuento, viéndolo por encima, es clásico en su estructura: Primer párrafo sin sangría y los demás sí. Los guiones para separar los diálogos. Un cuento mexicano, por las costumbres y las menciones religiosas. ¿Es el cuento de alguna región en especial? ¿Se nota que es de esa región? La religión siempre es importante en un cuento, porque puede incluir símbolos adaptados de la Biblia. ¿Este cuento los incluye? ¿o simplemente es un reflejo entre la sociedad y su culto? Ciertos términos se repiten a lo largo del cuento, ¿por qué? ¿Son importantes para el cuento? ¿Es vital que como lector, los llevemos hasta el final?

  • Falanja. Aquí la religión cobra otro enfoque diferente al de Kusco. Una especie de fervor religioso (católico), ¿tal vez ascético? ¿O no se separa tanto de lo que escribió Kusco? También, es de notarse la separación del cuento en varios capitulitos. A diferencia del cuento de Ajo Kano, que solamente divide en dos su estructura y avisa al léctor qué puede esperar de las estructuras, este cuento simplemente separa en imágenes y sucesos. ¿Por qué? Notar el uso de los adjetivos. ¿Cómo usan los adjetivos los otros escritores, a Falanja? La inclusión de la foto y los versos del poema qué completan el cuento, ¿son necesarios? ¿qué aportan? ¿le dan más fuerza o lo debilitan? Cuando un escritor utiliza el trabajo de otro para su texto de manera tan abierta, es porque quiere decirnos algo. Un buen escritor no escoge versos para su cuento al azar, por lo general hay un trasfondo. Tal vez sería buena idea buscar el poema original, leerlo completo, y hacer una relectura del cuento. ¿Cambia? ¿El poema y el cuento, guardan una relación completa?

Esas son las preguntas que puedo ofrecer como lector, a otros lectores, para que revisen los cuentos y den sus aportes a los escritores que llegaron a la final. Felicidades a todos (si se topan por este post) y mucha suerte.

Todos los poderes.

Este post es parte de una serie, llamada “Fotocuentos”. Anotación 54 de 60


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Tenemos una cita no declarada, todos los jueves, a las diez de la mañana. A veces ellos se presentan, a veces yo falto, y nuestra relación es tan buena que no tenemos el valor para reprocharnos. Así es la cosa cuando te da pena hablar y confesarles lo que te pasa por la cabeza. El contexto. Mejor abres un libro y los miras de reojo para aprenderte sus rasgos, para descubrir porque se quieren tanto. Mis jueves son muy productivos. He leído más libros este año que mis otros veinticino. Cometí el atrevimiento de leer las novelas de Dostoievski y algunas de García Márquez. Son unos librotes enormes y bueno, las chavitas del café se me quedan mirando porque creen que soy inteligente por leer libros. Empiezo a entender que la inteligencia viene cargando un libro en la mano y de alguna manera, es llamativo para ellas. ¿Pero a la pareja, qué imagen les daré? A dos mesas de ellos, leyendo, mirándolos de repente… nunca me han cachado. A no ser que la mujer sea muy discreta en su reconocimiento. Puede ser que el poder del hombre sea pretender y el de la mujer esconder. Pensamientos extraños que tiene uno cuando se pone a leer.

Suelen ser muy cariñosos. Él debe tener unos diez o quince años más que ella. Probablemente él leyó mucho y sabe hablar para enamorar a las mujeres. No le he visto con otra, sólo con ella, todos los jueves. ¿Y si ella es la amante, o la segunda esposa? Porque no se parece nada a la foto de la mujer que traigo en la cartera. O la vejez es muy dura, o se pintó el cabello, o cambiaron sus ojos. Pasa que cuando cambian los ojos ya no reconoces a las personas. Debería cerrar el libro de Dostoievski y sólo mirar por la ventana, si, creo que es lo mejor, porque sigo pensando demasiado. Tal vez es hora de acercarme a ellos y confiarles el contexto. Nunca es coincidencia que dos personas se encuentren todos los jueves, tomando café por las mañanas. Lo mío no es coincidencia. Lo supe porque él tiene un blog y puso su nombre completo: “Tribulaciones de Antonio Frías, un viejito de ochenta por la ciudad”. Así se llama. Leyéndolo, y descubriendo su cuidado para la ortografía, su bagaje de palabras, desde ese momento pensé que ese hombre había leído toda su vida.

¿Uno aprende a leer para enamorar a las mujeres? Mi madre me dijo alguna vez—. ¿Te gustaría escribirle una carta de amor a una mujer con faltas de ortografía? —Desde entonces no me lo quito de la cabeza, y aunque soy malo para los acentos, trato de ponerlos. Estos últimos años me he vuelto más quisquilloso todavía. La última vez, descubrí a una mujer escribiendo en su libreta: “Todabia estoy triste y kiero ke me abrazes”, en el camión. Sentí como la despreciaba gradualmente hasta el repudio, y pensaba en voz bajita la pregunta de mi madre. Me sentí culpable con esos pensamientos, pero no podía negarlo, me provocó asco. Y no era fea. Muy raro… cosas que pasan cuando empiezas a leer. Alguna vez leí en el blog de Antonio Frías que sus papás le enseñaron a leer desde los tres años y así se la siguió, hasta la docencia y doctorados, leyendo y leyendo. Es un gran hombre.

Ella le toca la cara, se la acaricia con el dorso. ¿Todavía cogerán? He visto en la tele que a los viejitos les gusta presumir que son muy saludables sexualmente, y luego esta el viagra. Tengo miedo que cuando tenga ochenta años ya no se me pare. Imaginen el pavor que me provoca imaginar mi futura impotencia a los cincuenta. Eso lo leí en otro libro, uno de Marcos Aguinís, donde un hombre se quedaba imponente y le pasaban muchas cosas a raíz de eso. Pero su impotencia era de la cabeza, ¿saben?, de la cabeza… porque con una prostituta el hombre si pudo coger. Resulta que se sentía culpable, por algo del amor de su vida y su esposa, y otra serie de cosas. La culpabilidad es un poder para hombres y mujeres, que se mueve como una bolita que empujan los unos a los otros. De sexo a sexo. Sí, yo creo que cogen. Es mejor pensar en eso por mi bienestar. La mirada de ella es amable, es tierna… es… ¿culpable? No me gusta leer, me pregunto mucho.

Tengo en la cartera una fotografía de Antonio cuando tenía mi edad. Tenía más cabello, barba y una enorme sonrisa. ¿Habrá sido antes o después de…? Um, piden la cuenta y se las traen. Dejan el dinero en la mesa como siempre. No estoy leyendo esta vez, y él me mira, cruzamos la mirada. Me sonríe, como se le sonríe a un extraño. Este jueves me he tardado demasiado, como todos los otros jueves. Le correspondo con un asentimiento. Sí, ya me han mirado antes, ya nos reconocemos un poquito más. Ella igual me mira, y se le borra un poquito la sonrisa amable. Todo se cruza, los caminos se bifurcan, se contraen, se traslapan… odio leer, porque he aprendido muchas cosas… pero se me sigue haciendo tarde, nunca me he animado a levantarme de mi asiento, mostrarle la foto y confesarle que soy su hijo.


Foto: Alice.

Este es uno de los fotocuentos que escribo en Árbol de los Mil Nombres. Si quieres enviar una foto, antes lee: Acerca de los FotoCuentos.

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Más de una foto es bienvenida. Si ya mandaste una y quieres repetir, adelante. Si eres una nena y quieres enviar una fotografía de tus piernas, mucho mejor :)

Enorme sonrisa.

Este post es parte de una serie, llamada “Fotocuentos”. Anotación 52 de 60


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Cuando en la mañana, me avisaron que mi suegra había muerto, tuve que tomar una fotografía de la sonrisa más honesta que he tenido en algunos años.

Foto: La Shelle.

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Des-a-mor.

Este post es parte de una serie, llamada “Fotocuentos”. Anotación 51 de 60


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Los recuerdos estan rotos. No me preguntes como. Los recuerdos estan rotos. En mi cabeza parecen imágenes de una fotografía hecha jirones y me duele mirar como se deshacen con el agua. No ha pasado nada, estoy en mi asiento, mirando una pared y adentro pasa lo que te platico: una lucha por recuperar nuestras llamadas, por darle color a las últimas fotografías restantes. No quiero hablar de lo que otros llaman desamor. Desprecio el concepto: desamor. Des-amor, des-hacer amor, des-construido, roto. Lo mismo que pasa con esa palabra, pasó con mis recuerdos, de tanto repetirlos han perdido sentido, se han hecho mierda como la cinta de una película VHS.

El desamor es una violación. Se te sube al cuerpo, aún cuando pataleas y ruegas que no lo haga. Te detiene las manos, te besa con su boca sucia, asquerosa, los dientes podridos y baja las manos para abrirte las piernas. Los recuerdos se distorsionan. Los recuerdos se rompen.

Hablar de esto con mi psicólogo no me ha hecho bien, solamente me he logrado confundir las cosas e inventarle historias nuevas y aspiracionales acerca de nuestra relación. No hay nada verdadero en mi vida, te hubiera tomado fotografías. El psicólogo me mira con los lentes ligeramente chuecos y su mano como un león con el pelaje de su barba, escondiendo su boca, mientras concateno las mentiras y creo el contexto… me pregunto si su mirada, desnuda mi alma y descubre mis inventos. He querido preguntarle, en caso de conocer la verdad, si puede platicarmela para no extrañarte de falsas maneras. Debería poder hacerlo, si le pago ochoscientos pesos la hora es justo que encuentre conexiones entre la verdad y la mentira, y recomponga así mi vida… no por el amor perdido, sino por conservar la cordura y una noción de la realidad.

Cuando te amaba, me di cuenta que todo tenía sentido y veía relaciones íntimas, nexos invisibles, que nos ligan a todos. Sin embargo, me he convencido que el amor, como el desamor, guardan la duración de una canción. Fue muy breve, una alegría muy breve que parece eterna… pero termina, igual terminará mi dolor por ti. Nada es para siempre, me lo enseñaste, es lo que le digo mi psicólogo… una de nuestras necesidades, tal vez juveniles, es la duración perpetua del amor… ¿no así, buscamos extenderlo los años posibles? Es porque… le da explicación a lo desconocido. Probablemente, esas explicaciones que encontramos a través del reflejo de otro, son mentiras… pero cuán verdad parecen mientras estamos en los brazos de otros y miramos por encima de sus hombros, o sacamos fotografías de ojos enamorados, o dormirmos juntos y compartimos incluso, la peste de nuestras bocas al despertar.

¿Es la enseñanza? ¿Encontrar la verdad sin otros? No concibo la idea que sin amor (o desamor, esa chingadera), cualquier ser humano sea capaz de modificar su percepción para encontrar las respuestas a todo. ¿Qué clase de ingenuidad se necesita? No importa, los recuerdos estan rotos. Estan deslizándose como gotas de agua por el caño… es posible, si… que eso me permita iniciar de nueva cuenta, es posible… si… que aprenda a encontrar mis respuestas sin nadie que me tome de la mano… aquí, mientras pierdo ese último recuerdo en grises, te prometo que puedo hacerlo y nunca necesitaré, ni a ti, ni a otra como tú, ni un perro, para caminar sobre esta tierra y darle un nuevo nombre a los árboles, a las plantas, a los niños y las células de piel muertas que caen con la ducha matutina.


Foto: Mariana.

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