[Heber Dor - Cuento] La realidad dentro del mito

La Muerte, el dios-Hombre supo que no fue el primero cuando lo miró. Ahí estaba él, hundido en la oscuridad, un viejo de toga blanca con un libro en el regazo y una pluma celestial, escribiendo todo lo que sucedía. Y parecía que cada vez que hacía algo, podía escuchar las letras escritas en el libro dictando lo hecho. Fue cuando a la Muerte, el dios-Hombre, le asaltó una duda existencial de esas que no tiene muy a menudo: ¿Hacía las cosas y el libro las portaba? ¿O se escribía en el libro y entonces lo hacía?

Todas las respuestas, entonces, penetraron su cuerpo y su mente. Ahora recordaba quien era, quien fue y quien sería. Aceptó gustoso el destino y asintió, hacia el primer Cuenta-Cuentos. Hacía mil vidas había dejado la rebeldía de lado, hacía mil vidas que descubrió de la mala manera que era un títere de otro, hacía mil vidas se había resignado. Él tenía todas las respuestas y era simplificada en una sola: No puedo hacer más, porque ya está escrito.

La vieja ciega no descubrió al Cuenta-Cuentos, para ella estaba prohibido. Para la vieja ciega La Muerte seguía siendo el primero, el único e indiscutible señor de todo. La Muerte le observó y recordó todo el pasado de la vieja y qué hacía ahí. Sin embargo, no podía decirle nada y no debía darle las respuestas que ella tanto esperaba. Mil vidas que ha repetido para cuidarle y protegerle, para enseñarle el camino. Y no podía salvarla. Era ella la esperanza de todo humano y de él en sí. Porque era la anciana ciega la única loca y estúpida, la única con la fuerza suficiente, para desafiar lo que ya estaba escrito. En ella depositaba sus esperanzas.

Y lamentablemente, para hacerlo así, no debía darle ninguna respuesta para tranquilizar su alma.

Jamás.

Los dioses observaban desde Jenué al dios-Hombre alzar sus brazos y con sus puños tomar la oscuridad y la luz. La vieja ciega lo aprobó silenciosamente. Fue en una esfera de eter, magia y la realidad de las letras, que la Tierra fue creada. Fue así, con el soplo divinal del dios-Hombre, que creó los otros mundos cuales fueron esparcidos por todo el universo como burbujas de jabón. Explotaron uno tras otro y El Señor de Todas las Respuestas, ordenó a cada cuervo a observar cada mundo.

Sus cuervos, sus ojos.

Con los dedos moviéndose como un músico, decidió por lo que ya estaba escrito, a cuales debía darles vida y cuales no. Finos hilos de gravedad atravesaron el universo (y así, con los vestigios de los hilos, fueron creadas las estrellas) y a la Muerte a cada uno le dio un nombre, una vida y un propósito.

—Creado está el Universo, mi venerable señor —dijo la ciega, quien prendió un nuevo cigarrillo y sonrió dulcemente.

Sonaba como un eco insoportable, el Hombre que Escribe, hundido en la oscuridad y escribiendo en el libro. Mil vidas de soportarlo y aún no se acostumbraba, se dijo La Muerte. Miró a la ciega y le abrazó, en ella depositaba todas sus esperanzas.

—Es hora de crear al primer hombre y a la primera mujer.

—Todavía no, Yasmín.

—Siempre respondes eso —dijo Yasmín asombrada— En este exacto momento, en todas las vidas excepto la uno. Siempre me dices que no… y puedo adivinar lo que dirás después.

—Primero hay que divertirnos —dijo el dios-Hombre y Yasmín sonrió confundida.

—A estas alturas, siempre sabes mi nombre. ¿Por qué?

—No lo sé… los recuerdos vienen poco a poco.

Yasmín suspiró. La misma mentira de mil vidas. Bajaron juntos a la Tierra. Se quedaron en silencio durante siglos y miraron a los dinosaurios, enseñar al mundo el don de la supervivencia.


Heber Dor. Décimo Segundo del Cuenta Cuentos de los Muertos.

[Heber Dor - Ficción] El campo de los que aún no nacen.

Ilusiones. Se hizo de ilusiones, pensó triste. Se acercó más a la gran carpa y los colores estaban opacos y llenos de tierra. El olor a animales, pareció nunca haber existido y sólo fue una invención de su mente. Se quitó los zapatos, ya rotos de tanto caminar y prefirió andar con los pies desnudos. Extrañamente, era cómodo y fresco, a pesar del calor que le estaba obligando a sudar. Es que no estaba en ningún lugar, se dijo, y todo podía suceder.

Como el circo muerto en el que estaba ahora. Alzó la vista y encontró un letrero que decía: “Circo de los hermanos Arlequín”, letras rojas y grabadas en madera. Brillando intensamente, con vida propia, a diferencia del circo. Caminó alrededor de la carpa, había puestos de madera viejos y consumidos, papeles tirados avisando de las nuevas funciones, jaulas deshechas que habían pertenecido a los animales, telas de colores opacadas por el tiempo y en el aire, música vieja penetraba sus oídos.

—Es que no tienes ojos para vernos —dijo una voz. Heber se despertó de un sopor ocasionado por el calor y el circo fantasma, giró el cuello para ver quien le hablaba y descubrió a nadie.

—Y tampoco perteneces aquí —escuchó Heber, volteó de nuevo, seguía sin haber nadie—. Tú eres el hijo de Dor de los muertos, ¿qué haces aquí?

—Vine porque quería divertirme.

—Eres Heber y vives por los muertos. Sin embargo, tendrás dos bisnietos, uno será Zohet y el otro Obed. Ellos podrán venir aquí cuando quieran. Ahora márchate hijo de Dor, toma mi mano…

Dicho esto, vio a una niña que se le hacía familiar. Una imagen translucida, sin emoción alguna, le ofreció la mano. Heber la aceptó dudoso y al tocarla, sintió un calor intenso. Cerró los ojos y apretó los dientes, la piel se le estaba quemando. No pudo contenerse más y gritó.

Con el grito, desapareció el circo y al abrir los ojos, Heber Dor se encontraba en un gran campo de trigo cuyas puntas poseían luces. Muy próximo a él, descubrió a un caballo enorme jalando una carreta. En la carreta se encontraba sentado con los pies al aire, un hombre de jeans y chamarra negra. Miró a su hombro y se encontró con la sonrisa de un cuervo.

—Has venido en el momento indicado —dijo el Hombre de Jeans—. ¿Quieres saber por qué escribes de los muertos, hijo de Dor? Acércate y trabaja conmigo el día de hoy, y el de mañana, y el que sigue después. Son los que aún no nacen quienes te dirán el por qué.

El hombre le extendió una guadaña y Heber aceptó confundido. ¿Qué significaba todo esto? Cuando tuvo la guadaña en sus manos, supo lo que debía hacer. Segaba el trigo que estaba lo suficientemente crecido y lo ponía en la carreta. Miraba con atención las puntas de luz, donde un alma platicaba su historia. El inicio y el final, unidos en una esfera. El hombre de jeans lo observaba mientras le acaricia las plumas a su cuervo. Así pasaron años, los cuales Heber sintió como si fueran minutos.

Y en segundos, supo que los muertos eran su vida.

—Este es Jenué —dijo La Muerte—. Es el primer mundo que hice, y es aquí donde nacen las almas. Mira el cielo corrupto, la tierra que no es fértil. He tenido que trabajarla mucho para crear la vida, sin recurrir a la soberbia de mis puños creadores. Eso explica la existencia de este lugar, pero no explica porque estás aquí, ni porque escribes de los muertos. Sigue segando y lo sabrás.

Así hizo Heber, durante minutos que se sintieron como años. El cielo estaba café y la tierra se sentía caliente bajo sus pies. Se sentía fuerte al respirar la luz del trigo, sonreía de alegría al mirar las historias que nacían dentro de cada una de ellas. Las almas de los que aún no nacen, se metieron en su piel y salieron hechos sudor.

—Este es el balance de la vida y la muerte. Hice un lugar donde pudieran coexistir ambos. Aquí está lo más bello y lo más horrible. Pero no pude hacerlo todo yo solo, necesitaba alguien que pudiese escribir mis pensamientos y vigilar a los dioses. Necesitaba alguien que pudiera inventarles una vida. Un secretario, por así decirlo.

Heber continuó segando y mientras así lo hacía, descubría el lenguaje de la vida y la muerte. Aprendió las palabras que habría de transmitir a otro bisnieto lejano, Ezequías. Aprendió como abrir las puertas del cielo y del infierno, quien Jefte aprendería al desenredar uno de los enigmas en su sangre.

—Presta atención, Heber, que te contaré de la realidad del mito y sabrás porque estás tú aquí.

Heber segó durante siglos enteros, en una historia que se contó en unos minutos.

[Heber Dor - Sueño] El destino del Árbol Tsef Thaed II.

En una carretera, era jalado por una mujer vestida con una toga negra. Una mujer muy flaca, cuya piel era blanca enfermiza. El pequeño Árbol llevaba los ojos muy abiertos y hacía mucho dejó de sonreír. Sin embargo, no estaba triste, ni se sentía desgraciado. Era como él había dicho, con resignación había aceptado estar maldito y la mujer, lo estaba jalando al final de todo.

¿Quién era la mujer? Se preguntó Heber y como se suele hacer en sueños, los persiguió como una figura incorporea. Caminaron kilómetros enteros en esa carretera que no llevaba a ningún lugar. Fue que el pequeño árbol abrió los labios y comenzó a hablar incoherencias.

—A todo quien estuvo conmigo, le dije que tenía que llegar a un destino. A todo quien me acompañó, le dije que había un lugar a donde llegar. Y les mentí. Les mentí descaradamente. Pero es que yo no sabía… de veras no sabía… que no había tal. De veras no sabía… y ahora no hay ninguna manera en que puedan perdonarme. Hijo de Dor, ¿me escuchas? Perdóname por hacerte jalar mi carrito. Fuiste casi el último. El primero fue tito. Pero es que nunca pude caminar solito. Si lo hacía solito olvidaría mi nombre y no hubiera podido….

Heber despertó y miró la carretera que llevaba a ningún lugar. Buscó con su mirada al pequeño Árbol Tsef Thaed. Ya no estaba ahí, se puso de pie y miró atrás. Tampoco había ninguna cueva de demonios rastreros. Sólo eran la carretera y él. Suspiró y se decidió a caminar. No sabía donde estaba y no sabía a donde podía llegar

[Heber Dor y ATT - Realidad] Los demonios rastreros.

Oscuridad y vacío.

Un olor a viejo y podrido.

Heber buscó la puerta para salir y ya no la encontró. Estaba destinado, tan definitivamente-condenado.

Apretó el Diario contra su pecho y suspiró. Había escrito un cuento, el de Levanta-Muertos. Si, ese cuento él lo escribió. Pero nunca había detallado el armario. Nunca se lo imaginó.

Y le dolió que fuese tan oscuro. ¿A esto se tuvo que enfrentar todos los días Levanta-Muertos, al bajar con su carreta y las almas en pena? El rostro de su padre salió de las sombras, materializado por un recuerdo inventado. ¿Qué diría el viejo Simón?

—Lo que tenga que pasar, pasará.

Eso diría. Casi pudo escucharlo. El problema aquí… pensó Heber, es que no quería morir. No le gustaba ser tan definitivamente-condenado. Tan enfermo y tan perdido. Tan estúpido.

La oscuridad le hacía pensar demasiado. El vacío le drenaba la vida. Decidió caminar a ningún lugar y escuchó el eco de sus pasos. El tip-tap se convirtió en una melodía regular y ya no se sintió tan desolado. Siguió caminando. Un paso después de otro. ¿Cómo sabía Levanta-Muertos el camino de ida? ¿Cómo había logrado aprender el regreso? ¿Por qué con el fantasma de su hija, carcomiéndole el alma, había decidido sobrevivir a la oscuridad?

Oscuridad y vacío. Preguntas demasiado.

Un olor a viejo y podrido. Y nunca encontrarás las respuestas.

Heber ya no buscó la salida. Aferrándose al Diario, continuó caminando. No las que quieres. Sólo las que yo te dé.

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[Heber Dor y Guadalupe Espártaco - Ficción y Realidad] Cuando se tiene un Libro Mágico en las manos…

La entrada de Guadalupe Espártaco al orfanato de Burgos, fue usualmente, inusual. Gritando a todo volumen “Stairway to Heaven”, más como Zappa que como Zepellin. Caminó estrafalariamente, casi bailando y saltando. Los niños salieron a recibirlo y como siempre, Espártaco fingió espantarse… poniendo el cuerpo rígido y como una estatua, se quedó estático pretendiendo escapar.

Se escucharon las risas y los gritos de los niños, cuando Espártaco fingió ser un tiburón y les persiguió por todo el patio. Burgos le observaba desde la ventana con una sonrisa y Heber, no sabía que esperar de un viejo así. Tan lleno de vida. Le brillaban y se le apagaban los ojos como estrellas y sus dientes, blanquísimos y pequeños, contrastaban con su piel morena y arrugada. Espártaco tenía el cabello totalmente canoso, recogido en una cola de caballo que le caía hasta la mitad de la espalda. Era un hombre muy pequeño, no más de un metro con cuarenta, y de espalda muy ancha, aún siendo delgado. Tenía una nariz ancha y abultada. Sus ojos eran pequeños y alargados, dándole un cierto rasgo oriental.

Heber se tuvo que tragar impaciente los juegos de Espártaco con los niños. Miró a Burgos ancioso un par de veces, pero éste seguía sonriendo y a veces riendo de las ocurrencias de aquel hombre. Heber bufó sarcástico un par de veces al ver como Espártaco, de un tiburón se transformaba en un tigre y después, en un luchador enmascarado al cual vencían los niños entre todos. Pensó que era un viejo muy ruidoso.

Observó más allá del viejo y de los niños. Creyó ver la silueta de un hombre, vestido de abrigo y con un sombrero de bruja. Entreabrió los labios y miró hacia Burgos, le jaló el saco de religioso para que le hiciera caso cuando le señaló. Cuando los dos hombres miraron hacia allá… ese hombre ya no estaba ahí.

Espártaco se quedó muy serio y volvió la vista hacia donde miraban Heber y Burso. Asintió y se perdió el ruido de los niños gritones en la distancia. Les sonrío, con las estrellas apagadas, y les dijo que debía ver a Burgos. Luego jugarían.

A Heber casi le dio lástima mirar a Espártaco caminar serio y se arrepintió de su ansiedad. Sintió un repentino deseo de regresarle la alegría a Espártaco, quien en cuestión de segundos la había perdido. ¿Él también había mirado la silueta? ¿Era la razón del cambio? Heber Dor se acarició el rostro avergonzado y suspiró, deseó ya no pensar más en ello. Burgos carraspeó y se arregló el saco, miró a Heber con una sonrisa disculpatoria, le dio una palmada en la espalda, caminó a la puerta e invitó al viejo a pasar.

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[Guadalupe Espártaco - Realidad] Dubi dubi duba da…

Cuando se disfrazó de indigente para escapar a la Muerte, Espártaco se divirtió mucho. Aunque tuvo que pretender estar triste todo el tiempo y tuvo que alzar la mano para que le tiraran una moneda o dos. Era necesario no alzar la sospecha y así los jinetes cadavéricos —que le perseguían constantemente— no se daban cuenta quien era él.

Espártaco, en ese tiempo, llevaba contados dos mil seiscientos treinta y tres años. Y eso, un cáculo aproximado, ya que había unos cuantos miles de años atrás. Su pasado ya se había borrado en su memoria, ya que había tardado en encontrar la combinación de hierbas que le permitieran la conservación de las neuronas.

Y se hizo viejo, antes de encontrar la combinación de hierbas que le permitiera la conservación de su cuerpo.

Hay una combinación de hierbas que le permite rejuvenecer de vez en cuando, pero no abusa de ella… le gusta su cuerpo viejo.

Espártaco tiene hierbas para todo. O bueno, casi todo…

…porque no sabía como había adquirido su nombre, cuando decidió escapar de la muerte y por qué… no había hierba que ayudara a viajar al pasado para recuperar esas respuestas. Sólo sabía que escapaba de la Muerte.

Por el ocio, Espártaco se dedicaba a cazar demonios, pero no se lo digan a nadie. Buscaba en especial, a la más hermosa de todos ellos. A la madre que los parió. A Lilith. Habían peleado hacía muchos años atrás y cuando digo muchos, son tantos que es imposible contarlos… y en esa pelea, Lilith decidió esconderse. Desde entonces, solo puede sentirla durante breves lapsos de tiempo y nunca está cerca para alcanzarla.

Espártaco era muy paciente y se divertía escapando de la Muerte. Al fin y al cabo, no tenía prisa por encontrarla. Ni a Lilith, ni a su eterno perseguidor.

Es obvio que durante todo ese tiempo, Espártaco ha adquirido conocimiento que sólo poseen los cuervos de la Muerte, los Magos, los Inmortales, los Ángeles y los Demonios. Lo más importante, es que sólo lo conserva en su cabeza. Sabe lo que podría suceder, y lo sabe muy bien, si alguien más tuviera ese conocimiento. Por eso le buscan constantemente, no sólo la Muerte y sus jinetes cadavéricos, no, le buscan todos.

Al menos, todos los que saben de él.

Cuando era indigente, nadie sabía de él. Era muy sencillo y muy divertido pedir dinero. Pedir comida. Aprender a tragar fuego. Contar chistes en el transporte público. Tocar la guitarra. Declamar poesía.

Su juego favorito, siempre fue arrastrar una caja de cartón. La arrastraba a todas partes con una sonrisa de dientes amarillos y ojos cansados. Una sonrisa sincera, recordarían los niños que alguna vez le conocieron, aún los que se hicieron adultos.

Recordaban, como se metía él a esa caja de cartón o como la sostenía entre sus brazos (ya que la caja, cambiaba de tamaño acorde él la quisiera) y jugaba a soñar. Jugaba a que era nadie y que era todos. Un juego muy sencillo.

—¡Sairón Dukard es mi nombre! —gritaba Espártaco ante algún espectador curioso, de menos de siete años de edad—. ¡Y soy un pirata de los siete mares!

Se ponía la caja en la cabeza y hacía los gestos de un hábil espadanchín. Brincando de adelante para atrás. Así los niños sabían que ese hombre jamás había envejecido y se animaban a jugar con él. Los niños de donde fuera: un parque de algún mercado olvidado, un jardín de un condominio, niños de la calle en el centro. Si, los niños jamás olvidaron a Espártaco aún cuando él les olvidó con facilidad.

Pero la caja, como todo alrededor de Guadalupe Espártaco… se rompió un día.

Se aburrió de ser indigente y así se fué caminando, con una sonrisa sincera y ojos cansados. Mañana podría ser un barrendero.

[Heber Dor - Cuento] Anillo del Laberinto de Dos Respuestas

Cuando le conocí, ya lo traía puesto. Lo cargaba a todas partes y no dudaría que inclusive a la hora de la ducha lo usaba. El anillo de plata, siempre estaba brillante y muy limpio. Lejos de ser como su dueño, un hombre bastante práctico y muy rígido, este era un anillo caótico cuya figura era irreconocible. Cada que le acompañaba, había alguien que le pedía la mano y le quitaba suavemente el anillo del dedo. Él consentía y dejaba que la otra persona lo admirara minuciosamente. La pregunta era la misma: ¿Qué es?

A aquel hombre le brillaban los ojos e inventaba las historias del universo. Todas, girando en torno a aquel anillo. A veces le preguntaba de dónde procedía en realidad y con ese brillo demencial —sin ninguna influencia y/o pretención Tolkiana— en los ojos, me respondía tranquilamente con una historia diferente. Era inevitable que me envolviera y me volví fanático de preguntárselo cada vez que veía oportunidad.

Y tal vez, en una de esas tantas historias, se esconde la verdad sobre el anillo. Siguey leyendo →