Julio 11, 2003 — El Viaje de Simón Dor, Un tal Simon Dor.
Escrito por Agustin Fest.
Simón salió del Cuarto de Fest y se dirigió al Cuarto de Trofeos, en él, depositó el reflejo en el espejo del súcubo Zalic Luia y también sacó de sus bolsillos las tres semillas que pudo recuperar del Cuarto del Laberinto. Se acercó al mueble donde estaban las llaves y la pistola de McGonnagal, y sin perderse en decisiones, sacó una de las llaves del llavero y la mantuvo firme en sus manos. Esta vez, no se perdería.
Salió del Cuarto de Trofeos y se dirigió a la puerta del Cuarto de Máquinas. Cerró los ojos y la mano que sostenía la llave se sabía el camino de memoria para entrar a la cerradura.
CLICK.
La puerta se abrió, Simón Dor empujó la puerta y entró. No había marcha atrás, en el amanecer número veintiuno.
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Julio 7, 2003 — El Viaje de Simón Dor, Un tal Simon Dor.
Escrito por Agustin Fest.
Querido Diario:
Estoy cansado y con sueño.
Desde que perdí la llave de Beatriz, no quiero salir ya.
El Árbol Tsef ha estado llamándome.
El Niño Mago a veces me envía una mariposa, sin importar que las mate.
A veces me asomo por la ventana y miro al delfín sonriéndome.
El Cuarto de Máquinas no ha hecho ningún sonido.
Bobby Mindar está inusualmente silencioso.
El Cuarto de Fest también ha estado insinuando que le visite.
Querido diario, sólo quiero descansar ya. Dormir y no saber nada más. Espero que al abrir los ojos, me descubra finalmente ardiendo en el infierno, donde debería estar.
Veinticinco días, con sus veinticinco noches.
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Julio 3, 2003 — El Viaje de Simón Dor, Un tal Simon Dor.
Escrito por Agustin Fest.
Día 71.
Querido Diario:
27 días / 27 noches.
Después de pasar un rato ameno con el Árbol Tsef, (creo que estamos convirtiéndonos en amigos, o al menos, eso piensa él). He ido por una de las llaves del Cuarto de Beatriz. Una de las frutas azules me nubló los sentidos y me hizo hacerlo. Eso y recordar a las mujeres. Recordar a la mujer de mi vida. La mujer muerta de mi vida. Eso hice. Fui por una de las llaves del cuarto de Beatriz (oficialmente, El Cuarto de Máquinas, dentro de éste barco) y me quedé de pie ante la puerta. De pie ante la puerta me imaginé que esta era grande y yo muy pequeño. Yo muy pequeño ante Beatriz.
Acerqué la llave al picaporte y escuché sonidos en el cuarto de la derecha, el cuarto del monolito. El Cuarto de Fest. ¿Era una advertencia o una excusa? No lo sé, traté de ignorarle pero me fue imposible.
El Árbol Tsef cerró sus ojos y entró en un estado similar al sueño, se meció suavemente con la brisa marítima. Le sentaba bien, a pesar de ser un mar inmundo y un cielo gris. Despertó al sentir algo sólido dentro de su boca, la abrió y dejó salir lo que había. Eran semillas pequeñas. El Árbol parpadeó y cerró sus ojos, concentrando su atención en esas semillas que había expulsado, éstas se movieron como una extensión de su cuerpo, metiéndose a la habitación de Simón y luego adentrándose al pasillo. Llegaron al extremo, donde se juntaban tres de los cuartos: El de Máquinas, el del Monolito y el del Laberinto. Ahí aguardaron el uso que habría de darles el Árbol. De Simón, ya no había rastro.
Guardé la llave en mi bolsillo y entré al Cuarto de Fest. En el monolito estaban escrito los siguientes mensajes: “He querido verla”. “No debí decirle”. “¿Recuerdas a Beatriz?”. “No se qué hacer”. “Tengo ganas de caer”. “Estoy brincando la zanja, la zanja, la zanja”. “No me atrevo a llamar”. “Ya no se que sigue”. “La zanja, la zanja, la zanja”. “Solo puedo existir, hasta el final”.
Los repasé tranquilamente con la mirada, sabía lo que querían decir pero yo no podía hacer nada al respecto. Suspiré y me salí del Cuarto de Fest, una mera distracción. Cuando salí, la puerta del Laberinto estaba abierta.
Los laberintos me son irresistibles, mi querido Diario. Hice mal cuando entré a este y la razón la sabrás pronto.
Me despedí del Cuarto de Máquinas con una mirada, agradeciendo mi buen juicio de no desperdiciar una llave. Entré al laberinto como un juego. ¿Cómo te lo imaginas, mi querido Diario? ¿De pasillos blancos, con luces en lugares insospechados? ¿De ladrillo rojo, marmol en los pisos y puertas metálicas? No, mi querido Diario, éste era un laberinto de niebla, donde en cada muro había imágenes representando escenas.
Escenas de personas que yo no conocía y se me hacían familiares. El lugar era una copia de aquel otro lugar del que he escuchado hablar y tal vez, ese sea el propósito de su existencia. Este laberinto, si es resuelto, me llevará al pasillo de la muerte. Las imágenes estaban estáticas, a diferencia del Pasillo, donde me han dicho que se mueven y son como espejos a otros mundos. Las imágenes del laberinto parecen como talladas en piedra, sobre la niebla gris y profunda. Un lugar muy interesante y que me gustaría analizar más profundamente, tal vez, en un futuro.
Después de todo, así llegaré a La Muerte, mi querido Diario.
Me perdí en el laberinto. Pues claro está, para eso son construidos. En el camino me encontré un hacha y la miré durante largo tiempo. ¿Qué hacía un hacha ahí? La tomé y me di la media vuelta. Escuché ruidos de algo que rodaba sobre el piso… no estaba solo dentro del laberinto, tal vez me convenía llevar el hacha después de todo.
Y me convencí más, al escuchar jadeos. Jadeos familiares. Después fueron ladridos. Bobby Mindar también estaba adentro. Me paralicé del susto. ¿Estaba aquí adentro para ayudarme o matarme? No lo sabía, no podía asegurar si la cabeza del perro había enloquecido, aunque me hubiera ayudado contra los piratas. Corrí buscando salidas. El sonido del perro y el sonido rodante se hacían más distantes o cercanos, dependiendo a donde fuese. Tuve el hacha alzada, preparado para todo.
Me tropecé, encontré el origen del sonido de los rodantes. Eran semillas puestas cuidadosamente una después de otra. El jadeo del rottweiler parecía ya estar más cerca. Me levanté rápidamente y seguí a las semillas, como hubieran hecho el estúpido de Hansel y la estúpida de Gretel si no hubieran sido cuentos de hadas… tardé en llegar a la entrada/salida del laberinto, pero lo logré. Salí y cerré la puerta.
Imagina, mi querido Diario, mi cuerpo lleno de sudor y el dolor en todas mis articulaciones. Yo no tengo la culpa de ser viejo.
Descansé un rato y luego me dirigí al Cuarto de Trofeos, ya después me iría a la cama. El rottweiler estaba adentro, con los ojos cerrados, haciéndose el dormido… o probablemente lo estaba y todo me lo inventé como una alucinación. Busqué en mis bolsillos la llave de Beatriz y no la encontré.
La he perdido en el laberinto.
He perdido una llave en el Laberinto.
No sabes cómo grité y como lloré y como golpee todo lo que estaba a mi alcance.
Restan todavía veintisiete días con sus veintisiete noches. Me he llevado el hacha a mi habitación… no quiero sorpresas nocturnas.
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Junio 27, 2003 — El Viaje de Simón Dor, Un tal Simon Dor.
Escrito por Agustin Fest.
Querido Diario:
El Cuarto de Trofeos se ha hecho más siniestro. Con los ojos del súcubo Galloria flotando en el formol y la piel del súcubo Mama Esirasaft colgando de un perchero. La cabeza del rottweiler Mindar sigue sonriendo, jadea lentamente y me mira con ojos grandes. Le sonrío de vuelta y él crece más su sonrisa… eso me hace preguntarme, ¿por qué no mejor le llamo Bob? Suena más tierno que Mindar y al menos, me daría menos miedo cuando le mire.
El esqueleto estático de metal, con los pulmones de plomo flotando dentro del tórax, parece una armadura medieval protegiendo las llaves del cuarto de Beatriz. Me he decidido a mover las llaves un poco más cerca de la entrada para no hacer el recorrido entero del museo de excentricidades que he estado construyendo. También he puesto la pistola de McGonnagal junto con las llaves. No sé si Mindar/Bob pueda enloquecer tarde o temprano y quiera atacarme.
El libro de Mama Esirasaft puede corromperse en el polvo.
He sorprendido a Yasmín gritarle al niño mago y viceversa para comunicarse. No sé porque no apelan al sentido común… al menos entiendo que la vieja no quiera pararse de su asiento, pero el niño tiene mucha energía para caminar hasta la popa. ¿Por qué no lo hace? Así no estaría soportando los gritos que se avientan el uno al otro como pedradas.
La Tía Yemita:¡A qué no puedes escribir una historia de cuándo le robé el alma a un hombre llamado Gerardo Quesada! ¡Le he dicho que podría ser inmortal siempre y cuando existiera un retrato suyo!
Niño mago:¡Pero si la he escrito abuelita Yasmín! ¡Y también escribí la historia de dos hombres, Dumas y Domingo, que eran tan amigos que se confundieron de tal forma que no sabían cuál había cometido el primer asesinato y cuál era el inocente!
Árbol de los mil nombres: Matías, Saítam, Síatma, Tsaíma
Esto se ha convertido en un circo. El único que parece comprenderme es el delfín, que recibe mi mirada con una sonrisa constante y navega luchando contra el mar contaminado para mantener el paso de mi barco. El árbol sigue vigilante de mis pasos y entre-abre sus labios para decirme algo… se contiene y después vuelve a la ley del hielo. Yo le sonrío y le saludo con mi gorra. No seré yo el que dé el primer paso.
He pensado en la teoría del omniverso que ha propuesto Fest en el monolito. Él habla de escribir todas las historias del mundo, lo cual no me parece mal. Aunque ha olvidado algo terriblemente importante, si llegara a encontrar el punto donde se conjuntan todas las historias del mundo, podría también modificarlas. No sería el Dios de un sólo universo, sino el de todos los universos.
Claro, él es joven. No ha contemplado la posibilidad de convertirse en Dios, solo un mero espectador. Un escriba que dependió de la inspiración divina.
¿Y saben dónde se encuentra eso que está buscando? ¿No lo adivinas, mi querido Diario? Yo tengo una vaga idea. En el Cuarto de los Espejos. Pero no tengo la llave y francamente no me gustan los espejos, así que me ahorraré la molestia de convertirme en Dios yo también. Es más, seré feliz si el cuarto de los espejos desaparece así como vino.
Treinta días con sus treinta noches.
He ido al cuarto de trofeos y he tomado las llaves del Cuarto de Máquinas cuando dormía. Y también dormido, caminé por el pasillo de los cuartos y estuve frente a la puerta, queriendo acomodar la llave con la torpeza del sonámbulo. Fue cuando sentí una mano áspera en mi hombro que me despertó y abrí los ojos como lunas. Estaba a punto de desperdiciar una llave.
¿Simón, dónde estás simón? —pude escuchar repetidamente, tan rápido como los latidos de mi corazón. Quería entrar, deseaba entrar, pero la mano áspera en mi hombro me detenía fuertemente. No voltée, me quede varado frente a la puerta, asombrado de la fuerte tentación que representaba mirarla de nuevo, abrazarla, quererla y sentirla. Mirarle los ojos, mirarle el cuerpo, olerla hasta embriagarme y después llorar su maldita imagen fantasmal. Llorar que no existiese y no pudiera abrazarme.
—No es hora todavía —dijo el dueño de lo que creía era una mano, de reojo pude mirar una manzana roja que colgaba de una rama seca— Simón, dime, ¿por qué Matías?
—Jaramillo —respondí—, la anciana ciega. ¿No recuerdas nada de eso?
—No.
—Antes me llamaba Matías. Sólo que lo había olvidado.
—¿Entonces tu nombre guarda relación con el mío? Te he salvado de la tentación, ahora tú sálvame del nombre falso que no me puedo quitar de la mente.
Sonreí.
—¿Estamos jugando a los favores?
El árbol me contestó con una voz áspera y sucia—: No, te estoy salvando de tí mismo. Como tú lo hubieras hecho por mí.
Me quedé pensando y voltée para encarar al árbol de los mil nombres. Le debía la verdad.
—Matías era un escritor, que creyó que podría escribir las historias del mundo y asombrar a todos con ellas. Así como Fest. ¿A Fest lo recuerdas?
—Vagamente.
—Curioso que el nombre de Fest no haya tenido ningún efecto sobre tí.
El árbol respiró lentamente. Sus labios presentaron una tristeza, como en una caricatura.
—Es el nombre que me ha marchitado y también, es el nombre más falso de todos.
Me reí.
—¿Y Simón? ¿Simón Dor? —le pregunté.
—Es el nombre más real. El nombre que más me confunde.
—Sigue jugando con los dados, árbol. No puedo ayudarte porque no me sé tu nombre.
—¿Me puedes ayudar?
Me reí de nuevo, el árbol no pareció apreciar mi gesto. Lo confundió con sarcasmo en vez de ironía. Nos miramos largamente y él comprendió.
—Gracias —dijo el árbol de los mil nombres y se fue.
Si, treinta días, con sus treinta noches.
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Junio 12, 2003 — El Viaje de Simón Dor, Un tal Simon Dor.
Escrito por Agustin Fest.
Simón Dor dejó a su Diario descansar, todavía faltaban treintaiocho días con sus treintaiocho noches y ya se sentía cansado. Aunque eso rayaba en la obviedad: Simón Dor siempre estaba cansado. Cansado de arrastrarse por la vida y cansado de deslizarse inevitablemente a su muerte. Se asomó por la pequeña ventana de su cuarto y se perdió en el mar oscuro al que curiosamente había llamado Yenén.
Fue despertado de su trance por el ruido del cuarto de máquinas, sobre todo aquella pregunta insistente que decía: “¿Dónde estás Simón? ¿Dónde estás Simón? ¿Dónde estás Simón? ¿Dónde estás Simón? ¿Dónde estás Simón?”, martillándole lo que restaba de su cabeza, de su corazón y de su alma.
El Señor Dor se levantó de su asiento y entró al cuarto de trofeos, agarró la pistola que el pirata McGonnagal le había dado en un arranque suicida y se la ciñó al lazo que sostenía su pantalón. La cabeza de Mindar, la cual también descansaba en el cuarto de trofeos, lo miró atento con ojos grandes de Rottweiler (siempre tranquilos y al mismo tiempo, furiosos). Naturalmente, Simón Dor evitó su mirada, porque a él le daban muchísimo miedo los perros… inclusive éste que le había protegido de los piratas.
Salió del Cuarto de Trofeos y bajó al Cuarto de Máquinas de su barco Mojalnir. El ruido mecánico se hacía estridente, pero no importaba, el ruido era opacado con la voz preguntándole constantemente: ¿Dónde estás Simón? ¿Simón? ¿Simón?
-Mi cabeza está flotando -respondió Simón distraido a la pregunta del fantasma que moraba el Cuarto de Máquinas. Había escuchado durante la noche más ruidos y más gente escondida en su barco, pero el fantasma era el que más insistía ésta noche y era al primero al que tenía que conocer (y que irremediablemente, le había perseguido desde el momento en que nació).
¿Dónde estás Simón?
Los otros estaban en El Cuarto de Juegos y El Cuarto del Jardín. Nunca les había visitado y la verdad, es que no deseaba visitarlos todavía… ya sabía de quienes se trataban. Uno se reía durante el día y el otro emulaba el ruido del viento… había pasado por los cuartos ya antes, sin querer abrirlos. Primero debía hacerse cargo del fantasma.
¿Dónde estás Simón?
El pasillo le llevó a la puerta del Cuarto de Máquinas, Simón Dor en movimientos involuntarios, sacó la pistola del cinturón y se la puso en la sién, como en un trance inevitable y hasta cierto punto, congruente con su existencia. La mano derecha se acercó temblorosa al picaporte de la puerta y los ojos se le abrieron más, haciéndose notar entre todas las arrugas de su vejez.
¿Dónde estás Simón?
La mano se cerró alrededor del picaporte y lo giró. Se hizo un silencio terrible donde Simón podía escuchar los propios latidos de su corazón que no tardaría en quebrarse o explotar. Se lo imaginó como una pulpa sanguiñolenta, arrastrándose como una babosa en el interior de su cuerpo hasta llegarle a la vejiga.
Había leído por ahí que lo peor que podía hacer era orinarse o cagar, que debía controlar su esfinter antes de morir tan sólo por conservar la elegancia, y eso es lo que iba a hacer.
Simón Dor abrió la puerta…
…y la miró.
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