Julio 27, 2003 — El Viaje de Simón Dor, Un tal Simon Dor.
Escrito por Agustin Fest.
La magia del niño me inundó los poros y la mente, de nuevo pude ver mariposas amarillas en el aire, que buscaban y luego se besaban con cuervos azules y adquirió sentido como nunca antes lo había hecho, veía los escenarios en tonalidades más brillantes y me di cuenta, ya solo faltan seis días, con sus seis noches. Salí a la proa, donde el rostro del sol me sonrió y me señaló hacia el otro lado, donde las nubes todavía eran grises y el mar de Yunén seguía contaminado. Alcé mis manos creyéndome Dios y tomé las nubes grises entre mis manos y las apreté para dispersarlas, abrí la noche con todas sus estrellas y hasta creí escuchar grillos, soy el Inventor.
El delfín saltó y dibujó su silueta a la luz de una luna completa. Esto es la magia y la magia ha cambiado mi entorno. Sin embargo, no ha completado mi destino. Ahora que soy Magia y Ciencia, Espíritu y Materia, debo preguntar a la Anciana. Soy un ser completo.
Caminé a la popa, donde busqué a la anciana y me encontré su mecedora, moviéndose sola, iluminada en azul por la luna. Caminé a la proa donde los rayos del sol le daban vida a mi barco Mojalnir y después, me metí a mi habitación. Siluetas de cuervos y mariposas parecían seguirme, me sentí mareado. Todavía no me acostumbraba. Soy Dios.
Tambaleándome en el pasillo de los Cuartos descubrí que El Cuarto de Juegos había desaparecido, el niño ha cumplido su destino. Seguían escuchándose gritos en el Cuarto de Trofeos: Yasmín todavía no ha terminado de hacer lo que hace con el súcubo. Toqué la puerta y grité el nombre de la ciega, ella no me respondió pero los gritos cesaron.
—¡Ya fue suficiente, Yasmín! ¡Es hora de que me respondas! —grité. ¿Qué me respondiera qué? Estaba confundido, la magia no acababa de adentrarse en mi sistema.
Yasmín entreabrió la puerta un poco, se veía algo de su rostro que estaba manchado en sangre, su ojo blanco de ceguera se veía siniestro y las arrugas, marcaban el espacio donde piel que no era suya, estaba ahí enterrada.
—Todavía no termino, Simón —dijo la adivina seria y cerró la puerta. Los gritos regresaron en cuanto lo hizo, busqué en los bolsillos de mi pantalón y descubrí la tercera llave de Beatriz. ¿Debía usarla? ¿Debía aceptar que todo terminara? No, Beatriz no es el fin de éste viaje… de haber sido así, entonces el Árbol Tsef Thaed no hubiera evitado que me colgara.
Hubiera muerto hace mucho tiempo, si todo fuera por Beatriz.
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Julio 16, 2003 — El Viaje de Simón Dor, Un tal Simon Dor.
Escrito por Agustin Fest.
El último súcubo llegó durante la media noche de Yasmín a las dieciseis noches y evitó a toda costa el medio día del Árbol Tsef, a los dieciseis días. Éste súcubo, había aprendido de sus hermanas: Galloria lo había intentado por medio del cuerpo ofrecido, Mama Esirasaft lo había intentado con el cuerpo negado, la más estúpida había sido Zalic Luia que intentó ganárselo desde el mismo infierno, con la promesa de las vírgenes y escondiendo el reflejo en el espejo. No, ninguna de ellas supo como, pero Ludiah Sartdac era muy lista y la única forma de verdaderamente ganar a Simón, era utilizándolo a él mismo. Sólo pervirtiendo completamente el barco donde viajaba.
Yasmín alzó su cara y olió el viento, supo de la presencia del súcubo.
—Vete de aquí —dijo la Anciana Ciega—. Eres la más maldita de todas. Si no quieres que te arroje yo misma del barco, lárgate ya.
—Madre Lilith…
—Madre Lilith mis ovarios. Soy Yasmín Molina de Jesús, háblame con respeto jovencita. Lárgate ahora.
El súcubo sonrió y acercó su mano a la frente de Yasmín. La ciega lo sintió de inmediato y le detuvo la mano, sin tentarse el corazón, la dobló enteramente, quebrando los huesos de Ludiah Sartdac.
Ludiah Sartdac sonrió y se mordió los labios hasta que le sangraron. Aprovechando la agresividad de Yasmín, puso la palma de la mano restante en la frente de Yasmín, quien abrió los ojos intensamente… el azul que los cubría salió en forma de aura. El aura dibujaba la silueta de una mujer desnuda quien se sentó en las piernas de Yasmín y se acurrucó en ella, haciéndola dormir profundamente.
—Gracias por atender a mis súplicas, Madre Lilith.
Se escuchó un ruido seco… era Ludiah, reacomodando sus huesos.
—Has aprendido bien, Árbol Tsef —dijo Simón—. Creo que no tengo nada más que enseñarte.
—Lo dices porque no quieres enseñarme nada más. ¿Cuánto tardaste con sensei Gorostiza?
Simón se acomodó la boina y el chaleco, se acostó para recargar su cabeza en las raíces del Árbol y no respondió. Miró hacia arriba, donde las luces del sol jugaban a entrar entre las hojas verdes y secas que había en el Árbol.
—¿Sientes eso? —preguntó el Árbol Tsef.
—No.
—¿El niño? ¿dónde está el niño?
Simón se acomodó la boina encima de la cara, no le importaba saber nada más.
—Debe estar jugando a las mariposas en el Cuarto del Jardín —se animó a responder Simón.
—Creo que tienes razón —dijo el Árbol. Los dos callaron y miraron el horizonte.
El niño mago corrió rápidamente en el pasillo, huyendo de la presencia oscura que le perseguía. Se metió rápidamente al Cuarto del Jardín, donde había un sol falso y nubes que más bien parecían pintadas. No había sonido del viento, puesto el Árbol había abandonado esa habitación hacía tiempo, desde que se escondió ahí de polizonte. Se alejó de la puerta y suspiró, no le quedaba más que esperar y tratar de enfrentarle el solo. Se quedó mirando la puerta, que parecía instalada en medio de un jardín sin ningún propósito.
La puerta se abrió y una mujer de piel gris azulada, de cabello plateado y que llegaba a media espalda y un vestido negro que le cubría del cuello a los tobillos, entró sonriendo.
—No vengo a lastimarte. A menos que eso quieras… también los niños tienen esos pensamientos, ¿no es cierto?
El niño mago pasó una mano por su cabello.
—Te sería imposible, súcubo. Cuando nací me pusieron una moneda de plata en la frente.
—Increíble, entonces tendré que hacer lo que tú quieras, ya que no puedo tocarte hasta que me des permiso.
—Lárgate. Conmigo no tienes oportunidad.
El súcubo sonrió y se acercó caminando, su rostro se veía tranquilo y amoroso. El niño dio pasos atrás por cada paso que avanzó Ludiah Sartdac.
Bobby Mindar ladró. Nadie le hizo caso. Buscó con la mirada la pistola de McGonnagal. Se apresuró, alzó su cabeza y la tomó en el hocico junto con las tres semillas del Árbol, aunque éste le ardía por el poder mágico del arma. Buscó el Libro de Mamá Esirasaft, dejó la pistola a un lado y abrió la cubierta de cuero. Con los dientes hizo un agujero donde podría guardar la pistola y la metió ahí. Una de las semillas se deshizo en su hocio, una quedó entera y pudo salvar un pequeño pedazo de la número tres. Acomodó la media semilla y la semilla en el mismo agujero de la pistola y después cerró el libro.
Siguió ladrando, pero nadie le hizo caso.
Y después sonrió, en la única forma que sonríen los rottweilers.
—Simón, el niño. Algo está pasando. Él y Yasmín están silenciosos. ¿Podrías revisar?
Simón prendió un cigarrillo y gritó—. ¡Yasmín! ¿Has robado el alma de un hombre llamado Rafael Arlequín? ¡Era un payaso que lloraba por dentro y le gustaba hacer reír a la gente para no morir de tristeza!
La voz de Yasmín respondió—. ¡Calla cabrón! ¡No blasfemes! ¡Bien sabes que a él nunca pude robarle el alma!
Simón sonrió.
—¿Lo ves? Yasmín está descansando del niño y seguramente lo mandó al Cuarto del Jardín.
El Árbol Tsef asintió lentamente y trató de no preocuparse.
El niño dibujó mariposas en el aire, mariposas violentas que volaron furiosas contra el súcubo gris. Ella se sorprendió en un principio, sin decidirse qué hacer en contra de un remolino amarillo con el número tremendo de mariposas. Se sintió débil y se arrodilló, sintiéndose confundida por el aroma que las mariposas llevaban consigo y el cielo irreal y falso de aquel Cuarto del Jardín.
—No sigue siendo mas que Magia —se dijo Ludiah Sartdac, metió una mano en el muro de mariposas amarillas que se había formado a su alrededor y sacó tres entre los dedos. Las frotó cariñosamente y éstas oscurecieron, se las puso en el cabello, como adornos. Después, alzó su cara al cielo y gritó, destruyendo y dispersando a todas las mariposas restantes.
Ludiah Sartdac dirigió su mirada al frente, donde estaba el niño mirando sin esperanzas a las mariposas amarillas caer, como pétalos de cerezo.
—Me has dado lo que necesito. Ya no tengo necesidad de tí —dijo Ludiah Sartdac.
El niño la perdió de vista y no supo del súcubo hasta que sintió unas uñas oscuras rasgarle el corazón y dejarlo sin sentido. La vista se le nubló, se miró el pecho que estaba sangrando.
—Aquí te quedarás… mi querido. Me costarás un día, pero valdrá la pena.
Al niño mago le temblaron las rodillas y después cayó, con los ojos abiertos y vacíos. El súcubo se arrodilló y puso su cabeza en sus piernas, le acarició el cabello y le cantó una canción de cuna.
Día 77.
Querido Diario:
He ido con Yasmín y la he encontrado dormida. Un aura azul le protege mientras tanto. Nunca te recomiendo lidiar con adivinas, siempre tienen magia rara bajo la manga.
Ante la insistencia del Árbol Tsef, busqué al niño. Al entrar al pasillo, los ladridos del rottweiler se escuchaban fuertemente. Me apresuré a entrar al Cuarto de Trofeos y lo encontré con los ojos abiertos y jadeando espantado. Aún así, su boca parecía como en una sonrisa. Noté preocupado que la pistola de McGonnagal no se encontraba en su lugar. Hay alguien aquí en el barco que todavía no desea mostrarse.
Después me dirigí a los otros cuartos.
Cuando me acerqué al de Beatriz, las máquinas rugieron de una manera potente y escandalosa, con la voz de ella resquebrajando la madera de Mojalnir. No hay duda, es un súcubo escondido. Le grité a Beatriz que se calmara, que me encargaría de ello. Ella no me tuvo fé, siguió gritando la misma pregunta una tras otra vez. Traté de ignorarle, no estoy dispuesto a gastar mi última llave en un regaño.
Me metí al Cuarto de Juegos y éste se encontraba solitario, igual que el Cuarto de Fest.
El Cuarto de los Espejos sigue cerrado con llave.
Fui al Cuarto del Jardín y al abrir la puerta, encontré pétalos amarillos cubriendo el suelo. Un jardín muy a la manera del Árbol Tsef, pintado como un cuadro de Monet. Al acercar mi mirada a los petalos, descubrí que eran las alas arrancadas de mariposas, ¿pero qué demonios pasó? ¿el niño habrá decidido irse? No, no lo creo. El niño trató de enfrentársele al súcubo, eso fue lo que sucedió… el niño no podía estar muerto, pero sí en poder del súcubo. Deberé tener cuidado con lo que vea de ahora en adelante, podría ser la Magia del niño utilizada en mi contra.
Evité el Cuarto del Laberinto, y cuando pasé por la puerta de los Trofeos, escuché al rottweiler que seguía ladrando. Salí a mi habitación y después a la proa, donde me encontré con el Árbol.
—El súcubo tiene al niño —dije yo.
—¿Súcubo? Entonces si fue lo que sentí.
—No duermas sólo esta noche, ven a la habitación. Tendremos que tener cuidado.
El Árbol accedió. Hemos decidido no dormir esta noche.
Y pronto salió el día…
Faltan quince días, con sus quince noches.
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Junio 27, 2003 — El Viaje de Simón Dor, Un tal Simon Dor.
Escrito por Agustin Fest.
Querido Diario:
El Cuarto de Trofeos se ha hecho más siniestro. Con los ojos del súcubo Galloria flotando en el formol y la piel del súcubo Mama Esirasaft colgando de un perchero. La cabeza del rottweiler Mindar sigue sonriendo, jadea lentamente y me mira con ojos grandes. Le sonrío de vuelta y él crece más su sonrisa… eso me hace preguntarme, ¿por qué no mejor le llamo Bob? Suena más tierno que Mindar y al menos, me daría menos miedo cuando le mire.
El esqueleto estático de metal, con los pulmones de plomo flotando dentro del tórax, parece una armadura medieval protegiendo las llaves del cuarto de Beatriz. Me he decidido a mover las llaves un poco más cerca de la entrada para no hacer el recorrido entero del museo de excentricidades que he estado construyendo. También he puesto la pistola de McGonnagal junto con las llaves. No sé si Mindar/Bob pueda enloquecer tarde o temprano y quiera atacarme.
El libro de Mama Esirasaft puede corromperse en el polvo.
He sorprendido a Yasmín gritarle al niño mago y viceversa para comunicarse. No sé porque no apelan al sentido común… al menos entiendo que la vieja no quiera pararse de su asiento, pero el niño tiene mucha energía para caminar hasta la popa. ¿Por qué no lo hace? Así no estaría soportando los gritos que se avientan el uno al otro como pedradas.
La Tía Yemita:¡A qué no puedes escribir una historia de cuándo le robé el alma a un hombre llamado Gerardo Quesada! ¡Le he dicho que podría ser inmortal siempre y cuando existiera un retrato suyo!
Niño mago:¡Pero si la he escrito abuelita Yasmín! ¡Y también escribí la historia de dos hombres, Dumas y Domingo, que eran tan amigos que se confundieron de tal forma que no sabían cuál había cometido el primer asesinato y cuál era el inocente!
Árbol de los mil nombres: Matías, Saítam, Síatma, Tsaíma
Esto se ha convertido en un circo. El único que parece comprenderme es el delfín, que recibe mi mirada con una sonrisa constante y navega luchando contra el mar contaminado para mantener el paso de mi barco. El árbol sigue vigilante de mis pasos y entre-abre sus labios para decirme algo… se contiene y después vuelve a la ley del hielo. Yo le sonrío y le saludo con mi gorra. No seré yo el que dé el primer paso.
He pensado en la teoría del omniverso que ha propuesto Fest en el monolito. Él habla de escribir todas las historias del mundo, lo cual no me parece mal. Aunque ha olvidado algo terriblemente importante, si llegara a encontrar el punto donde se conjuntan todas las historias del mundo, podría también modificarlas. No sería el Dios de un sólo universo, sino el de todos los universos.
Claro, él es joven. No ha contemplado la posibilidad de convertirse en Dios, solo un mero espectador. Un escriba que dependió de la inspiración divina.
¿Y saben dónde se encuentra eso que está buscando? ¿No lo adivinas, mi querido Diario? Yo tengo una vaga idea. En el Cuarto de los Espejos. Pero no tengo la llave y francamente no me gustan los espejos, así que me ahorraré la molestia de convertirme en Dios yo también. Es más, seré feliz si el cuarto de los espejos desaparece así como vino.
Treinta días con sus treinta noches.
He ido al cuarto de trofeos y he tomado las llaves del Cuarto de Máquinas cuando dormía. Y también dormido, caminé por el pasillo de los cuartos y estuve frente a la puerta, queriendo acomodar la llave con la torpeza del sonámbulo. Fue cuando sentí una mano áspera en mi hombro que me despertó y abrí los ojos como lunas. Estaba a punto de desperdiciar una llave.
¿Simón, dónde estás simón? —pude escuchar repetidamente, tan rápido como los latidos de mi corazón. Quería entrar, deseaba entrar, pero la mano áspera en mi hombro me detenía fuertemente. No voltée, me quede varado frente a la puerta, asombrado de la fuerte tentación que representaba mirarla de nuevo, abrazarla, quererla y sentirla. Mirarle los ojos, mirarle el cuerpo, olerla hasta embriagarme y después llorar su maldita imagen fantasmal. Llorar que no existiese y no pudiera abrazarme.
—No es hora todavía —dijo el dueño de lo que creía era una mano, de reojo pude mirar una manzana roja que colgaba de una rama seca— Simón, dime, ¿por qué Matías?
—Jaramillo —respondí—, la anciana ciega. ¿No recuerdas nada de eso?
—No.
—Antes me llamaba Matías. Sólo que lo había olvidado.
—¿Entonces tu nombre guarda relación con el mío? Te he salvado de la tentación, ahora tú sálvame del nombre falso que no me puedo quitar de la mente.
Sonreí.
—¿Estamos jugando a los favores?
El árbol me contestó con una voz áspera y sucia—: No, te estoy salvando de tí mismo. Como tú lo hubieras hecho por mí.
Me quedé pensando y voltée para encarar al árbol de los mil nombres. Le debía la verdad.
—Matías era un escritor, que creyó que podría escribir las historias del mundo y asombrar a todos con ellas. Así como Fest. ¿A Fest lo recuerdas?
—Vagamente.
—Curioso que el nombre de Fest no haya tenido ningún efecto sobre tí.
El árbol respiró lentamente. Sus labios presentaron una tristeza, como en una caricatura.
—Es el nombre que me ha marchitado y también, es el nombre más falso de todos.
Me reí.
—¿Y Simón? ¿Simón Dor? —le pregunté.
—Es el nombre más real. El nombre que más me confunde.
—Sigue jugando con los dados, árbol. No puedo ayudarte porque no me sé tu nombre.
—¿Me puedes ayudar?
Me reí de nuevo, el árbol no pareció apreciar mi gesto. Lo confundió con sarcasmo en vez de ironía. Nos miramos largamente y él comprendió.
—Gracias —dijo el árbol de los mil nombres y se fue.
Si, treinta días, con sus treinta noches.
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Junio 19, 2003 — El Viaje de Simón Dor, Enamorado, Un tal Simon Dor.
Escrito por Agustin Fest.
Querido Diario:
El delfín sigue nadando a lado de Mojalnir. ¿Debería darle un nombre?
El árbol de los mil nombres sigue marchito.
El niño mago sigue dibujando cosas en el aire y de vez en cuando, en mi Diario.
El cuarto de trofeos guarda lo siguiente:
- La pistola de McGonnagal.
- Las tres llaves que me ha dado Beatriz.
- La cabeza de Mindar.
- El alma del súcubo Galloria, guardada en un frasquito con formol. Me he quedado con sus ojos.
Hay en mi barco, un cuarto más que no puedo abrir y necesito otra llave adicional… es “El Cuarto de los Espejos”. Se me ha hecho un dato curioso y no tengo prisa en abrirlo, porque me dan miedo los espejos… cada vez que me miro en uno, encuentro un reflejo deformado de mi mismo, como “El grito” de aquella famosa pintura.
De vez en cuando, aparece un angel y sigo cargando conmigo un plumón para pintarle bigotes y siga pareciendo un reflejo monstruoso.
Reflejo-contrarreflejo. ¿Han pensado en ello? Todos nosotros, en cuanto a nuestro arte se refiere, somos el reflejo torcido de alguien más a fín de crear nuestra propia originalidad. Hay un foco de inspiración que nos guía, de manera inconsciente y cuando abrimos los ojos, nos damos cuenta que esa inspiración o chispazo que creíamos original y único, proviene de un antecesor. Un antecesor que bien podríamos ser nosotros y no serlo.
Me pregunto… ¿De quién soy reflejo? ¿O soy yo el contrarreflejo? ¿Qué imagen saldrá en el espejo? ¿La de algún escritor famoso que me ha inspirado a escribir este diario?
Reflexiones, a los treintaicuatro días y treintaicuatro noches de terminar esto.
Carta de Agustín Fest:
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